En Nueva York José Martí hizo buen uso de la riqueza cultural de la ciudad, particularmente de sus bibliotecas. Asistió a un siglo luminoso en la profusión de las bibliotecas y de los libros como armas del saber, que con avidez disfrutó y compartió. Hombre de cultura opulenta, labora en una metrópoli que posee todos los recursos culturales.

Aquel organizador de una Revolución, y hombre de acción, era también un hombre de libros, que los amaba apasionadamente, y dirá: “Es hermoso entrar en la casa librera que tiene el afortunado contrato: todo son cajas que ruedan, nombres satisfechos, montes de libros. Solo el júbilo que produce entrar en un gran arsenal”.

Biblioteca Astor. Fotos: Cortesía del autor

Entre las grandes bibliotecas de Nueva York frecuentadas por Martí están: la Astor Library, construida en Lafayette Place en 1848, con la donación —considerable para la época— de 400 000 dólares por parte de John Jacob Astor, fundador del primer trustnorteamericano, quien deseaba crear una biblioteca abierta al público, la cual llegó a contar de un fondo de 260 000 volúmenes, donde leyó Martí, y donde acaso haya algún rastro de fichas pedidas por él; dice de la misma: “Hay la librería Astor, luminosa, y solemne, donde se alberga toda la ciencia y está dibujado todo el arte de la tierra”.

A la de Astor iba Martí con su amigo José Joaquín Palma, “el bardo bibliotecario”, como lo llamaba, y allí supo del lugar que perteneció a Antonio Bachiller y Morales: no había asiento más bruñido que el del “caballero cubano” en la biblioteca de Astor, recordaba en su crónica sobre el erudito habanero.

José Joaquín Palma, apreciado amigo de José Martí.

En 1870, un promotor inmobiliario norteamericano, James Lenox, decidió fundar una biblioteca a partir de su considerable colección de obras raras, manuscritos y documentos sobre la historia de los Estados Unidos. Martí señala en la Lenox Library una virtud especial: “que las facilidades se abrieron a los más necesitados y el libro fue accesible a los pobres que, no tienen con que comprarlos, ni las posibilidades de leerlos. Señala de la institución, que es casa monumental, colgada de excelentes pinturas, y sobrecargada de ricos anaqueles, llena de libros raros y preciados”.

La Lenox, abierta al público desde 1876, estaba en la Quinta Avenida, junto al Parque Central; por esos lugares paseaba Martí en un día de otoño. “Iba yo ayer domingo a ver caer las hojas y enlutarse el Parque; iba dejando atrás, con ese paso lento con que se anda en las tierras extrañas… Iba pensando en la biblioteca de Lenox, que queda cerca (y que estaría cerrada por ser domingo). Iba pensando en los códices y pergaminos de historia de América que suelo hojear en la biblioteca con manos filiales y avaras: ¡Quién tuviera en los dedos mangas de fraile, para que se colaran por ellos sin ser vistos, como las limosnas de los frailes, aquellos libros amados! Iba yo pensando en esto a la sombra de los pinos majestuosos que rodean la biblioteca de piedra blanca”.

Biblioteca Lenox.

Haciendo referencia a su afán de saber y su deseo de estar entre los más conocedores, en carta a su amigo Gonzalo de Quesada, para señalar que se estaba documentando, dice: “Ando de biblioteca, estudiando todo lo que no tengo de Bancroft”.

A finales de siglo las dos instituciones sufrirían la misma suerte: se resentían, sobre todo por su escasa financiación. Al mismo tiempo, se habían creado numerosas bibliotecas populares de préstamo y las de las universidades se dotaban de prestigiosos materiales, útiles para la investigación.

Un exgobernador del Estado Samuel J. Tilden, legó su considerable fortuna a una fundación encargada de crear una gran biblioteca pública.

El Tilden Trust y las bibliotecas Astor y Lenox acabaron por fusionarse con el nombre de The New York Public Library, sociedad sin fines de lucro, inaugurada el 23 de mayo de 1895. También existió la Biblioteca del Instituto Cooper, con hemeroteca copiosísima que beneficiaba a dos millones de lectores en se tiempo.

Martí apoya la demanda de una biblioteca nocturna para que gente sin estos instrumentos de estudio inviertan allí sus horas. Y también propone el sistema de préstamos de libros, en que cada cual pueda llevar el ejemplar a su casa, como es costumbre hoy, pues solo las personas desocupadas o ricas hasta el momento disfrutan de esos servicios. Hay que destacar que Martí estaba al tanto de la creación de bibliotecas en distintos países.

Enaltece la figura de un propietario por su interés en crear una biblioteca de lengua española en Nueva York: “(…) el agudo abogado Ivins que tiene en el Brasil buenos negocios, y en Nueva York la mejor biblioteca castellana (…)”, refiere Martí.

“Martí estaba al tanto de la creación de bibliotecas en distintos países”.

En el sumario de una de sus cartas de Nueva York a raíz de la muerte de Samuel Tilden, presidente electo de 1880, a quien considera ejemplo para los jóvenes por ser político honrado y abnegado y que “en su testamento otorga tres millones de pesos para la fundación de una biblioteca pública”, se puede apreciar que estuvo al tanto de las características del servicio a usuarios, de las ramas del saber representadas en sus fondos y de sus rasgos arquitectónicos.

En breves palabras caracteriza Martí una biblioteca de Nueva York: “(…) no tiene Nueva York club de desocupados más amplio y bello que el de Vanderbilt (…). Hay una biblioteca que invita a pensar grande (…) y en la biblioteca no solo hay todos los libros de ferrocarriles, sino poesía y novela sana, historia, viajes”.

José Martí dio un gran valor a las bibliotecas como minas del saber. Dio a conocer —a través sobre todo del ejercicio del periodismo— las instituciones de esta naturaleza, tanto en cuanto al valor de sus fondos bibliográficos, como en su aspecto exterior y otros de interés.

“José Martí dio un gran valor a las bibliotecas como minas del saber”.