Más allá de Obama y Trump: la cultura como pilar de dominación en la política de Estados Unidos (I parte)

Hassan Pérez Casabona, Ana Margarita Morejón Padrón
5/11/2018

I

Desde su surgimiento como nación moderna, y aun desde antes, lo que luego derivó en los Estados Unidos se empeñó en imponer un patrón de dominación integral, el cual contemplaba los intereses de los sectores y clases dominantes. En los territorios ocupados a lo largo de centurias por pueblos como los apaches, navajos, mescaleros, iroquois, pies negros y cherokees los inmigrantes procedentes de Europa, que conformarían las Trece Colonias, no fomentaron procesos de diálogo e integración con esas comunidades, sino que, por el contrario, llevaron adelante el confinamiento, la segregación y el exterminio. Quedaban instaurados así, desde el comienzo, rasgos y comportamientos que han marcado a la élite política estadounidense configurada en el blanco, anglosajón y protestante (WASP), verdadera raíz del núcleo que ha detentado el poder real en aquella geografía durante casi 250 años.

Bastarían apenas unos ejemplos históricos para ilustrar cómo se sentaron las bases de un sistema de dominación integral, que tiene en el componente ideológico cultural uno de sus pilares. Desde que el 21 de noviembre de 1620 los integrantes del Mayflower crean la colonia de Plymouth, en Massachusetts, hubo una marcada influencia de este grupo de fundadores (Pilgrim Fhathers) en la formación ideológica futura. De esa manera se colocaron los cimientos para establecer un gobierno propio a través del documento The Mayflower Compact. Los de bajos ingresos quedaban excluidos de facto.


Desde que los integrantes del Mayflower crearon la colonia de Plymouth, en Massachusetts se colocaron los
cimientos para establecer un gobierno propio a través del documento The Mayflower Compact. Fotos: Internet

 

Una manifestación emblemática de ese período inicial —que pone al descubierto las pretensiones de asumir no solo un liderazgo político, sino en el terreno de la ideología— emerge en 1630 cuando John Winthrop y los puritanos del Arabella afirman que van a levantar “una ciudad en lo alto de la colina”. (“A city upon a hill”), la cual todo el mundo vería como ejemplo a imitar.[1]

Es importante comprender (este artículo apenas esboza ideas que serán examinadas con mayor rigor en trabajos ulteriores) que como doctrina política el puritanismo repudió el absolutismo, y apoyó el establecimiento de asambleas, si bien fue una respuesta religiosa funcional con el desarrollo y expansión del naciente capitalismo. La idea era crear una “democracia de elegidos”. La Constitución que fue enviada a los estados para su ratificación, a partir del 17 de septiembre de 1787, sentó las bases de un poder federal que, décadas más tarde, se convertiría en uno de los garantes del entramado imperial, mediante el cual Estados Unidos lleva adelante su proyección a escala global. [2]

Del otro lado —testimonio de que dicho recibimiento se produjo sobre bases diametralmente opuestas a esas posiciones de dominación, al tiempo que hubo agudeza para valorar la magnitud de lo que sucedía—, las apreciaciones del Jefe Powhatan: “¿Por qué toman ustedes por la fuerza lo que pudieran obtener por vía pacífica? ¿Por qué quieren destruir a los que les abastecen de alimentos? ¿Qué pueden ganar con la guerra? ¿Por qué nos tienen envidia? Estamos desarmados y dispuestos a darles lo que piden si vienen en son de amistad”.[3]

Ese dilema, el que sobreviene a partir de la imposición de un modelo y la resistencia interna y foránea que se genera ante tales patrones, fungiría de una u otra manera como nudo gordiano en lo adelante.

II 

El fin de la II Guerra Mundial trajo consigo un nuevo orden internacional y un alumbramiento del derecho, a partir del surgimiento (empeño que cristalizó tras no pocos obstáculos) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En un principio se tuvo confianza “en el progreso de la civilización” como un desplazamiento de la fuerza hacia la diplomacia, y de esta hacia el derecho. [4]

Sin embargo, en el transcurso de la Guerra Fría varios acontecimientos internacionales propiciaron desconfianza y escepticismo pues, a pesar del supuesto respeto de los Estados miembros a los principios incluidos en la Carta de las Naciones Unidas, una gran cantidad de conflictos internacionales no fueron resueltos por la vía legal, sino por el uso de la fuerza. Ello favoreció la opinión de que los intereses políticos de los Estados suelen ir al margen del respeto al orden jurídico mundial, y que la calidad y aplicación del derecho internacional es cuestionable. [5]

Estados Unidos, abocado a una profunda reforma institucional que rebasó los ámbitos tradicionalmente identificados con la esfera política, se dotó de instrumentos en el plano doctrinal que acentuarían la vieja pretensión de operar como hegemón en todos los ámbitos.

Desde el llamado Telegrama largo de George Frost Kennan, del 22 de febrero de 1946 (con la idea de que: “Debemos formular ante las demás naciones, de manera mucho más constructiva y positiva, la imagen del mundo que deseamos”), transitando por el discurso de Winston Churchill sobre la “Cortina de Hierro”, del 5 de marzo del propio año; el Reporte Clifford-Elsey, presentado al presidente Harry Truman poco después, exactamente el 24 de septiembre, bajo el título de American Relations with the Soviet Union; la muy divulgada y poco estudiada Doctrina Truman, expuesta ante el Congreso el 12 de marzo de 1947; el no menos célebre Plan Marshall (cuyo nombre en realidad es The European Recovery Program) y cuya clave está en el discurso que pronunció el entonces secretario de Estado George Marshall el 5 de junio de 1947 en la Universidad de Harvard; el artículo “The Sources of Soviet Conduct”, divulgado por Mr. X (seudónimo de George Kennan) en la revista Foreing Affairs, de julio de 1947, o en la Directiva NSC-68, del 14 de abril de 1950 (en el contexto de la Guerra de Corea) se pretendía fortalecer, mediante documentos y acciones de largo aliento en cuanto a lo programático, la visión sobre un EE. UU. que no solo debe ir a la cabeza en lo económico, político y militar, sino que tiene que operar como referente obligatorio en cuanto a modo de vida. [6] El “american way of life” desbordaba la idea de su representación formal en el arte y la literatura, en tanto se consolidaba como sustrato ideológico a exportar más allá de sus fronteras.


El “american way of life” desbordaba la idea de su representación formal en el arte y la literatura,
en tanto se consolidaba como sustrato ideológico a exportar más allá de sus fronteras

 

Como subtexto de esta etapa (en la cual la Agencia Central de Inteligencia desde su cuartel general de Langley, Virginia, sería en múltiples ocasiones el corazón del entramado a ejecutar, tanto en lo público como a la sombra)[7] la porfía a nivel universal entre revolución y contrarrevolución, traducida en la lucha perenne entre conservadurismo y progreso, representadas entonces entre las fuerzas favorables a la guerra y el uso de la violencia y los sectores defensores de la paz.[8] Eran y son antagonismos que solo pueden comprenderse desde una organicidad sistémica y no parcelando los análisis en áreas específicas.

III

Es importante señalar la idea de que con el triunfo revolucionario se abrió un contexto capaz de propiciar un sistema de relaciones hemisféricas que pudo ser diferente —a partir de la buena voluntad del gobierno cubano puesta de manifiesto a través de múltiples hechos y pronunciamientos, incluyendo el viaje de Fidel a Estados Unidos en abril de 1959— pero lo cierto es que la administración encabezada por la dupla Eisenhower-Nixon embistió en todos los órdenes, desde bien temprano, con el propósito inequívoco de derrocar la propuesta revolucionaria antillana que, al mismo tiempo, fue multiplicando de forma exponencial su arraigo popular.

En Cuba, lejos de intimidarnos con las claras señales que llegaban desde el territorio estadounidense, la dirección del país no perdió un segundo en darle cumplimiento al programa estratégico planteado en el Moncada, y en crear las condiciones para que todo el pueblo estuviera preparado para defender sus conquistas, incluso si la confrontación arreciaba y llegaba a presentarse en el plano armado. Con energía y pasión sin límites, cada nuevo día significó una jornada donde se alcanzaban éxitos concretos, a los que jamás había accedido la población. 

Sin perder el rumbo trazado, con la certeza de que una revolución no es un lecho de rosas ni una empresa de pocas semanas, el proceso de cambios transitó de una concepción democrática, popular y antimperialista a una inquebrantable vocación socialista.

La proclamación de dicho carácter por Fidel el 16 de abril de 1961, en el sepelio a las víctimas de los bombardeos perpetrados horas antes contra instalaciones aéreas en distintos puntos del país, no fue en modo alguno una acción fortuita, producida exclusivamente por la indignación ante la masacre, sino que resultó una evolución orgánica y coherente dentro del accionar revolucionario, asimilada de esa forma por el pueblo que, en apenas dos años, había crecido extraordinariamente en sus análisis, en buena medida por la obra tangible que contemplaba y por la prioridad que le otorgó la dirección del gobierno de explicarle directamente, con el concurso de los principales dirigentes, no solo las medidas que se adoptaban, sino la profundidad de una lucha que se fijaba objetivos de más largo alcance.


El proceso de cambios transitó de una concepción democrática, popular y antimperialista a una
inquebrantable vocación socialista fue proclamado por Fidel el 16 de abril de 1961

 

En Girón, ya nadie podía siquiera ponerlo en duda, se pelearía por preservar la soberanía nacional que, para esa fecha, significaba también pasar a una etapa de edificación socialista. De ahí la trascendencia de esa victoria frente al imperialismo en el continente, debido a que la heroicidad de los milicianos y el pueblo permitió que, luego de esa lección imperecedera de entrega a una causa, cada una de las naciones tercermundistas fuera un poco más libre.

No es posible, por la brevedad de este material, hacer un recuento pormenorizado de todas las agresiones imperialistas a nuestro país, con la finalidad de socavar las bases de la Revolución y acabar con una experiencia que, pese a los esfuerzos demenciales del establishment estadounidense de aislarla, se abrió paso en los confines más remotos del mundo, por la fuerza y justeza del ideario que enarboló.

Además de la invasión mercenaria a Playa Girón, la complejidad de las faenas vividas durante la Crisis de Octubre de 1962, los más de 600 atentados contra el Comandante en Jefe, y el bloqueo genocida impuesto al pueblo, los imperialistas no escatimaron ninguna metodología imaginable para ver coronadas sus aspiraciones centenarias de engullirse a nuestra nación.

Distintas operaciones, como la Pluto, la Peter Pan o la Mangosta; el apoyo y aprovisionamiento a bandas contrarrevolucionarias; diversas legislaciones como la Ley de Ajuste Cubano, en los inicios, unido a otros engendros jurídicos más cercanos en el tiempo como las leyes Torricelli y Helms-Burton, o el “Plan para una Cuba libre”; el empleo de la actividad terrorista, que nos ha costado 3 478 muertos y 2 099 incapacitados; la guerra biológica o la propaganda televisiva y radial —violatoria de las regulaciones internacionales sobre telecomunicaciones—, entre muchas otras estratagemas, tuvieron igualmente como finalidad aplastar a la Revolución y ahogar a su pueblo.

Específicamente sobre el bloqueo, crimen de lesa humanidad repudiado en todas las convenciones internacionales, aunque formalmente su proclamación oficial se derivó de la Orden Ejecutiva No. 3447, firmada por el presidente John F. Kennedy el 3 de febrero de 1962, tuvo manifestaciones claras desde antes. Con razón expresó el General de Ejército Raúl Castro en la Cumbre de Panamá en el 2015, considerando también las acciones precedentes adoptadas en esa línea por la Casa Blanca: “El bloqueo no empezó cuando lo firmó Kennedy en 1962”. [9]

Al acudir obligatoriamente a la presentación sintética de nuestras valoraciones, creemos oportuno plantear que, desde 1959, las sucesivas administraciones de EE. UU. se han trazado como objetivo derrocar al gobierno revolucionario, restablecer el capitalismo y recuperar su hegemonía y dominación sobre nuestro país. Con ese prisma, independientemente de que no se trata de una caracterización monocromática, distinguimos dos tendencias básicas: la que ha promovido el enfrentamiento abierto y directo mediante la agresión militar, el terrorismo, apoyo a bandas armadas, guerra biológica, planes de guerra sicológica y propagandística, y aislamiento internacional; y la que se ha propuesto modificar la proyección internacional cubana y socavar la Revolución desde dentro, empleando para ello, básicamente, medios políticos, diplomáticos, económicos, culturales y propagandísticos, manteniendo los pilares esenciales del bloqueo y la subversión. 

En el primer caso dicha posición primó, obviamente con diferentes matices, en los gobiernos de Dwight Ike Eisenhower, John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson, Richard Nixon, Ronald Reagan y George Bush, padre e hijo; mientras que en el segundo esos enfoques se privilegiaron, con características propias en cada caso, durante el ejercicio gubernamental de Gerald Ford, James Carter, William Clinton y Barack Obama. (Continuará)

 

 

Notas y citas:

[1] Uno de los más destacados historiadores estadounidenses expone al respecto: “En 1630, en los albores de la colonia de la bahía de Massachusetts, el gobernador John Winthrop había definido así la filosofía de los gobernantes: ´… en todas las épocas, algunos deben ser ricos, otros pobres; algunos elevados y eminentes en poder y dignidad, otros de condición baja y sumisa´”. (…) En 1700 los mayordomos eclesiásticos de la ciudad de Nueva York pidieron fondos del consejo común porque ´los gritos de los pobres y desvalidos —por su falta de alimentos— son muy hirientes´. En la década de 1730 a 1740 empezó a aumentar la demanda de instituciones para recluir a los ´muchos mendigos que se permite vagar a diario por las calles´”. Howard Zinn: La otra historia de los Estados Unidos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004, p. 33. 
 
[2] Es también una falacia afirmar que, desde el comienzo, los documentos programáticos del naciente EE. UU. recibieron el respaldo atronador de los involucrados en su redacción, aun a sabiendas de que no intervenían los sectores de menos ingresos. “De los 55 diputados que participaron en los trabajos de la Convención, 14 ya se habían ausentado y tres se negaron a firmar el documento. Solo 38 diputados firmaron el ejemplar original y las copias del documento. Posteriormente, se agregó la firma de uno de los diputados, para un total de 39. Ni siquiera George Washington lo firmó, no por estar en desacuerdo, sino porque se encontraba en New York en tareas del ejército. (…) El proceso de ratificación por las legislaturas de los estados fue polémico en muchos casos, especialmente en algunos de los mayores, donde el margen de aprobación fue estrecho. (…) Para resolver la oposición de los antifederalistas a ratificar la Constitución fue decisivo el llamado ´Compromiso de Massachusetts´ de ´ratificar primero y enmendar después´. (…) Las ratificaciones por North Carolina y Rhode Island (este último después de haber rechazado convocar la convención de ratificación en once ocasiones) ocurrieron después de que George Washington tomó posesión como el primer presidente de los Estados Unidos de América”. Ramón Sánchez-Parodi: El espectáculo electoral más costoso del mundo, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014, pp. 10-11.
 
[3] Ver: Rafael San Martín: Biografía del Tío Sam, Tomo I, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006, p. 39.
 
[4] L, Hentin: Derecho y política exterior de las naciones. Grupo Editorial Latinoamericano. Buenos Aires, 1986. 
 
[5]M, Becerra: Panorama del derecho internacional público. UNAM. México DF, 1997.
 
[6] Estas cuestiones relacionadas con la forma en que se vertebró en Estados Unidos toda una concepción con respecto a cómo ejecutar en la arena exterior sus proyecciones, aparecen analizadas con énfasis por Eliades Acosta en su libro 1963: De la guerra mediática al golpe de Estado (Fundación Juan Bosch, Soto Castillo Impresores, Santo Domingo, 2015), el cual tiene como eje central el estudio de las diversas acciones llevadas a cabo por diferentes sectores, bajo la tutela de la embajada estadounidense en la nación caribeña, para sacar del poder a Juan Bosch, primer presidente democráticamente electo en República Dominicana tras el ajusticiamiento del dictador Rafael Leónidas Trujillo. El artero golpe contra Bosch, afamado escritor quien residió durante 19 años en Cuba (y participó en la frustrada expedición de Cayo Confites en 1947, donde conoció al entonces joven estudiante de derecho Fidel Castro), se consumó el 25 de septiembre de 1963, apenas siete meses después de que se colocara la banda presidencial.
 
[7] Llama la atención que, si bien con diferencias de tono en relación con sus predecesoras en cuanto al uso del lenguaje académico, la directiva del National Security Council  (NSC-5412-1), del 12 de marzo de 1955, deja claro que se deben entender las “operaciones encubiertas” como “todas aquellas actividades planeadas y ejecutadas sin que se comprometa la responsabilidad del gobierno de Estados Unidos y sin que sea evidente la autorización a personas o entidades para desarrollarlas”. De igual manera la CIA definió como dichas “operaciones encubiertas” aquellas donde se empleara “… la propaganda y acción política; la guerra económica (…) la subversión contra Estados hostiles o grupos, incluidas la asistencia a movimientos alternativos, grupos de refugiados, apoyo a organizaciones indígenas y elementos anticomunistas en países que luchaban por un mundo libre, así como el resto de las actividades compatibles con el espíritu de dicha directiva”. Rhodri Jeffreys-Jones: The CIA & American Democracy, Second Edition, When a New Preface, Yale University Press, 1998, p. 83.
 
[8] Es importante profundizar en el papel desarrollado por la CIA, en cumplimento de objetivos definidos por diferentes administraciones estadounidenses, en cuanto a llevar adelante las más variadas operaciones, incluyendo el asesinato de líderes políticos, en el afán de ver coronadas sus aspiraciones estratégicas. Este fue un proceder que desbordó la mera filiación partidista, haciendo realidad la legendaria afirmación de Thomas Jefferson de que “una diferencia de opinión no es una diferencia de principios. Todos somos miembros de la clase política estadounidense”. Los hechos históricos derriban incluso los mitos establecidos, uno de ellos que el presidente John F. Kennedy no tuvo que ver con acciones de esa naturaleza. “Muchos historiadores de la Agencia Central de Inteligencia, como Joseph Trento, Jay Edward Epstein o Peter Kornbluh, coinciden en señalar el inicio del proyecto ZR/RIFLE en 1960, bajo la administración Eisenhower, para acabar con la vida de Fidel Castro, pero realmente sería a partir de 1961, bajo la administración del presidente Kennedy, cuando ZR/RIFLE desarrolló el mayor número de operaciones o, mejor dicho, de ‘acciones ejecutivas’, contra líderes políticos extranjeros por parte de la CIA. (…) A Allen Dulles (director de la CIA) no le cabía la menor duda de que los hermanos Kennedy (John y Robert, fiscal general de los Estados Unidos) iban a ser muy aficionados a los ‘asesinatos políticos’ o, mejor dicho, a las ‘acciones ejecutivas’. Aquello sorprendió mucho a los líderes de la CIA, que hasta entonces pensaban que el recién elegido John Kennedy era un hombre débil, más preocupado por las mujeres y la alta sociedad que por las operaciones encubiertas, pero no iba a ser así. John Kennedy era mucho más duro que su antecesor en el cargo, el presidente Eisenhower”. Sobre este mandatario republicano —quien arribó a la Casa Blanca con el glamour del papel desempeñado como general durante la Segunda Guerra Mundial— se hizo público en 1997 un documento de 22 páginas titulado “Estudio sobre el asesinato”, el cual se encuentra en los fondos documentales de la National Security Archive de Washington. “En él, Eisenhower dejaba muy claras las directrices que iban a seguir los posteriores presidentes estadounidenses para evitar verse involucrados en semejantes tareas. ‘Jamás se deberá escribir o grabar ninguna orden de asesinato’, indicaba el primer punto. En otra de las páginas se especificaban las diferentes formas para asesinar, armas utilizadas para tal fin y consejos para hacer ver que un asesinato político es sencillamente un simple accidente”. Eric Frattini: CIA. Joyas de Familia. Los documentos más comprometedores de la Agencia, por fin al descubierto, prólogo de Jorge Dezcallar, Ediciones Martínez Roca (mr-ediciones), Madrid, 2008, pp. 137-139.    
 
[9] En dicha cita Raúl recordó fragmentos del que calificó como “perverso memorando”, elaborado por el subsecretario de Estado Lester Mallory, el 6 de abril de 1960. El texto revela sin tapujos que no les importaban las privaciones y penurias a las que fuera sometido el pueblo, comparadas con la obtención de sus pérfidos objetivos. El infame material expresaba: “(…) la mayoría de los cubanos apoya a Castro… No hay una oposición política efectiva. El único medio previsible para restarle apoyo interno es a través del desencanto y el desaliento basados en la insatisfacción y las penurias económicas. (…), debilitar la vida económica (…) y privar a Cuba de dinero y suministros con el fin de reducir los salarios nominales y reales, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno”. Raúl Castro Ruz: “Cuba seguirá defendiendo las ideas por las que nuestro pueblo ha asumido los mayores sacrificios y riesgos”, Discurso en la VII Cumbre de las Américas, Ver en: Granma, lunes 13 de abril de 2015, pp. 3-5.