Nación, tierra, azúcar: la historia en Ramiro Guerra

Oscar Zanetti Lecuona
17/12/2020

Ramiro Guerra (1880-1970) nació en las cercanías de Batabanó, en el demolido cafetal Jesús Nazareno que su abuelo materno había adquirido, y del cual este vendió posteriormente sucesivas parcelas obligado por las estrecheces económicas. En parte del terreno restante su padre fomentaría en 1885 una pequeña colonia de caña, emprendimiento al que contribuyó sin duda la experiencia paterna en el negocio azucarero, adquirida como mayordomo de Recompensa, un viejo ingenio de la zona de Cabañas en el cual Ramiro pasó su primera infancia. Esa saga familiar, narrada magistralmente por el historiador en dos de sus últimos libros, Mudos testigos (1948) y Por las veredas del pasado (1957), constituye una referencia primordial para entender aspectos esenciales de su obra.

“‘Como un hombre de acción… ―al decir de Manuel Moreno Fraginals en su prólogo a la edición cubana de 1970 de Azúcar y población…― Guerra enfrentó los problemas del momento…’”. Fotos: Internet
 

Formado como maestro durante los años de la Primera Intervención norteamericana ―adiestramiento en Harvard incluido―, Ramiro Guerra tuvo un brillante desempeño profesoral. Desde el aula escolar hasta la cátedra universitaria ejerció en todos los niveles de enseñanza; fue director de escuela primaria y más tarde de la Normal para Maestros en La Habana, ciudad donde creó la primera Escuela de Comercio; Superintendente Provincial de Escuelas en Pinar del Río, en 1926 sería nombrado Superintendente General para todo el sistema escolar del país.

Guerra era, sin duda, un sobresaliente pedagogo, pero fue su dedicación a la Historia la que puso el sello definitivo a su trayectoria intelectual. En el ejercicio de las labores educativas había mostrado un temprano interés por la Historia de Cuba, inquietud que resulta bien comprensible a la luz de las circunstancias. Tras su estreno republicano, la nación cubana atravesaba por momentos sombríos; con la soberanía estatal manifiestamente cercenada por la Enmienda Platt, las desmoralizadas dirigencias políticas resultaban incapaces de representar los intereses del país. Desencantado por las corruptelas gubernamentales, el pueblo se desgastaba en la lucha cotidiana por la sobrevivencia, mientras los valores exaltados durante la gesta independentista parecían perderse de la conciencia ciudadana. Frente a los embates de aquel proceso enajenante, la más tenaz línea de resistencia la representaron los maestros, que desde la escuela pública se esforzaban por preservar y trasmitir las tradiciones patrióticas.

Guerra fue un señalado exponente de esa actitud. Dentro de su amplio concepto de la enseñanza, la Historia era la encargada de explicar al estudiante “…lo que somos y cómo hemos llegado a serlo…”, de difundir las ideas de nuestros más ilustres pensadores y glorificar apasionadamente todo lo cubano. La nación, su origen y desenvolvimiento, constituían el núcleo del discurso histórico que debía llevarse a la clase y exponerse en los textos. Dicha concepción, enunciada en conferencias como La patria en la escuela (1913), Luz y Caballero y la formación de los sentimientos patrióticos (1916) y Fines de la educación nacional (1917), habría de plasmarse en dos sustanciosos manuales escolares: Nociones de historia de Cuba (1917) y la Historia elemental de Cuba (1922).

Devenido historiador, el maestro Guerra haría de las indagaciones en torno al desenvolvimiento de la nación cubana sustancia de su fecundo y prolongado itinerario historiográfico. A inicios de la década de 1920 concibe una Historia de Cuba, que desde las culturas aborígenes debía seguir la formación y evolución de la nación hasta los albores de la república. El proyecto quedó inconcluso, pero los dos tomos publicados ―hasta 1607―, representaron un trascendental avance para nuestra historiografía. La búsqueda de indicios de una gestación nacional en aquella temprana etapa colonial, no solo motivó al historiador a la consulta de nuevas fuentes, sino que condujo su análisis más allá del tradicional acontecer político, para considerar fenómenos sociales y económicos usualmente descuidados, hurgando así en la “historia profunda” que estimaba esencial para hallar los embriones de la comunidad cubana.[1]

Particular atención concedió en esas páginas a la ocupación del espacio insular, a la apropiación de la tierra y a la creación de haciendas a que dio lugar. Su Historia escarbaba la tierra para indagar en los orígenes de un patriciado al que Guerra consideraba auténtico gestor de la cultura e identidad nacionales. Su búsqueda en los orígenes de la nación era acertada, pero el exclusivo protagonismo concedido a la élite criolla actuaba en evidente menoscabo de los aportes de otros componentes de la sociedad cubana, en particular los de origen africano.

En las páginas de la inconclusa Historia de Cuba, así como en Un cuarto de siglo de evolución nacional y otros trabajos publicados en los años veinte, los conceptos y criterios básicos de Ramiro Guerra sobre la evolución histórica de la Isla ya se hallaban bien establecidos. El empleo de ese acervo intelectual se haría palpable en los veintiún artículos publicados en el Diario de la Marina de mayo a agosto de 1927, los que, compilados bajo el título Azúcar y población en las Antillas, fueron editados casi de inmediato en La Habana por la editorial Cultural.

En aquellos años se vivía aún bajo el impacto causado por el crac de 1920 y de la cuantiosa pérdida de bienes y propiedades que este ocasionara, los que de manos cubanas pasaron al control de la banca y las grandes corporaciones azucareras estadounidenses. Unida a ello, la expansión avasalladora del latifundio cañero, el masivo empleo de braceros inmigrantes en los grandes centrales y la manifiesta injerencia política norteamericana fomentaban la irritación en la ciudadanía, originando manifestaciones muy diversas de nacionalismo. Guerra, que compartía esas inquietudes, decidió escribir un conmovedor llamado de alerta sobre los peligros que tal situación entrañaba para el destino de la nación cubana. “Como un hombre de acción… ―al decir de Manuel Moreno Fraginals en su prólogo a la edición cubana de 1970 de Azúcar y población…― Guerra enfrentó los problemas del momento…” involucrándose en el encendido debate en torno a la dependencia cubana del azúcar. Pocas obras historiográficas han tenido en Cuba tanto impacto social como este ensayo.”[2]

En su enfoque del problema Guerra estuvo influido por la lectura de algunas obras muy recientes sobre la historia de las Antillas británicas, en particular A History of Barbados, 1625-1685, (Oxford, 1926) de Vincent T. Harlow, pero también las de C. S Higham y J. A. Williamson[3]. Con la información ofrecida por esas fuentes, el historiador cubano realizó un análisis comparativo entre las sociedades de las West Indies, surgidas a partir de una economía de plantaciones cuyos propietarios eran por lo general absentistas, con una población formada casi enteramente por esclavos de origen africano, y la sociedad cubana constituida a partir de una colonización española que dio lugar a un sector de terratenientes enriquecidos, quienes también crearon plantaciones y trajeron a la Isla decenas de miles de esclavos africanos, pero que “…promovieron […] no solo el desarrollo de la riqueza propia, sino el adelanto general del país…”. Como resultado de tan distinta evolución, las islas del Caribe inglés arribarían al siglo XX con sus economías empobrecidas y carentes de sentido nacional, en contraste con la situación de Cuba y las otras Antillas hispanas, que a lo largo del siglo XIX habían constituido sus nacionalidades y experimentaban una mayor o menor expansión económica.

“Tras una década centrada en la creación historiográfica, Ramiro Guerra retorna al tema del azúcar con una obra que no es propiamente histórica: La industria azucarera de Cuba (1940)”.
 

Tales diferencias y la desgraciada suerte de las Antillas británicas tenían para Ramiro Guerra una causa primordial: el latifundio. Era esa una verdad a medias; los ingenios cubanos del siglo XIX como promedio poseían más tierra que las plantaciones de Barbados y otras colonias inglesas del Caribe. Sin embargo, el espacio de esas islas había sido ocupado casi por completo por las plantaciones, mientras que en Cuba una parte considerable del territorio tenía otros usos o permanecía virgen al finalizar la dominación española.

En las primeras décadas del siglo XX la penetración de los capitales norteamericanos provocaría un cambio radical del paisaje cubano. Quintuplicada la producción de azúcar en apenas veinte años, los cañaverales se extendieron por toda la Isla constituyendo formidables latifundios, cincuenta y hasta cien veces más extensos que las antiguas plantaciones coloniales. El latifundio azucarero de propiedad foránea, que empleaba a miles de braceros inmigrantes y reducía a la servidumbre al colono cubano, parecía reservar a la Mayor de las Antillas el destino de sus vecinas anglófonas. Su expansión incontrolada, advertía Guerra, amenazaba “…la obra histórica secular de la sociedad y del Estado cubanos. Mina, socava, destruye en lo esencial y básico de la misma, la nacionalidad”.[4] En el texto del historiador cubano el enemigo tiene dos caras, la frontal era el latifundio extranjero, objeto de su fogosa invectiva; la otra representaba un peligro igualmente denunciado: la inmigración de braceros jamaicanos y haitianos, mano de obra barata que a su juicio deformaba la composición poblacional y corroía la nacionalidad. Tal criterio, así como el hecho de que Guerra pasase por alto ―y hasta encomiase― los efectos de la más cuantiosa inmigración española, a título de su afinidad cultural, deja entrever sus prejuicios raciales, por más que esta y otras obras suyas den cabida a una tácita condena de la discriminación racial.[5]

Al denunciar las proyecciones antinacionales del latifundio, Ramiro Guerra advertía las negativas implicaciones del control mayoritario ejercido por las corporaciones norteamericanas en la industria azucarera insular. Juzgaba además insensatas las pretensiones de continuar expandiendo la producción del dulce frente al proteccionismo prevaleciente en el mercado de los Estados Unidos, que se erguía como un valladar ante las exportaciones cubanas. En su condena a las medidas proteccionistas, así como a otras políticas de Washington respecto a la Isla, se hace patente la perspectiva crítica del historiador sobre la índole de las relaciones cubano-norteamericanas. Textos posteriores de Guerra, como En el camino de la independencia (1930) y La expansión territorial de los Estados Unidos a expensas de España y de los países hispanoamericanos (1935), reiteran su repulsa a la proyección imperial estadounidense, desde el monroísmo original hasta su posterior actuación “plattista” e intervencionista, cuyas nocivas consecuencias para Cuba y Latinoamérica enfatizaba. No obstante, otros trabajos, e incluso ciertos pasajes de los mencionados, reflejan también apreciaciones del historiador respecto al favorable efecto que los vínculos comerciales, culturales y sociales con los Estados Unidos habían tenido para la modernización de Cuba, así como su opinión de que frente a la supremacía estadounidense debía imponerse la negociación y el cultivo de las relaciones en beneficio mutuo. Posición sintetizada en esta propuesta: “Hay que desterrar igualmente la animosidad y el servilismo respecto de los Estados Unidos. Ni adversarios ni pupilos”.[6]

Los límites están bien fijados y ellos ayudan a comprender la naturaleza del nacionalismo de Ramiro Guerra. En su obra, la nación hunde sus raíces en la tierra, se asienta en la posesión compartida del territorio. De la comunidad allí arraigada emergió una élite de propietarios a la cual correspondió crear la conciencia nacional y difundir la cultura que la expresa. Aunque reconociese los aportes de la población negra y otras etnias inmigrantes, para el historiador la matriz de la nación radicaba en su componente hispánico, blanco. Lo que así se perfila es un nacionalismo conservador, nutrido por una visión de los orígenes con ribetes utópicos, que Guerra nos lega en esa suerte de búsqueda del tiempo perdido que es Por las veredas del pasado.

Tras una década centrada en la creación historiográfica, Ramiro Guerra retorna al tema del azúcar con una obra que no es propiamente histórica: La industria azucarera de Cuba (1940). Tras prolongada crisis, el sector básico de la economía cubana había experimentado notables transformaciones en su organización, sus mercados y su cuadro institucional, en buena medida por obra de la intervención del Estado orientada a estabilizarlo. El libro contiene una pormenorizada descripción de esa nueva realidad, aunque también realiza una vigorosa defensa de la importancia del azúcar para la vida económica del país, en momentos en los que su estancamiento productivo ponía de relieve la urgencia de diversificar la economía. Guerra no negaba la necesidad de la diversificación y advertía que la agroindustria azucarera no constituía un obstáculo para ello, pero se esforzó en argumentar las razones por las cuales debía preservarse su predominio. Esa posición lo llevaría a entablar una significativa polémica con Fernando Ortiz. El eminente antropólogo acababa de publicar Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, obra en la cual sustentaba que, por oposición al tabaco, el azúcar era un artículo foráneo cuya producción había traído aparejada la esclavitud, generado la gran propiedad agraria y propiciado la dependencia económica de Cuba. En una serie de cuatro artículos publicada en el Diario de la Marina a principios de 1941, Guerra planteó sus discrepancias y se empeñó en refutar las tesis orticianas con argumentos históricos, llegando a sostener que la dependencia comercial de Estados Unidos reportaba a Cuba ciertas ventajas.

Ya por esos años el historiador había establecido un firme vínculo con la institucionalidad azucarera; aunque no con la Asociación de Colonos, como cabría esperar por la mayor afinidad de sus escritos con los intereses de esos cultivadores cañeros, sino con la de hacendados, creada en 1935, a la cual prestaba servicios como asesor. Asiento de algunos de los más prominentes latifundistas del país, la Asociación Nacional de Hacendados había hecho suya la expresión del líder autonomista Rafael Fernández de Castro a finales del siglo XIX: “sin azúcar no hay país”, con la manifiesta intención de afianzar con ella su hegemonía en el concierto de las “clases económicas”. En Filosofía de la producción cubana, publicada en 1944, Ramiro Guerra se propuso convalidar dicho aserto a partir de un examen de los factores naturales, económicos, sociales y culturales, que hacían del azúcar la más fácil y provechosa de las producciones del país. Dicha afirmación no negaba la conveniencia de diversificar la economía, proceso que a su juicio correspondía impulsar al Estado mediante el fomento de cultivos e industrias “naturales”, aunque siempre cuidando de no dañar con su protección la posición comercial del azúcar. Este sería el último libro de Guerra sobre temática azucarera, distante en más de un sentido de Azúcar y población en las Antillas, cuya vehemente condena al latifundio tuvo un efecto perdurable en la conciencia de los cubanos y había contribuido a su proscripción por la Constitución de 1940.

“La búsqueda de indicios de una gestación nacional en aquella temprana etapa colonial, no solo motivó al historiador a la consulta de nuevas fuentes, sino que condujo su análisis más allá del tradicional acontecer político, para considerar fenómenos sociales y económicos usualmente descuidados, hurgando así en la “historia profunda” que estimaba esencial para hallar los embriones de la comunidad cubana”.
 

A inicios de los años cincuenta, el ilustre historiador plasmaría Guerra de los Diez Años (1950-1952), a mi parecer la más acabada de sus monografías, en cuyas páginas su concepto de nación resplandece con los fulgores del sacrificio y el heroísmo de los cubanos. También codirige la Historia de la nación cubana, obra tan monumental en su concepción como desigual en su realización. Ya casi octogenario nos regala la varias veces mencionada Por las veredas del pasado, y todavía añadiría a su copiosa bibliografía otros títulos ―El General Leonardo Wood y la instrucción pública en Cuba (1959) y Dos heroicos y trágicos episodios de nuestras guerras de independencia (1960), por ejemplo― más breves, pero en modo alguno desdeñables.

Hace ya medio siglo, a los 90 años, Ramiro Guerra falleció en La Habana. Sus restos los cubre la tierra que tanto amó.

 

Notas:
[1] Yoel Cordoví: “La ‘historia profunda’, concepto y métodos en el pensamiento historiográfico de Ramiro Guerra”, Unión de Escritores y Artistas de Cuba www.uneac.org.cu 29 de octubre de 2020.
[2] Manuel Moreno Fraginals: “Presentación”, en Ramiro Guerra: Azúcar y población en las Antillas, Ciencias Sociales, La Habana, 1970.
[3] C.S. Higham: The Development of the Leeward Islands under the Restoration, 1660-1688, Cambridge, 1921 y J. A. Williamson: The Caribbean Islands under the Proprietary Patents, Oxford, 1926.
[4] Guerra: Azúcar y población…ed. cit. p. 88.
[5] Arcadio Díaz Quiñones: Sobre los principios, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 2006, pp. 336-345.
[6]Ramiro Guerra: Un cuarto de siglo de evolución cubana; La Habana, Librería Cervantes, 1924, p. 112. Sobre este y otros aspectos de la obra de Guerra resultan de interés los criterios expuestos por Rafael Rojas en Motivos de Anteo. Patria y nación en la historia intelectual de Cuba, Madrid, Colibrí, 2008, pp. 165-199.