Cualquier observador empírico de la historia de la humanidad y de los días que transcurren sabe que la democracia plena, en tanto poder del pueblo, es una aspiración no conseguida cabalmente.

Los terrícolas, en ninguna época, ni en ninguna forma de organización, salvo excepciones, han podido evitar la verticalidad del poder que comienza con Dios, aunque partiera del principio de que ante él todos somos iguales.

Si las hegemonías que siempre han dominado el mundo hubieran tenido el más mínimo sentido democrático, hubieran respetado el intento socialista donde quiera que surgiera como alternativa legítima, como derecho humano y de libre expresión.

Pero como todos esos intentos amenazaban las totalitarias bases del poder capitalista, imperialista, sostenidas por una efectiva demagogia democratizante, emprendieron la guerra por todos los medios para culpabilizar al socialismo, al comunismo, de los males que ya estaban entronizados por todos los sistemas que le precedieron.

Los intentos de organizar la sociedad socialista enfrentaron desde su nacimiento la agresión abierta, la penetración solapada, la condena a muerte y, ante los designios dictatoriales del sistema capitalista que, a pesar de su vocación por la libre empresa, no quería competencia, establecieron la dictadura del proletariado, que como se sabe sufrió las perversiones de la burocracia y no consiguió la indispensable horizontalidad del poder que solo las aspiraciones socialistas, sustentadas en el bien común pueden conseguir.

“Los intentos de organizar la sociedad socialista enfrentaron desde su nacimiento la agresión abierta, la penetración solapada, la condena a muerte”.

Si bien la dictadura del proletariado no alcanzó a plenitud el nuevo modelo democrático que debe serle consustancial, logró sostener una base democrática sólida con el establecimiento de derechos universales garantizados de la educación, la salud, la seguridad social, el deporte, la cultura que en el caso cubano redundaron en cifras de mortalidad infantil y prolongación de vida semejantes a países considerados desarrollados.

La democracia representativa burguesa tampoco puede ufanarse de sus logros. Ni el presunto multipartidismo, con diversidad de tendencias pero con signos ideológicos similares, y tan pronto aparecen otras alternativas son condenadas a desaparecer; ni los cambios de gobierno por etapas, ni las divisiones de poderes, ni el libre mercado, ni la libertad de expresión, ni el voto directo han impedido la pobreza extrema en países muy ricos, el incremento de la desigualdad, la exclusión, el racismo, la homofobia, la violencia contra las mujeres, el empeoramiento de un mundo al cual la pandemia de COVID-19 ha demostrado la carencia de verdaderos valores democráticos, debilitados desde el momento en que han sido propiciados el saqueo, la extorsión, las trampas para que un 1 por ciento de la población posea y controle mayores bienes y riquezas que el 99 por ciento.

Entonces, luego de un somero vistazo a las tribulaciones de la democracia, ¿hacia dónde es el cambio democrático que proponen los pacíficos organizadores de marchas y sus elocuentes defensores en La joven Cuba y otras plataformas comunicacionales? ¿Cuáles son sus modelos? ¿El desinflado milagro chileno, la narcopresidencia colombiana, el totalitarismo imperial de Estados Unidos, el vasallaje de la Unión Europea enredada ahora en no pocas dificultades porque, en vez de ser alternativa de equilibrio mundial, sucumbió a la hegemonía del imperio estadounidense?

Según declaraciones que he leído, las fallas del socialismo cubano son las causas de las penurias de Cuba, sin la más mínima alusión al hostigamiento, las agresiones, el bloqueo, las medidas estranguladoras de Trump, que la comunidad internacional ha repudiado con su voto en la ONU y hasta el Papa ha reconocido como impedimento de progreso.

“Según declaraciones, las fallas del socialismo cubano son las causas de las penurias de Cuba, sin la más mínima alusión al hostigamiento, las agresiones, el bloqueo”.

Quien está construyendo su liderazgo, con puesta en escena maquiavélicamente calculada, con evidente ayuda de los centros hegemónicos especializados, alega su independiente gestión mientras es apoyado por lo peor de la crápula del exilio anticubano, los herederos de la vieja burguesía nacional y la presidencia de Estados Unidos, que ya anuncia su muy democrático método de amenazar con nuevas sanciones si se toman represalias con su nuevo benjamín. Hay que ser ciego para no ver a quien sirven los gestores de Archipiélago y su líder, que cínicamente declara que no quiere influencias externas, cuando sabe perfectamente, si conoce algo de historia y geopolítica, que desde siempre EE.UU. labora incesante para que la fruta madura caiga bajo sus dominios.

La verdad es que yo también quiero cambios hacia mayor democracia en Cuba, como los expuestos por Díaz-Canel en encuentro con los dirigentes municipales del Poder Popular, y quiero un verdadero poder popular que participe, gestione y controle a los funcionarios como servidores públicos que son, y creo que si a pesar de errores, incoherencias e incongruencias se ha mantenido la esencia democrática de las ventajas sociales mayoritarias, podemos lograr la mejor democracia del mundo.

Pero esa democracia no es posible con partidos que dependen del dinero que puedan reunir y entonces así dependen de los más ricos que puedan aportarlo, ni de candidatos que siguen el mismo método, ni con un electorado que no usa su derecho en las urnas porque no cree en el sistema, ni en producir cambios democráticos.

Por eso las cubanas y cubanos estamos obligados a enaltecer y practicar los verdaderos valores democráticos que nos responsabilizan como actores protagónicos en dejar atrás la fallida democracia conocida y convertirla en efectiva como poder del pueblo.

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