Para todos aquellos que nos hemos adentrado en las páginas de Patria queda claro desde el inicio que la labor fundamental de ese periódico estaba dirigida a crear consensos; restañar las viejas heridas, desconfianzas y rencores; cimentar la unidad en pos de la independencia, y preparar las conciencias para enfrentar con entereza, optimismo y ecuanimidad la guerra amorosa y breve que se avecinaba. Esa labor queda sintetizada de manera magistral en esta breve línea: “Para juntar y amar, y para vivir en la pasión de la verdad, nace este periódico”.[1]

La pluralidad de aristas y posibilidades de lecturas que tiene esta publicación son infinitas. En aras de cumplir sus objetivos supremos, Martí incorpora todos los recursos posibles y da muestras de una madurez sin precedentes en el quehacer publicístico, asentada en años de fundación de órganos de prensa —pasión permanente en él—, y de sortear, a fuerza de habilidad, obstáculos de todo tipo:   carencias económicas, incomprensiones, persecuciones, y hasta censura de la dirección de los diarios para los cuales escribía, como le sucedió más de una vez. Si entonces adecuó su modo de decir, sobre todo en las Escenas norteamericanas, para alertar y comunicar la verdad sin espantar a unos lectores admiradores del Norte en demasía, ahora es mucho más directo, pues no tiene otras presiones que eludir: está escribiendo en su propio rotativo, y tiene el respaldo de sus conciudadanos y el liderazgo indiscutible que ha ido ganando con su entrega a la causa independentista.

“La pluralidad de aristas y posibilidades de lecturas que tiene esta publicación son infinitas”.

Lo anterior le permite escribir de los hechos y héroes de la Guerra de los Diez Años con devoción y gratitud, pues se siente continuador y heredero de esa tradición libertaria. Esa admiración y ese amor a los que protagonizaron la gesta se expresan de las maneras más diversas: desde las hazañas del soldado anónimo, como el teniente Crespo, hasta figuras reconocidas, entre ellas Céspedes, Agramonte y Maceo, perfiles magníficos que revelan su faceta de narrador y de biógrafo. Es frecuente hablar de la resistencia cotidiana de los que en el entorno hostil de la emigración esperaban el momento oportuno para volver a la manigua y levantar con su trabajo y generosidad los fondos necesarios para sostener la logística de la nueva contienda. Esto era algo que venía haciendo desde muchos años atrás. Piénsese en textos como “Lectura en Steck Hall”, del 24 de enero de 1880, o “Vindicación de Cuba”, del 25 de marzo de 1889, entre otros.

“Otra arista de Patria que apenas ha sido advertida es la del campeo en sus páginas del humor y la ironía”.

No descuida Martí la labor de prevención sobre aquellos rasgos del vecino norteño que no deben ser imitados, y por eso crea, a partir de la publicación de su artículo “La verdad sobre los Estados Unidos”, una sección que se llamó “Apuntes sobre los Estados Unidos”, a partir del no. 105, del 31 de marzo de 1894.[2] Es este un asunto que, por su importancia y por lo poco estudiado que ha sido, merece un examen aparte con el debido detenimiento, pues en la misma se publicaban noticias traducidas directamente de la prensa estadounidense, que aludían a hechos violentos o a contradicciones internas que desdecían en mucho el país idílico que se estaba erigiendo en el imaginario continental como una especie de tierra prometida.

Otra arista de Patria que apenas ha sido advertida es la del campeo en sus páginas del humor y la ironía. La profesora e investigadora cubana Marlen A. Domínguez Hernández, en un artículo titulado “‘Amar y reír’: la poesía de la guerra”, ha examinado el asunto. En él revela el lado risible, simpático, de hechos y anécdotas referidos por Martí en su prólogo a Los poetas de la guerra,que en la realidad de la contienda tuvieron un carácter peligroso, como corresponde al campo de batalla. La estudiosa ha referido que “allí se ve una característica con que ha sido descrito el ser cubano: la capacidad de reír en cualquier momento, e incluso de sí mismo, y de usar el humor como arma”.[3]

“¿A dónde irá un pueblo de hombres que haya perdido el hábito de pensar con fe en la significación y alcance
de sus actos?”. Imágenes: Tomadas del perfil de Facebook de la Sociedad Cultural José Martí

A la hora de incorporar ese acontecer de la historia nacional a las páginas de Patria, la oralidad, como soporte informativo, jugó un papel esencial. Las hazañas llevadas a cabo en el campo de batalla se transmitían de ese modo, pero también la poesía que en ellas se inspiraba, en plena tregua fecunda, cumplía de manera insuperable la función reconfortante de apuntalar almas, y congregar pueblos y conservar su espíritu y sus mejores valores. No olvidemos que para Martí la poesía tenía un significado muy especial:

¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? Hay gentes de tan corta vista mental, que creen que toda la fruta se acaba en la cáscara. La poesía, que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues esta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquella les da el deseo y la fuerza de la vida. ¿A dónde irá un pueblo de hombres que haya perdido el hábito de pensar con fe en la significación y alcance de sus actos?[4]

En esas tertulias patrióticas el recuerdo unas veces era épico y hondamente humano, como cuando Francisco Carrillo contaba a viva voz, cautivando al auditorio, las proezas del teniente Crespo, que luego Martí convirtió en su conmovedor “Cuento de la guerra”, publicado en el segundo número de Patria, el 19 de marzo de 1892. O desgarrador, como cuando supo de las tremendas desventuras familiares padecidas por Salvador Cisneros Betancourt, el marqués de Santa Lucía, a las que se refirió varias veces a lo largo de toda su obra.[5]

Pero todo no era, en esas veladas entre cubanos, dolor y heroísmo. Otras veces,  como cuenta Martí en su prólogo a Los poetas de la guerra, se evocaba “una anécdota gloriosa y picante del tiempo fuerte y bueno, o a un bravo chistoso, o un cuadro conmovedor, o el zancudo soneto y suelta décima en que aquellos poetas naturales los conmemoraban”.[6]

De ese espíritu festivo, jocoso, que distingue al cubano, se impregnó también Patria. No podía ser de otra manera, pues es un rasgo propio de nuestra identidad; aflora de manera natural y constante, y sin duda alguna nos ha ayudado a resistir en todas las épocas.

“De ese espíritu festivo, jocoso, que distingue al cubano, se impregnó también Patria.

Entre las numerosas referencias en ese sentido, vale destacar este ejemplo, en el que Martí se refiere a una carta llegada a la redacción y firmada bajo el seudónimo de Q. Bana, algo que supone un enigma para los investigadores. El fragmento en cuestión procede del artículo “Canto, y dialecto”, publicado en Patria el 21 de mayo de 1892:

“Q. Bana”, de Brooklyn, manda a Patria una carta graciosísima. El chiste de la forma no quita un ápice de mérito a su política sesuda. No todo ha de ser trompa épica y clarín de pelear. ¡Ah, aquellas noches de cuentos, y aquellas comedias, y aquellas conversaciones de la guerra, aquellos chistes de que los hombres se levantaban a derrotar al enemigo, o a morir! // Y en aquellos días, ¡qué ocurrencias, sobre un tabaco de salvia, o un salcocho de mangos verdes, o una jícara de cubalibre! De modo que no dejamos en el cajón de manuscritos de mérito la carta valiosa de “Q. Bana” porque venga de risa, con la risa aquella de Joaquín Palma y Luis Victoriano Betancourt, sino porque da su latigazo a espaldas cubanas, que sea cosa que a Patria siempre ha de doler, aunque sea en su cariño y honor, y de conveniencia y justicia: y además —¿por qué no decirlo?— porque viene en un dialecto triste, un dialecto que recuerda a Patria el espectáculo que vio en Cuba, al bajar del ferrocarril hace doce años, camino al cerro de las Pozas. // Déjese “Q. Bana” caer por Patria, a hablar de las facultades que el escritor revela para la sátira útil, que es la bondadosa; para la comedia criolla, que requiere la chispa nueva, en lenguaje afilado y movido, y a veces el dialecto mismo que fuera de la representación de la realidad pudiera despertar recuerdos tristes. Los males se alivian con hablar poco de ellos. Las consecuencias de un crimen histórico son menos de temer cuando se aleja de la memoria de los hombres todo lo que pueda recordarles el crimen. Un cariño al buen “Q. Bana”, al patriota que revela su fino corazón, y su filial amor a Cuba en los giros del chiste.[7]

Se justifica la cita in extenso por la complejidad de las ideas expuestas en ella. Hay una referencia autobiográfica, que remite al viaje que realizara Martí, en marzo de 1879, a las Pozas, en Bahía Honda, y donde chocó directamente una vez más con la tragedia de la esclavitud rural, acaso el crimen mayor que cometió el gobierno colonial de la Isla, con la complicidad de la oligarquía criolla y la indiferencia de una buena parte de la mal llamada sociedad “blanca”. Si el habla del bozal puede resultar graciosa al escucharla o leerla, el recuerdo de las atrocidades cometidas contra los esclavos en Cuba sigue siendo lacerante, y no debe mover a burla por bien intencionada que pueda ser. 

“Cuba se preparaba, según palabras del propio Martí, para ‘la guerra verdadera: una guerra en que se muere, y en que se ríe’”.

Además, como siempre en Martí, lo puramente estético no existe, siempre estará acompañado del componente ético, de ahí su invitación cordial al remitente para conversar ambos sobre las habilidades de aquel para el humor, que en la noción martiana del asunto es visto como instrumento de crítica social, algo inmejorablemente dicho en lo de sátira útil, y en su recuerdo del costumbrismo cubano, a través de la mención de dos de sus más distinguidos cultivadores, José Joaquín Palma y Luis Victoriano Betancourt. De todo eso había en Patria, no podía ser de otra manera, porque Cuba se preparaba, según palabras del propio Martí,  para “la guerra verdadera: una guerra en que se muere, y en que se ríe”.[8]


Notas

[1] José Martí: “Nuestras ideas”, Patria, Nueva York, 14 de marzo de 1892, en Obras completas, t. 1, p. 315.
[2] Véase de Marlene Vázquez Pérez: “Patria, un periódico de credo antimperialista”, en http://www.josemarti.cu/wp-content/uploads/2021/03/Patria-antimperialista.pdf.
[3] Marlen A. Domínguez Hernández: “‘Amar y reír’: la poesía de la guerra”, en Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, no. 41 (2018), p.104.
[4] José Martí: “El poeta Walt Whitman”, en Obras completas, t. 13, p. 135.
[5] Véase Elda E. Cento Gómez: “La familia del Marqués”, disponible en www.ohcamaguey.co.cu. Según la autora, doña Micaela Betancourt y los suyos siguieron al Marqués a la manigua en noviembre de 1868. A continuación cita este revelador fragmento de un escrito de Cisneros dirigido a Néstor Carbonell: “En noviembre de 1869 éramos 25 de familia. (…) Todos estaban enfermos a excepción de Micaela, mi esposa, y Carmita, mi hija, justamente en esa misma época murieron ambas, es decir, las únicas que estaban saludables”. Para mayor detalle sobre el modo en que Martí recrea esto en su obra, véase de Marlene Vázquez Pérez: La vigilia perpetua, Martí en Nueva York, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2017, pp. 215-218.
[6] José Martí: Prólogo a Los poetas de la guerra, Obras completas, t. 5, p. 231. Este libro, con prólogo de Martí y notas biográficas escritas por Serafín Sánchez, Fernando Figueredo, Gonzalo de Quesada y otros, lo publicó Patria, Nueva York, 1893.
[7] José Martí: “Canto, y dialecto,” Patria, 21 de mayo de 1892, Obras completas, t.1, p. 452-453. (Las cursivas son mías).
[8] José Martí: “El teatro cubano”, Patria, 26 de marzo de 1892, Obras completas, t. 5, p. 319.
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