Una veintena de obras seleccionadas conforman la II Bienal de Pequeño Formato Amelia Peláez, convocada por la Uneac en Sancti Spíritus, la cual se mantendrá abierta hasta finales de octubre en la galería Fayad Jamís de la institución. Se trata de un conjunto que revela el estado actual de las artes visuales en el territorio al participar artistas de distintas generaciones, quienes exponen sus reflexiones a partir de múltiples técnicas y tendencias de variados valores sígnicos. Desde esa perspectiva se observa un paulatino cambio de los recursos expresivos de los más jóvenes, que apuestan por discursos contemporáneos alineados a modos de hacer de rango cosmopolita.

Alexander Hernández, Nirvana.

El jurado on line —integrado por el trinitario Luis Blanco Rusindo, el pinareño Miguel Ángel Couret y el habanero Alain Cabrera— reconoció que en las obras concursantes se observó diversidad de propuestas y soluciones, las cuales se adentran en los probados resultados que aportan las técnicas tradicionales y en las posibilidades expresivas de los nuevos medios. Se constata también cómo se imbrican artistas de diferentes generaciones, donde los más jóvenes rompen con maneras clásicas de hacer, pero a la vez son deudores de toda la tradición visual de la región.

Obtuvieron las becas de creación: Álvaro José Brunet Fernández, con la obra Sin espacio para el arte, al aproximarse con visión conceptualista a una de las problemáticas del arte contemporáneo saturado de banalidad mediante la construcción instalativa de una moldura que remeda un marco cerrado en sí mismo; Moisés Bermúdez Marrero por Lo que la vida nos negó, obra que, a través del video performance, muestra su propia existencia juvenil a través del dribleo de una pelota que recorre el espacio galerístico en busca de la ausente canasta, convirtiendo la inutilidad de la acción en metáfora de Sísifo que repite los mismos movimientos sin resultados tangibles; y Omar Fernández Galí (Cuti) con Empatía, propuesta apoyada en la tradición del grabado, donde el público interactúa con la obra al participar en el proceso de entintado e impresión personal de cada propuesta que ofrece el taco en forma de cubo con pictogramas africanos de origen Adinkra que datan del siglo XVlll, donde cada símbolo está asociado a diferentes significados filosóficos o religiosos.

De igual modo se decidió entregar menciones a: Luis García Hourruitiner, también premio colateral del Fondo Cubano de Bienes Culturales, por Terror en el hueco, al hacer un uso revelador de la tendencia abstracta con cierto sentido humorístico al magnificar los componentes compositivos desde una óptica semántica de insinuante realidad, lo cual demuestra cómo las posibilidades de los géneros tradicionales de la pintura no están agotadas y dependen de las habilidades creativas del artista; y Luisa María Serrano Fernández (Lichi) quien, con la técnica tradicional del dibujo titulado La espera, aborda problemáticas de actualidad con sutil lenguaje expresivo no exento de irónico humor, demostrando dominio de la técnica y excelente composición gráfica donde el zepelín que transporta el barco mercante deviene absurda metáfora.

Omar Fernández, Empatía.

Las instituciones culturales entregaron sus premios a Juan Carlos Lage (Consejo Provincial de las Artes Plásticas), por su obra Suvenir, al expresar con cierto sentido irónico la transformación de una tabla y mazo de machacar carnes en un juguete para niños; y Alexander Hernández Chang (Sociedad Cultural José Martí) por su video arte Nirvana, original entrega estética del artista donde incorpora sus propuestas existenciales mediante la meditación, logrando sostener un significativo contrapunto entre la búsqueda de la espiritualidad interior y el caos exterior reinante.

El jurado on line —integrado por el trinitario Luis Blanco Rusindo, el pinareño Miguel Ángel Couret y el habanero Alain Cabrera— reconoció que en las obras concursantes se observó diversidad de propuestas y soluciones, las cuales se adentran en los probados resultados que aportan las técnicas tradicionales y en las posibilidades expresivas de los nuevos medios. Se constata también cómo se imbrican artistas de diferentes generaciones…

Como expuso el jurado, esta bienal se definió por la calidad y variedad de las propuestas, las cuales se hacen extensivas a otros autores participantes. Un hecho novedoso fue la participación de cuatro proyectos que hicieron uso de las nuevas tecnologías digitales para proponer al público aristas de rango existencial, social y antropológico. Fueron ellas: el videoperformance Lo que la vida nos negó, de Bermúdez; el videoarte Nirvana, de Hernández Chang; la instalación sonora Con-cierto sentido, de José Alberto Rodríguez; y la instalación No reconozco otro dueño, del grupo Catorceavo. Las dos últimas se definen por un modo de hacer arte desde la inusual perspectiva sonora. En la de Rodríguez, se graba en el espacio interior de la galería los ruidos ambientes, los que se registran visualmente en la laptop mediante un gráfico sismográfico; en la propuesta del grupo, se trata del descubrimiento en archivo público de una canción del siglo XIX que identifica a la antigua villa espirituana, pero que no fuera aprobada por el rey español Fernando VII, según la voz en off que narra los hechos desde un pequeño aparato digital de sonido. Tal disquisición nos remite a la protección y ocultamiento de un apócrifo tratado de la comedia de Aristóteles en la novela En nombre de la rosa, de Umberto Eco, donde se manipula el concepto de la verdad histórica.

Si bien esta segunda edición de la Bienal no superó la cantidad de participantes de la primera, que llegó a la treintena, se aprecia en esta ocasión un enriquecimiento del reservorio de las artes visuales espirituanas con la incorporación de jóvenes talentos, que buscan expresarse desde una óptica más cercana a los nuevos lenguajes que marcan esta manifestación al acudir a novedosos espectros discursivos más atemperados a una visión globalizada de la creación. Son ellos quienes están renovando con sus poéticas una tradición espirituana que, desde los inicios del siglo XX, tuvo un carácter retiniano para evolucionar hacia formulaciones que registran procesos intangibles que definen conductas humanas desde el arte procesual y conceptualista.