Los americanos en Cuba de Enrique Collazo Tejada: una mirada renovadora y precursora sobre los sucesos de 1898

Israel Escalona Chadez, Damaris Amparo Torres Elers
16/3/2021

La obra de Enrique Collazo Tejada (Santiago de Cuba, 1848 – La Habana, 1921) ocupa un lugar relevante en la historiografía cubana. Representante de la llamada “literatura de campaña”, con sus libros sobre las guerras independentistas del siglo XIX y las primeras décadas de la república burguesa, aportó valoraciones fundamentales para la comprensión del devenir histórico nacional.

Uno de los libros significativos de la obra historiográfica de Collazo es Los americanos en Cuba, dedicado a la reinterpretación de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba y más específicamente al análisis del desenlace de los sucesos bélicos acaecidos en Cuba en 1898 que, además de la usurpación del triunfo de los patriotas cubanos que luchaban durante más de tres décadas frente al dominio colonial español, representó el ascenso de los Estados Unidos como potencia imperialista y el declive total de la metrópolis española.

Enrique Collazo, representante de la llamada “literatura de campaña”.
Fotos: Cortesía de los autores

La dimensión y trascendencia del texto debe evaluarse en correspondencia con el contexto en el que se publicó y la impronta dejada en los estudios históricos posteriores. Los dos tomos de Los americanos en Cuba fueron publicados en 1905 y 1906, en el marco temporal de la gestación e inicio de la segunda ocupación yanqui.[1]

El historiador norteamericano Louis Pérez Jr., quien en su libro Cuba en el imaginario de los Estados Unidos reconstruye cómo se fueron conformando las metáforas sobre Cuba y los sucesos del 98, en los que se desconoce el protagonismo de los mambises y se presenta la acción de los norteamericanos como acto de generosidad con el vecino y como papel decisivo en el desenlace del conflicto, señala: “Se entendía que la guerra de 1898 prometía algo así como la consumación de la integridad territorial y el cumplimiento de un imperativo profetizado…”,[2] y que ya para 1898 “Las metáforas lo habían preparado para una intervención en Cuba”,[3] lo que conduce a que los estadounidenses consideraran que “1898 era la consumación de la historia”.[4]

Es un contexto en el que desde 1902 el expresidente Woodfrow Wilson sintetizaba la interpretación predominante sobre el papel benefactor de los norteños: “La intervención llegó, no para el engrandecimiento material de los Estados Unidos, sino para confirmar el derecho del gobierno de socorrer a esos que parecen oprimidos sin esperanzas”, y la postura anexionista era defendida también por una corriente historiográfica que tuvo como paradigmas las obras Estudio histórico sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la anexión de Cuba en los Estados Unidos y Cuba y su evolución colonial, publicados en 1900 y 1907 por José Ignacio Rodríguez y Francisco Figueras, respectivamente.

Retrato de Enrique Collazo Tejada (plumilla).

Los propósitos de Collazo son develados desde la propia dedicatoria: “A los cubanos. El pueblo débil que confía la defensa de su libertad y su derecho a un pueblo vecino, poderoso y fuerte, merece ser esclavo y lo será. Aprendamos en la historia de nuestro pasado a desconfiar de nuestros humanitarios protectores, buscando en la paz desarrollar nuestra riqueza, para poder hacernos fuertes, si es que queremos conservar la independencia absoluta y la libertad, por los cuales hemos luchado medio siglo”.[5]

Para penetrar en el complejo entramado de la intervención norteamericana en el conflicto hispano-cubano y la guerra hispano-cubano-norteamericana, Collazo examina —de manera sucinta— el comportamiento histórico de las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba y demuestra que:“El gobierno americano ha sido siempre un enemigo de la independencia cubana, su política ha sido siempre hostil a los cubanos y es más, en momentos precisos en que su indiferencia solo hubiera sido necesaria para desarrollar en Cuba el espíritu de la independencia, fue agente que mató esos intentos en provecho del gobierno español”.[6]

Caricatura de Enrique Collazo.

De tal suerte el libro de Collazo se erige como una respuesta a la tendencia anexionista, al tiempo que logra una mirada reivindicadora de la verdadera participación de los patriotas cubanos en el conflicto bélico. Al respecto advirtió:

Los escritores extranjeros que han tratado sobre la guerra hispano-cubano-americana han hecho caso omiso del ejército de Cuba, y los norteamericanos han puesto tenaz empeño en hacerlo desaparecer por completo, como si quisieran con ello, tal vez, atenuar en parte la conducta, poco escrupulosa e incorrecta, observada por el gobierno interventor con el factor cubano, cuyo apoyo solicitó en los primeros momentos de la guerra, cuando le era necesaria, y que solo pagó más tarde con el engaño y el insulto, ayudando con su silencio a los que a mansalva se gozaron en calumniar y presentar ante el mundo al soldado cubano como asqueroso pordiosero, sediento de botín y de sangre […]

La anulación del factor cubano hace aparecer que un pequeño ejército americano, bien que ayudado por los triunfos de su escuadra, pudo hacer rendirse casi sin lucha [a] un número mayor de soldados españoles, fuertes y acostumbrados a la campaña.[7]

Con la defensa de tales tesis, es lógico que los dos pequeños tomos del libro no fueran reeditados en los años subsiguientes en los que sobrevinieron sucesivas políticas injerencistas de los Estados Unidos respecto a Cuba, con la desembozada posición intervencionista, el llamado “intervencionismo preventivo” y la fórmula mediacionista.

Solo después del triunfo de la Revolución se reeditó Los americanos en Cuba, con un breve pero magistral prólogo de Julio Le Riverend, rubricado en 1971, año en el que se conmemoraba el cincuentenario de la muerte de Collazo.

Llama la atención que, a pesar de que la obra de Collazo no fue debidamente priorizada, y muchas veces ni siquiera citada por quienes se propusieron la defensa de los valores nacionales frente a la posición antinacional y anexionista[8], sus tesis fueron consecuentemente continuadas y argumentadas. Como sentenció Julio Le Riverend, Los americanos en Cuba aportó “…uno de nuestros monumentos historiográficos más significativos”,[9] con el cual sembró el germen de “…lo que más tarde serían las obras fundamentales de Emilio Roig de Leuchsenring y los acuerdos de los Congresos Nacionales de Historia”.[10]

Los americanos en Cuba aporta una mirada renovadora y precursora sobre los sucesos de 1898”.

Hemos defendido el criterio de que “Los debates, declaraciones, resoluciones y acuerdos de los Congresos Nacionales de Historia, efectuados entre 1942 y 1960, sobre los acontecimientos de 1898, conservan su total vigencia y sientan pautas para los análisis historiográficos contemporáneos”,[11] y es que las máximas citas científicas de los historiadores cubanos, con el empeño y perseverancia de su principal inspirador y organizador, el historiador de la Ciudad de La Habana, Emilio Roig de Leuchsenring, priorizaron los debates sobre el tema, con énfasis en la denominación del conflicto como Guerra Hispano-Cubano-Americana, lo que implicaba el incuestionable reconocimiento del protagonismo del Ejército Libertador Cubano en el desenlace.

Fue a partir de la propuesta del arquitecto e historiador Ulises Cruz Bustillos que el Segundo Congreso Nacional de Historia acordó que, en correspondencia con la verdad histórica, no debe designarse: “[…] como hasta ahora se ha venido denominando, popular y oficialmente Guerra hispanoamericana, sino que debe denominarse guerra hispano–cubano–americana”,[12] lo cual fue sancionado por Ley de la República en mayo de 1945, y posteriormente fue mucho más argumentado en el libro de Felipe Martínez Arango Cronología crítica de la guerra hispano cubanoamericana, que mereció premio en el Séptimo Congreso Nacional de Historia, efectuado en Santiago de Cuba en ocasión del cincuentenario del conflicto, publicado en 1950, y que como ha señalado Juan Manuel Reyes:

[…] daba mejor acabado, junto a otros títulos, a una tradición patriótica y antiimperialista que venía abriéndose paso y pugnando contra las tendencias conservadoras, reformistas y anexionistas, enraizadas desde principios de la república. Dicha tradición tenía como principal exponente al propio Emilio Roig, quien había publicado varias obras donde se impugnaban los mecanismos utilizados por el imperio norteamericano para apoderarse de países de nuestra América, especialmente de Cuba… Su obra cumbre en ese sentido fue Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos, nutrida de una sólida herencia patriótica, como por ejemplo, la aportada por el oficial del Ejército Libertador cubano Enrique Collazo, a través de su libro Los Americanos en Cuba.[13]

Esa tradición tuvo continuidad en los cónclaves realizados luego del triunfo de la Revolución. Así fue que en el Decimotercer Congreso Nacional de Historia, realizado en 1960,[14] Fernando Portuondo, presidente del último de los eventos organizados por la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, historiador y pedagogo con sólidas contribuciones a la interpretación de la historia de Cuba, reflexionó en el discurso inaugural sobre ideas esenciales debatidas y aprobadas en los magnos eventos del período republicano, y recordó que en aquellos “se ratificó, una y otra vez, la opinión de que Cuba no debía su independencia a ningún poder extraño, que la lucha de medio siglo por conseguirla estaba a punto de culminar en la victoria cuando los Estados Unidos decidieron intervenir en el conflicto hispano-cubano, que la colaboración del Ejército Libertador fue eficacísima en la victoria de los Estados Unidos en Santiago de Cuba”,[15] mientras Armando Hart, en la clausura del cónclave, presentó la tesis más radical de que “…no hubo tal guerra hispano–americana, ni siquiera guerra-hispano cubano-americana. Lo que hubo fue intromisión de los norteamericanos en la guerra de independencia de los cubanos…”[16]

No es casual que cuando la Unión de Historiadores de Cuba rescató los Congresos Nacionales de Historia con la realización de su Decimocuarta edición en 1997 en la Habana, en su última sesión se incluyera la Mesa Redonda “Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos”, lema que encabezó las jornadas, con la participación de los historiadores Eduardo Torres Cuevas, Jorge Ibarra Cuesta y Raúl Izquierdo Canosa, donde se confirmó “que la guerra fue para Cuba justa y de liberación nacional, para España una contienda colonialista y para EE. UU una intromisión injusta para apoderarse de otro país”.[17]

Al releer Los americanos en Cuba, a ciento quince años de su publicación y en el año del centenario de la muerte de su autor, confirmamos que es una obra fundamental que descuella por aportar una mirada renovadora y precursora sobre los sucesos de 1898.

Notas:
* Académicos correspondientes nacionales del Instituto de Historia
[1] Aunque, por lo general, se refiere la fecha del libro en 1905, realmente el primer tomo vio la luz en esa fecha y el segundo en 1906. Cfr. Gustavo Placer Cervera: Vida y obra. Cronología. Enrique Collazo Tejada. General de Brigada del Ejército Libertador de Cuba. Editora Historia, La Habana, 2011, p. 62 y p. 64.
[2] Louis Pérez Jr.: Cuba en el imaginario de los Estados Unidos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014, p. 71
[3] Ibídem, p. 84
[4] Ibídem, p. 137
[5] Enrique Collazo: Los americanos en Cuba. Editorial de Ciencias Sociales, la Habana, 1972
[6] Ibídem, p. 6
[7] Enrique Collazo: Ob cit., pp. 79-80
[8]En el libro Tradición antiimperialista de nuestra historia, Emilio Roig de Leuchsenring, en los capítulos correspondientes a la posguerra y la república, valoró las posiciones de Juan Gualberto Gómez en el período de posguerra y Manuel Sanguily y Enrique José Varona en la República como los “primeros vislumbres”, pero no tuvo en cuenta a Enrique Collazo y su obra Los americanos en Cuba. Cfr. Emilio Roig de Leuchsenring: Tradición antiimperialista de nuestra historia, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1977, p. 115.
[9] Julio Le Riverend: “Prólogo” a  Los americanos en Cuba. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1972, p. XI
[10] Ibídem, p. XIX
[11] Namilkis Rovira e Israel Escalona: “La guerra hispano cubano norteamericana en los Congresos Nacionales de Historia (1942–1960): la vigencia de postulados esenciales” en Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, n. 1, enero–junio, 2018, p. 116
[12] Historia y  Cubanidad. Discursos pronunciados en la inauguración del Segundo Congreso Nacional de Historia, p. 54
[13]Juan Manuel Reyes Cardero: “Honrando a un clásico: Cronología crítica de la guerra hispano cubanoamericana”, en Manuel Fernández Carcassés (coordinador): 1898, alcance y significación.  Ediciones Santiago, Santiago de Cuba, 2009, p.  82
[14] Cfr. Israel Escalona y Luis F Solís: “Un evento necesario en los inicios de la Revolución”, en El historiador, enero–marzo de 2010, pp. 9–10
[15] “Discurso de Fernando Portuondo” en Historia de Cuba Republicana y sus antecedentes favorables y adversos para la independencia. Trece Congreso nacional de Historia. , p. 45
[16] Ibíd., “Discurso de Armando Hart”, p. 73
[17] Cfr. Oria de la Cruz: “XIV Congreso Nacional de Historia. Intensas jornadas de meditación y esperanza” en  Granma, 31 de octubre de 1997, p. 2