Josone: jazz, son y otros (des)amores de un festival

Emir García Meralla
20/7/2018

En los últimos veinte años hemos sido testigos de tres intentos de convertir nuevamente al balneario de Varadero en una fuerte plaza musical, de la voluntad de insertar este hermoso lugar cubano en el circuito de los festivales “de verano” que convocan a grandes músicos.


Foto: Internet

 

El primer intento ocurrió en el año 2000, cuando se organizó el hoy olvidado Team Cuba de la Timba, cuya finalidad era llevar ese sonido cubano por el mundo con una intensidad a toda prueba. De acuerdo con lo que en ese momento declararon sus organizadores, sería el músico Juan Formell el presidente ad vitae del evento. En aquel momento se habló de las glorias pasadas de Varadero como eje musical y otras tantas ideas que finalmente se quedaron en el saco del olvido o en las alforjas del entusiasmo. Solo ocurrió el concierto de presentación del proyecto, del que estuvieron ausentes La Charanga Habanera y el Charangon de Revé; la primera estaba sujeta a medida disciplinaria y la segunda no calificaba entre las “siete más populares de ese entonces”, según el criterio de algunos organizadores, entre ellos la agencia Clave Cubana. El centro del evento fue el Anfiteatro y allí se reunieron al menos unas 5000 personas entre nacionales y turistas que allí se encontraban. Corría el mes de mayo de ese año.

Nueve años después, en 2009, regresa la idea de retomar y reinsertar la playa de Varadero en el circuito de eventos continentales de verano, esta vez con el nombre de Festival Mundial de la Música, y se encomienda a Juan Formell ser la cara visible del evento. En corto tiempo se armó una programación bastante atractiva e incluyente, y se determinaron los espacios donde debían presentarse los músicos de acuerdo a su jerarquía. Esta vez se ampliaron los espacios al parque Josone, la explanada del antiguo aeropuerto (convertida en la plaza del Festival), el club Mediterráneo y los salones del Centro Plaza América; siendo el anfiteatro el centro de los conciertos de cada una de las  tres noches.

Con la premisa de “ser un evento mundial” se invitaron a grupos de África y Europa, además de ampliar el universo sonoro con cultores del pop y otras tendencias musicales de ese momento como el hip hop. Haber tenido tantos espacios disponibles parecía que movería al público participante, pero no ocurrió así. La desorganización reinó a tal extremo que en el espacio donde se debían presentar los grupos de rumba, además de ausencia de público y la debida promoción, los ejecutivos de ese lugar estaban en “Belén con los pastores”, pues nadie les había informado. No olvido la disciplina de Los Muñequitos de Matanzas y Yoruba Andabo que debían protagonizar un “mano a mano” rumbero.

Nuevamente en esta edición la organización corría a cargo de la agencia Clave Cubana y el equipo de trabajo de Formell, y el mes escogido fue el de junio, periodo en que la afluencia de turismo —tanto nacional como extranjero— es mínima.

Ahora, a punto de comenzar la avalancha de vacacionistas en la ciudad balneario, vuelve nuevamente la idea de retomar a esta como centro de un festival internacional de peso, que se inserte en el complejo y abarcador mundo de los eventos del verano a nivel internacional; una industria en crecimiento no solo por sus contenidos culturales, sino por el nivel de jerarquía que otorga a los artistas involucrados. Esta vez la organización principal corre a cuenta de la EGREM y su infraestructura; y como presidente del evento reza el músico Issac Delgado; solo que esta vez el espacio es el parque Josone, diseñado con todos los ingredientes de eso que conocemos como club campestre.

Con el nombre de Josone Jazz & Son los organizadores convocaron un variopinto espectro musical nacional e internacional, que incluye a figuras como Nicolás Payton, Gilberto Santa Rosa y los casi nacionales José Alberto “El Canario” y Álvaro Torres; mientras que por casa estaban los internacionales Gente de Zona, Hernán López-Nussa, El Septeto Santiaguero, entre otros cuya importancia no mengua por el hecho de no nombrarles.


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Si los intentos anteriores se habían reducido a temporadas de una a tres noches, esta propuesta agregó una cuarta en la que desfilaron todas estas figuras. Algunas no recibieron la total atención del público presente, dado el hecho de que los escenarios estaban a una distancia que obligaba al público a desplazarse al menos cien metros; algo que los organizadores en la segunda edición (¿ocurrirá?) tendrán que tomar en cuenta.

Por otra parte el evento adoleció de una coherente cobertura mediática, sobre todo en los medios alternativos y fundamentalmente en las redes sociales, donde lo que más se destacó fueron las largas dosis de sol y mar, y no las presentaciones de músicos, sus acciones diarias y esas informaciones que hoy definen los contenidos de las redes. Aquí bien cabe el estribillo de un viejo danzón: “Tanta lipidia por un kilo de maní”. Solo el enviado de Prensa Latina mantuvo un ritmo de información que permitió actualizaciones al resto de los medios.

Como evento cultural el Varadero Jazz & Son tiene la obligación de generar su financiamiento, y para ese fin se hace importante la figura del patrocinio y la venta de paquetes turísticos adecuados, lo que obligaría a redefinir su fecha en función de lograr una presencia masiva. La alta estival en Varadero comienza en la última semana de agosto; y al decir de algunos ejecutivos de las empresas involucradas en esta primera edición, hay que jugar y competir con las ofertas de hoteles y agencias de viajes.

Pensar en redefinir la fecha, además del consecuente patrocinio, redundará en que de una vez por todas vuelva a Varadero un evento cultural y social que trascienda las fronteras. Pero lo más importante es que los principales destinatarios deben ser los compatriotas, ellos serán quienes definan la importancia del evento en el futuro, y para complacerle a ellos se sumaran más artistas de peso internacional.

No quisiera terminar estas notas sin ponderar la calidad de todo el talento convocado por los organizadores, que solo fue una bocata de la calidad de nuestros músicos.

El Josone Jazz & Son, bien pensado y con previsión necesaria, puede ser nuestra propuesta estival para competir con el circuito europeo, el mismo que por años ha sido alimentado y alimenta a los músicos cubanos. Si pretendemos regresar al papel de potencia mundial e insertarnos en una industria que mueve billones de pesos anuales lo justo será abrir la ruta inicial e ir pensando en los grandes beneficios a largo plazo.

Bien lo dice el refrán: “Paso a paso se llega a la meta”. Ojalá no tengamos que esperar nueve años para volver sobre este tema. La cultura cubana y los cubanos merecemos algo más que los reflejos de la memoria.