La plegaria “si Dios quiere” —del árabe “in shaa Allaah”—; ese “ojalá”tan mencionado entre nosotros, y definitivamente inmortal gracias a la canción de Silvio, expresa no solo un deseo, una duda o un anhelo, sino el resumen de estos tiempos, en los cuales, por mucho optimismo que queramos imponernos, la incertidumbre sobrevuela. Mejor dicho, atenaza. Cuando empezábamos a sentir cierto alivio y nos habíamos vacunado todas las veces indicadas, surge una nueva variante del virus que, además de diezmar la población mundial, ensombrece el ánimo de los sobrevivientes, enturbia los planes y se regocija en la vulnerabilidad humana.

“Decir ‘ojalá’ se ha convertido en la manera más rápida y eficaz de resumir esta inmensidad trágica”.

Acudimos a murmurar en repetidas ocasiones: “Ojalá termine esta pesadilla que ya dura 24 meses y cobra millones de vidas”. Y luego deseamos, además de un futuro mejor, que no hubieran sucedido ciertas cosas del pasado y que el presente nos sea más llevadero. Cada quien tiene, naturalmente, sus propios pedidos, sus íntimos reclamos, esos que se derivan de las heridas más hondas y de la llamada escala de valores, también muy personal y única.

Decir “ojalá” se ha convertido en la manera más rápida y eficaz de resumir esta inmensidad trágica; de afrontar con una mal disimulada tristeza —proveniente del miedo, de la rabia, de la incomprensión— las punzantes preguntas: ¿Cómo no previmos esto? ¿Por qué no somos capaces de mostrar la superioridad tan cacareada del humano sobre el resto de los animales? Es, en fin, un suspiro de resignación que no se contenta con admitir la inevitabilidad de los aconteceres.

Yo misma me sorprendo repitiendo en sordina: “Ojalá vivieran mis padres. Ojalá pudiera, ahora mismo, volver a abrazarlos y escuchar sus frases alentadoras y sabias. Ojalá fuera otra vez joven, feliz, ilusionada. Ojalá hubiera trabajado más, y mejor, y hubiera aprendido más, y mejor”. Aunque ya no tengan remedio ninguno de esos lamentos imposibles… En cuanto al presente inmediato, cubano, me digo: “Ojalá no haya colas. Ojalá el salario tenga el poder para el que fue creado. Ojalá cesen las hostilidades contra Cuba. Ojalá nos dejen en paz cuando amanezca”, para dar paso al futuro que anhelamos —más bien, necesitamos— con urgencia.

“Una especie de marasmo vírico se apodera de nuestro hogar”.

De repente, sin previo aviso, la vida, que adora las teatralidades, todavía nos reservaba la bofetada final (ojalá de ojalá) de estos años pandémicos: enferman mis hijos, mi compañero, yo misma. Una especie de marasmo vírico se apodera de nuestro hogar. Apenas me alcanzan las fuerzas para teclear esta columna que habla en plata. Y que tose, moquea y se desvanece junto a mí. Ojalá salgamos pronto, y juntos. Ojalá quienes me leen no tengan que pasar esta experiencia soporífera, lánguida y aterrorizante a la vez. Nos queda la fe de siempre, y el anhelo de que ojalá nos veamos otra vez. ¡Salud, 2022!

P.D.: Pudiste ser menos cruel, digo yo… Sin provocar el chiste que circula ahora mismo y que versa: “Quien no tenga amigos positivos ahora, es que no tiene amigos”. Ojalá fuera una gracia incomprensible.