Martí y los nuevos sietemesinos

Antonio Rodríguez Salvador
8/5/2020

Parece una orden: ¡Disparen a Martí! Lo mismo con balas reales, como la recibida por su estatua en la embajada cubana en Washington, que disparos de mugre: embadurnar con sangre de cerdo sus bustos en La Habana, o disparos de infamia, como el concurso que acaba de convocar la organización anticultural Puente a la vista, asociada a Diario de Cuba, en el que se pretende convertir en soporte de vulgar choteo los entrañables Versos sencillos del Apóstol.

Según las bases de dicho concurso —divulgadas por radio televisión Martí y otros medios financiados por Estados Unidos en su “tarea” contra Cuba— para ser premiado no se precisa ni talento poético ni especial belleza del lenguaje; nada, tampoco de hallazgos formales o elevados sentimientos estéticos; solo escribir una cuarteta o redondilla que ponga en la grosera picota a alguien, o algo, vinculado con la Revolución.

Se avisa que no basta parodiar libremente los versos, sino que es obligatorio expresar ciertas aptitudes para el odio y el vertimiento de fango: será la capacidad de insultar lo que más apreciaría el jurado; no la honda compenetración del poeta con virtuosas emociones. Para que nadie se salga del carril y se aparezca con indeseables propuestas románticas o bucólicas, se ofrecen de muestra dos ejemplos que destacan por su elevado espesor chancletero.

¡Venga, tire su excremento aquí!, es lo que en esencia proponen las bases. Pero, si bien parece cosa de borrachera exigir que las obras presentadas al concurso no podrán estar comprometidas para publicación ni participación en otro certamen (como si pudiese haber alguna editorial decente capaz de publicar semejantes bodrios), afirmar que va contra cualquier tergiversación del pensamiento martiano ya clasifica como severa esquizofrenia. 

Martí dijo: “El verso, por donde quiera que se quiebre, ha de dar luz y perfume”, de modo que jamás podrá entender al Apóstol quien del verso hace oscuridad y fetidez. Para hablar de Martí hay que hacerlo desde el conocimiento y la veneración, por tanto, lo que expongo a seguidas no estará seguramente al alcance del nivel “intelectual” de los promotores del concurso, menos de su turbio espíritu.

¿Acaso no es profundamente antimartiano lo que no solo va contra la Revolución, sino también contra la poesía y los más elementales valores humanos? Martí es un autor de talla universal, uno de los grandes de cualquier época. Precursor del Modernismo, movimiento literario de gran renovación estética, que destaca por el uso de un lenguaje refinado, que reacciona contra el retoricismo, el descuido formal del Romanticismo y cierta vulgaridad que caracterizó al Realismo y al Naturalismo.

Foto: Obra del pintor cubano Raúl Martínez
 

De modo que ese concurso es también una lanza contra la historia de la literatura, contra el decoro y el sentido común. Si cultura es palabra que significa “cultivar” (poner los medios necesarios para mantener y estrechar el conocimiento, el trato o la amistad), este concurso vendría a ser una suerte de defoliante, una lluvia ácida, un basurero tóxico contra el saber, la armonía o el amor. Semejante propuesta ofende hasta a la mismísima infamia.

Según relevantes estudiosos, los Versos sencillos son un compendio de momentos esenciales en la vida de José Martí. Es el más importante de sus libros poéticos y el más conocido. Al decir de Fina García Marruz, constituye su “testamento poético”.

En el prólogo de Versos sencillos, el autor confiesa la circunstancia en que fueron escritos: “Mis amigos saben cómo se me salieron estos versos del corazón. Fue aquel invierno de angustia, en que, por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos”.

Martí se refiere a la llamada Conferencia Panamericana, celebrada en diciembre de 1889: un evento al que asistió la mayoría de los países de América. En carta dirigida al director del periódico La Nación, de Buenos Aires, Martí expresa que las entrañas de este congreso están, como todas las entrañas, donde no se las ve. Entre las diversas pretensiones ocultas del gobierno estadounidense, nuestro Apóstol denuncia el interés yanqui de comprarle a España la Isla de Cuba, cosa que ya estaba negociando el ministro Palmer.

Del conjunto de crónicas escritas por Martí en torno a esa conferencia, surgió su memorable ensayo Nuestra América: un texto de incuestionable actualidad, donde nos advierte de las dos principales amenazas que enfrentan nuestros pueblos: la desunión y la voracidad imperialista de Estados Unidos.

No es de extrañar entonces esta clase de ataques del “Norte revuelto y brutal que nos desprecia”, ni tampoco que para ello usen a los que Martí llamó “sietemesinos”: esos anexionistas que no tienen fe en su tierra porque les falta valor, “los hijos de carpinteros que se avergüenzan de que su padre sea carpintero”.

Pero, como alguna vez dijo Quevedo: “La soberbia nunca baja de donde sube, pero siempre cae de donde subió”. Así, este concurso también prueba lo que más duele a sus patrocinadores: que la Revolución sea Cuba, y sea alta expresión de humanismo, y de amor, y de cultura. Y que sea Martí.

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