Sinfonía de ángeles para dos conciertos

Liudmila Peña Herrera
8/11/2016

Dos horas antes, Dania Estévez le había dicho a su esposo que asistir a un concierto de música clásica sería el peor de los castigos. Pero luego, quizás sin entender bien por qué, la alegría seguía saltándole en el pecho y no paraba de aplaudir.

Frank Fernández no conoce a Dania Estévez. Y aunque los dos nacieron en Mayarí, el destino quiso que solo coincidieran en el primero de los dos conciertos que ofreció el músico esta semana en el teatro Comandante Eddy Suñol, de la ciudad de Holguín. 


Foto: Javier Mola

Dice el maestro que esa noche hubo varias cumbres: “Una de ellas fue en el segundo movimiento del concierto de Mozart. Ahí bajaron ángeles y duendes y se me unió la espiritualidad de la orquesta. Pero cuando pasamos a La bella cubana, lo que hicieron esos violines conmigo al piano fue espeluznante. Estaba tan feliz, que dediqué el Tema del amor a todas las personas decentes y de buen corazón. En ese momento habría como siete personas  de pie del teatro. Se me aguaron los ojos a mí y a un montón de gente. Después empezó el tema de presentación de Tierra Brava y el público no paró de aplaudir, al punto de que hubo que tocarlo otra vez, al final. El concierto, por tanto, fue de esas cosas excepcionales que no se repiten”.

Pero el artista volvió al piano y este miércoles regaló otra presentación para la historia. Que un músico como Frank Fernández otorgue el privilegio a la Orquesta Sinfónica de Holguín de aprender de su experiencia, y que el propio intérprete le dedique su Suite para dos pianos como regalo en su décimosexto aniversario, es un hecho que demuestra la calidad interpretativa de la joven agrupación y la humanidad del maestro.

Lo supo el público que hizo suyos los tambores imaginarios de Conga de mediodía, nacidos del teclado del maestro; y la sensibilidad desbordada de Habanera de cuna, pieza limpia y cándida que rondó en lo sublime. Luego se escuchó ese prodigio interpretativo que es Zapateo por derecho, temperamental como su intérprete, hasta que los aplausos colmaron el teatro.

Regresar al Suñol a más de dos años de su último concierto, era para Frank Fernández una incógnita: “Siempre me pregunto si me habrán olvidado o me recordarán. Y cuando veo a un público así, me voy con las pilas cargadas”.

La Orquesta Sinfónica fue reconocida por el Sectorial Provincial de Cultura y la Empresa Comercializadora de la Música en Holguín, pero el mayor regalo en su aniversario lo prodigaron holguineros amantes de la música como Marlene López y María de los Ángeles González, quienes al finalizar el último concierto opinaron, respectivamente:

“La Orquesta Sinfónica ha logrado un nivel superior al que tenía, y el acompañamiento de Frank fue dignificado por nuestros músicos”.

“Lo que más me impresionó fue el virtuosismo maravilloso que tiene ese pianista, la agilidad y majestuosidad con que toca. Todo el tiempo estuve emocionada. La interpretación de la orquesta fue magnífica. Se acoplaron y hubo mucho empaste”.

Antonio Moltó, presidente de la Unión de Periodistas de Cuba, de visita por Holguín, también disfrutó del espectáculo: “Frank nos ha regalado uno de los más extraordinarios conciertos que haya protagonizado en los últimos tiempos. Eso tiene que ver con la tierra a la que se pertenece”.

“Se ve que ese director está muy feliz”, había dicho una señora a mi lado en medio del concierto. Y en el escenario, ciertamente, Oreste Saavedra sonreía, complacido. “Es la primera vez que la orquesta puede hacer dos conciertos para instrumentos diferentes, ambos de nivel mundial. Nos demostramos que sí podemos enfrascarnos en empeños superiores. Y el reto mayor fue intentar acoplarnos a la maestría y la gran carga emotiva de Frank Fernández”, aseveró.

“Es una catarata de sensibilidad, de pasión” –dijo el tenor Yuri Hernández, otra de las joyas locales, para describir a Frank–. “Cantar con él para mí siempre es un regalo, porque estoy aprendiendo constantemente. Él es un río de música”.

La fuerza del pianista arrasó en el escenario, pero es imposible silenciar el trabajo exquisito y el ajuste de la ejecución de la joven Beatriz González, quien fue aclamada por su destreza al violín.

La estela de ambos conciertos, de más de dos horas de cada uno, pervive aún en la emoción de los holguineros. En el Suñol confluyeron dirigentes del Partido, el Gobierno, la Cultura; artistas, obreros, estudiantes y otros espectadores de diferentes generaciones, niveles de escolaridad y gustos estéticos, lo cual demuestra la valía de la propuesta. No cabe la menor duda: hubo ángeles entre partituras e instrumentos, aunque, para reconocerlos bien, mejor llamémosle artistas.