Miguel Barnet: sembrando cristales en el patio

Alfredo Zaldívar
27/11/2018

En el humo inasible de los idos todo es material e inmaterial, todo es asible, todo es inasible, como ese ser vituperable, que es el poeta, que es el poema. Miguel Barnet habla desde el hombre Miguel Barnet, desde el poeta Miguel Barnet, desde el humo Miguel Barnet. En primera persona va soltando su fardo de palabras. Son palabras comunes, palabras de a diario, consabidas, que alcanzan el alto puntal de un lenguaje inusitado, personal, de rotunda singularidad.

El poeta y ensayista Alfredo Zaldívar durante la presentación del libro En el humo inasible de los idos. 
Fotos: Abel Carmenate

 

A veces Miguel es su propio visitante, a veces el poema, a veces la sombra del poema.

Vienen a recordarme

que soy un huésped en mi propia casa

No abro la casa porque no estoy

Mi sombra se regocija y me abraza

Al menos mi sombra

Un libro que a pesar de las muchas sombras no llega a ser jamás un libro sombrío. Hermosos claroscuros sí que hay. Y veladuras nunca delatadas. Y muchas luces, siempre sutiles, siempre tenues, siempre abriéndose paso ante lo penumbroso. Y misterio poético, recalco, aunque parezca perogrullada. Porque no siempre, como sucede aquí, el poeta saber callar, o mejor, guardar silencio, sembrar un enigma, desterrar lo obvio…

La poesía, el poema, el poeta, el afán metapoético son consustanciales a este libro. Un libro que pudiera contradecir a Pessoa. Aquí el poeta no es un fingidor. Creo escuchar tras de cada poema el eco de este verso:

Arranquémonos la máscara

de la simulación

La desgarradora a veces sinceridad poética —y humana—de este libro, que vienen a ser la misma cosa, sobrecoge.

Ahora que me apresto a cazar

al pez de plata

acudo a ti, errante y sin brújula,

para que me protejas de toda escaramuza,

de todo alibí

y no dejes que entre por esa puerta

Pero su reverso puede venir detrás. La poesía es arrojo ante la página en blanco, que puede ser también la vida: 

Como aguerrido gladiador

Convocado a la pira

El poeta se ajusta el casco

Envaina su espada

Y fija la mirada en el fulgor

de un cielo de astros opalescentes

presto a ganar su más ardiente batalla

El poeta puede ser la marioneta del poeta, puede ansiar el disfraz que lo deje pasar inadvertido, y ante el espejo ser su propio bufón. Pero está predestinado. Se sabe, como Huidobro, un pequeño Dios:

Basta que yo lo escriba (para que sea real)

Y eso lo salva. Lo salva de todo. Lo salva todo.

II

Dividido en cuatro apartados, En el humo inasible de los idos abre con una primera sección titulada “De todos los días”, que reúne 38 poemas —la parte más amplia del libro—, donde decide escribir estas palabras que tanta razón dan al poeta.

Cuaderno que va abriéndose desde esos poemas que fluyen como ars poética, a los que siguen o se mezclan con otros que devienen sabias especulaciones, hasta inscripciones lapidarias o poemas grandiosos como “Un hombre solo”, que se sabe rodeado de hombres.

Poemas sensuales, no exentos de raro humor, de conjeturas sabias. Y ello no sucede solo en esta sección. 

La segunda parte, que tituló “A mitad del camino”, la más corta, de apenas 14 poemas, es quizás la más intensa. En ella se exacerban todos esos enunciados de la primera parte, pero lo sensorial gana intención, espacio.

Ya en la tercera, que el poeta titula “Fue”, y que fluye como un único poema en que lo pretérito cobra razón y lo posible parece haber sido real, hay un trasiego de sentimientos, una mixtura propia del alma humana cuyas emanaciones llegan a un estadio crucial, donde como un surtidor la palabra se explaya hacia zonas del ser en que los sentidos pierden todo asidero y la poesía alcanza, como pocas veces, su plenitud.

El tono epigramático del cuarto y último capítulo, llamado precisamente “Epigramas”, viene a dar una cerrada fijeza a este libro.

Libro real. No un conjunto de poemas escritos acá o allá, y que luego juntamos bajo un título.

 

Libro de naturaleza intertextual, intercultural, desprejuiciado, no de forzados pies, ni cargantes glosas, que dialoga con Elliot, Pavese, Cernuda, Juan Ramón, Lezama, Gastón, Pessoa, Roqueen casi imperceptibles cruces, con la gracia de un libro culto que no lo parece, nunca culterano y menos libresco.

Miguel Barnet, escritor de raza —de raza humana, por supuesto— heredero de lo mejor del castellano, autor de una obra narrativa, poética y ensayística, entrega estas brevedades físicas —la brevedad poética no existe en estas páginas—, que se leen con la celeridad que parecen haberse escrito.

Pero Miguel no solo habla de Miguel: En “El perro semihundido de Goya” ve la pesadilla del mundo…Y sigue diciendo:

Mientras otros se jactan

de su perro, su casa y su fortuna

yo me treparía al cielo

Con Lezama se pregunta: ¿Oye alguien mi canción? Y sigue escoltado por la cábala, el oráculo de Ifá, el Tarot, el chino de la charada o la Virgen de la Caridad del Cobre, mientras envidia la libertad del pájaro carpintero y declara:

Solo el deseo hará que los días

se hagan vivibles

El que inventa solo descubre una tradición                 

Descubrir es volver a hallar lo desconocido

Todo no es más que una huella.

Los tambores le llaman, pero él rechaza la corona de esparto… En su poema de las moscas, de finísimo humor, donde parece retumbar “El vuelo del moscardón” aunque en sordina, está el mismo Miguel de lozana cubanía y el Miguel de la contemplación, las pequeñas cosas, la aguda percepción, el gozo de esas contemplaciones…

No hay forma de aburrirse en este libro. Lo peor de un libro de poesía —o de cualquier género— puede ser el aburrimiento. Pero Miguel puede comerse una montaña como Virgilio, o como solo logra hacerlo un poeta verdadero: sembrar cristales en el patio.

 
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