Negociar soluciones de consenso es la tarea ciclópea de cada día

Helmo Hernández
18/10/2018
Palabras de agradecimiento por la entrega del Premio Maestro de Juventudes, otorgado por la Asociación Hermanos Saíz a los destacados artistas e intelectuales cubanos José Villa Soberón, Fátima Paterson, Silvina Fabar, Vicente Feliú, Jesús Cabrera y Helmo Hernández. Este reconocimiento se hizo público en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, en vísperas del aniversario 32 de la Organización que agrupa a la joven vanguardia artística e intelectual cubana.

Buenas noches. Honrado y a la vez retado por el honor que recibimos, asumo la difícil tarea de hablar en nombre de todos. Permítaseme comenzar glosando a dos grandes poetas. Primero, a Eliseo Diego, quien en alguno de sus trabajos escribió que “vivir es como leer, uno puede llegar al final sin enterarse”, sabia advertencia que estará presente en todo lo que pretendo decir esta noche. En segundo lugar, debido a su utilidad en mi vida, a Bertold Brecht, quien en medio de un poema reflexionó: “nosotros que abonamos el mundo para la amabilidad, no pudimos ser amables con nosotros mismos”. Lo sabía de sobra este hombre que entregó su vida al teatro y la poesía, en aras de que pudieran contribuir a transformar el mundo, sin esperar las recompensas que no recibió.


Foto: La Jiribilla

¿Y en Cuba? En lo que atañe a los asuntos que nos convocan hoy, parece conveniente observar que los índices de envejecimiento de la población no se corresponden con nuestro desarrollo económico y eso es un problema. Usualmente lo analizamos desde la demografía, lo que revela, solo parcialmente, su significado y terribles consecuencias. Sin embargo, se trata de algo muy serio, solo abarcable cabalmente desde la Cultura, entendida esta en su concepción más amplia.

Hay muchas formas de envejecer, así como hay diferentes maneras de relacionarnos con los más jóvenes. Asociamos la vejez al deterioro de nuestras capacidades, al empecinamiento en ver las cosas de una misma manera, o a la proximidad de la muerte, entre otras muchas cosas. Pero deberíamos verla, ante todo, como la expresión del paso del tiempo, cuestión que nos coloca a suficiente distancia como para ofrecernos la perspectiva de la experiencia vivida.

No se debe confundir siempre esto con la sabiduría. Solo es cierto a veces, como cuando pensamos en términos de un sujeto colectivo y aplicamos modelos teóricos de dudosa eficacia para los procesos sociales. Pero contados uno a uno, y aunque todos tendríamos lo que llamamos una historia de vida, la sabiduría, o mejor, lo útil, vendría de aquellos capaces de mirarse a sí mismos con la lucidez necesaria. Seguramente sus historias serían las más complejas y difíciles, llenas de aciertos y fracasos, muchos intentos estériles (fallidos) y algunos logros, ¡no muchos!, a menudo sin el reconocimiento de los demás. Si nos atenemos a su dimensión social, habrá seguramente un proyecto personal de vida, siempre atado a la vocación de servicio; un entrenamiento que nunca se ha detenido en los saberes que le han sido necesarios; muchas horas interminables dedicadas a un trabajo que fue placentero la mayoría de las veces y; desde los años en que casi se confunden juventud y niñez, la voluntad de entrenar, enseñar y compartir con otros lo que ya damos por aprendido. Es así como, en los casos en que ha valido la pena, quehacer revolucionario y trabajo profesional fueron teniendo un denominador común: el ejercicio de alguna forma de magisterio. Lo que, como sabemos, es condición esencial del ser cubano.

Muy jóvenes, durante los momentos “épicos y difíciles” de los años sesenta, aprendíamos cómo acompañarnos y desbrozar juntos el camino, a menudo con serios tropiezos. Solo el liderazgo de Fidel, como antes el de Martí, hacía posible la construcción del consenso necesario, salvando las diferencias de edad y algunas otras mucho más difíciles de superar.


Helmo Hernández, Presidente de la Fundación Ludwig de Cuba. Foto: Juventud Rebelde

Tengo el privilegio de haberme sentido siempre acompañado por maestros excepcionales. Dignos como eran, sabios como los recuerdo, algunos de ellos aún viven. Les vi asumir las dificultades más complejas junto al resto de la sociedad y, con entereza y decoro, enfrentar los reveses de las injusticias y los tratos inmerecidos. Por supuesto, no hablo solo de la academia. Atesoro momentos de magisterio directo del Che y de Fidel, que marcaron el rumbo de mi vida; pero también de aquellos que, desde los años de la Escuela Primaria, encontraban siempre el equilibrio, la palabra justa, o hasta la amonestación merecida; atentos siempre a nuestras propias posibilidades de crecimiento. Eran tiempos de sentirnos siempre a prueba, y su equilibrado ejemplo era el respaldo que necesitábamos para aprender a ser nosotros mismos.

No me es posible listar nombres y virtudes en esta corta intervención, pero créanme que los siento con nosotros. Están aquí esta noche. Quisiera mencionar a la Dra. Graziella Pogolotti. Nunca asistí a sus clases, pero ha sido siempre mi maestra.

Si miro mi vida –no sé si con la lucidez necesaria–, me enorgullezco de que todo no esté en línea recta, ni sea de fácil comprensión. Estoy lleno de dudas, pero cargo mis certidumbres esenciales. Recompongo mi proyecto personal de cuando en cuando, según cambien las necesidades de aquellos a quienes me debo, las circunstancias que me rodean, o las posibilidades de transformar este mundo nuestro.

Tengo que confesar que no he querido ni quiero envejecer. Acepto con alegría el paso del tiempo, pero me hago acompañar de jóvenes que me obligan a escuchar juicios que no me gustan demasiado, criterios que no comprendo, o que incluso me ayudan a cambiar el curso de mis actos para poder seguir juntos.

Es difícil trabajar con los jóvenes en Cuba. Son demasiadas las contradicciones, las dudas, las preguntas para las que no encontramos respuestas inmediatas. Siempre pensé que no vería ese mundo mejor por el que luchaba, pero que, sin duda, las generaciones futuras, esas que ahora son jóvenes, serían mucho mejor que nosotros, porque habríamos creado las condiciones para ello. Sin embargo, creo que hemos ido tan lejos en el diseño de sus vidas, que les hemos dejado muy poco espacio para construir sus propios compromisos, sus proyectos personales.

La sociedad cubana de 2018 sigue siendo subdesarrollada y culturalmente dependiente. Eso deberíamos tenerlo siempre en cuenta. Muchas veces apreciamos modelos de comportamiento, proyectos de vida que emanan de los grandes centros emisores de la información, donde se ha prestado atención especial a la banalización de todo acontecimiento, y se representa la realidad a través de verdades obvias que no requieren de un pensamiento complejo para acceder a ellas. Entonces, cuando nos parece que alguien, especialmente un joven, extravía el camino, tendríamos siempre que preguntarnos: ¿qué oportunidades le brindamos, (aún) desde la Escuela, para descartar las simplificaciones, para acceder a la complejidad, e incluso al carácter contradictorio de la verdad, en especial de las del pensamiento revolucionario? Eso debería ser parte esencial de las batallas que libremos en los diferentes terrenos: el político, el ideológico; pero también el científico, el artístico, el social, etcétera.

Trabajo fundamentalmente con jóvenes, creo que es así desde que sentí el peligro de envejecer. Entender nuestras diferencias, negociar soluciones de consenso, de sentido común, es la tarea ciclópea de cada día. Pero no me atribuyo el mérito, la mayor parte de las veces me brindan las soluciones. Es cuestión de mantener el oído atento y presto a la discordancia. A menudo percibo en ellos –y ellos en mí– el espíritu crítico e irreverente que vamos dejando por el camino, la rebeldía y la heterodoxia del pensamiento revolucionario cubano. En igual medida me siento decepcionado cuando oigo una estupidez, o deslumbrado por una idea brillante, nacida de una formación y un tiempo que permitieron el estudio incesante y el ejercicio del pensamiento. Y esto último, a contrapelo de las tendencias dominantes, ocurre más a menudo de lo que nos imaginamos.


Artistas e intelectuales cubanos reciben el Premio Maestro de Juventudes 2018. Foto: Eduardo Pérez (EDDOS)

Sí, son mejores las nuevas generaciones. Necesitan espacio para demostrarlo. Aprenderán, como nosotros, a conquistarlo. Por todo ello, cuando hablamos de nuestro envejecimiento y la necesaria relación con los más jóvenes, estamos hablando de una cuestión de la mayor complejidad cultural, y solo desde esta perspectiva podremos apreciarla en su justa dimensión.

Y en el centro de todo está la continuidad. Asumo que, entre nosotros los cubanos de todas las edades, se trata de seguir siendo inclaudicablemente revolucionarios. Lo cual, en ningún modo, quiere decir iguales. Creo que quisiéramos que nuestros jóvenes se nos parecieran mucho, pero no me cabe duda de que serán diferentes, como lo exijan sus circunstancias, que ya no serán las nuestras. Eso hicieron nuestros próceres, así hemos aprendido a vivir.

Si de diferencias generacionales o de tiempos distintos se trata, es conveniente volver al discurso de los Cien Años de Lucha, de extraordinaria significación para todos nosotros. Allí se estableció con claridad y fuera de toda duda razonable la naturaleza de nuestro proceso revolucionario. Uno solo, por la soberanía y la justicia social, primero contra el colonialismo español y ahora contra el imperialismo yanqui, iniciado el 10 de octubre de 1868, hace 150 años. Seguimos pues, rebeldes y mambises; pero adecuándonos a los tiempos. Empeñados en encontrar, en cada nueva circunstancia, el mejor camino para Cuba.

“Nosotros entonces, habríamos sido como ellos; ellos hoy serían como nosotros”. Sorprende que, en momento tan temprano, y mientras explicaba el alma profunda de la Revolución, dejara Fidel planteada la continuidad de nuestras luchas.

Creo hablar en nombre de mis compañeros, cuando les digo que esperamos poder seguir, como hasta ahora, renovándonos para poder estar juntos, ¡con ustedes!, ¡A la altura de los tiempos!

¡Qué viva la tierra que produce la caña!

Muchas gracias.

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