Si las cosas que uno quiere/ se pudieran alcanzar…

 

Una escena saturada de elementos que irremediablemente trasladan al espectador hasta las últimas décadas del pasado siglo en la Isla. Este sería el primer acercamiento a la puesta en escena de Mi socio Manolo, texto de Eugenio Hernández Espinosa, en versión de Sarah María Cruz, que esta vez se presentó en la Sala Adolfo Llauradó, de la capitalina Casona de Línea.

La espectacular coherencia entre escenografía y diseño de banda sonora atrapa al público asistente desde su llegada a la sala. Taburetes, refrigerador y radio rusos, un quinqué, una tendedera de ropa que atraviesa la escena, un tanque de agua, una gorra de Industriales, un pulóver con la bandera cubana y otro con la imagen del Che, una escalera de madera, fotografías y flores que simulan un altar, un teléfono, una mesa, un fogón… Todos estos elementos patentizan la decadencia de la casa de Manolo: decadencia física y material de este personaje que sí evidencia cualidades éticas y morales en su devenir.


Teatro del Sol, Sala Llaurado, Mi Socio Manolo, obra original de Eugenio Hernández.
Foto: Granma.cu
 

Así, la elección de la banda sonora —a cargo de Sarah María Cruz— contrasta con la sordidez y el ambiente lúgubre de la escena. Temas internacionalmente conocidos como “Y en eso llegó Fidel” y “Hasta siempre, comandante”, de Carlos Puebla, inundan la sala de un sentimiento de cubanía e identidad nacional y cultural, que estremece a los espectadores. Por otra parte, la interpretación de “Veinte años”, de María Teresa Vera, en la siempre auténtica y melodiosa voz de Omara Portuondo, que una vez más cautiva y sitúa a los espectadores en total sintonía con la representación.

Cheo aparecería por vez primera gritándole a Manolo, salido del umbral del público. Este no lo puede creer. Los amigos se abrazan y exteriorizan toda la efusión de sus almas quebrantadas en este encuentro. Así, se evidencia una de las temáticas más descollantes del teatro cubano contemporáneo: el regreso. Otras piezas de notable trascendencia en el ámbito de nuestra dramaturgia han abordado este tópico [1]. Pero es meritorio destacar la economía de personajes de que dispone la pieza, al estilo de Coser y cantar, de Dolores Prida; Weekend en Bahía, de Alberto Pedro y Espontáneamente, de Amado del Pino. Sin embargo, en esta obra la temática del reencuentro queda relegada a un segundo plano. No le resta importancia al tema; mas sí declina su trascendencia en la progresión y desenlace de la situación conflictual de los personajes.

La crítica a la sociedad cubana contemporánea; la miseria espiritual y la decadencia en nuestro contexto más inmediato; la censura, “el proceso”… son algunas de las subtemáticas que se tornan eco de la representación y golpean trillada y caprichosamente nuestros oídos. Aun cuando la vigencia de este texto toca con fuertes golpes a nuestra puerta, no deja de ser un fallido intento en este sentido. Resulta otra incursión en una desabrida crítica que no lleva a ningún sitio; y tampoco aporta ningún elemento renovador ni trascendental en una escena dramática, donde ha sido este —por décadas— el elemento capital. Cheo y Manolo cantan “La Internacional”, himno de los trabajadores del mundo, de un modo burlesco e irónico, que acrecienta la intencionalidad de sus parlamentos.  

Quizá sea el lapso del apagón en escena el más coherente y mejor logrado en este sentido. La sala en penumbras, con la tenue luz del quinqué, evidencia un momento de anquilosada introspección en la puesta en escena. Los personajes recrean momentos de su vida, y acentúan la crítica punzante a la sociedad que los consume. Asimismo, la iluminación es casi perfecta durante casi toda la representación; se acrecienta su sentido para reforzar los momentos más intimistas en la interacción de estos dos sugestivos personajes.

Resulta llamativo cómo José Ignacio León, quien interpreta a Cheo, las más de las veces enuncia sus parlamentos a través de gritos sordos. Este elemento —aun cuando se piense lo contrario— no le otorga fuerza a su personaje, no lo hace más auténtico, creíble; y tampoco lo acerca al espectador, al contrario… De este modo, se atropellan los textos, y se superponen los parlamentos de ambos. Sin embargo, resulta majestuosa su imitación —espectacularmente risible— al simular a su mujer fuera de la Isla [2], con una caracterización plausible y rica en matices.

Por su parte, Renecito de la Cruz (Manolo) representa la fiel encarnación de la comicidad en escena, que sondea la grandilocuencia, camaradería e hilaridad de un personaje tipo. Empero, los soliloquios resultan intrascendentes. Cheo y Manolo traen a colación situaciones e insalubridades del pasado a través de sus recuerdos más íntimos. Mas les falta ímpetu, estremecimiento y mesura para evidenciar con majestuosidad los conflictos más inmediatos e intrínsecos de estos dos personajes.

Temáticas como el machismo, el regreso, la incomprensión que trasmuta infidelidad, el recuerdo, el pasado, la memoria —colectiva, personal—, la frustración y la dicotomía felicidad/infelicidad, son algunos de los subtemas que atraviesan diametralmente la puesta en escena de Teatro del Sol. Una vez más, Sarah María Cruz nos cautiva con su ingenio y destreza [3], con esta nueva presentación de Mi socio Manolo.

Notas:
1. Alguna cosita que alivie el sufrir, de René Alomá; Nadie se va del todo, de Pedro Monge Rafuls; Delirio habanero, de Alberto Pedro; Retratos, de Lilian Susel Zaldívar; Trío, de Norge Espinosa; Huevos, de Ulises Rodríguez Febles; entre otros.
2. Personaje ausente en la representación, según la terminología empleada por José-Luis García Barrientos en su texto Cómo se comenta una obra de teatro.
3. Muy a pesar de la insalubridad e intrascendencia de este texto de Hernández Espinosa, en lo que concierne a la crítica punzante al “sistema”, en el aquí y el ahora de nuestro contexto insular.