Noviembre fotográfico 2020: mes de luz en año de sombras

Noel Alejandro Nápoles González
16/12/2020

2020 ha sido una “unánime noche” (el epíteto es de Borges). Noche oscura, como aquella de San Juan de la Cruz en la que hemos andado, movidos por una fuerza superior a nosotros mismos, “sin otra luz y guía, / sino la que en el corazón ardía”.

Así se enfrentó la Fototeca de Cuba a este Noviembre fotográfico, con el telón de fondo de la pandemia de la COVID-19, sin mucho ruido pero con algunas nueces. El tema central: los usos de la fotografía; la motivación: los 180 años de su arribo a la Isla. No se olvide que Daguerre la descubrió en Francia allá por 1839, que en 1840 llegó a nuestras tierras y que un año después ya teníamos el primer estudio fotográfico cubano.

 Lissette Solórzano aprovecha las bondades de la emulsión líquida en dos piezas delicadas y poderosas, incluidas en la serie Ciudad de las columnas (2000). Foto: Leonor Menes Corona
 

A diferencia de años anteriores, esta vez no hubo inauguraciones masivas ni talleres de crítica. Pero sí ha habido exposiciones virtuales y, por tanto, cierta dimensión internacional del evento. Todo, lo bueno y lo malo, gracias a la pandemia y a la manera en que los cubanos nos hemos sobrepuesto a ella.

Las exposiciones virtuales de la Fototeca se organizaron en seis bloques temáticos. El primero se concentró en la fotografía antropológica; el segundo, en la policial y criminalística; el tercero, en los procesos fotográficos antiguos; el cuarto, en la fotografía publicitaria; el quinto, en el álbum familiar; y el sexto, en la fotografía de entretenimiento y en la pedagógica.

Una de las imágenes más notables es una columna impresa sobre piedra, cual si fuese un escombro del olvido, obra de Lissette Solórzano. Foto: Leonor Menes Corona
 

De estos seis bloques solo el tercero encarnó en tres muestras concretas: Viaje estereoscópico, Arqueología del color y Alquimia fotográfica, que permanecerán abiertas —para suerte nuestra— hasta inicios del año próximo. La primera, organizada por Mónica Pérez en el Palacio de Lombillo; la segunda, por Claudia Arcos en la planta baja de la Fototeca; la tercera, por Lisette Ríos, en la sala Marucha, que está en la planta alta.

Viaje estereoscópico propone un recorrido fantástico por los años veinte, a través de imágenes estereoscópicas hechas sobre vidrio e impresas en acetato. Atractivo es, en este caso, no solo la excelente calidad de las fotografías, sino la interacción del público con los aparatos que propician la visión.

Imagen estereoscópica. Foto: Fototeca de Cuba
 

Arqueología del color aborda dos técnicas: el viraje y el iluminado. El iluminado se conoce porque en Cuba se usó hasta finales del siglo XX para colorear las fotografías. Pero el viraje es un proceso químico surgido en el XIX con el objetivo de aumentar la durabilidad de las fotos hechas a partir de sales de plata. A las mismas se les añadían sales de otros metales y se obtenían imágenes monocromáticas, cuyo matiz dependía del metal empleado. En ambos casos todas las fotos pertenecen a Joaquín Blez, fotógrafo cubano que vivió entre 1886 y 1974.

Ejemplo de técnica de viraje, realizado por Joaquín Blez (1886-1974). Foto: Fototeca de Cuba
 

Alquimia fotográfica está dedicada a los procesos alternativos propios del siglo XIX, pero sus protagonistas no son fotógrafos pretéritos sino actuales. Abriendo la exposición, Leonor Menes se presenta con dos técnicas: la transferencia fotográfica sobre lienzo (“The prayers” y “El rostro del caos”, ambas de 2016) y el fotograma (díptico “Pinocho & el Simorg”, 2016), que, en un caso, convierte la abstracción en misterio flotante y, en el otro, acerca el burattino de Collodi al secreto de La conferencia de los pájaros, del persa Farid Uddin Attar. También Marirosa y Julio apelan al fotograma con la serie Entes (2019), tríptico que narra un nacimiento: de la fecundación al tete y del tete a los zapatos de bebé. Usando cada foto recortada como si fuese una capa de la memoria, Ricardo Miguel Hernández trae la serie Cuando el recuerdo se convierte en polvo (2018-2020), como ejemplo de collage fotográfico. Vuelven las metáforas de la muerte en los Mapas celestes (2016) de Reinaldo Cid, caso en el que el positivado por contacto obra el milagro de traducir el polvo inanimado en constelación brillante. Dos pequeñas y hermosas fotos estenopeicas nos trae Noemí Quevedo (“Carlos-Bahía de La Habana”, 2003), y una de ellas nos recuerda aquella sublime metáfora de la soledad que nos regaló Neruda: “abandonado como los muelles en el alba…”. Margel Sánchez (“Letra con filo-Daños colaterales”, 2020) desempolva la cianotipia, procedimiento que fue descubierto en 1842 por John Herschel. Con “El tamaño importa pero la memoria también” (2019), Rigoberto Oquendo —a quien todos conocemos por Chacho— hace un collage de dos épocas pegando sellos soviéticos multicolores sobre la imagen en blanco y negro de una valla vacía. El profesor Tomás Inda (“Regata”, 2011) rescata del olvido el papel salado, técnica creada por William Henry Fox Talbot en 1835, cuatro años antes de la invención del daguerrotipo. Una pieza de la serie El libro oscuro (ca. 1990) es el aporte de Juan Carlos Alom al fotograbado: la imagen en blanco y negro de un ave sacrificada y fijada a una tabla evoca en nosotros el rojo invisible y espeso de la sangre.

Leonor Menes presentó dos transferencias fotográficas sobre lienzo (“The prayers” y “El rostro del caos”, ambas de 2016).
Foto: Leonor Menes 
Corona
 

Por su parte, Lissette Solórzano aprovecha las bondades de la emulsión líquida en dos piezas delicadas y poderosas, incluidas en la serie Ciudad de las columnas (2000): la primera representa una columna impresa sobre piedra, cual si fuese un escombro del olvido; la otra, una columnata compuesta, de resonancias musicales, sobre cartón. Asimismo, experimenta con sendas fotografías tituladas “Gran Hotel”, de la serie “Pátina del tiempo” (2000). Liudmila y Nelson, arqueólogos de la luz, rememoran el primer daguerrotipo hecho en Austria en 1840, y para ello se valen de una cámara de 1839 y de una vista del Palacio de Hoffburg, en Viena. Pilar Rubí, quien es reconocida por la delicadeza y la lírica de sus trabajos en colodión húmedo, trae una aluminotipia (“El hombre de palo”, 2015) y un ambrotipo (“2105”, 2014).

 Con “El tamaño importa pero la memoria también” (2019), Rigoberto Oquendo (Chacho) hace un collage de dos épocas pegando sellos soviéticos multicolores sobre la imagen en blanco y negro de una valla vacía. Foto: Leonor Menes
 

El fin justifica los miedos (2013) son 23 fotografías experimentales de Pablo Víctor Bordón, en las que, cuando la línea se valora y la mancha se enriquece, la metáfora vuela más alto. Las emulsiones para antotipias (de anthos, flor en griego) de Ira Kononenko aprovechan la fotosensibilidad de algunas plantas, debida a los alcoholes que contienen, para traducir el olor en color, el suave aroma vegetal en sobrias manchas sugestivas, dignas de engalanar una perfumería francesa. El toque final de Alquimia fotográfica corre a cargo de Ossain Raggi, quien nos regala, con técnica depurada, dos desnudos femeninos solarizados: “Yaima-Laura”, de la serie Ray (2020). En ellos la luz se invierte tornando las zonas oscuras en luminosas y viceversa, haciendo de la sombra —valga el oxímoron— un atributo sustantivo. Como se ve, se trata de una expo diversa en la que la unidad la marca la añeja naturaleza de los procedimientos.

El fin justifica los miedos (2013) son 23 fotografías experimentales de Pablo Víctor Bordón. Foto: Leonor Menes Corona
 

Otras expos virtuales son Compás de espera, en la galería La Nave, y la IX Bienal Alfredo Sarabia in memoriam, en la ciudad de Pinar del Río.

En el circuito de galerías pueden verse, además, otras muestras notables, como la de Roberto Salas, Imágenes en la memoria, en la galería de la Biblioteca Nacional, o la colectiva Máscaras. Una nueva realidad, en la Raúl Corrales. En esta última, además de fotógrafos capitalinos de bien ganado prestigio, aparecen por primera vez talentos jóvenes y de provincia, que mucho le aportan al Noviembre. La joven Mónica Moltó, por ejemplo, presenta la imagen triple, expresionista y a baja velocidad de una modelo desnuda —con el pezón intencionalmente desdibujado— que vive la angustia de la mascarilla. El santiaguero Renato Arza es todo un poeta del lente: en medio de una atmósfera umbrosa, casi asfixiante, la sombra de una muchacha sale volando de un sillón a cuyos pies hay un cuadro de Jesús. Aunque quizás el cuadro, por diseño y por no empastar la imagen, luciría mejor en la esquina superior derecha, en la penumbra, como un signo callado, la metáfora de Arza es perfecta porque transporta, porque dice mucho con pocos elementos.

Marirosa y Julio apelan al fotograma con la serie Entes (2019), tríptico que narra con gracia un nacimiento.
Foto: Leonor Menes 
Corona
 

Mención aparte merece la magnífica antología de Marta María Pérez, Firmeza, curada por Laura Arañó, en la sala transitoria del Museo de Bellas Artes, donde la fotógrafa explora un arcoiris tonal entre el blanco y el negro. La tradición, la maternidad, la religión, todo muy a lo cubano y signado por el respeto, son los temas. La fotografía, la instalación, el video, el libro de artista, todo a nivel de excelencia, son los lenguajes. Si el alma cubana se hizo performance en la obra de Ana Mendieta, se ha vuelto fotografía en la de Marta María. Quien no haya visto esta expo, que ya cumple meses, debiera hacerlo pronto porque constituye una demostración de que la excelencia es posible incluso en tiempos de escaseces: solo hace falta la simbiosis de los talentos y una buena dosis de profesionalidad.

En Galería Habana, con curaduría de Chrislie Pérez, Jorge Otero presenta Paradigma, muestra en la que el artista desborda sus habituales modelos masculinos y sus tejidos, y aborda la figura de la mujer, así como temas de naturaleza social, mediante la fotografía, el video, la instalación, el dibujo y el performance. Pero hay una foto suya que bien vale una exposición: es una imagen, en blanco y negro, de la Torre de Pisa, que es la más célebre escoliosis de la arquitectura occidental, montada en un cuadro recostado a la pared, el cual es inclinado, hasta enderezar el edificio, por… una guataca. La metáfora es tan sencilla y a la vez tan rica en sentidos, que no me atrevo a verterla en palabras. Quien tenga ojos que los cierre y la seguirá viendo con los ojos del alma. Eso es una imagen preñada de imagen: eso es fotografía.

El toque final de Alquimia fotográfica corre a cargo de Ossain Raggi, quien nos regala, con técnica depurada, dos desnudos femeninos solarizados. Foto: Leonor Menes Corona
 

La dignidad de persistir a contrapelo de los tiempos, la seriedad de las investigaciones que avalan las muestras y la belleza indiscutible de muchas obras expuestas son virtudes de este Noviembre.

La demora de las exposiciones, la ausencia del catálogo general y de talleres donde los creadores debatan con los críticos, así como el carácter casi íntimo de las inauguraciones son defectos, más o menos comprensibles, que deben superarse.

Lo importante es que, en este año lóbrego y lúgubre, se logró romper la unanimidad de las sombras, una vez más, y noviembre fue de luz. De luz que esculpe las facciones de la noche y talla su sonrisa de luna en el recuerdo.

Polvo somos, sí, pero polvo que viene y va hacia la estrella. Y en este viaje de ida y vuelta, en medio de la oscuridad, se anudan como amantes la fotografía y su creador, lo mismo que en aquel poema sagrado y sensual de San Juan de la Cruz:

¡Oh Noche que guiaste!

¡Oh Noche amable más que la alborada!

¡Oh Noche que juntaste

Amado con amada,

amada con el Amado transformada!