Nuevos aires para el arte joven cubano

Yunier Riquenes García
29/10/2018

Las jornadas del 3er Congreso de la Asociación Hermanos Saíz me han dejado algunas interrogantes. En primer lugar, el preguntarme nuevamente qué significa ser joven, así como qué es el arte joven. Qué hicieron nuestros antecesores en su historia más reciente para que los imitemos o para que rechacemos de plano sus estrategias.

Pienso en las historias de vida de Maestros de Juventudes y en el contexto, pero no en el cercano a los círculos de poder y a los centros culturales más importantes. Pienso en varios sitios y en la diversidad de nuestra gente, sus sueños y esperanzas. Pienso cómo va la vida aquí y allá afuera. Un allá afuera donde ser profesional y estudiar no parece ser una clave de éxito.

No se trata de hacer un Congreso para decir que es importante que los “muchachos” opinen lo que piensan. Se trata de escuchar, implementar y analizar, que estos participen activamente en la construcción de un país.

Escuché atentamente los planteamientos de mis colegas. Fueron a por todas las manifestaciones, intereses personales y colectivos; estaban preocupados por el lugar en el que se vive, el aquí, el ahora y el cómo. Estaban allí por un compromiso con el arte, un compromiso que siempre puede ser transformador.

Ahora bien, no digo nada nuevo, en su lugar repito que las tecnologías han cambiado todo y Cuba también forma parte de ese todo. Aún no entendemos bien el alcance de las tecnologías. Claro, la gente no puede tener toda la claridad si no tiene la práctica. Conectarse aún es difícil para el cubano trabajador. Pero incluso así hay jóvenes que priorizan, por encima de sus necesidades primarias, comprarse tarjetas nauta para entrar a las redes sociales. “Tienes que entrar a Facebook para que conozcas la vida”, eso le dijo un muchacho a otro en un parque cubano delante de mí.

Foto: Internet
 

Ya vamos conociendo los riesgos, pero también los elementos positivos que traen estos soportes, así como las llamadas “humanidades digitales”. Estuve en Sagua de Tánamo, en la Sierra Cristal de Holguín, y en la Sierra Maestra, en Granma; allí vi con mis propios ojos cómo los muchachos, niños y adolescentes se conectan.

Sí, el país tiene una estrategia gubernamental de informatización de la sociedad, pero ¿cómo la implementamos en la cultura? En ese sentido vamos muy lentos, sobre todo, dejando espacios vacíos a otros que los saben aprovechar bien y rápido, e invierten dinero y creatividad para hacerse visibles y posicionarse. Esa es una palabra clave: posicionamiento. Ya sabemos la importancia de la cultura en la formación de símbolos y el poder de arrastrar multitudes.

¿Quién duda que nuestros públicos se hayan volcado, y se vuelquen cada vez más a Internet, que la inmediatez tenga mayor prontitud? ¿Cómo contamos nuestras historias? ¿Cómo se construyen los discursos y entran a formar parte de las prácticas cotidianas? ¿A los públicos les interesan las noticias y las formas de abordarlas en los medios oficiales?

Apunte importante: ahora no existen solo los medios oficiales. La información se ha democratizado; por ejemplo, muchos vieron primero el derrumbe de un puente (en el centro de Cuba) en un post en las redes sociales. Es un reto colocar y legitimar nuestra verdadera cultura en el mundo de hoy. Es un reto crear y posicionar contenidos. Los públicos tienen la posibilidad de escoger y legitimar al dar “me gusta”, comentar y compartir. Es la realidad. Lo que no se vuelva viral, no camina en la red de redes. Y ahí corremos el riesgo de que incluso el dolor familiar se convierta en un espectáculo.

Desde el Observatorio Cultural de Claustrofobias Promociones Literarias, monitoreo y diagnóstico constante, Naskicet Domínguez apunta otras interrogantes: ¿Cómo son los portales oficiales de nuestras instituciones culturales y qué información brindan? Hace cinco años, cuando desarrollamos el Segundo Congreso, la radio y la televisión cubanas no transmitían su programación vía Internet. Cinco años después, casi todo se transmite. ¿Pero cómo son los contenidos para la transmisión tradicional y la transmisión vía Internet? ¿Cómo se mueven nuestras carteleras culturales? ¿Cómo se respeta a la infancia en esta era digital? ¿Cuáles son las brechas? ¿Al colocar teléfonos con conexión a Internet y soportes, se resuelve el problema?

En los diferentes espacios del 3er Congreso fueron varios los que exigieron “rescatar el debate”. ¿Qué debate? Si ahora, como nunca antes, el debate es más horizontal y muchas personas en vez de quejarse al sindicato o con el jefe superior prefieren denunciarlo en las redes sociales con fotos y videos. Hay un debate constante en las redes, se dice de todo y de diferentes maneras, con ética o sin ética. Ahora no es posible ignorar ni excluir. ¿Y de qué se trata: de sumar o de excluir? ¿Qué significa unidad, alianza, objetivo común?

Lo cierto es que, como vemos en los diferentes contextos políticos, y no es nada nuevo, las tecnologías son un soporte para movilizar, convocar, sensibilizar, estar en el centro de la noticia y el debate, para construir o matar identidades.

Del Congreso se quedan en mi memoria las ganas de mis colegas de participar; así como la sentencia martiana que acompaña la cita: “Crear es pelear. Crear es vencer”. Crear es lo único que salva, a pesar del muro más alto.

Otro símbolo que me llevo es la dedicatoria a los 150 años del inicio de las guerras de independencia. Pienso en los mambises, en el filo del machete tan temido por los españoles; pienso en la maleza de la manigua. Ahora el filo del machete es la comunicación, y la manigua son las TIC. Allí nos esperan la sabana de Camagüey, las montañas del Oriente, San Salvador de Bayamo, Puerto Príncipe, San Cristóbal de La Habana. La comunidad virtual cubana crece cada día más y hay que conquistarla.

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