Los afortunados herederos de una ciudad

Guille Vilar
16/11/2018

Quizás muchos de mis lectores se pregunten qué hago en el tiempo libre, pues obviamente se imaginarán que no puedo estar en todo momento escuchando música. En tal sentido, les confieso que me encanta leer, leer mucho. Claro, no cualquier cosa, sino sobre todo lo relacionado con la historia de Cuba, y en especial lo que tenga que ver con nuestros próceres independentistas. Poseo una amplia colección de libros acerca del Generalísimo Máximo Gómez, entre tantos paladines de nuestras luchas. Pero en esta voluntad de alimentar el espíritu con lecturas sumamente edificantes, como es la vida y obra de nuestros patriotas en el siglo XIX, además he encontrado el tiempo necesario para estructurar una subdivisión temática en nuestros intereses particulares de lectura. Y esta consiste en conocer cada vez más sobre la historia de La Habana. Sin pretender para nada emular con el caudal de información que al respecto distingue a prestigiosos investigadores, como Ciro Bianchi Ross, por ejemplo, cada vez que entro a una librería y descubro un título que de alguna manera se relacione con La Habana, no lo pienso dos veces para adquirirlo.


Fotos: Cortesía del autor

 

La Habana es mucho más que esa ciudad donde nos dedicamos a las labores de la vida cotidiana de cada cual, como puede ser compartir con la familia, disfrutar la posibilidad de hacer nuevas amistades o entregarnos en cuerpo y alma a nuestras respectivas profesiones. Sin embargo, uno de los privilegios de vivir en la capital de todos los cubanos implica la posibilidad de poder viajar en el tiempo para contactar con dimensiones que nos revelan cómo fue la vida de otras épocas en La Habana, experiencias que nos pueden llegar a través de la lectura de estos libros. Precisamente, a continuación relacionamos algunas anécdotas sacadas de diferentes publicaciones sobre lugares que todos conocemos perfectamente, pero que, al ser abordados desde la perspectiva de años bien atrás, adquieren un encanto adicional al que ya tienen.

El escritor Federico Villoch, en su libro Viejas postales descoloridas, de 1946, nos habla acerca de hechos y lugares que todavía conservan la emoción de crónicas relacionadas con la vida de los capitalinos en las últimas décadas del siglo XIX y principios del XX. Lo mismo nos describe los trágicos sucesos de la explosión del Maine, que el impacto que tuvo La canción a Martí de Alberto Villalón entre los cubanos de los años cuarenta del pasado siglo. Pero ahora hemos escogido un fragmento de su crónica "Recuerdos de la calle Obispo", la misma del bulevar:

La calle de Obispo ha sufrido serias transformaciones en los edificios que la forman; pero no en su trazado, que es el mismo de hace cincuenta años. Los estudiantes de aquel tiempo, 1880, 90, etc., la recorríamos cuatros veces por lo menos al día, para ir y venir del Instituto de Segunda Enseñanza, cuya vetusta puerta de entrada del antiguo convento de los Padres Dominicos encontrábase en la primera cuadra, entre las calles de Mercaderes y San Ignacio. [1]

Otro escritor imprescindible de escenas costumbristas habaneras es Guillermo Lagarde, quien a partir de la acogida que tuvo la sección Desapolillando archivos entre los lectores del periódico Juventud Rebelde, recopiló tales anécdotas en un libro de la Editorial Letras Cubanas de 1979. Y si usted se ha preguntado el origen del nombre de alguna calle habanera, este es el de la calle Refugio:

Era una de esas tormentas tropicales de truenos, aguaceros torrenciales y escasa visibilidad. Claro está que la tormenta no ensopaba, mojaba a Jacinto ni a Paco, sino nada menos que al capitán general Ricafort, que paseaba con ella con todos los entorchados, caballero en brioso alazán. Quien se moja trata de ponerse bajo techo, y eso hizo el espadón de marras. Quiso la casualidad que la casa más cercana fuera la de una señora viuda de un tal Méndez. Se dice que la solitaria dama, llena de nostalgias por el difunto, le ofreció a su ilustre visitante la más depurada hospitalidad. Se afirma además que era joven, trigueña, de fulgurantes ojos negros.

De este noble gesto de la bella dama para con el mojado capitán general, surgió el nombre lleno de reminiscencias de Refugio, que según La Torre, el propio mandante peninsular ordenó ponerle, en recuerdo de aquella tarde desapacible y generosa a la vez. (…) De acuerdo con esas narraciones dichas a media voz y transmitidas de generación en generación, es que el capitán general siguió frecuentando la casa de la viuda con tormenta o sin ella. [2]

Es muy probable que en esa vorágine de consumir de prisa el transcurrir de un día para otro, no hayamos reparado en el detalle de conocer quiénes fueron los primeros habaneros que se desempeñaron como algo con lo que se ganaban el sustento. Gracias a escritores como Rolando Aniceto y su libro Los primeros en La Habana es que nos enteramos de que el primer barbero autorizado para ejercer su oficio fue Juan Gómez, el 26 de agosto de 1552. “Pero el caso es que este Juan Gómez, nos afirma Aniceto, además de cortar el cabello y afeitar la barba, extraía piezas de la boca, callos y uñas, y también aplicaba sanguijuelas a las pocas decenas de vecinos de la naciente Villa”. [3]


 

Y si quiere saber quiénes se presentaron como los primeros músicos en La Habana, esto fue en 1598 con la participación de un grupo conformado por Pedro Almanza, violinista de Málaga; el sevillano Pascual de Ochoa, violón; el portugués Jácome Viceira, clarinete, y una negra horra de Santiago de los Caballeros, Micaela Ginez, que tocaba la vihuela, instrumento parecido a la guitarra. Según Aniceto, “su trabajo era altamente cotizado y siempre estaban comprometidos con alguna fiesta. Además de la paga, los interesados en su arte debían ponerles cabalgadura y darles raciones de vino y comida para ellos y sus acompañantes”. [4]

Siglos después, los habaneros frecuentaban conocidos lugares para su esparcimiento. De acuerdo con la crónica de Rafaela Chacón y Nardi para su libro Excursión a La Habana de ayer, en la segunda mitad del siglo XIX:

los amantes de la música al aire libre acudían a las retretas que ofrecían bandas militares en la Plaza de Armas o en el Parque Central. Las representaciones dramáticas y las operetas atraían a un público numeroso en el Teatro Tacón. Y los que querían disfrutar de exquisitos jugos de frutas, bebidas finas o suculentas cenas, carenaban en el famosísimo café El Louvre, en el Hotel Inglaterra o en los restaurantes Cosmopolitan o Washington, todos ubicados frente al Parque Central, en la llamada Acera del Louvre. [5]

A su vez, la escritora Renée Méndez Capote, conocida como La cubanita que nació con el siglo, dedica un hermoso elogio al popular Paseo del Prado en el libro Amables figuras del pasado:

Ese Paseo del Prado de La Habana, en las dos primeras décadas del siglo XX, estaba permeado de sensualidad como no lo estará jamás ningún otro paseo, ni lo ha estado ninguno de sus congéneres que he conocido. La Habana de esos años mantenía una sabrosa, ruborosa, pero profundamente sensual, atmósfera de ciudad provinciana, donde los impulsos y las ansias, por lo mismo que están reprimidos, son más vibrantes; los sueños, más disparatados y las pasiones más exacerbadas; son como el primer beso de amor, que cala más hondo, que estremece con más fuerza que todos los besos siguientes, aunque en estos se ponga el alma entera. [6]

Terminamos este fugaz acercamiento a La Habana y su historia con el imprescindible Ciro Bianchi quien, en el libro Paseo por La Habana, además de contarnos acerca del Barrio Chino, del Cerro o de El Vedado, hace alusión a la elegante arteria capitalina que es 5ta. Avenida:

En el diseño de la importante vía intervino el arquitecto norteamericano John F. Duncan —autor del monumento al presidente Grant, en Estados Unidos—, junto al arquitecto cubano Leonardo Morales, graduado en la Universidad de Columbia. Por eso se dice que Miramar, con sus manzanas de cien por doscientos metros, se parece tanto a Manhattan. En su comienzo se erigió la Fuente de Las Américas, y más allá se encuentra el reloj, símbolo del municipio Playa y que deja escuchar un sonido similar al de las campanas del Big Ben, de Londres. A la altura de la calle 42 se halla La Copa, que da nombre a la zona y fue donada por Carlos Miguel de Céspedes en sus días de ministro de Obras Publicas del dictador Gerardo Machado. [7]


 

Y para despedirnos con toda la alegría por ser los afortunados herederos de la historia de una ciudad que se apresta a cumplir 500 años, regresamos de nuevo a Ciro para hablar de reconocidos tragos de la coctelería cubana:

El Presidente, ¡asombro! Fue idea del mayor general Mario García Menocal. El entonces primer mandatario llegó una tarde al Floridita y pidió a Constante que en un vaso de mezcla pusiera hielo, gotas de Curazao, vermut blanco italiano y ron carta oro. Dijo que lo revolviera y se lo sirviera en una copa alta de bacará, adornada con una guinda y un pedacito de cáscara de naranja. Constante comentó entonces: ¡General, aquí tiene su Presidente!

(…) ¿Y el Mojito? Asegura Don Fernando G. Campoamor que el corsario británico Francis Drake es el creador de un coctel que hasta bien entrado el siglo XIX fue muy demandado en las latitudes antillanas. Se elaboraba con aguardiente y se llamaba Drake. Tenía, se dice, propiedades curativas. Al menos en su novela El cólera en La Habana (1838) Ramón de Palma hace decir a uno de sus personajes: “Yo me tomo todos los días a las once un draquecito y me va perfectamente”. Es el antecedente del Mojito. [8]

 

Notas:
 
[1] Villoch, Federico. Viejas postales descoloridas. Imp. P. Fernández y Cia. La Habana. 1946. p. 123.
 
[2] Lagarde, Guillermo. Desapolillando archivos. Editorial Letras Cubanas. 1979. p. 65.
 
[3] Aniceto, Rolando. Los primeros en La Habana. Editorial José Martí. 2014. p. 34.
 
[4] Ídem. p. 41.
 
[5] Chacón Nardi, Rafaela. Excursión a La Habana de ayer. Ediciones Extramuros. La Habana. 2002. p. 42.
 
[6] Méndez Capote, Renée. Amables figuras del pasado. Editorial Letras Cubanas. 1981. p. 75.
 
[7] Bianchi, Ciro. Paseo por La Habana. Editorial José Martí, 2015. p. 123.
 
[8] Bianchi, Ciro. Memoria oculta de La Habana. Ediciones Unión. 2005. p. 264.
 
 
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