“Sepulcro abierto es su garganta, su lengua trata engañosamente, veneno de áspides está bajo sus labios, cuya boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies son ligeros en derramar sangre. Destrucción y adversidad hay en sus caminos”.
Romanos 9.16

Con el tono hostil y premonitorio que lo caracteriza, Mario Vargas Llosa lanzó un ultimátum risueño y repleto de insensibilidad. Para el escritor, que desde hace décadas mutó su postura y devino voz principal de juicios emparentados sanguíneamente con el poder, es El principio del fin, tal y como reza el título de su columna en el diario El País. El lenguaje de dicho escrito tiene marcas que lo hacen transparente y muestran el núcleo duro de la ideología que hay detrás de frases y proclamas políticas. En sus líneas, el escribidor no se refiere a Cuba como el castrismo o el sistema, sino como la Revolución en mayúsculas. Nada de ello resulta accidental, no es lo mismo una construcción administrativa, llámese gobierno, que un suceso histórico de profundas transformaciones, o sea, una Revolución, ya sea la inglesa de 1640 o la cubana de 1959. Y Vargas Llosa está claro en lo que desea: el fin, no de un mandatario y su círculo estrecho, sino del acontecimiento que benefició a multitudes y que marcó un parteaguas histórico. El escribidor no se enfrenta a la parte, sino claramente al todo.

“La Cuba de Vargas Llosa se parece al Irak que vendieron los diarios globalistas, para preparar la agresión unilateral que lacerará por generaciones a un país”.

“Las concentraciones contra el régimen no acabarán con la Revolución, pero los cubanos ya han comenzado a salir a las calles y todo indica que, a más represión, habrá más manifestaciones de libertad”. En dicho fragmento, destacado además por El País como sumario de la columna, Vargas Llosa resume la naturaleza de su activismo como intelectual. A reglón seguido, añade que al proceso cubano no le queda de otra que, tras las protestas, derivar hacia una dictadura militar típica latinoamericana. Y es que el autor intenta construir una Cuba sátrapa, parecida a determinados gobiernos tercermundistas, sin la excepcionalidad del cambio social de 1959. Todo ello tendente a justificar una perentoria invasión con fines humanitarios y civilizadores, para supuestamente adecentar a la isla, perdida en el marasmo de un Estado fallido y de ingobernabilidad. La Cuba de Vargas Llosa se parece al Irak que vendieron los diarios globalistas, para preparar la agresión unilateral que lacerará por generaciones a un país y sentó las bases de una doctrina intervencionista con tintes de cruzada medieval y que aún se padece y se esparce de la mano de plumíferos y otros halcones.

En Cuba hubo un suceso trascendente el 11 de julio, cuyas implicaciones aún están por escribirse. Sin dudas se trató de algo que concierne a los nacionales, quienes deberán hallar soluciones soberanas en la consecución de objetivos a corto, mediano y largo plazo hacia una mayor democracia y acceso a bienes públicos. El diálogo deberá caracterizar cada análisis. Un debido proceso legal según los hechos concretos y no un ajuste de cuentas con los manifestantes es lo primero y más equilibrado. La ruptura con el verticalismo, la implicación de iniciativas asamblearias y populares, la ampliación de oportunidades de desarrollo y de trabajo e inversión, son algunas de las formas que ya tienen que tomar parte urgente en el panorama de la arena política cubana. Un margen público donde la opinión responsable y crítica y la participación ciudadana sean los resortes en la construcción de un sistema que funcione con todos. No es la hora de la dureza, sino de los valores humanos y del bien común. Para Vargas Llosa, simplemente, llegó el final y, con este, la invasión armada. Fue el mismo autor que, en 2003 y luego de oponerse tímidamente al intervencionismo norteamericano en Irak, rectificó y dijo en una de sus columnas: “Hace tres meses no lo sé, pero ahora con lo que he visto y oído en esta breve estancia, hubiera apoyado la intervención sin vacilar”.

“La ruptura con el verticalismo, la implicación de iniciativas asamblearias y populares, la ampliación de oportunidades de desarrollo y de trabajo e inversión, son algunas de las formas que ya tienen que tomar parte urgente en el panorama de la arena política cubana”.

¿Ya se olvidó Vargas Llosa de cómo ha quedado la infraestructura en Irak, dígase agua, comida, electricidad, comunicaciones, sanidad y seguridad social? El mal que vive el pueblo solo le interesa cuando es causado por un enemigo de Occidente o alguien incómodo, a quien ya el poder decidió desaparecer. No solo no hay un país donde antes hubo al menos eso, sino que la gobernabilidad está mucho peor, con las etnias y las ramas del islam peleando por cada palmo de terreno, en un caos sin derechos humanos. Tal ha sido la misión de adecentamiento, civilizadora, de la fórmula que defendió nuestro escribidor. “Todo el sufrimiento que la agresión armada ha infringido al pueblo iraquí es pequeño comparado con el horror que vivió bajo Sadam Hussein”. Dígales eso a las madres que vieron los cuerpos despedazados de sus hijos sobre el pavimento, señor Marqués de Vargas Llosa. Intente convencerlas y verá qué le responden. La geopolítica del desastre, llevada adelante por Occidente en el Cercano Oriente, le parece a usted un “daño colateral” en la campaña supuestamente civilizadora del poder globalista. Si el cinismo no fuera una categoría ya establecida, usted sería su inventor perfecto.

Vargas Llosa no pide en directo una invasión para Cuba, al menos no en esa columna, pero lo deja caer. Traza la hoja de ruta a partir de un discurso donde, según él, las masas no pueden cambiar por sí mismas la historia, lo cual marca la “necesidad” de una fuerza más potente (¿la 82 División Aerotransportada?). En la lógica del escribidor, la Revolución ya cayó y queda la dictadura, el proceso se detuvo y están los sátrapas, la prosperidad es imposible y solo resta que vayan en paracaídas los marines hasta el malecón de La Habana. Ni una mención siquiera al acoso económico y financiero que reduce la capacidad inmediata de respuesta ante la crisis sanitaria por parte del gobierno cubano. Vargas Llosa no ofrece uno de sus tantos millones de dólares para ayudar a Cuba, cuando es sabido que el nombre del Premio Nobel de Literatura aparece en los Papeles de Panamá, por lavado de dinero en los paraísos fiscales. El evasor de impuestos evade también la ética elemental. El pueblo, esa categoría para él abstracta (apenas una palabra recurrente en el teclado de su ordenador portátil), le importa tan poco como las masas de Irak, masacradas hasta el hartazgo a partir del 2003 hasta hoy. Pero el escribidor tiene memoria selectiva, no se le puede pedir mucho más. ¿Se habrá transformado en uno de sus propios personajes de ficción?

El Vargas Llosa que hoy escribe en El País es real, sus palabras preparan el terreno desde la ideología y la cultura para la intervención física de fuerzas partidistas, intereses y lobbies. Se trata de una postura orgánica, como la que asumió en 2018 en defensa de los presidentes Iván Duque y Álvaro Uribe, acusados de masacres políticas y genocidio por organizaciones tan neoliberales como Human Rights Watch, financiada por George Soros (un gurú que a menudo cuenta con el elogio ¿desinteresado? del escribidor). Por entonces, Vargas Llosa dijo que Colombia era el país con mayor libertad del continente y elogió a la clase empresarial de Bogotá por su emprendimiento. Si no fuese por lo trágico y real, estaríamos hablando de un chiste que se cuenta solo. Más reciente, el apoyo del escritor a Keiko Fujimori no solo hizo tabula rasa con el pasado opresivo del padre de la susodicha, sino con los muchos escándalos de corrupción que la ensombrecen.

“En la lógica del escribidor, la Revolución ya cayó y queda la dictadura, el proceso se detuvo y están los sátrapas, la prosperidad es imposible y solo resta que vayan en paracaídas los marines hasta el malecón de La Habana”.

Una cualidad es siempre el denominador común en las causas que apoya Llosa: la libertad abstracta. Dicha trampa ideológica tiende a soslayar la consecución de libertades concretas y se coloca en función de un discurso que aparenta abarcar mucho y que se propone repleto de promesas. Esa es la misma libertad que defendieron los burgueses en 1789 y que las masas secundaron. Una causa que, ya en el poder, se evidenció clasista, sesgada y que devino en la libertad de los empresarios para disponer de los recursos, la mano de obra y las fuerzas productivas. Poco a poco, mediante luchas a veces demasiado parceladas, las masas han ido concretando los campos en que se ejerce la libertad y le arrancaron algunos privilegios a la burguesía. Ese proceso, aún en marcha, es el que cuenta y el que se refiere al desarrollo más amplio de las potencialidades del grueso de la gente en este planeta, de esos que no poseen grandes propiedades. Si una crítica hay que hacerle a los reclamos en Cuba el 11 de julio es la exigencia a veces en abstracto de esa libertad. Los caminos para el diálogo nacional y la vía institucionalizada deberán encauzar mediante formas concretas esos anhelos y darles una vida política funcional y colectiva, de beneficio y no de caos, de entendimiento y no de agresividad. El momento del cambio no se esfumó, ni todo el que exigió lo hizo desde una postura mercenaria.

“La libertad en abstracto que defiende el Premio Nobel debiera incluir hechos concretos de ayuda, de solidaridad, de respeto hacia la vida. No hay que ser socialista o neoliberal para comprenderlo, sino humano”.

La novela La tía Julia y el escribidor se destaca por la ingeniosidad de uno de los protagonistas, el escribidor Pedro Camacho, en el cual Vargas Llosa cifra todo el humor de su obra. Se trata de un autor de novelas radiales del siglo pasado, que en el desvarío de la mediocridad era capaz de matar un personaje en un capítulo y revivirlo milagrosamente y sin explicaciones en la entrega siguiente. Esos disparates, tan fatales en la ficción, son irreversibles en la realidad, donde las bombas matan a quienes no volvemos a ver. Mario Vargas Llosa está lejos de ser un escritor mediocre, como Pedro Camacho, pero ¿habrá entendido que los habitantes de Cuba no son metáforas a las cuales se les pueda devolver la vida mediante un soplo de creación literaria?

La libertad en abstracto que defiende el Premio Nobel debiera incluir hechos concretos de ayuda, de solidaridad, de respeto hacia la vida. No hay que ser socialista o neoliberal para comprenderlo, sino humano. Los sucesos del 11 de julio tienen una resonancia en la historia de Cuba, pero Vargas Llosa cree que la historia es ficción. Parafraseando el memorable inicio de su novela Conversación en la Catedral, ¿en qué momento se jodió el escribidor que ya confunde hechos con metáforas literarias?

Pedro Camacho y Vargas Llosa se parecen bastante.

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