Cuando la irrupción de una oleada de jóvenes creadores, a mediados de los años 80 del pasado siglo, impuso un cambio de giro en tantas cuestiones y aristas de la cultura cubana, numerosos asuntos aún entonces considerados tabúes entraron en discusión. El atrevimiento inicial de los artistas de la plástica se combinó con el desacato que asimilaron los poetas, narradores, nuevos cineastas, y tantos más. Entre los temas a debatir, estaba, cómo no, el sexo, entendido como parte de la vida a la que debía mirarse sin enmascaramientos ni frases pudibundas. Y con ello, por supuesto, sobrevino un argumento aún más espinoso: el de la diversidad de opciones sexuales y el lugar que en nuestra sociedad podían tener (o no) el gay, la lesbiana, ese conjunto de seres humanos mucho más amplio que desafiaba, con su sola presencia, la idea de una sociedad libre de pecados y atavismos mal disimulados en los silencios y bromas a los que se les reducía generalmente. Con el mismo ímpetu con el cual dicha generación trajo a la mesa ese debate postergado, surgieron obras que les representaron, y que a pesar de no pocos embates y recelos, demostraron que esos rostros y deseos estaban a la vista para no desaparecer jamás.

El teatro cubano no estuvo ajeno a ello, todo lo contrario. Tras el mutismo que se impuso a ese tipo de personajes desde inicios de los 70, acallando algunos antecedentes que iban más allá de lo que muchos consideraban permitido (en La toma de La Habana por los ingleses, de José Milián, por ejemplo, estrenada por su autor en Teatro Estudio en 1970), las temporadas teatrales de mayor interés empezaron a convocar al espectador propuestas que se liberaban de aquellas trabas de modo contundente. Como han explicado varios estudiosos, el teatro es un espacio que puede convertirse en una especie de comunidad en la cual las voces de las minorías pueden alzar sus reclamos, y que proporciona a sus miembros un grado de compromiso mutuo, que les hace sentirse más a salvo y en otro grado de provechosa complicidad. Y eso podía comprobarse fácilmente al acudir a las funciones de Zoológico de cristal, Té y simpatía o Un tranvía llamado deseo, en la sala Covarrubias del Teatro Nacional entre mediados de 1990 e inicios de 1991. Al frente de esa Trilogía de Teatro Norteamericano retadora y deslumbrante estaba un director que hacía así su debut: Carlos Díaz. Junto a Armando Correa, su asesor, retomaron esas célebres piezas (aplaudidas en Cuba en las salitas del teatro de arte de los años 50 o conocidas por sus adaptaciones a la gran pantalla), para reescribirlas en función de un anhelo posmoderno, que revindicaba al homosexual, a su posibilidad de mostrar su cuerpo y su deseo en el sentido más desnudo, descarnado y seductor. El éxito fue arrollador. Y repasando el impacto de esa Trilogía a distancia, puede afirmarse que en la escena cubana, desde ese momento, ya las cosas no fueron lo mismo.

Travestismo, cruce de roles y de género, desnudo femenino y masculino, sensualidad y desparpajo, sentido festivo y cuestionamiento permanente de lo establecido, son parte del lenguaje acuñado por Teatro El Público.

Si en la Trilogía, acaso a falta de textos que en la dramaturgia nacional sirvieran de estímulo, se apelaba a los nombres ya reconocidos de Tennessee Williams y Robert Anderson, poco después los autores cubanos también asumieron el desafío. Entre ellos, durante ese período inicial, hay que mencionar las piezas de Raúl Alfonso, quien debuta con El grito, estrenada en la sala Antonin Artaud del Gran Teatro de La Habana. En obras como Bela de Noche, Islas solitarias y otras de su producción como autor y director, entra la figura del travesti, del enfermo de sida, del sujeto desajustado que clama por un minuto para expresarse, en concordancia con lo que ya en las artes plásticas estaban reclamando artistas como Eduardo Hernández o Reynold Campbell. Y habría que agradecer a Senel Paz su aporte a la operación de cambio, al permitir que su relato El lobo, el bosque y el hombre nuevo, con el que obtiene el Premio Juan Rulfo 1990, sea llevado a escena, dirigido por Sarah María Cruz y actuación de Osmel Poveda, a manera de monólogo, rebautizado como La catedral del helado. Será la primera adaptación a escena de ese relato fundamental, que acabaría siendo además el punto de partida para Fresa y chocolate, que llega a las pantallas en 1993 con fuerza arrolladora.

En 1992 Carlos Díaz y parte del núcleo que le acompañó en la Trilogía fundan Teatro El Público: desde entonces sigue siendo el grupo que suma retos y controversias a la escena cubana, rompiendo cualquier convención que se tenga sobre ella. Travestismo, cruce de roles y de género, desnudo femenino y masculino, sensualidad y desparpajo, sentido festivo y cuestionamiento permanente de lo establecido, una complicidad entendida como poética ante un auditorio que sabe leer entre líneas, son parte del lenguaje acuñado por esta compañía. Las criadas, Niñita querida, Calígula, Fresa y chocolate, La Celestina, Ícaros, La puta respetuosa, Las amargas lágrimas de Petra von Kant, Antigonón…, Gotas de agua sobre piedras calientes… el repertorio es extenso e intenso, y en él se han forjado ya varias generaciones de intérpretes y espectadores, dialogando con esas interrogantes de una Cuba también sexuada y capaz de mutar hacia otras libertades, texturas y políticas. El personaje gay y la lesbiana, el travesti, el paciente de sida, la persona transgénero o bisexual, poco a poco se han ido dejando ver de manera más rotunda ante nosotros. Y por suerte no solo a través de la dramaturgia, sino también a través de la perfomance, la intervención pública, llevando estas cuestiones como impulsos hacia una agenda social más inclusiva. En eventos como Mayo Teatral o el Festival de Teatro de La Habana hemos recibido a colectivos extranjeros que nos han ido poniendo al día, afortunadamente, aunque sigamos teniendo cuentas pendientes con Tony Kushner y otras figuras imprescindibles de la comunidad LGBTIQ internacional.

No es que esto ocurra aún sin recelos ni obstáculos. La proyección que desde el Cenesex y el trabajo de numerosos activistas ha desencadenado en ese sentido, se enfrenta todavía a recelos, prejuicios machistas y de otras índoles que continúan oponiendo resistencia. La cultura, como discurso alternativo, es un espacio donde todo ello puede y debe discutirse en otro nivel, acelerando mensajes a veces con mayor eficacia, sutileza o perspicacia que una campaña de orientación social. Mientras en otras zonas de la creación artística nacional nadie puede negar los aportes de figuras como Rocío García, Pedro de Jesús López, Ena Lucía Portela, Miguel Ángel Fraga, Jorge Ángel Pérez y otros “atrevidos”; el teatro ha servido de plataforma nada complaciente desde la cual se invita a estas discusiones en pro de una sociedad mucho menos reducida a viejos temores sobre lo sexual. Y ello ha implicado tanto a los más jóvenes como a los veteranos. Veinticinco años después de La toma de La Habana…, José Milián estrena Las mariposas saltan al vacío. Y en 1998 se une a los empeños de rehabilitación a grandes figuras de nuestra cultura cuando presenta Si vas a comer espera por Virgilio, sentido tributo al autor de Electra Garrigó que aparece en las tablas desde los recuerdos de aquel muchacho irreverente que fue el propio Milián, a manera de un exorcismo provechoso.

Si vas a comer espera por Virgilio, Pequeño Teatro de La Habana. Foto Yuris Nórido

Esos exorcismos nos han devuelto los perfiles de Severo Sarduy, Francisco Morín, Ernesto Lecuona, Lydia Cabrera, en gestos que aún deben ser más intensos. José Ángel Buesa, el poeta que a fines de los años 40 escribió un monodrama, hoy perdido, que daba voz a un personaje homosexual, también ha sido parte de esos regresos. El Ciervo Encantado, el grupo que dirige Nelda Castillo, ha sido parte activa de esos retornos, con sus propuestas cada vez más cercanas a la performance, alejándose de las dramaturgias al uso, a los indicios de un teatro queer más que a los preceptos de un teatro gay, ahondando en lo incómodo, en la extrañeza, negándose a una asimilación fácil o mansa de lo que nos propone. En Argos Teatro, que junto a El Ciervo… y Teatro El Público es uno de los pilares indudables del teatro cubano actual, Carlos Celdrán ha escenificado piezas de Abel González Melo como Chamaco y Talco, y ha estrenado obras de su autoría, como 10 millones y Misterios y pequeñas piezas, que dilatan lo que como director ya había explorado con Vida y muerte de Pier Paolo Pasolini y otras de sus mejores producciones, ahora en un repaso que se articula desde lo autobiográfico. Teatro de la Luna, dirigido por Raúl Martín, añade a su galería personajes también de muy diversos deseos, y retoma, por ejemplo, la Santa Cecilia de Abilio Estévez, uno de nuestros más sólidos dramaturgos y ganador con La noche del Premio Tirso de Molina en 1993, desde el cuerpo de un actor masculino, como también lo hizo Carlos Díaz en Teatro El Público, para brindar otras evocaciones de La Habana en el cuerpo mismo del intérprete.

El ya fallecido Tony Díaz rescató en las tablas el mito de Enriqueta Faber para estrenar Escándalo en La Trapa, de José Ramón Brene, y luego, en sus abordajes al teatro musical con Mefisto Teatro, también incidió en estos asuntos. En las obras y puestas en escena de Freddys Núñez Estenoz, en algunos textos de Yunior García, Rogelio Orizondo, Esther Suárez Durán, Alberto Pedro, en piezas de mi autoría… gays, lesbianas y sujetos de muy diversos deseos también afloran. Cuando Rubén Darío Salazar reinventa Los dos príncipes, a partir de La Edad de Oro, abre el diálogo hacia otras formas del amor también para el público infantil y familiar. La danza cubana no ha desdeñado el tema, y eso es cosa que podría explicarse mejor en otro abordaje particular, para que no quede como nota al pie en este brevísimo y apretado repaso. Y por supuesto, en el otro extremo, aún perduran espectáculos que insisten en los viejos estereotipos, en los chistes que hacen de la comunidad LGBTIQ un blanco de bromas fáciles, o los que coquetean con una peregrina idea del teatro comercial basado en esos equívocos de orden sexual o erótico que apenas disimulan entre carcajadas su escasa calidad.

“El cuerpo mismo del teatro cubano se ha vuelto múltiple y ambiguo, metáfora de deseos y preguntas que acompañan a quienes lo hacen y lo aplauden día a día”.

Si a todo lo mencionado añadimos que desde otras geografías hay creadores de origen cubano escribiendo y dirigiendo piezas donde homosexuales, lesbianas y otras encarnaciones del deseo ilimitado están a la vista, el paisaje es mucho más amplio. Pedro Monge Rafuls, Nilo Cruz, Jorge Ignacio Cortiñas, María Irene Fornés, José Corrales, Eddy Díaz Souza y Raúl de Cárdenas son algunos nombres que deben ser mencionados. Algunos de ellos han dialogado con el teatro de esta otra orilla cubana: ojalá el puente de diálogo imprescindible nos permita ahondar en esos espejos. Y por supuesto que hay mucho más. La escena cubana se ha enriquecido con tratamientos menos predecibles, con cuestionamientos más provechosos, dejando sitio a estas y otras maneras de vernos, como demuestran también los estrenos de Pedro Franco con El Portazo. Un espectáculo como Baquestribois, de la Plataforma Escénica Osikán, se arriesga un poco más allá, como investigación sobre la prostitución masculina, las legalidades sobre esa arista, la convención como política y desgarramiento. Y en Santa Clara, un espacio como El Mejunje asume, en una suerte de performance permanente bajo la guía de Ramón Silverio, no solo presentaciones artísticas donde la homosexualidad es tema habitual, sino como un mosaico vivo de seres humanos que no son juzgados a priori allí por su deseo, y que se integran a muchas otras formas de entenderse y expresarse en un ámbito de respeto donde la elección de lo que se ama no significa una barrera inmediata para ellas/ellos. O “elles”, como dirían los defensores del lenguaje inclusivo.

CCPC, La República Light, El Portazo. Foto: Tomada del sitio web de la AHS

En cuanto la pandemia nos lo permita, comenzará a ensayarse en Teatro El Público una versión de Orlando, la célebre novela de Virginia Woolf, que Carlos Díaz ha pedido a ocho dramaturgos. Su protagonista es esa presencia fantástica que nace como hombre y vive luego en cuerpo de mujer a lo largo de siglos. Podría decirse: un personaje ideal para esta compañía. Pero no es la única por suerte que hoy, en el teatro de Cuba, se lanza a esos abordajes. El cuerpo mismo del teatro cubano se ha vuelto múltiple y ambiguo, metáfora de deseos y preguntas que acompañan a quienes lo hacen y lo aplauden día a día, mientras el país, junto a cuestiones no menos importantes, discute la posibilidad del matrimonio igualitario entre nosotras y nosotros. Que no falte en los tablados ese modo de asumir, en tanto imagen inquieta de una sociedad, otros pasos de avance. Y que venga, con los aplausos, la certeza de ser parte de esos y otros debates tan necesarios.