Junto a la moviola dispuesta, Nelson Rodríguez esperaba…

Joel del Río
13/2/2020

A la hora del resumen, cuando la memoria del cine cubano se coloque a merced de quienes establezcan jerarquías, y los cronistas pretendan determinar lo más importante del legado audiovisual de una Isla empeñada en hacer buenas películas, siempre quedará en lugar preferencial el nombre de Nelson Rodríguez Zurbarán, el recientemente fallecido decano de los editores cubanos; alguien que contribuyó a cimentar la mayor gloria del ICAIC en la mejor de sus edades: desde los años sesenta hasta principios de los noventa.

Nelson Rodríguez Zurbarán. Foto: Tomada de Cubacine
 

Oriundo de Cienfuegos y licenciado en Historia, miembro además del Cine Club Visión, Nelson se incorporó al ICAIC de los años sesenta, y muy rápido accedió al montaje del Noticiero ICAIC Latinoamericano. Poco después, trabaja en sus primeros documentales, entre los cuales se contaba el clásico Nosotros, la música (1964, Rogelio París), donde pudo ensayar un tipo de edición en bloques temáticos, signados por el género musical y por las características escénicas de la figura protagónica, que podía ser Bola de Nieve, Celeste Mendoza o Elena Burque. Y cada bloque llevaba un tipo de corte, es decir, un estilo de edición, diferente y específico, aportado desde la moviola.

Del documental pasó a los cortos de ficción (El retrato, Elena, El encuentro), luego montó dos mediometrajes (Manuela y Asalto al tren central) y más tarde cuatro largometrajes consecutivos: Tránsito, Un día en el solar, El huésped y Tulipa. En esta primera etapa, el joven editor destacó por dos características fundamentales en un editor: su respeto al trabajo del cineasta o autor, y por integrar los fragmentos desarticulados de película a una narrativa y una estética coherentes. En esta primera etapa deviene auxiliar imprescindible de dos maestros: Humberto Solás y Manuel Octavio Gómez. Al primero, lo acompañó en vida y obra durante más de veinte años, al segundo le consagró algunos de sus más potentes logros: Tulipa, La primera carga al machete, Los días del agua, Ustedes tienen la palabra y Gallego.

Sin embargo, antes de convertirse en colaborador imprescindible de los mejores cineastas cubanos, Nelson demostró su maestría cuando fue capaz de “armar”, en 1968, dos películas tan monumentales y distintas como Memorias del subdesarrollo y Lucía. Joya de la corona en el cine cubano de su época, Memorias… significa un logro descomunal, entre muchas otras razones, por su edición anticonvencional, godardiana, sobre todo en aquel memorable final cuando el corte hace “brincar” la narración entre los cañones de la Crisis de Octubre y el personaje, desesperado, encerrado en su apartamento y en sus indecisiones.

Foto: Internet
 

Acreditado también, con toda justicia, como coguionista de Lucía, Nelson ayudó a conferirle estructura definitiva, y estilo propio a cada una de las tres historias, y a partir del corte estableció la brillantez de secuencias como aquella del primer cuento, cuando Lucía escucha la primera declaración de amor, y ella entra en su casa, henchida de emoción. A la manera de un video arte, pleno de jump cuts y escenificado a partir de una especie de danza brechtiana del personaje con la cámara, la escena está compuesta de varios planos que muestran el desborde romántico de la mujer, y es precisamente la edición el código cinematográfico que refuerza la epifanía sentimental de Lucía.

Luego de Memorias… y Lucía, y con apenas 30 años, Nelson se vio convertido en el más importante editor del cine cubano. Después continuó vinculado a Humberto Solás, a lo largo de la intimista Un día de noviembre, de la épica Cantata de Chile, la hiperbólica Cecilia y la exacta prolijidad de Un hombre de éxito. En el intermedio, Nelson también escribió para Humberto Amada, adaptación de un relato de Miguel de Carrión que verifica su personal delectación con el melodrama femenino norteamericano de los años treinta y cuarenta. También la codirigió, pero la dirección del ICAIC no consideró oportuno concederle el crédito como codirector. Muy poco se ha reconocido el trabajo de Nelson como director y como guionista, pues su aporte fue esencial a las historias que cuenta no solo Lucía, sino también Un día de noviembre, Cecilia y Amada, todas realizadas por Humberto, y también Ustedes tienen la palabra, de Manuel Octavio Gómez y los documentales Ampárame, de Patricia Ramos, y Nelson Rodríguez, el cine y la vida, de Manuel Iglesias.

Mientras se convertía, junto con Livio Delgado y Leo Brouwer en colaborador imprescindible de Humberto Solás, también era llamado con asiduidad por Tomás Gutiérrez Alea, quien le confiaba el diseño de la estructura definitiva de filmes como Una pelea cubana contra los demonios, La última cena y Los sobrevivientes, tres filmes completamente distintos en cuanto a tono y estética. Y cuando tal vez parecía que las mayores glorias del editor habían quedado atrás circunscritas a los años sesenta y setenta, y al cine de Solás devino editor de dos de las principales producciones de los años ochenta, ambas dirigidas por Orlando Rojas: la comedia romántica milimétricamente narrativa Una novia para David, y el estetizante simbolismo de Papeles secundarios.

A lo largo de los años ochenta y noventa, también se convirtió en uno de los mejores profesores de edición en la Escuela Internacional de Cine y TV (EICTV) de San Antonio de los Baños. En ese periodo, viajó por varios países editando algunas películas latinoamericanas muy notables, en una lista de coproducciones que cuenta entre sus prendas con las mexicanas La viuda de Montiel (1979, Miguel Littín) y Danzón (1991, María Novaro), las colombianas Tiempo de morir (1985, Jorge Alí Triana), Visa USA (1986, Lisandro Duque) y Confesión a Laura (1989, Jaime Osorio), las bolivianas Cuestión de fe (1995) y Escrito en el agua (1998) ambas de Marcos Loayza, entre otras. Tiempo de morir le ganó el Premio Coral de edición en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, y cuatro años después repitió la hazaña con Papeles secundarios.

Foto: Tomada de Cubacine
 

Justo a principios de la década final del siglo XX conocí personalmente a Nelson, poco después de aquella traumática ruptura con Humberto Solás, con quien se reconcilió afortunadamente al paso de unos pocos años, cuando editó la versión comercial de El siglo de las luces (1992). Llegué al pequeño apartamento de la calle 10, guiado por Héctor Sicle, amigo de Marcelino Pérez, justo la persona que ayudó a Nelson a reconstruir, en aquel momento, las motivaciones esenciales de su existencia. En la salita de Nelson y Marcelino descubrí mil razones para pensar que el cine cubano era mucho más complejo de lo que yo pensaba, y además compartíamos, lejos de la mirada prejuiciosa de muchos, la admiración por el melodrama a lo Bette Davis, y por Luchino Visconti. Fue Nelson quien me permitió descubrir Gatopardo, y el deslumbramiento me dura hasta hoy.

El juego de paralelismos entre el destino y las afinidades nos volvió a reunir cuando coincidimos como colegas en la EICTV, donde Nelson enseñaba lo que sabía a los noveles, con la misma tenacidad de siempre, aunque ya debilitado por el enfisema pulmonar. Otra vez nos reunía un amigo común: el panameño Edgar Soberón Torchia, en cuya oficina de la Dirección de Cultura reactivamos las tertulias y los comentarios sobre decenas de afinidades electivas, esas que pueden cimentar una amistad, por mucho que a veces se vea arrinconada por los vericuetos del tiempo, la distancia y las neurosis propias y ajenas.

Con toda justicia, Nelson era considerado una de las personalidades cardinales del cine cubano y latinoamericano. Estaba plenamente activo a principios del siglo XXI con el montaje de filmes realizados por consagrados y noveles: Miel para Oshún (2001, Humberto Solás), el documental español Machín, toda una vida (2002, Nuria Villazán), Roble de olor (2003, Rigoberto López), el panameño Los puños de una nación (2005, Pituka Ortega), o Personal Belongings (2006, Alejandro Brugués). En Cuba, le confirieron el Premio Nacional de Cine en 2007, y unos años más tarde recibió el homenaje de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos. Pero Nelson vivía solo y estaba enfermo, y fue creciendo la imposibilidad de trabajar en la Escuela, de modo que su calidad de vida comenzó a deteriorarse. Marcelino ya vivía en Estados Unidos, pero regresó a buscarlo, y lo acompañó hasta el último suspiro. Ambos construyeron, con los hilos de la fidelidad, el sacrificio y la dedicación una historia tal vez parecida a aquellas que tantas veces disfrutamos Nelson y yo, con Bette Davis de protagonista.

Foto: Internet
 

El afecto y respeto de la comunidad cinematográfica cubana se hizo palpable en las redes sociales cuando Marcelino informó su deceso. El mismo afecto y respeto engendró, varios años antes, dos obras importantes que nos permitirán revisitar al Escorpión de infinita tenacidad: Nelson Rodríguez, el cine y la vida (1997) de Manuel Iglesias, que ganó el premio Coral como mejor documental en el Festival de La Habana, y está dedicado a la vida y obra del editor más importante del cine cubano y, sobre todo, a su relación profesional y personal con Humberto Solás, y el libro El cine es cortar (2010) una potente entrevista de Luciano Castillo donde el virtuoso profesional devela anécdotas personales y secretos del oficio. El libro lleva la siguiente dedicatoria: “A Marcelino Pérez, que me enseñó a vivir a los cincuenta años”.