Un año durísimo para el país y las personas; una cumbre por conquistar. Así se presenta la línea divisoria entre el final de 2021 y los primeros compases de 2022.

Un hecho objetivo salta a la vista: suman 63 años ininterrumpidos de poder revolucionario. Los que anunciaron y trabajaron por el fin de la Revolución en los últimos meses volvieron a fracasar. Los que diseñaron en Estados Unidos el golpe blando, los que entrenaron a los llamados “agentes del cambio”, los que inundaron de odio y mentiras las redes sociales, los que trataron de capitalizar ansiedades y descontentos, terminaron el calendario anual con las manos vacías.

“La vida cubana se ha visto sometida a tensiones extremas”. Imagen: Internet

Es cierto que entre la pandemia del coronavirus, la continuidad de la hostilidad imperial trumpista en la administración Biden, el deterioro de la producción y los servicios, y los impactos negativos del impostergable reordenamiento económico-monetario, la vida cubana se ha visto sometida a tensiones extremas.

Es cierto que se revelaron en el tejido social carencias e insuficiencias acumuladas por años, como las vulnerabilidades de sectores poblacionales y comunidades a lo largo del país.

Sin embargo, no es menos cierto que el consenso en torno a la pertinencia y viabilidad del proceso revolucionario y su carácter socialista fue esencial para resistir los embates externos e internos. Sin la confianza en el liderazgo político de la nación, sin el replanteo de métodos y modos de actuar que garantizaron la gobernabilidad en medio de las dificultades, sin el debate y el diálogo acerca de coyunturas puntuales y estrategias a mediano y largo plazos, no se explica que hayamos llegado hasta aquí y, más aún, que se avizoren rutas hacia la solución de viejos y nuevos problemas.

Ganancia neta de estos tiempos es sin duda la toma de conciencia y el fomento de una praxis en la que la aplicación de las ciencias, el estímulo a la innovación, la participación popular y las herramientas de la comunicación social se articulan como fortalezas que nos conducen a un nuevo estadio.

“El cambio cultural se convierte en una prioridad”

Si en la economía, obviamente, se colocan prioridades inaplazables —cómo producir más, cómo satisfacer las demandas de la población, cómo revertir la precariedad material evidente en tantísimos lugares, cómo potenciar la empresa estatal socialista y hacer fluidas y eficientes las relaciones entre las diversas formas de gestión—, no menos importante y decisivo resulta atender los factores subjetivos vinculantes. El cambio cultural se convierte en una prioridad.

El desafío mayor de los tiempos venideros pasa por hacer coincidir, mucho más temprano que tarde, la posibilidad real de realización de los proyectos de nación, de sociedad y de vida de la inmensa mayoría de los cubanos. Expectativa que resumo en una imagen: mantener intactas las luces de la Revolución.       

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