La nación no se piensa desde la intelectualidad solamente, eso es un mito complaciente del siglo XIX y el XX. La nación, como forja contra las circunstancias de su nacimiento, se piensa desde todos. Los intelectuales tienen que dejar de pensarse como la mirada y voz crítica de la sociedad, como si se tratara de jueces, y asumirse como un actor social más. Con cosas que decir, pero también con cosas que les deben ser dichas. Con cosas que decir, y sobre todo, cosas que hacer en la construcción colectiva. Aquí críticos somos todos, y todos acertamos y desacertamos en algún momento, sin que las estadísticas indiquen sesgos, ni de un lado ni del otro, para ningún grupo específico.

Aquí no hay actores privilegiados, y en todo caso, si de privilegios se trata, el único reconocible es el que le damos a los niños.

La nación se piensa desde todos.

Si algo ha logrado esta Revolución es hacer seres pensantes, no a una casta iluminada, sino al pueblo, si de lucha se trata. Ese pueblo que lo forman todos, desde el más encumbrado artista o escritor, hasta el maestro, el ingeniero, el científico, el campesino, el obrero, el estudiante, la secretaria, el funcionario, el dirigente. Ninguno más que otro.

Ningún imaginario es superior al del resto, son complementarios. Todas las voces son importantes, si son útiles, y cuando no lo son, su silencio vale más.

Las palabras bonitas, también pueden estar llenas de lugares comunes, de poca enjundia práctica. Las elaboraciones retóricas, por bellas que sean, también pueden carecer de profundidad, ser meros llamados abstractos a una conciliación imposible y paralizante, como recurso fácil para ganar aplausos gremiales y satisfacer vanidades.

“Nuestro mayor intelectual es Martí, y al hablar o escribir, no andaba pensando en cómo se le escuchaba y cuántas palmaditas en el hombro se ganaba, sino en qué le era útil a la patria”. Imagen: Jorge Arche/ Tomada del sitio web del Museo Nacional de Bellas Artes

Nuestro mayor intelectual es Martí, y no andaba al hablar o al escribir, pensando en cómo se le escuchaba, y cuántas palmaditas en el hombro se ganaba, sino en que le era útil a la patria.

Villena dio lo que le quedaba de vida por un mundo nuevo, por el que luchó desde el partido de los comunistas. Marinello puso su empeño en fundar la universidad nueva en una patria que nacía. Roa se hizo la voz militante de un pueblo desde el poder y para el mundo. Lezama, Eliseo, Fina, Cintio, Retamar, Fayad, tantos otros militaron junto a todos. A Guillén le negaron el Nobel, pero no le pudieron quitar la plaza que le dio el pueblo. Ninguno pidió privilegio, ni se asomaron a la Revolución como se asoma desde una ventana el petulante con la ceja levantada a ver pasar la enfebrecida masa de los que después de mucho buscar, han hallado una marcha. Todos se sumaron a la carga y entre el pueblo fue donde se sintieron más felices.

Las naciones no se fundan en la armonía ideal de quienes la componen, nunca ha sido así, nunca lo será, no importa cuánto se proclame como posible. La historia tiene sus leyes, la conciliación de clases no es una de ellas. Basta ya de usar el con todos de Martí, para abogar contra el bien de todos.

Todos somos cubanos más que una perogrullada es un aserto vacío de contenido. Todos éramos cubanos cuando el burgués expulsaba al campesino de sus tierras, el casateniente desalojaba al pobre de su vivienda, el barón de la caña pagaba a la guardia rural para que aplicara plan de machete. Todos éramos cubanos cuando el ejército neocolonial torturaba, asesinaba, y era mayoral de los poderes ajenos. Todos éramos cubanos cuando se discriminaba al negro. Todos éramos cubanos cuando los sietemesinos se opusieron a la reforma agraria. Todos éramos cubanos cuando llegaron por Playa Larga. Todos éramos cubanos cuando se asesinaron maestros en el Escambray. Todos éramos cubanos cuando se desapareció del cielo un avión nuestro.

La única condición de cubano que legitima, es la que se construye desde la justicia social.

¿Recuerdan cuando esos burgueses, recaderos de los otros, no querían diálogo? Por eso los preteridos por siglos de historia, tampoco ahora lo queremos, al menos no con ellos, ni con los burgueses, ni con sus testaferros. Porque entonces, cuando estábamos abajo, para los obreros el único diálogo era la huelga y para los campesinos, el realengo 18.

La única condición de cubano que legitima es la que se construye desde la justicia social.

Algunos en su reconstrucción de la idea de Cuba, por más que lo proclamen, dejan fuera de su construcción de los imaginarios de patria, el aporte de los humildes, de los campesinos, de los obreros. Esos que siempre fueron el núcleo que se sintió cubano como condición de una utopía posible y que mantuvo la idea de lo cubano cuando se nos quiso sublimarla. ¿Quiénes derrotaron el neoanexionismo disfrazado de Enmienda Platt? Bajémonos de la nube provocada por los vapores expulsados de ombligos gigantescos. Lo derrotaron los humildes, los desmovilizados del ejército mambí y sus hijos, los cañeros, los tabacaleros, los campesinos, los obreros, los maestros. También los intelectuales, los que militaron sin complejos del lado del deber, que siempre fue el lado de la razón de los humildes.

Si me obligan a escoger, me quedo veinte veces con Aracelio Iglesias que con Mañach, me quedo veinte veces con Niceto Pérez que con Manuel Márquez Sterling.

Todo el que olvide a esta hora, o pretenda escamotear, que el enemigo principal de la patria sigue siendo el imperialismo yanqui, podrá pretenderse aprendiz de Gorgias, pero no es más que agorero de la derrota, con alma de aldeano vanidoso. Dejemos la petulancia de sentirnos iluminados y pongamos el hombro como cualquier cubano digno, para salir adelante, en esta hora de hornos encendidos, con patria y con socialismo.

La brújula fue y sigue siendo la Revolución de Fidel.

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