En la navidad de 1991 millones de personas vieron desde sus televisores como la bandera roja era retirada del Kremlin. Yo contaba con apenas unos meses de nacido. Una década después leería el simbolismo de esas imágenes que redondearon el suicidio del llamado socialismo real existente. Dos mundos culturalmente irreconciliables terminaban, al menos en apariencia, una batalla que desbordó los límites creados por los bloques políticos establecidos. El recurso del fin de la historia y el posmodernismo con su golpe a los grandes relatos fueron el epílogo de la encrucijada vivida por el sistema comunista de valores. 

“Que seamos capaces de atrevernos a interrogar de manera nueva nuestra realidad…”. Ilustración: Tomada de Cubaperiodistas

La gran derrotada resultó ser la esperanza de las mayorías. La palanca propagandística que se ensayó primero en el Chile de Pinochet y se proyectó luego contra el poder social en la URSS, mutiló progresivamente los valores de autodeterminación y soberanía que alimentaron la personalidad cívica de los pueblos al concluir el episodio bélico de 1945. Su potencia logró imponerse ante una historia de más de 26 millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial. La ficción protagonizada por una multitud de héroes y villanos resolvió linealmente la lucha política y resintió la conciencia de clase. En el llano de la simplificación, el binarismo, la polarización y el odio, tuvo lugar el Waterloo del socialismo soviético. 

Los factores que abrieron la puerta al desplome están analizados en una cuantiosa literatura publicada en los últimos treinta años. Lo sucedido alrededor de aquel socialismo representa, todavía, un reto teórico y un desafío práctico de primer orden para el marxismo, el pensamiento radical y la izquierda contemporánea. En el plano simbólico, el efecto derrame dañó la gestación de nuevas propuestas, objetivos y programas ideológicos, indispensables para reanimar un movimiento progresista que sufrió el repliegue en estampida de una parte de sus mejores pensadores. Un aspecto agravado por la gestión deficiente del conflicto resistencia-alternatividad, la insuficiente sobreadapatación a contextos de las plataformas políticas y sus liderazgos, y los obstáculos para disputar efectivamente la hegemonía.

Cuba, por su parte, respondió al deslinde de los noventa con soluciones internas muy complejas encadenadas a una estrategia de sobrevivencia política. En el propio año 1990 se divulgó la convocatoria al IV Congreso del Partido Comunista. La defensa de la soberanía nacional, el perfeccionamiento de las labores de los órganos del Estado, la administración y la reconfiguración de las organizaciones de masas en el país, junto a las reformas económicas coparon los análisis. Un rasgo del Congreso, explícito desde la misma convocatoria, fue el replanteamiento de agendas y alianzas internas. Las movilizaciones con un hondo carácter popular para discutir problemas centrales de la transición socialista distinguieron el período.  

La participación fue la dimensión fundamental de la estrategia de recuperación ideológica en los noventa. Haciendo uso de la persuasión, aquellas prácticas políticas incidieron en los métodos de trabajo institucional, el desencartonamiento de la comunicación social, la incorporación de las ciencias sociales a la modelación de escenarios, el debate sobre la noción de la seguridad nacional y el cambio generacional en sectores dirigentes. En uno de los momentos más difíciles de la vida de la nación, la narrativa ecuménica y un esfuerzo pedagógico descomunal, diferenciaron los procedimientos en aras de la orientación y la movilización de sentidos, en un saldo solo comparable con los primeros años de la Revolución. 

“Hubo que trabajar por restablecer la utopía del socialismo, al tiempo que se vencía un programa de guerra cultural intensificado estridentemente”.

Ese torneo de ajedrez político se libró en medio de la readaptación obligada a un mundo en el que la confrontación política añadió la lucha por el dominio de los lenguajes, la participación de operadores tecnológicos y una creciente corporativización de los medios de prensa como señales distintivas. 

En medio de la crisis, el vacío doctrinario generado a partir de la retirada del marxismo y la incertidumbre expandida en las filas de una izquierda concentrada más en exponer “los defectos genéticos” del socialismo real, que, por construir alternativas, hizo que nuestras dificultades fueran dobles. Hubo que trabajar por restablecer la utopía del socialismo, al tiempo que se vencía un programa de guerra cultural intensificado estridentemente. Como tantas otras dificultades, las formas de la guerra no convencional pasaron a ocupar a los trabajadores del campo de las ideas, a políticos y a los agentes del orden interior.

Quedaron expuestas ante nosotros dos aristas de un mismo problema, que no permiten las superficialidades: la primera implica las lógicas con las que se identifican, a nivel operativo, los esquemas de financiación, la actividad enemiga directa contra Cuba y las estrategias de desestabilización del orden revolucionario mediante el ataque al bloque institucional, la persecución económica y el asedio internacional; la segunda y probablemente más compleja, se desprende de la actividad cultural del capitalismo, encaminada por vías y recursos muy variados al asesinato de la ideal social, a fabricar simpatías en segmentos muy estudiados de la población y a reproducir un patrón de consumo y prosperidad irresponsable, excluyente y nocivo.  

La guerra cultural es un concepto-sistema atravesado por categorías, formulas y metodologías provenientes de un grupo muy nutrido de ciencias específicas que crecieron exponencialmente durante la segunda mitad del pasado siglo. Trabaja, por tanto, en todos los sectores de la realidad. En el centro de los manuales contemporáneos, las conductas, los proyectos de vida, las representaciones sociales, los imaginarios, las formas de entender la felicidad, las expectativas y proyectos colectivos; constituyen ejes de gigantescas operaciones de marketing que persiguen afirmar la adaptabilidad social mediante la espiral del silencio como fórmula de anulación de individualidades, haciendo uso de la opinión pública y la necesidad humana de aceptación, toda vez que secuestran las subjetividades políticas hegemonizando la vida cotidiana.

“Si las maniobras se organizan para agredir el tejido de la vida real, entonces habrá que establecer allí el campamento”.

En el teatro de operaciones está desplegado un abanico transmedial y multifactorial, de naturaleza ubicua, que cubre el espacio noticioso, la opinión pública, resemantiza la noción de la democracia y somete al linchamiento las prácticas alternativas de una forma brutal. En esa red de significaciones están también dispuestos los enfoques clasistas, las filosofías en enfrentamiento y la idea general del modelo de bienestar por el que se trabaja. Todos aspectos profundamente conectados con la imaginación sociológica y el carácter antropológico de la actividad cultural.  

Es necesario ampliar el análisis de cada aspecto diferente del problema y conectarlo con nuestras propias insuficiencias. La lectura primaria de cualquier documento de guerra no convencional permite entender que al despliegue de cualquier narrativa le antecede la creación de las condiciones que garanticen el éxito del dispositivo emocional. Tenemos que aprender a trabajar, en nuestra contraofensiva con estas pautas o de antemano cada iniciativa estará condenada al fracaso. Si las maniobras se organizan para agredir el tejido de la vida real, entonces habrá que establecer allí el campamento. 

“Es un error monumental que sigamos rehenes de un trabajo político ideológico chato que acude a la propaganda descolorida o a las justificaciones para emprender su cometido”. Ilustración: Tomada de ecoosfera.com

Sería muy positivo enfrascarnos en una batalla cultural orientada a movilizar los valores socialistas de forma creativa, con la energía suficiente para restaurar un ciclo heterodoxo en la cultura nacional, engrasar la maquinaria de los aparatos ideológicos del Estado en su conjunto, promover la intervención quirúrgica de zonas muy estancadas del pensamiento social donde tumorizó el conservadurismo social, enfrentar prácticas internas que operan en detrimento de la profundización del socialismo y mantener una discusión popular activa que sea positiva no por su edulcoraciones, tonos apocalípticos o adjetivos polarizantes, sino por su capacidad de enfocar aspectos concretos de la vida ciudadana y movilizar la inventiva popular en su solución. 

En este caso cuenta decisivamente el telón de fondo de cada situación. Desconcertarnos con operaciones en redes sociales, permitirnos ser arrastrados a debates de laboratorio, reforzar cualquier práctica excluyente, con excepción de las que frenen intenciones incorregiblemente reaccionarias; reduce nuestras posibilidades de éxito. Hay que concentrase en un ejercicio de alfabetización popular que trabaje más sobre el método de “los maestros ambulantes” que con las iluminaciones pretenciosas que asoman por ratos la cabeza. No basta con que un grupo marche con una verdad política a la delantera, si es incapaz de hacer de esos conceptos, nociones y preocupaciones, un patrimonio que eleve la conciencia política del pueblo, entonces apenas está cumpliendo su función. 

“Conocer, divulgar, denunciar y combatir la colosal maniobra de restauración capitalista puesta en marcha…”.

La identidad, el nacionalismo radical, el patriotismo y sus relaciones con las resistencias y revoluciones de este pueblo, estuvieron siempre más cerca de los actos que estimularon la capacidad de movilización del pensamiento, que de los que se levantaban como dueños irrestrictos de verdades. Es bueno recordar que esos valores fueron mucho más efectivos en el reclutamiento cuando embistieron a la razón, enfocando situaciones concretas con voluntad transformadora.   

Lo esencial, no cabe duda, es que partamos de lo decisivo que para Cuba resulta esta batalla. Conocer, divulgar, denunciar y combatir la colosal maniobra de restauración capitalista puesta en marcha; implicó ayer, como hoy, una demanda por fortificar la capacidad refractaria de la cultura cubana ante las múltiples formas con las que el consumo va nivelando un modelo único de pensamiento. 

Hay que trabajar en las redes, y hay, por sobre todas las cosas que trabajar, mucho y bien, en la realidad real. Resulta injustificable que nuestras escuelas carezcan de programas de recepción crítica, desestimen el entrenamiento para abordar de forma exitosa este desafío y reduzcan la formación en humanidades al simplismo más rampante. También es un error monumental que sigamos rehenes de un trabajo político ideológico chato que acude a la propaganda descolorida o a las justificaciones para emprender su cometido, aferrado a un sello de “verdad oficial” licuado hace décadas por el cambio de paradigma en la comunicación. 

Hay que cortar la trasmisión que anticipa soluciones epidérmicas en el aspecto ideológico. Por otra parte, impulsar la producción de contenido simbólico efectivo que se encadene con el universo de relaciones económicas, y sea capaz de incidir en los proyectos colectivos y en las individualidades, sistematice las tareas de profundización de la hegemonía revolucionaria y enfrente la propensión a que lo nacional cada vez importe menos. Son asuntos planteados durante años en informes y discusiones, incluso han llegado a formar parte del discurso de los políticos cubanos más atrevidos, pero todavía es gigantesca la brecha respecto a la realidad.   

En medio de los avatares económicos la incipiente industria cultural que empezaba a desarrollarse en los noventa permanece descapitalizada. Ha abandonado la proyección de encontrar soluciones renovadoras y creativas para permear la realidad con el contenido axiológico de sus producciones. Es una aventura difícil, pero de ella depende, en gran medida, la ampliación de nuestras capacidades para enfrentar el fenómeno sobre el que estamos razonando.  

Frenar la descomposición de las ideas socialistas y los valores revolucionarios implica la articulación de un frente creativo con la capacidad de repensar integralmente nuestras soluciones ideológicas. Exige garantizar, mediante procesos firmes y sucesivos, el crecimiento del poder de las mayorías sobre las decisiones importantes y el manejo cotidiano de la sociedad. Ir más allá del condicionamiento material de nuestro contexto. Requiere análisis, debates, conocimientos y divulgaciones. Demanda que nos exijamos más. Que seamos capaces de atrevernos a interrogar de manera nueva nuestra realidad sin olvidar que cuando la gente hace cola para entrar voluntariamente en el infierno, ha empezado funcionar el mejor truco del diablo.

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