En su 33 edición, el Festival Internacional Jazz Plaza se extendió —por segunda vez— a la provincia de Santiago de Cuba. El traslado a la más oriental, coincidieron varios miembros del Comité Organizador y artistas del patio, es muestra del creciente interés por el género en la Isla y, por ende, de un mejor trabajo en la promoción del mismo.

Al igual que en La Habana, su sede habitual, hubo en Santiago presentaciones de primer nivel como las que ofrecieron Roberto Fonseca y Temperamento, Ted Nash, Omara Portuondo, Yasek Manzano, Carlos Miyares, Rolando Luna, Alberto Lescay y Jorge Luis Pacheco. En efecto, tanto aquí como en la capital el público tuvo a su disposición una cartelera con los mejores exponentes del jazz cubano hecho dentro o fuera del país, así como por músicos de renombre internacional, catalogados entre los más importantes del género.

Vale mencionar en este apartado a los estadounidenses Dee Dee Bridgewater, David Amram, Joe Lovano, Randy Weston, al congolés Ray Lema, al trombonista Jimmy Bosch y al bajista de la Jazz Band at Lincoln Center, Carlos Enríquez (que vinieron como parte de la agrupación salsera “8 y Más”); y proyectos más jóvenes e igualmente impresionantes como la Mosman High School Big Band, de los Estados Unidos, o la Mo´zar Jazz Band de Philippe Thomas, de Islas Mauricio.

Thomas, con quien tuve la oportunidad de conversar, apenas creía estar en Cuba. Era un anhelo que tenían hace algún tiempo, me dijo. Y bastaba ver las caras de los peque-miembros de la banda: niños de entre 10 y 11 años, algunos, literalmente, más pequeños que los instrumentos que tocaban pero que defendían con la misma destreza que un músico consolidado. A los primeros acordes, la entrada del Pabellón Cuba dejó de ser un sitio espacioso y se convirtió en un nido de asombro.

Y es que el gran mérito del Jazz Plaza, más allá de la concurrencia del público, es la comunión que logra entre los artistas y su música, y la suerte de “vitrina” en que logra constituirse. Sin embargo, no solo la conjunción de estilos llama la atención en el festival. Son los aportes de cada intérprete dentro de su estilo particular los que hacen de este el mejor momento para vivir el jazz.

Bien es sabido que algunos de los músicos cubanos más relevantes dentro del género radican fuera del país. El pinareño Iván “Melón”, Yosvany Terry, “Pachequito”… cada quien ha llevado consigo la academia cubana y unido su experiencia a los modos de hacer-pensar-sentir el jazz fuera de su país. ¿El resultado? Una música aún más cubana. Como dijera “Melón”: “la música no conoce de fronteras”, o Carlos Enríquez, cuyas raíces (puertorriqueñas) trascienden su nacionalidad: “la música no sabe de política”.

Y así es. Cuando suben a escena comienza el reinado del jazz, de ese género que para sus cultores, más que un sonido, resulta un modo de vida: la filosofía de la libertad, como le llama el fundador del evento, Bobby Carcassés.

Cierto es que seis días apenas son suficientes para apreciar el jazz contemporáneo en vivo. Pero también lo es que fuera de ese tiempo, las posibilidades de hacerlo son más exiguas aún. Los altos precios para acceder a los espacios donde tocan los músicos jazzistas hacen que buena parte de sus seguidores solo puedan escucharlo en copias de discos o en la televisión que, por cierto, no privilegia el género.

Sin dudas, el público cubano amante del jazz, y el que recién lo descubre, queda “hambriento” de más presentaciones. Luego de “recorrer el mundo” en solo seis días, son demasiadas las expectativas para un próximo encuentro, y sobre todo, para el calendario que los une. Esperemos, entonces, que la acogida de este festival en La Habana y en Santiago no solo pueda extenderse al resto de las provincias —aunque sabemos el esfuerzo que ameritaría—, sino que sirva de impulso para enriquecer las carteleras de instituciones, teatros, centros nocturnos, espacios televisivos… con la buena vibra que nos ofrece el género. Que la plaza sea Cuba.