Uno de los grandes textos del legado martiano es su diario postrero: su regreso a Cuba. En nuestra historia, siempre ha estado aparejado el deseo de independencia con la forma más justa de gobierno. Las contiendas bélicas estuvieron acompañadas de constituciones en armas y las diferencias entre militares y civiles marcaron el devenir de la Isla. El estilo narrativo del Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos no creo sea fruto de la contingencia de guerra, que obliga a ser breve y conciso, sino que es una prosa que se fue fraguando desde los Cuadernos de Apuntes, a través de oraciones cortas e ideas que pueden ser interrumpidas por una descripción atrayente o por un microrrelato sugestivo. Algo que sí caracteriza el estilo de este diario es la relevancia que Martí da a la primera oración, pues, quizás, en el constante movimiento de tropas y ante la posibilidad de tener que dejar de escribir, utiliza una oración resumen que indica lo principal del día, en caso de que no dé tiempo a otras argumentaciones, las cuales raras veces faltan, pues no es para nada un diario lacónico o mecanicista. (Ej: “Día mambí: día de mucho monte y caminar”, “Día de espera impaciente”, “Adiós a Bandera”, etc.).

Uno de los grandes textos del legado martiano es su diario postrero: su regreso a Cuba. Foto: Internet

Martí desde un inicio muestra esa entrega y adaptabilidad a la nueva etapa de vida. Desde que toma el remo en proa para desembarcar en Playitas hasta que pisa tierra y ve la primera jutía para cazar, se observa la intención explícita del autor de ser un mambí y reencontrarse con el monte cubano. Pretende dominar todo el campo léxico, tanto desde lo topográfico hasta la indumentaria, escribe de oído, prefiere buniato a boniato, hace neologismos con su nueva realidad como lomeando, y cuando un término le trae duda, lo escribe a lápiz para luego corregirlo. Crea un archivo propio de especies de árboles y registra una serie de remedios de manigua para distintos padecimientos. La camaradería y las nuevas amistades están a la orden del día: “subir lomas hermana hombres”, un compañero le ayuda a coser el tahalí, Gómez le arregla su hamaca, aparece uno y le da un chopo de malanga, otro en taza caliente le sirve guarapo y hojas.

No deja escapar la descripción de la mujer mambisa que se le cruza en su marcha: la india cobriza con siete hijos en plena manigua, esposas que no quieren separarse de sus hombres, mujeres que han matado y hasta han vengado a sus maridos. Y pone lo que ve y lo que se cuenta de las mujeres de la Guerra Grande.

De entre los cientos de personajes, Martí es meticuloso en la imagen corporal que los define, semejante a la rapidez del caricaturista, escoge el rasgo que ha de resaltar, ya sea un detalle de la cabeza, los ojos, las manos o alguna deformidad física. 

Hay algunos que vuelven a la narración y son mencionados más de una vez, estrategia que desarrolló desde muy joven, cuando sacó del olvido a los desconocidos niños y viejos del Presidio político en Cuba, así hace aquí con el anciano negro Luis González o con Rasalío Pacheco y su familia.

En las anotaciones también destaca la labor intelectual-conciliadora de Martí. Su actitud persuasiva ante el conflicto de los jefes Miró y Ángel Guerra, su posición de perdón en los consejos militares, sus cartas de campaña y circulares, su entrevista de noche entera con el corresponsal del Herald y su labor oratoria que, aunque no se especifica, sabemos, por los testimonios colaterales, estuvo presente hasta el mismo día de su muerte. 

Sin embargo, el Diario en su mirada global muestra dos estados de ánimo, hay una escritura deslumbradora-inicial donde se hace explícita la felicidad del Apóstol por la llegada a Cuba después de años de exilio, y, con el paso de los días, va apareciendo un Martí más preocupado, crítico, realista, meditativo.

“Lo cierto es que, después de La Mejorana, momento bisagra de los estados de ánimo de este precioso texto, aparece un Martí con más cavilaciones. Él sabe que, con los dos grandes jefes que ha logrado aglutinar, los combates sí llegarán esta vez a Occidente; sin embargo, le preocupa el proceso de fundación”.

Desde la salida de Cabo Haitiano el gran compañero de campaña es Máximo Gómez, al inicio, hay camaradería entre ellos, el veterano le cuenta anécdotas de la guerra pasada, lo hace Mayor General y prepara celebración, pero luego surge el Gómez implacable en los consejos militares, el que se tropezó con una novilla y le cortó de un tajazo la pierna, el que se molestó porque a Martí se le acercaban y le llamaban Presidente y, en un arranque de 10 de mayo dijo: “Pues lo tienen a V. bueno con lo de Presidente. Martí no será Presidente mientras yo esté vivo” […] “Porque yo no sé qué le pasa a los Presidentes, que en cuanto llegan ya se echan a perder, excepto Juárez, y eso un poco, y Washington”. Por otro lado, el Maceo que registra Martí el 5 de mayo, le guarda rencor: “lo quiero —me dice— menos de lo que lo quería —por su reducción a Flor en el encargo de la expedición”. Las ideas de Maceo para el gobierno en armas en la Mejorana son directas, enérgicas y contrarias al espíritu democrático de Martí: “Maceo y Gómez hablan cerca de mí: me llaman a poco, allí en el portal: que Maceo tiene otro pensamiento del gobierno; una junta de los generales con mando, por sus representantes —y una Secretaría General: —la patria, pues y todos los oficios de ella, que crea y anima el ejército, como secretaría del ejército”.

Aparentemente, Gómez tuvo una postura conciliadora en esa reunión. Al Generalísimo, en su diario del 6 de mayo, también le llamó la atención el enojo mostrado por Maceo. Día 6: “Al marchar rumbo hacia Bayamo, confusos y abismados con la conducta del General Antonio Maceo, tropezamos con una de las avanzadas de su campamento, de más de 2 mil hombres, y fuerza nos fue entrar. El General se disculpó como pudo; nosotros no hicimos caso de las disculpas, como lo habíamos hecho del desaire; y nuestra amarga decepción de la víspera quedó cerrada con el entusiasmo y respeto con que fuimos recibidos y vitoreados por aquellas tropas”.

Es curioso cómo Gómez, al pasar por Hato del Medio, un día después de la reunión, le comenta a Martí que, por ese lugar, apareció una gran epidemia de cólera que le cobró 500 cadáveres en el camino a Tacajó, y acto seguido le habla entonces de la famosa insubordinación de Donato Mármol a Céspedes en Tacajó. Un ejemplo de conflicto de poder nada más empezada la Guerra de los Diez Años, y le dejó en el aire la frase del discurso de Eduardo Arteaga, el entonces conciliador: “El sol, dijo, con todo su esplendor, suele ver oscurecida su luz, por repentino eclipse; pero luego brilla con nuevo fulgor, más luciente por su pasajero oscurecimiento: así ha sucedido al sol de Céspedes”. Ese sol de Céspedes, referido a la autoridad que inspiraba, puede vincularse al sol del Apóstol que fue oscurecido el día anterior en La Mejorana. Sin embargo, no parece que Gómez defendiera del todo a Martí ante Maceo el día de la reunión, pues la imagen del dominicano comienza a tornarse más autoritaria hacia el final del diario (recordar la frase que llega a decirle el día 10 y otra parecida que dijo el 9 ante la presencia del coronel Miró) lo que hace pensar a Martí que, aunque no lo expresara, Gómez, como militar, estaba más en consonancia con las ideas de organización de Maceo.

Lo cierto es que, después de La Mejorana, momento bisagra de los estados de ánimo de este precioso texto, aparece un Martí con más cavilaciones. Él sabe que, con los dos grandes jefes que ha logrado aglutinar, los combates sí llegarán esta vez a Occidente; sin embargo, le preocupa el proceso de fundación, y él no tiene más de 20 heridas ni 800 combates, ni siquiera una acción militar que justifique el grado de General otorgado y que le dé voz respetada dentro del código viril de la guerra. Quizás esto justifique su apresuramiento en la acción del día 19, y quizás por ello, las palabras del día 14 que muestran a un ser pensativo, a quien le urge ganar galones de combate a toda costa, y que, además, percibe como inoperante para este nuevo contexto su cargo de Delegado: “Escribo, poco y mal, porque estoy pensando con zozobra y amargura. ¿Hasta qué punto será útil a mi país mi desistimiento? Y debo desistir. En cuanto: llegase la hora propia, para tener libertad de aconsejar, y poder moral para resistir el peligro que de años atrás preveo, y en la soledad en que voy, impere acaso, por la desorganización e incomunicación que en mi aislamiento no puedo vencer, aunque, a campo libre, la revolución entraría naturalmente, por su unidad de alma, en las formas que asegurarían y acelerarían su triunfo”.

4