Hacía días que su salud se quebrantaba y, aunque su fatal desenlace era inminente, siempre acudíamos a la quimérica idea de aferrarnos a su inmortalidad terrenal. La noticia final nos recordó el paso efímero de cada uno de nosotros en este mundo.

“Su proyección fue siempre diáfana en cuanto a colaborar con jóvenes en temas referentes a la promoción, la investigación y al desarrollo de la música cubana”.

Gómez Cairo, el profe y mentor de muchos, el amigo, el fumador empedernido, el de miles de noches en desvelo, el del consejo certero, el de voz ronca, el de barba copiosa, el maestro… No cabrían aquí diversas definiciones sobre su figura que fueron acompañándole a lo largo de su carrera. Él siempre sería el mismo ya fuera para sus colaboradores o para un trabajador de mantenimiento: su humildad era su mayor fortaleza.

Mi primer contacto con él fue hace algunos años, y se remonta a su época de subdirector del Museo Nacional de la Música. Su proyección fue siempre diáfana en cuanto a colaborar con jóvenes en temas referentes a la promoción, la investigación y al desarrollo de la música cubana. De aquellos años junto a su gran amiga y profesora Teté Linares, tiempo después me dijo que serían inolvidables no sólo por lo vivido, sino por el respeto y la comunión entre ellos.

“Gómez Cairo pertenece a una generación intermedia y muy necesaria de estudiosos sobre la música”. Imagen: Tomada de Radio Rebelde

La constante labor patrimonial de Jesús se remonta a su juventud y a esa necesidad de investigación que casi roza el magisterio de un monje devoto o lo que es lo mismo: su adoración por la perfección. Huérfano de madre desde muy joven y con pleno apoyo paterno, su empeño le hace emparentarse desde aquellos años en labores de conservación musical, lecturas y búsqueda de datos para artículos y reseñas así como certeras publicaciones sobre temáticas desconocidas para el gremio, por lo que podríamos afirmar que su apuesta por el sendero académico fue una excelente decisión que se concatenaría con el ciclo dialéctico no sólo de la vida en su sentido biológico, sino con los afluentes cognoscitivos que fueron desprendiéndose de nombres como Argeliers León, María Antonieta Henríquez o la ya citada María Teresa Linares, Teté.

Gómez Cairo pertenece a una generación intermedia y muy necesaria de estudiosos sobre la música, y generacionalmente coincidió con otros nombres —algunos antecesores directos y otros protagonistas indiscutibles— de esos procesos de sedimentación musical y patrimonial en Cuba. Basta mencionar además de los descritos antes a Odilio Urfé, Joseíto Fernández, Nicolás Guillén, José Antonio Méndez, Celeste Mendoza, Ñico Saquito o Bola de Nieve, partes inseparables de la cultura cubana y que, con sus diferentes prismas creativos, eran una oxigenación inigualable para sus contemporáneos. Y así va nuestro Jesús, conociendo y aprendiendo, compartiendo y desentrañando misterios sobre el Changüí o el Son, sobre Elena o el feeling, sobre Portillo o Pablo…

“Su humildad era su mayor fortaleza”.

Hoy una parte de ese legado se ha ido. Lo aprehendido por él quedará en libros, revistas especializadas o en un documental realizado por Alberto Padrón titulado “Jesús habla de Gómez Cairo”, fiel documento sobre importantes etapas investigativas fértiles de su vida. También contaremos su obra desde el recuerdo tácito y serio que cada uno de nosotros pueda hacer sobre lo vivido junto a él; unos más cercanos y otros menos, obviamente, pero con el respeto y admiración de haberle conocido o colaborado en algún proyecto. Dolerá hablar en pasado sobre Gómez Cairo, pero la felicidad por su amistad y el recuerdo de su buen sentido del humor, prevalecerán en muchos de nosotros, sus alumnos o amigos.

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