Sin mis “negritos” del barrio mi vida no habría estado completa; es algo que digo con especial cariño. Mi infancia transcurrió en permanente compañía de esa tropa diversa y de piel más oscura que la mía. Fue aquel un poblado castigado por los rigores de un neocolonialismo crudo y real hasta 1959.

“Mi infancia transcurrió en permanente compañía de esa tropa diversa y de piel más oscura que la mía”.

Aquellos que una mañana de septiembre de 1975 caminaron conmigo hacia el mundo nuevo y desconocido de la escuela primaria, formaban parte de las primeras generaciones de niños negros en aquellos lares que no conocerían el desdén o el insulto por el solo hecho de un color diferente. Entonces ni siquiera lo notábamos; no era parte de nuestros códigos o temas de conversación; simplemente éramos compañeros de escuela, amigos de juegos y cómplices de travesuras.

Pero, ¿qué había pasado? ¿Qué acontecimiento inusual pudo cambiar los derroteros del barrio? ¿Cómo era posible que se acabaran de un golpe los “negritos descalzos” alejados de la escuela? ¿Por qué la madre de Juanito, de Marcos o de Maniñe no sentía el dolor que sus padres exhibieron en el rostro cuando divisaban la sombra de la desigualdad cernirse sobre el futuro de sus hijos? Era la obra de la Revolución la gran respuesta a tantas preguntas.

Mi madre me ha contado de aquellos pesares prerrevolucionarios, de las miradas tristes y hasta de la resignación autoflagelante con que algunos asumían una inferioridad anclada en siglos de abuso y desprecio. Ella siempre fue de familia blanca, pero humilde y solidaria; sobrepasó barreras y convivió dignamente con esa vecindad expoliada por los propietarios de tierras y los dueños del central.

“Comprendo que a pesar de que es el racismo un pulpo con fuertes tentáculos, nosotros logramos cortarle muchos de esos brazos”. Imagen: Internet

Cuando recuerdo a todos esos amigos de entonces, la algarabía beisbolera, las tertulias improvisadas bajo las frondas de lejanos árboles, las confidencias adolescentes y hasta los amores incipientes; cuando rememoro amistades fraternas; cuando, adulto ya, me cruzo con algunos de esos muchachos, profesionales ahora, obreros dignos, padres de médicos o médicos ellos mismos, comprendo que a pesar de que es el racismo un pulpo con fuertes tentáculos, nosotros logramos cortarle muchos de esos brazos y no tengo dudas de que le podemos quitar incluso la cabeza.

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