“La verdad levanta tormentas contra sí, que desparraman su semilla a los cuatro vientos”
Tagore

Advierto al lector que el texto que está ante sus ojos no pretende ser objetivo: los hijos no podemos ser objetivos con los padres. Mucho menos cuando los hemos visto batallar durante décadas contra gigantes que se disfrazan de molinos de viento, y caer y levantarse, y volverse a caer y volver a levantarse, como un sueño apuntalado por la fe.

Rodolfo Chacón Saínz es un tenor cubano que nació en San Antonio de los Baños en 1942. Curiosamente él y Silvio Rodríguez nacieron en el mismo pueblo, el mismo día, solo que con cuatro años de diferencia. Desde hace más de 50 años, Chacón empezó a cantar profesionalmente. En su carrera ascendente interpretó varios personajes —algunos de ellos protagónicos— de la opereta, la zarzuela y la ópera, lo mismo que en la efímera ópera trova y en otros géneros. En lo más agudo de la crisis de los 90, tuvo que renunciar a su carrera como cantante. No sabía qué hacer para ganarse la vida, sin traicionarse a sí mismo. Así que dio algunas clases en privado, pero de manera informal y esporádica. Entonces lo salvó un proyecto cultural, que ha sido la obra de su vida como maestro de canto.

En 1970, preparándose para actuar en Don Pasquale, ópera de Donizetti.

¿Cuándo, dónde y cómo surgió Dulce quimera?

Precisar esos detalles es ahora un poco difícil. Pero en general fue más o menos así. Ya yo tenía un grupo de alumnos desde finales de los 90. En 2002, aproximadamente, Omar Felipe Mauri, que era el presidente de la Uneac provincial, me invitó a ver el proyecto artístico de Juan Varona en Bejucal. Él iba a inaugurar un grupo de teatro allí, en Bejucal, con el nombre de Blanca Becerra.[1] Fui allí con mis alumnos y nos gustó la experiencia. Aparte de la Uneac —la nacional y la provincial—, tuve entonces el apoyo del CIERIC, que era algo así como una organización no gubernamental que apoyaba la iniciativa comunitaria. Ellos me propusieron armar un proyecto cultural y me preguntaron qué me hacía falta. Gracias a eso pude contar con un piano y un equipo de audio. Todo esto sucedió aquí, en San Antonio de los Baños, hace más de veinte años.

¿Quién y por qué le puso a tu proyecto Dulce quimera?

Mauri me propuso ese nombre, pensando en la romanza del barítono (José Dolores Pimienta) en la zarzuela Cecilia Valdés, de Gonzalo Roig. En aquel momento el proyecto cultural no era más que eso: una dulce quimera.

¿En qué momento de tu carrera estabas?

Bueno, desde 1979 trabajo con la empresa Antonio María Romeu, que está en la calle Galiano, en Centro Habana. En ella me hicieron cinco evaluaciones: solista lírico, solista popular, solista vocalista (de agrupaciones), actor y actor cantante. Entre diciembre de 1993 y abril de 1994, actué en Italia, haciendo papeles protagónicos de tres operetas, La viuda alegre, Al cavallino bianco y Scugnizza. En una de ellas, por determinadas circunstancias, llegué incluso a hacer tres personajes al mismo tiempo: el mío, el del protagonista, cuya voz yo doblaba, y un corista. En aquel momento, con 50 años, estaba en plenitud de facultades. Pero cuando regresé a Cuba, en el 94, para actuar en el Teatro García Lorca, tenía que caminar unas 60 cuadras entre Tulipán, donde me dejaba el tren de San Antonio, y el Capitolio… Así que te podrás imaginar…

Más que imaginármelo, lo recuerdo, porque te acompañé en un par de ocasiones al García Lorca ese año, cuando presentaban La casta Susana… ¿Cuántos niños y jóvenes se han beneficiado con tu Dulce quimera a lo largo de estos veinte años?

Sinceramente, no sé. Pero deben ser, por lo menos, unos 800. Le he dado clases hasta a un hijo de Oscar de León… En estos veinte años, he tenido alumnos de toda Cuba, aunque la mayoría son de las provincias occidentales, Artemisa, La Habana, Mayabeque…

¿Han obtenido premios tus alumnos?

Creo que lo más importante es la cantidad de estudiantes míos que han entrado en el Teatro Lírico de La Habana. Allí ninguno ha tenido dificultades, todo lo contrario. Llegan, se presentan y los aceptan sin problemas, lo que quiere decir que están bien preparados. Muchos se han graduado con notas relevantes y ahora están cantando en Cuba o en cualquier lugar del mundo.

Ante la tumba auténtica del Dante, en Rávena, Italia, 1994. Existe otra tumba dedicada al poeta en Florencia pero está vacía.

¿Qué repertorio enseñas?

Mis alumnos cantan a Rodrigo Prats (“La rosa de Francia”, “Soledad”, “Espero de ti”), a Ernesto Lecuona (“Siboney”, “Damisela encantadora”, “Siempre en mi corazón” o la zarzuela María la O), a Eliseo Grenet (“Tabaco verde”, “Las perlas de tu boca”), a Adolfo Guzmán (“Te espero en la eternidad”, “Libre de pecado”), a Gonzalo Roig (“Quiéreme mucho” o la zarzuela Cecilia Valdés), a Manuel Corona (“Longina”), a Sindo Garay (“Perla marina”) o a Luis Casas Romero (“El mambí”). Pero también interpretan a Puccini (“Nessun dorma”, de Turandot o “Recóndita armonía” y “E lucevan le stelle…”, de Tosca), a Verdi (los dúos de La traviata o “La donna è mobile” y “Questa o quella”, de Rigoletto), a Donizetti (“Pour mon âme”, de La fille du régiment) o a Mozart (“La reina de la noche”, de La flauta mágica). Trato de hacerles un repertorio completo, donde se incluya la canción cubana y la antología italiana. Yo tengo que rescatar la música tradicional cubana. Eso los ayuda a enfrentarse al canto en toda su dimensión. Porque yo no soy un maestro de canto lírico sino de canto. Lo que pasa es que creo en la calidad de la técnica italiana, que permite sacarle el máximo a la voz sin dañarla. Y eso es lo que enseño a todos.

“Yo tengo que rescatar la música tradicional cubana”.

¿Qué dificultades te quedan por vencer?

Acá en San Antonio todavía me siguen diciendo los funcionarios de cultura que Dulce quimera NO es un proyecto cultural. No lo reconocen porque dicen que NO nació de la Casa de la Cultura. ¡Pero si nació de mi trabajo, del de la Uneac provincial y nacional, y del CIERIC! ¿O es que esas no son instituciones culturales? Realmente todo eso es un formalismo innecesario.

Además de eso, nunca he contado con un local oficial donde dar mis clases a lo largo de estos veinte años. He dado clases en casas particulares porque alguien gentilmente ha querido cederme un espacio, y ahora doy las clases en uno de los cuartos de mi casa porque mis hijos me lo habilitaron. Pero “local oficial” —me refiero a un lugar con condiciones— no lo he tenido nunca.

¿Qué ha significado Dulce quimera en la vida de Rodolfo Chacón?

Como cantante, he aprendido cómo funciona la emisión de la voz. Al tener que enseñar, he tenido que documentarme a fondo. He encontrado el Si Bemol. Como maestro, analizo qué error comete cada uno, qué defecto tiene cada uno y busco el porqué, junto con mis alumnos. En la clase de canto tú tienes que saber de qué pata cojea cada uno. Lo más difícil del canto es el pase de la voz; si no pasas bien la voz, pierdes el brillo y el color. Tienes que pensar, en el canto, que todo está arriba, que incluso cuando bajas tienes que abrir arriba. En la Casa de la Cultura se dice que los niños no deben cantar canciones de adultos. Yo he puesto a los niños a hacerlo, con la técnica correcta, y no ha pasado nada. Claro que en eso me ayudó mucho el ya fallecido pianista Juanito Espinosa, quien era capaz, como nadie, de acomodar el tono según el cantante. Incluso, a mí el otorrino me ha enviado personas para que las valore. El que sabe oye el color de la voz.

Dando clases, febrero de 2022.

En 2022, cumple 90 años la zarzuela Cecilia Valdés, de Gonzalo Roig, a la cual pertenece la romanza “Dulce quimera”. ¿Qué me dices al respecto?

Creo que Cecilia Valdés, además de un libro muy cubano del siglo XIX, es la zarzuela cubana por excelencia. Recordarla es hacerle culto a una de las más grandes creaciones del alma cubana.

“El que sabe oye el color de la voz”.

La voz y el magisterio de Rodolfo Chacón son un patrimonio de la cultura cubana. Y no lo digo ceremoniosamente porque ya no esté con nosotros o esté lamentablemente enfermo o sea muy mayor. Lo digo porque está aquí, con nosotros, vital, simpático, humilde y con la voz bien puesta, a pesar de sus casi 80 años. Lo digo porque es un ejemplo que cuestiona al que se rinde pretextando imposibles, lo mismo que al que se escuda en formalidades para no hacer nada ni dejar a otros que hagan. Lo digo, en fin, porque este y no otro es el momento de retribuirle todo lo que ha hecho por la música cubana en San Antonio de los Baños, en el Occidente, en Cuba. Su pueblo natal lo ha premiado declarándolo “ariguanabense ilustre”; la provincia Artemisa, también; pero las instancias nacionales aún no lo han puesto en el lugar que su obra merece. Entre otras cosas, porque no hay ni siquiera un CD en los catálogos cubanos dedicado a registrar su voz en solitario.

Y en esta hora de recuentos, es bueno recordar que, cuando muchos desmayaron, él no se rindió; cuando lo invitaron a fundar un proyecto comunitario, él lo asumió con buen ánimo; cuando otros lo ignoraron, él siguió adelante; y cuando el tiempo pasó y pasó, él se multiplicó. Tan es así que hoy podemos decir que Chacón ya no es un tenor: Chacón es una escuela. Y quien lo dude, que preste atención y escuche cuántos jóvenes cubanos dedicados al canto lírico, al popular, o incluso al rock, llevan su sello en la voz.

“Chacón ya no es un tenor: Chacón es una escuela”.

La piedra, según el hombre, es obstáculo o atalaya. El artista cubano —me consta— transforma la dificultad en obra de arte, crea a golpe de talento más que de recursos, encarna la necesidad espiritual que se abre paso a través de las escasas posibilidades materiales y que, a pesar de todo, triunfa. El artista en Cuba se parece a un dios, que de la nada crea algo.

Si “Dulce quimera” nació como una romanza de Cecilia Valdés, hoy, 90 años después, es más que eso: es un canto a la perseverancia, al amor y a la iniciativa de un ser humano que supo trocar su frustración profesional en proyecto cultural para el bien de un municipio, de una provincia, de un país.

Por eso, a partir de ahora, cuando se defina en el Diccionario musical el significado de la expresión “Dulce quimera” habrá que poner dos entradas: desde 1932, romanza de la zarzuela cubana por antonomasia; a partir de 2002, romanza de la fe de Rodolfo Chacón.


Nota

[1] De aquí nació también el grupo de teatro El público, de Carlos Díaz.