La Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales y la democratización de la cultura (1940-1964) (Primera parte)

Félix Julio Alfonso López
7/1/2021

Los miembros de la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales se han consagrado a una gran empresa de crítica y revaloración históricas, inspirada en un sano patriotismo y un alto sentido de responsabilidad cívica, porque saben que todo pueblo necesita conocer la verdad de su historia, ya que en ella radica la razón de su existencia, y en ella ha de encontrar su guía para el presente, su luz para el futuro.

Emilio Roig de Leuchsenring 

 

En el año 1940 vio la luz, bajo el sello de la imprenta La Verónica, propiedad del poeta malagueño Manuel Altolaguirre, un breve folleto titulado: Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales. Reglamento,[1] de la autoría del Dr. Emilio Roig de Leuchsenring, quien fue el promotor y presidente de dicha corporación desde ese propio año hasta su fallecimiento en 1964. El Reglamento de la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales (SCEHI) fue escrito en 13 hojas a máquina y firmado el 30 de mayo de 1940,[2] se presentó al Negociado de Asociaciones del Gobierno Provincial de La Habana el 4 de junio, fue aprobado por el Gobernador Provincial cuatro días más tarde y finalmente la asociación quedó constituida legalmente el 25 de junio de 1940, al ser inscrita con el número 10 982 en los Libros de Registros Especiales del Gobierno Provincial.

El Dr. Emilio Roig de Leuchsenring en su despacho. Foto: Archivo del periódico Granma
 

En el ejemplar que se conserva en la Biblioteca Histórica Cubana y Americana “Francisco González del Valle”, de la Oficina del Historiador de la Ciudad, el texto del reglamento aparece precedido por varias páginas mecanografiadas, donde se consignan las diferentes juntas directivas de la Sociedad, las cuales eran electas cada dos años. La primera de dichas juntas, escogida para el bienio 1940-42, tenía como Presidente al Dr. Roig; Vicepresidente a Francisco González del Valle, secretario a Julio Le Riverend, Vicesecretario a José Antonio Portuondo, Tesorero a Miguel Jorrín y Vicetesorero a Fermín Peraza Sarausa. Los vocales de este gremio lo integraban Fernando Ortiz, Gerardo Castellanos García, Mario Guiral Moreno, Julio Villoldo, Manuel Bisbé, Salvador Massip, Raquel Catalá, Enrique Gay Calbó, Manuel Piedra Martel, Herminio Portell Vilá, Federico Castañeda, Elías Entralgo, José Antonio Ramos, José Luciano Franco, Manuel Isidro Méndez y José María Bens Arrarte.[3]

Se trataba de un grupo de personalidades de profesiones distintas, ideologías dispares y generaciones diferentes, que básicamente coincidían en dos aspectos esenciales: ser amantes, escritores y divulgadores de la historia, y pertenecer al círculo de amigos y cómplices de Emilio Roig, quien desde 1935 había sido nombrado Historiador de La Habana y tres años más tarde había fundado la Oficina del Historiador de la Ciudad. Eran estos:

un grupo de los más asiduos amigos y colaboradores del Historiador de la Ciudad de La Habana en diversos empeños cívicos y culturales (…) movidos del deseo de infundir un hálito de renovación en el estudio y la divulgación de la historia, prestándole un mayor dinamismo, una aplicación más directa a las realidades actuales de nuestra vida nacional, y tratando de atraer hacia los asuntos históricos una más interesada atención por parte del público en general.[4]

Precisamente por la heterogeneidad de sus integrantes, el propio Roig consideraba que:

La Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales ha sido siempre ajena a todo interés partidarista, político o religioso, quedando en libertad cada uno de sus miembros de ejercitar, individualmente, los derechos democráticos sobre afiliación en asociaciones o partidos y profesión de religión y ejercicio de culto que la Constitución de la República reconoce y garantiza.[5]

La afirmación de que se trataba de una asociación de nuevo tipo, transformadora de los estudios historiográficos y cuyos fines eran la democratización de los saberes propios del conocimiento histórico, constituía una crítica implícita a los procedimientos y resultados intelectuales de la otra institución dedicada a este menester, la Academia de la Historia de Cuba, una corporación de más antigua data (creada en 1910), varios de cuyos integrantes fueron invitados a formar parte de esta organización renovadora. Antes de su conformación, Emilio Roig envió copia del Reglamento que debería regir a la nueva corporación a varios intelectuales y amigos, con el ánimo de que le dieran sus opiniones y dictaminaran sobre sus diferentes puntos. Una de las respuestas más elocuentes la ofreció Gerardo Castellanos García, para quien el documento estaba “bien enfocado, bien estudiado y planteado” y señalaba de manera particular varios apartados como “un trompetazo clamorosamente político”, toda vez que la Sociedad “según ellos, tendrá a la vez carácter combativo-político, porque se propone mezclarse en infinidad de problemas que no son los esenciales de los estudios históricos”.[6]

Menos atractivo resultó el proyecto para Emeterio Santovenia, Joaquín Llaverías y Gonzalo de Quesada y Miranda, miembros de la Academia de la Historia de Cuba, quienes respondieron a Roig con cortesía, agradeciéndole su envío, pero declinando participar en la nueva institución en virtud de los siguientes argumentos:

No dudamos, tras su lectura, de la buena fe de quienes lo han redactado. Pero es lo cierto, sin duda a causa de la índole de la Sociedad en organización, que resulta evidente y sería inevitable la similitud de algunas de sus funciones principales con las privativas de la Academia de la Historia de Cuba. Creemos sinceramente que, a despecho de las rectas intenciones de los iniciadores de la Sociedad, el desarrollo de sus actividades dará la sensación de ser un organismo semejante a la Academia y aparecerá frente a esta como su rival. Pensando y hablándote con la franqueza a que nos obliga nuestra estrecha y antigua amistad, tenemos que decirte que nos consideramos impedidos de participar del honor de ser componentes de la Sociedad, mientras permanezcamos en el seno de la Academia.[7]

 Roig de Leuchsenring fue el promotor y presidente de la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales hasta su fallecimiento en 1964. Foto: Internet
 

Roig contestó a esta misiva, recordándoles a los remitentes que la nueva Sociedad no solo tendría resultados dedicados al cultivo del conocimiento histórico, sino que la misma propendía a desenvolver “actividades cívicas colectivas en defensa de todo cuanto pueda afectar nuestra soberanía, los altos intereses políticos, económicos e internacionales de la República, o signifique olvido de los ideales patrióticos y revolucionarios cubanos”.[8] El historiador de la Ciudad deploraba la negativa de Santovenia, Llaverías y Quesada y se asombraba de que su única razón fuera suponer una interferencia de la Sociedad en las labores de la Academia de la Historia, de la cual Roig también era miembro.[9] Asimismo, les echaba en cara la pretensión de que “en Cuba solo debe existir una sociedad dedicada al estudio de la historia, y que esta sea oficial”.[10] Y concluía razonando que:

Lejos de hallarse en pugna la Academia y la Sociedad, pueden convivir sin rozamientos y hasta ayudarse mutuamente, sobre todo la Sociedad a la Academia, demandando para esta, de los poderes públicos, en forma que no le es dable llevarlo a cabo la Academia por ser parte interesada y por su carácter oficial, la debida protección económica y de toda índole, para que pueda cumplir cabalmente sus funciones”.[11]

Al final de la carta, Roig les recuerda a cada uno sus antiguas críticas y resentimientos en contra de la Academia que decían defender[12] y los invita a rectificar en su juicio y unirse a la nueva corporación, lo que finalmente hicieron. Tanto Llaverías como Quesada alcanzaron la condición de Socios de Honor posteriormente; pero las fricciones entre la Academia de la Historia de Cuba y la Sociedad… afloraron dos años más tarde, bajo la presidencia de la primera de Emeterio Santovenia, lo que conllevó a la renuncia de Roig, so pretexto de una disputa formal relacionada con la entrada de Enrique Gay Calbó a la Academia, y a su abandono del cenáculo académico en el verano de 1942.[13]

Sin embargo, la ruptura de relaciones entre ambas instituciones no fue definitiva y, en opinión del estudioso de la Academia Reinaldo Funes:

Sin duda la salida de Roig fue una sensible baja. Aparte del conflicto por los formalismos académicos, sería difícil determinar otros motivos que pudieron estar detrás de su separación. En el trasfondo se podría tratar de una confrontación entre la postura antimperialista y nacionalista de los Congresos Nacionales de Historia y la SCEHI frente a otra más conservadora, representada por la Academia de la Historia. No obstante, es preciso advertir que esto no llevó a una ruptura absoluta entre Roig y la Academia o entre los académicos y la SCEHI. En los años siguientes Roig asistió a algunas de las sesiones públicas de la AHC e incluso se le invitó a formar parte de la presidencia y también solicitó documentos del archivo. En sentido inverso, una notable parte de los académicos de número o correspondientes participó asiduamente en los congresos y actividades de la SCEHI.[14]

Otro invitado que renunció a ingresar a la Sociedad en aquel momento fue el estudioso martiano Félix Lizaso, so pretexto de que deseaba permanecer aislado en su torre de marfil, desconfiaba de la eficacia de instituciones que no contaran con medios suficientes para desenvolver su actividad y no quería ser responsable de acciones como las que propugnaba la Sociedad de índole política, nacionales e internacionales.[15] Lo haría años más tarde y fue vocal durante varios bienios.

En términos estrictamente legales, la Sociedad Cubana… era una asociación privada, que colaboraba estrechamente con otra institución pública, como era la Oficina del Historiador, al coincidir en ambos casos la misma persona como dirigente máximo, y ello explica que:

Ha sido un caso peculiar de íntima colaboración fructífera entre una institución privada y un organismo oficial, sin que esta actuación conjunta que en muchos casos llega casi hasta la identificación, haya impedido que, cuando las circunstancias lo han exigido, la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales se haya pronunciado, por sí sola y con entera independencia, sobre asuntos de interés nacional, en uso de su derecho como entidad particular animada de alto espíritu cívico.[16]

 

Notas:
 
[1] Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales. Reglamento, La Habana, Imprenta La Verónica, 1940, 27 pp.
[2] Los firmantes del documento original fueron: Emilio Roig de Leuchsenring, Enrique Gay Calbó, Francisco González del Valle, Raquel Catalá, Mario Guiral Moreno, Gerardo Castellanos García, Federico Castañeda, Julio Villoldo, Julio Le Riverend, Manuel Isidro Méndez, José Luciano Franco, José Antonio Ramos, Salvador Massip, Herminio Portell Vilá, Miguel Jorrín, Manuel Bisbé y Manuel Piedra Martel. Ídem, p. 27.
[3] Durante toda la existencia de la Sociedad (1940-1964) fue Roig electo como su presidente, y el resto de los cargos fueron rotativos, aunque desde 1950 y hasta su desaparición ocupó la vicepresidencia José Luciano Franco. Entre los vocales que formaron parte de la junta directiva en años sucesivos estuvieron Manuel Bisbé (1948-50, 1950-52, 1952-54, 1954-56, 1956-58), Herminio Portell Vilá (1948-50, 1952-54, 1954-56, 1956-58, 1958-60), Leví Marrero (1948-50, 1950-52, 1952-54, 1954-56, 1956-58, 1958-60), Carlos Rafael Rodríguez (1948-50, 1950-52, 1954-56, 1956-58, 1958-60, 1960-62, 1962-64), Fernando Portuondo (1948-50, 1950-52, 1952-54, 1954-56, 1956-58), René Herrera Fritot (1950-52, 1954-56), Manuel Isaías Mesa Rodríguez (1950-52, 1958-60, 1960-62, 1962-64), Hortensia Pichardo (1950-52, 1952-54, 1956-58, 1958-60, 1960-62, 1962-64), Carlos García Robiou (1954-56, 1956-58, 1958-60, 1960-62), Antonio Núñez Jiménez (1954-56, 1956-58, 1960-62, 1962-64), José Conangla Fontanilles (1958-60, 1960-62, 1962-64), Francisco Ponte Domínguez (1960-62), José López Sánchez (1960-62, 1962-64), Juan Marinello (1962-64), Sergio Aguirre (1962-64), Salvador Vilaseca (1962-64) y Luis Felipe Le Roy (1962-64).
[4] Emilio Roig de Leuchsenring, Veinte años de actividades del Historiador de la ciudad de La Habana, 1935-1955, Municipio de La Habana, Oficina del Historiador de la Ciudad, 1955, p. 295.
[5] Ídem, p. 303.
[6] “Carta de Gerardo Castellanos a Emilio Roig, 18 de abril de 1940”, en: Emilio Roig de Leuchsenring, Epistolario, compilación y notas de Nancy Alonso González y Grisel Terrón Quintero, La Habana, Ediciones Boloña, 2009, Libro Primero, p. 192.
[7] “Carta de Emeterio Santovenia, Joaquín Llaverías y Gonzalo de Quesada y Miranda a Emilio Roig, 19 de abril de 1940”, en: Emilio Roig de Leuchsenring, Epistolario, op. cit., p. 194.
[8] “Carta de Emilio Roig a Emeterio Santovenia, Joaquín Llaverías y Gonzalo de Quesada y Miranda, 25 de abril de 1940”, Ídem, p. 195.
[9] El ingreso de Emilio Roig a la Academia de la Historia fue propuesto en 1921, en sustitución del académico Alfredo Miguel Aguayo, pero su entrada efectiva no se produjo hasta el 29 de septiembre de 1938. El tema elegido por el Dr. Roig para su trabajo de ingreso fue “Martí en España y la España de Martí” y su discurso de recepción estuvo a cargo de Gerardo Castellanos García. Véase: Academia de la Historia de Cuba, Discursos leídos en la Recepción pública del Dr. Emilio Roig de Leuchsenring, la noche del 29 de septiembre de 1938. Contesta en nombre de la Corporación el Sr. Gerardo Castellanos G., Académico de Número, La Habana, Impr. El Siglo XX, 1938, 302 pp.
[10] “Carta de Emilio Roig a Emeterio Santovenia, Joaquín Llaverías y Gonzalo de Quesada y Miranda, 25 de abril de 1940”, op. cit., p. 196.
[11] Ídem, p. 196.
[12] “Me asombra, por último, ese desbordado entusiasmo que ustedes revelan en su carta, por la Academia de la Historia, y que los lleva al más cerrado de los exclusivismos, cuando tú, Emeterio, me manifestaste no hace mucho estar de tal modo disgustado e inconforme con la marcha de la Academia que ya habías suprimido en tus últimas obras poner debajo de tu nombre, ‘de la Academia de la Historia’; cuando tú, Gonzalito, al anunciarte por teléfono el envío de esa carta, me expusiste que tu interés primordial en seguir perteneciendo a la Academia de la Historia era ver lograda la publicación de los papeles de tu padre; y tú, Joaquín,  más de una vez me has dado a conocer tu desacuerdo con ciertas inactividades o con actividades equivocadas de la Academia. Y siempre que yo he cambiado impresiones con alguno de ustedes tres sobre el desenvolvimiento de la Academia de la Historia, hemos coincidido en casi todas las críticas y censuras, basadas muchas de ellas en la heterogeneidad de su composición y trabas a su desenvolvimiento, por su carácter oficial y abandono en que la tiene el Estado, lo cual no quiere decir, como ustedes son claros ejemplos, que yo pueda ser considerado enemigo de la Academia de la Historia y mucho menos partidario de poner frente a ella una sociedad que le haga sombra o la anule (…) ¿O es que la Academia de la Historia sufre tan precaria vida que no podría resistir la aparición de otra sociedad, particular, que entre sus varias actividades tuviera los estudios históricos?”. Ibídem.
[13] En su minucioso estudio sobre la Academia de la Historia de Cuba, Reinaldo Funes afirma que en el mayor dinamismo de esta bajo la presidencia de Emeterio Santovenia (1942-58) “debió tener cierta influencia la mencionada aparición desde 1940 de la SCEHI”. Funes narra la disputa Roig-Gay Calbó-Santovenia y conjetura que este hecho quizás pudo estar motivado por “el recelo de la Academia y su nuevo presidente por la creación de la SCEHI. Sin embargo, ya habían pasado dos años desde la aparición de esta asociación, lo que complica buscar una relación causal tan directa”. Reinaldo Funes, “La Academia de la Historia de Cuba: panorama de su primera época (1910-1962)”, en: Memoria fundacional de la Academia de la Historia de Cuba, La Habana, p. 45.
[14] Ídem, pp. 45-46.
[15] “Carta de Félix Lizaso a Emilio Roig de Leuchsenring, 23 de mayo de 1940”, Ídem, p. 199.
[16] Emilio Roig de Leuchsenring, Veinte años de actividades del Historiador de la ciudad de La Habana, 1935-1955, op. cit., p. 303.