Juan Edilberto Sosa Torres: “Hay que poner al actor en el compromiso de una sinceridad absoluta”

Reinaldo Cedeño Pineda
8/10/2020

Él sostiene un diálogo consigo mismo, un diálogo intenso. Emerge de múltiples influencias, de búsquedas incesantes y su horizonte no es otro que crecer. Su espíritu arde en las tablas, aunque su rostro permanezca sereno. Su teatro no acaba en los aplausos, el eco de sus interrogantes se van con el espectador.

Juan Edilberto Sosa Torres es director del Grupo de Experimentación Escénica La Caja Negra y presidente de la Asociación Hermanos Saíz en Santiago de Cuba. Es instructor de teatro, licenciado en Estudios Socioculturales y estudiante de dramaturgia del ISA, la Universidad de las Artes en Cuba. Sin embargo, él es amante de los caminos más que de las metas, del desasosiego más que de la quietud. Lo invito a caminar conmigo…

La Asociación Hermanos Saíz presupone hablar, tocar, encontrar la vanguardia entre los creadores más jóvenes. ¿Cómo concibes esa vanguardia? ¿Cuáles han sido las estrategias que has desarrollado en estos últimos años para insuflar vida a los proyectos a tu alcance, incluso más allá?   

Tres años al frente de la Asociación en Santiago y ha sido como si hubiese empezado ayer, porque hemos tenido mucho trabajo. El concepto de vanguardia dentro de la intelectualidad cubana, de su quehacer artístico, a veces se desdibuja un poco. Aquellas cosas que son legítimas, que tienen cierta calidad, no necesariamente son la vanguardia; sino que tienen otros caminos, otros parámetros por los cuales pueden medirse, pueden reconocerse. 

Nosotros en la Asociación teníamos necesidad de que estuviesen aquellos que en realidad tuvieran un pensamiento de vanguardia, un quehacer de este tipo. Ir repensándolo desde ahí nos permite hacer un crecimiento más selectivo y, a la hora de proponer proyectos, de poder articular procesos, lograr mejores resultados. Claro, tampoco es un logro de estos últimos tiempos: para que, al final, podamos mostrar productos, acciones, obras concretas de otro nivel, deberán pasar otros años de trabajo.

No estoy hablando de élites ni de manifestaciones elitistas del arte. Me gusta verme como coordinador de estos jóvenes que tienen algo que expresar de manera novedosa, en espacios legitimados por las instituciones, partiendo tal vez de fórmulas ya establecidas; pero que, al mismo tiempo, vienen a romper moldes, a tomar el arte como una herramienta que problematiza la realidad.

Compartimos la alegría del premio que Reina del Mar Editores (Cienfuegos) concedió a tu poemario La biomecánica en 2018; pero sé que, más que el título de un libro, ha resultado para ti una investigación de amplia resonancia. ¿Cuánto ha marcado tu estética teatral ese descubrimiento y cómo llegas a él?

Lo primero que tengo que decir es que no vengo del medio teatral santiaguero, por desgracia. Digo por desgracia, porque me habría gustado ser discípulo de algunos de los maestros santiagueros, en especial del teatro que hizo Rogelio Meneses, al que no conocí en persona; pero con el que he tenido conexión por algunos videos, algunos escritos.

Soy un instructor de teatro que luego se adentró en los Estudios Socioculturales y que se enamoró del teatro cuando vio los primeros espectáculos de El Ciervo Encantado en La Habana. Un sistema de influencias que me llevó a conectarme con un teatro que no necesariamente estaba en la praxis de la escena santiaguera y que me ha llevado a emprender otros caminos.

En esa búsqueda de referentes me vi en un taller con el director Eugenio Barba en La Habana. Yo me había leído los cuatro tomos de su teatro, publicados por la editorial Tablas Alarcos, y me di cuenta de que los había leído mal. Uno descubre que el teatro necesita la teoría que está en los libros, sí; pero precisa también de la puesta en escena. Hay un complemento literatura-puesta en escena que es indispensable.

Cartografía para elefantes sin manadas. Fotos: Belice Blanco
 

La escuela cubana de teatro es stanilavskiana por excelencia, aunque haya grupos de creadores afiliados a la forma de hacer de Barba. Esas son influencias que a uno le llegan. Solo que, al mismo tiempo, me empezaron a motivar las maneras de hacer del teatro europeo contemporáneo, díganse Rodrigo García, Angélica Liddell, Juan Domínguez, Sergio Blanco, etc. que tratan de incorporar una serie de materiales no considerados habitualmente para el hecho teatral. Así que yo estaba en medio de todo esto y me preguntaba cómo unir el performance con un teatro más antropológico, más del gesto, de la imagen; cómo fusionar todo estos elementos que algunos consideran no compatibles.

Investigando encontré al dramaturgo y teórico Vsévolov Meyerhold, discípulo de Stanislaski —para mí el más talentoso— y ahí descubrí La biomecánica. Es un sistema de trabajo de ejercicios en pos de que el actor se encuentre consigo mismo, en sintonía con los elementos de la naturaleza, con aquello que la propia vida le ha dado a su cuerpo. Eso me motivó mucho, porque la esencia del performance también va por ahí o, al menos, es la interpretación que quiero darle; es decir, cómo una serie de individuos ponen los elementos personales en función de la obra de arte.

El reto radicaba en cómo poner algo que es muy técnico, muy estudiado y unirlo con algo muy espontáneo, todo en la misma “comida”. Los elementos vivenciales en el teatro llegan, penetran, a veces duelen; pero logran una conexión directa con el público. En esas fusiones está mi búsqueda del trabajo estético. En la praxis diaria lo que intento es potenciar el trabajo de los actores en función de eso, y no de imponer solo mi criterio”.

El último estreno del Grupo de Experimentación Escénica La Caja Negra es Cartografía para elefantes sin manadas. Un viaje a los recuerdos, a la profundidad, a las esencias; el hombre puesto a escoger lo que lleva consigo en sus mudanzas, de qué se desprende; cajas, objetos, el viaje como gran metáfora de la vida. Pudimos de ser testigos de esta puesta. Nos interesaría asistir a un ensayo, a una sesión de preparación. ¿Qué encontraríamos? ¿Cómo es una sesión antes de llegar al desborde teatral, a la expresividad escénica, a que una obra nos toque? 

Han sido cuatro años de crecimiento como director y de crecimiento del grupo. Se nota en la manera en que todos se involucran en los procesos. Cartografía para elefantes sin manadas resultó mención de la Beca de Creación Escénica Milanés 2018 y, para lograr su financiamiento, por su valía, el comité organizador decidió otorgarle la Beca de Creación El reino de este mundo, convocadas ambas por la Asociación Hermanos Saíz.

Es una obra de Laura Liz Gil Echenique, joven dramaturga cubana que radica en España mientras realiza una maestría. La historia de la obra es la historia de la vida de esta dramaturga. No hubo que salir a buscar una verdad prestada, porque ella estaba ahí. Lo que hicimos fue extrapolar la situación para que fuera también la historia de cada actor. El arte necesita hablar sin panfletos y no hay manera de hacerlo si no es con la sinceridad absoluta de sus creadores.

Cuando nos reunimos para el ensayo, en vez de buscar una partitura para el personaje, les hice a los actores treinta interrogantes. Recuerdo que les pregunté: “Si estás por última vez en una habitación con muchas cosas que dejar y que llevar, y debes seleccionar ¿qué te llevarías?”. “Pues, algo que me regaló mi abuela”, me respondió una actriz. “Eso tienes que ponerlo en la obra”, le dije. Volví a preguntar: “¿Qué música te gustaría escuchar en ese justo momento?… De ahí salió parte de la música de la obra.

Maibel del Río incorpora elementos del biodrama en su interpretación dentro de Cartografía para elefantes sin manadas.
 

Hay que poner al actor en el compromiso de una sinceridad absoluta, porque eso hace que el público tenga otro tipo de conexión con la obra. Asimismo, hace que la postura del actor para con el público, con la obra y sus objetos sea otra; porque no hay atrezzo y aunque siempre hay ficción, los elementos que se utilizan tienen que ver con el biodrama, con su propia vida.

Acabas de estrenar, pero ya preparas otras obras y el primer lustro de La Caja Negra. ¿Qué se nos viene encima?

Ahora mismo estamos trabajando en hacer pequeñas obras cercanas a la tendencia del llamado micro-teatro, aunque serán piezas de mayor duración entre los treinta y los treinta y cinco minutos; lo que descomplejiza la producción. Las piezas se titulan El hambre y Luces de neón. También trabajo en Búnker, un proyecto escénico interdisciplinario que me ilusiona muchísimo. Estos tres títulos tendrán contactos con el público antes de que cierre el año; pero sus estrenos oficiales serán en 2021, junto a Psicosis, un proyecto con el cual recibí la Beca Santa Camila de la Habana Vieja (2019) de la Uneac en Matanzas.

Estamos en un buen momento, nuestro ritmo creativo nos permite asumir todos estos proyectos y disfrutarlos con la mayor ilusión. No hay enfermedad capaz de quitarnos el sueño. Para nosotros el teatro es un acto de fe y lo asumimos cada día desde esa perspectiva: un viaje hacia la luz.