Pienso siempre en Marta como una de las encarnaciones de ese ángel de la Jiribilla que tan bien identificó Lezama en el ser cubano. A las puertas de un próximo y alto cumpleaños, mantiene la viveza, la rapidez de pensamiento, esa manera especial de conformar una denominación que trae una mirada nueva en apenas una brevísima frase. Y sigue, inquieta, apurando los segundos de oxígeno detrás de una vivencia que, generalmente, ilumina el costado de otro músico y que ella desea, necesita compartir.

Nos espera ya en las librerías su más reciente entrega literaria: La cuerda al aire (2018), publicada por Ediciones Matanzas y editada, especialmente, por Alfredo Zaldívar, su director. La hermosa cubierta nos presenta el Ángel de la música, de William Bouguereau (Francia, 1825-1905); el cuidado y fino diseño general del libro corresponde a Johann E. Trujillo.

Intérpretes reconocidos y noveles han acudido al delicado e imperecedero repertorio de Marta Valdés. Foto: Tomada de Radio Cadena Habana

Está dedicado a su madre, Rosa Amelia González, y desde las primeras páginas encontrará el futuro lector las íntimas razones. A todos sus maestros, y a Matanzas, “la ciudad que le faltaba al mundo”.

Su autora nos anuncia los temas en la cuartilla inicial:

Este libro contiene, hasta el momento de su punto final, lo que he pensado sobre la guitarra, lo que he vivido junto a ella y también lo que he guardado entre mis papeles porque en algún momento me lo publicaron o (…) permaneció inédito o porque lo recogí, de viva voz, del músico mismo que lo suscribe. Fue creciendo por tramos, entre largas pausas, hasta que me pareció que estaba listo para compartirse.

Está estructurado en  tres partes y un sencillo epílogo. La primera de ellas se concentra en la guitarra como entrañable conexión con la existencia de quien escribe: mediante un personalísimo lenguaje nos narra pasajes de su vida a través de  la relación con el instrumento, desde la primera caja de resonancia con forma de óvalo estrechado y sus seis cuerdas, incluyendo la que, aún en 2018, quedaba cobijada en Madrid, tímida para cruzar el océano; hasta la más reciente, venida de Japón, sin prisa por revelar sus misterios.

Estos dieciséis textos comienzan con la gratitud y el homenaje a Francisqueta Vallarta, su primera maestra de música, y culminan evocándola. A ellos se asoman otros maestros, como la inolvidable y querida Leopoldina Núñez, y el maestro Vicente González Rubiera (Guyún), con quien tejió un diálogo esencial que reafirmó a la compositora en su particular discurso musical en medio de esa peligrosa travesía en la que un músico se hace tal, dado el contexto chato y gris predominante de aquel momento. De Guyún quedan las sentencias lapidarias: “toda la música es música” —quebrando así la artificial distancia creada entre lo llamado culto y lo popular—,  y “lo que suena bien, está bien” —para defender la innovación y las nuevas formas de la amenaza que suponen la costumbre y sus normas.

“Este libro contiene, hasta el momento de su punto final, lo que he pensado sobre la guitarra”

Acuden también aquí otras fuentes de aprendizaje e inspiración como las maravillosas tertulias musicales en casa de Felito Ayón, o los acordes para guitarra de la música estadounidense de los 40 y 50 que, desde el mástil de la guitarra de Eddy Clavelo, inquietaban a la muy joven música.

Hay en estos textos vívidas impresiones del primer amor con la guitarra, confesiones de su propia práctica artística, y enunciados que nacen de esa misma intensa y ya extensa experiencia. Quedan registrados el momento y el modo, regidos por el amor, en que llega a la casa de Almendares el primer instrumento. También tienen su espacio los que, más tarde, le siguieron, y cuánto tributan sus “personalidades” a la creación musical. Este peculiar itinerario brinda, sin proponérselo, un trazado socioeconómico de la creadora, exponente de la música popular en sus diversas etapas.

La segunda parte lleva por título “Arte y oficio”, y allí se rinde homenaje, en claves diferentes, a músicos de distintas generaciones. Junto a Rosendo Ruiz aparecen Lien y Rey, y Leonardo García. Sin embargo, tres textos resultan especialmente sobresalientes: aquellos dedicados a ese surtidor de maravillas que es Sergio Vitier (tampoco yo puedo hablar en pasado) y a César Portillo de la Luz.

En cuanto a Sergio, recorre Marta, con la libertad poderosa de su memoria, esa que nos brinda una mirada desde el interior, las estaciones principales del quehacer del músico poderoso,  y mediante la gracia de su sabiduría y exquisita sensibilidad nos vuelve visible la existencia —cuando se trata con seres de semejante talla— de un modo de quedarse en quienes nos conocieron, y una manera de saludar y existir para quienes vendrán. Procedimiento primoroso y hondo para hablar de la memoria y de la cultura que nos amalgama.

El capítulo termina con una exquisita belleza: el texto de la canción “Guitarra Portillana”; un homenaje a la guitarra huérfana de su músico, la que queda muda tras la partida de su compañero. Una declaración estremecedora la precede: “No hay dolor de amor como el de la guitarra que ve partir por siempre a su dueño”.  Un instrumento hecho para existir entre las manos, apoyarse sobre las piernas, sonar cerca del pecho y, alguna vez, incluso, recostarse a él; claves secretas se intercambian entre la guitarra y su intérprete, que tejen, sin prisa, la más fiel complicidad. Qué forma esta de la autora de develarnos la paradoja. ¿De qué manera llegar a pensar, entonces, al instrumento que por años ha sido ejecutado por un músico? ¿Cómo hacerlo sin que guarde relación con algo propio, inseparable?

“Procedimiento primoroso y hondo para hablar de la memoria y de la cultura que nos amalgama”

“Al octavo día”, como el danzón dedicado a Matanzas, se nombra la tercera y última parte, la cual recoge la gratitud y el amor por “la ciudad que le faltaba al mundo” en los textos de las canciones “José Jacinto” y “Estampa matancera”, acompañadas por un hermoso pasaje que evoca al músico y amigo José Antonio Barrera. Se incluye a solicitud de la autora una carta escrita en 1993 a quien es hoy el editor de esta entrega, entonces director y editor de La revista del Vigía. Aquel día las condiciones a orillas del San Juan, en vísperas del tricentenario de la ciudad, no propiciaron la entrevista concertada entre ambos. Las respuestas fueron sustituidas, luego, por una carta, más extensa de lo común, que cuenta no solo el desarrollo de la especial relación con la ciudad, iniciada durante 1969, sino que nos da noticia del talento y las bondades de sus músicos, y del amor por la música que primaba en aquel particular territorio.

Como allí se narra, el reencuentro con la ciudad en la adultez lo propició una gira de la comedia Don Gil de las calzas verdes, de Tirso de Molina, con Teatro Estudio, en la fecha ya mencionada. En ese entonces la ya insigne música (de 1955 data  En la imaginación, y entre finales de los 50 e inicio de los 60 sus boleros nos acompañaban en las voces más populares y reconocidas) trabajaba como asesora musical de la compañía, no por una particular pasión por la escena —que crecería cada vez más—, sino porque era el sitio donde, gracias a la integridad de Raquel Revuelta, varios artistas pudieron continuar ganando el sustento del diario vivir en medio de una atmósfera hostil a la belleza y la originalidad. No paso por alto el tema, ya que es la primera vez que esta importante creadora cubana decente y leal  se permite referirse al mismo. En efecto, también ella estuvo en el index de la marginación, y Matanzas, con su cultura musical, su sensibilidad armoniosa y sus artistas, dio a conocer entonces tesoros que integran hoy nuestro patrimonio musical más preciado, como “Llora” o “Hacia dónde”, entre otras piezas, y salvaron del naufragio a una artista en su más fecunda madurez. Sin duda, su obra eleva el nombre de la patria en el ámbito sonoro internacional desde hace décadas.

“Su obra eleva el nombre de la patria en el ámbito sonoro internacional desde hace décadas”. Foto: Tomada de Granma

Vale el homenaje que, en estas páginas, Marta Valdés rinde a la cultura de esa bendecida ciudad, a sus artífices de aquellos y estos tiempos, aún no suficientemente reconocidos a pesar de la obra plena y valiosa que han construido y de la generosidad con la cual prodigan su tiempo para aportar a la de los demás que, de común, les solicitan.  

Cierra el volumen una breve página que recrea el espíritu esencial de  algunas que le anteceden. En su centro gravitacional, como símbolo de amor y destino, el estuche de la guitarra. No uno cualquiera, sino aquel primer estuche que una familia de escasos recursos dispuso como complemento ineludible, como guardián indispensable que sellaba, sin palabras, el pacto de apoyo y respeto con su descendencia. Separada con sumo cuidado del aliado que la protege cuando descansa y sueña, una guitarra se apresta a la nueva aventura. Entre sus cuerdas, el próximo anhelo.