Magnífico mundo

Guillermo Castro H
27/1/2021

¡Anciano maravilloso,
a tus pies dejo todo
mi haz de palmas frescas,
y mi espada de plata!

José Martí[1]

 

La semblanza que hiciera Martí del filósofo y poeta norteamericano Ralph Waldo Emerson en 1882 —cuando tenía 29 años y le restaban 13 de vida antes de morir en combate, el 19 de mayo de 1895— constituye uno de sus textos más hermosos, y una síntesis temprana de su visión del mundo. Esa hermosura le viene a la vez de la afectividad poética del lenguaje y del papel que en aquella visión desempeña la naturaleza en el mejoramiento humano y en nuestra capacidad para la virtud.

Emerson (Boston,  Massachusetts, 1803 – Concord, 1882), junto a otros intelectuales del noreste de los Estados Unidos como Henry David Thoreau y Walt Whitman, tuvo un importante papel en la formación de una visión de la naturaleza en la que esta, al decir de Martí, “inspira, cura, consuela, fortalece y prepara para la virtud al hombre”, que “no se halla completo, ni se revela a sí mismo, ni ve lo invisible”, sino en su íntima relación con ella.

Tras la muerte de Emerson, José Martí dedicó un célebre y hermoso ensayo al poeta y filósofo norteamericano.
Fotos: Internet

 

La importancia de Emerson en la formación de la visión martiana del mundo se aprecia cuando, ante su legado, nos dice que “todo es cúspide, y nosotros sobre ella. Está la tierra a nuestros pies, como mundo lejano y ya vivido, envuelto en sombras”. Su muerte, añade, “no llena el pecho de angustia, sino de ternura. La muerte es una victoria, y cuando se ha vivido bien, el féretro es un carro de triunfo. (…) La muerte de un justo es una fiesta, en que la tierra toda se sienta a ver cómo se abre el cielo”.

De ese legado, Martí destaca dos elementos en particular. El primero es la rebelde libertad de un hombre que “se sacudió́ de los hombros todos esos mantos y de los ojos todas esas vendas, que los tiempos pasados echan sobre los hombres, y vivió́ faz a faz con la naturaleza, como si toda la tierra fuese su hogar; y el sol su propio sol, y él patriarca”. Así, libre a la vez “de la presión de los hombres, y de la de su época”.

La luz que trajo en sí le sacó en salvo de este viaje por las ruinas —que es la vida. Él no conoció́ límites ni trabas. Ni fue hombre de su pueblo, porque lo fue del pueblo humano. Vio la tierra, la halló inconforme a sí, sintió́ el dolor de responder las preguntas que los hombres no hacen, y se plegó́ en sí. Fue tierno para los hombres, y fiel a sí propio.

La amplitud y fecundidad de ese legado en el pensar y el hacer martianos aflora con clara belleza al comentar Martí que, para Emerson, la hora del conocimiento de la verdad era “embriagadora y augusta”.

[En ella] no se siente que se sube, sino que se reposa. Se siente ternura filial y confusión en el padre. Pone el gozo en los ojos brillo extremo; en el alma calma; en la mente, alas blandas que acaricia. Es como sentirse el cráneo poblado de estrellas: bóveda interior, silenciosa y vasta, que ilumina en noche solemne la mente tranquila! Magnífico mundo.

En ese mundo, agrega, la posesión de la verdad “no es más que la lucha entre las revelaciones directas de la naturaleza, y las revelaciones impuestas de los hombres.” Y en esa lucha, añade, unos sucumben, “y son meras voces de otro espíritu”, mientras otros triunfan “y añaden nueva voz a la de la naturaleza”, y sintetiza así la visión del filósofo:

El no ve más que analogías: él no halla contradicciones en la naturaleza: él ve que todo en ella es símbolo del hombre, y todo lo que hay en el hombre lo hay en ella. Él ve que la naturaleza influye en el hombre, y que este hace a la naturaleza alegre, o triste, o elocuente, o muda, o ausente, o presente, a su capricho. (…) Siente que el Universo que se niega a responder al hombre en fórmulas, le responde inspirándole sentimientos que calman sus ansias, y le permiten vivir fuerte, orgulloso y alegre. Y mantiene que todo se parece a todo,—que todo tiene el mismo objeto,—que todo da en el hombre, que lo embellece con su mente todo,—que a través de cada criatura pasan todas las corrientes de la naturaleza,—que cada hombre tiene en sí al Creador, y cada cosa creada tiene algo del Creador en sí, y todo irá a dar al cabo en el seno del Espíritu creador,—que hay una unidad central en los hechos, en los pensamientos, y en las acciones;—que el alma humana, al viajar por toda la naturaleza, se halla a sí misma en toda ella;—que la hermosura del Universo fue creada para inspirarse el deseo, y consolarse los dolores de la virtud, y estimulase al hombre a buscarse y hallarse;—que “dentro del hombre está el alma del conjunto, la del sabio silencio, la hermosura universal a la que toda parte y partícula está igualmente relacionada: el Uno Eterno”.[2]

“La muerte de un justo es una fiesta, en que la tierra toda se sienta a ver cómo se abre el cielo”.
 

En ese mundo, el objeto de la vida “es la satisfacción del anhelo de perfecta hermosura; porque como la virtud hace hermosos los lugares en que obra, así́ los lugares hermosos obran sobre la virtud”. De aquí, dice, que haya carácter moral “en todos los elementos de la naturaleza: puesto que todos avivan este carácter en el hombre, puesto que todos lo producen, todos lo tienen”. Así, todos los elementos de aquel magnífico mundo hacían parte de una misma verdad “la hermosura en el juicio; la bondad, que es la hermosura en los afectos; y la mera belleza, que es la hermosura en el arte”,  y la vida no podía reducirse “al comercio y el gobierno”, pues demandaba incluso más “el comercio con las fuerzas de la naturaleza y el gobierno de sí”, pues “de aquellas fuerzas venía este último”.

Para Emerson, decía Martí, no había contradicción “entre lo ideal y lo práctico”. Las leyes que darían “el triunfo definitivo, y el derecho de coronarse de astros, dan la felicidad en la tierra”, y tan solo era necesario entender que las contradicciones “no están en la naturaleza, sino en que los hombres no saben descubrir sus analogías”. Así, la aspiración constante de Martí a la unidad en el pensar y el hacer —tan cercana a aquella entre la filosofía y la política a que aspirara Gramsci—, lo llevaba a considerar evidente en el legado de Emerson que “el orden universal inspira el orden individual: la alegría es cierta, y es la impresión suma, luego, sea cualquiera la verdad sobre todas las cosas misteriosas, es racional que ha de hacerse lo que produce alegría real, superior a toda otra clase de alegría, que es la virtud”.

De esa visión hace parte el radical humanismo martiano. De allí le viene entender, y ejercer, la idea siguiente:

Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca, y en que nos tocó nacer; —y ni se ha de permitir que con el engaño del santo nombre se defienda a monarquías inútiles, religiones ventrudas o políticas descaradas y hambronas, ni porque a estos se dé a menudo el nombre de patria, ha de negarse el hombre a cumplir su deber de humanidad, en la porción de ella que tiene más cerca. Esto es luz, y del sol no se sale.[3]

Hoy, a esa luz, también, Emerson hace parte para nosotros del legado que nos dejara José Martí, como hizo parte en su vida del proceso de construcción de ese legado en todos los planos de su quehacer. Toda persona culta de nuestra América tiende a ser martiana incluso sin saberlo. Leer a Emerson —en su libro Nature, por ejemplo—, nos ayuda a conocer ese tenaz momento de luz que anima en nosotros, y a comprender mejor lo magnífico del mundo que Martí nos llama a construir.

 

Notas:
[1] “Emerson”, Cartas de Nueva York expresamente escritas para La Opinión Nacional, Nueva York, 6 de mayo de 1882. Disponible en http://www.josemarti.cu/publicacion/la-muerte-de-emerson/
[2] Y sobre el conocer, afirma: “Las ciencias confirman lo que el espíritu posee: la analogía de todas las fuerzas de la naturaleza: la semejanza de todos los seres vivos; la igualdad de la composición de todos los elementos del universo; la soberanía del hombre, de quien se conocen inferiores mas a quien no se conocen superiores”.
[3] “En casa”, Patria, 26 de enero de 1895. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975,  pp. 468-469.