Omar Valiño: “Lo peor es el silencio”

Daniel Cholakian
24/10/2018

Omar Valiño, crítico y teórico teatral, es el director de la Casa Editorial Tablas-Alarcos, especializada en la difusión de las artes escénicas. Durante la edición de 2017 —y la que se realizará en 2019— Valiño fue el director curatorial del Festival de Teatro de La Habana. Las artes escénicas son, dentro de la tradición artística cubana, una de las expresiones más potentes y más populares. El Festival de Teatro, ahora dirigido por Valiño, se propone producir diálogos intensos entre las producciones nacionales, las propuestas extranjeras más novedosas, la crítica y el público, en un encuentro entre iguales, libremente y sin prejuicios.

Fotos: Internet
 

Para conocer más sobre el Festival, el público habanero y del resto del país, y la gran tradición cultural expresada en la crítica de arte, dialogamos con Omar Valiño, quien además declaró su amor por el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, que en diciembre cumplirá 40 años.

¿Cómo surge el Festival de Teatro de La Habana?

El Festival surge en enero de 1980 con el nombre que mantiene, Festival de Teatro de La Habana, en torno a una fecha que a partir de ese momento fue declarada Día del Teatro Cubano. La fecha rememoraba el momento en que se produce una toma de posición pública en el arte teatral a favor de la independencia en el siglo XIX. Acababa de iniciarse la primera guerra de independencia cubana y, a menos de tres meses de ese inicio, se produce ese acto cultural, político y cívico. Estamos hablando de enero de 1869.
De manera que nos encontramos a unos meses de celebrar los 150 años del suceso. Y lo vamos a celebrar.

Un gran dramaturgo cubano —un buen amigo muy recordado— dijo una frase que sintetiza este fenómeno perfectamente. Expresó que el 22 de enero de 1869 se unieron para siempre teatro y nación en Cuba. El festival surge también con esa vocación, para dotar de una nueva legitimidad al teatro. A partir de la década de los 80, todo se relaciona con las políticas culturales que renueva e incrementa el entonces recién fundado Ministerio de Cultura, dirigido por Armando Hart. Es por ello que el evento surge en esa época y se recuperan varios festivales de otras manifestaciones.

¿Cómo definirías el perfil del Festival?

El Festival no responde a una tendencia estética, sino que trata de elegir calidad y diversidad para dos destinos: el sector profesional —mostrando posibilidades de trabajos no habituales entre los profesionales cubanos— y el público en general. El Festival ofrece otros destinos para el teatro y la escena.

En la edición del año pasado acudieron cincuenta mil espectadores a los 40 espectáculos presentados. Veinte nacionales y veinte extranjeros. De manera que fuera posible brindarle el público una diversidad entre la cual elegir.

El riesgo de someter el Festival a un solo universo o a una sola tendencia podría desechar gran parte de ese público. La idea es que sea un encuentro real; no solo que la gente acuda y luego se marche, sino que se produzca un gran intercambio, conformado por pequeños intercambios. Uno de ellos es esencial, y es el que más agradecen nuestros invitados: el intercambio de los artistas con el público. Los visitantes se quedan muy impactados ante la gran afluencia y la manera en que los espectadores entienden y participan del teatro en Cuba.

¿Entre los 20 espectáculos nacionales que forman parte del Festival, se pueden incorporar presentaciones que no sean de La Habana?
Dentro de los veinte espectáculos de la edición pasada, una buena parte no era de La Habana. En mi opinión —y yo creo que fue reconocido así por la crítica— ha sido la edición del Festival de Teatro de La Habana en que mejor se ha visto representado el teatro de todo el país. No es solo por, vamos a llamarle así, una concesión hacia la provincia, sino porque todas esas entidades están produciendo un teatro que se vincula perfectamente con el teatro realizado en La Habana, es decir, en todo el país.

¿En el Festival de La Habana se realizan entrevistas abiertas luego de las funciones?

Lo estamos haciendo en los últimos festivales. Ha nacido, yo pienso, de dos pequeñas tradiciones: la gran función que la crítica teatral desempeña en Cuba —que no es solo la de la crítica habitual, sino también la de gestión, diálogo e intercambio— y los eventos teóricos y pedagógicos. Esos diálogos son maravillosos, y no son para la crítica, son para el público.


Durante la edición de 2017 —y la que se realizará en 2019— Valiño fue el director
curatorial del Festival de Teatro de La Habana

 

¿Qué pasa con ese público habitual en La Habana, más allá del Festival?

La Habana tiene mucho público. En los últimos años, sobre todo desde el inicio de los 2000, el público se ha ido incrementando. Participa gente de todos los sectores, pero hay también mucho público joven. Este es un dato muy importante. Contra viento y marea, contra los problemas cotidianos y de organización, las personas acompañan al teatro en La Habana, bajo cualquier circunstancia.

El teatro, junto a la danza y la literatura, tiene una tradición en Cuba que con la Revolución, lejos de borrarse, se incorporaron al proceso revolucionario y desde allí se resignifican, se recuperan y se lanzan hacia el futuro

Así es. En todas las manifestaciones, o en prácticamente todas, desde el siglo XIX o antes, había tradiciones sustentadas en grandes esfuerzos individuales. La revolución potencia eso en casi todas las manifestaciones, y además democratiza la participación, tanto en la producción como en el intercambio. Esa es la gran obra de la revolución en términos de la cultura,  dicho en muy pocas palabras. Lo que representa como revolución cultural en sí misma, y lo que representa en torno a la cultura y las manifestaciones artísticas.

Dado que conoces el teatro latinoamericano, ¿qué estás viendo en estos momentos en la escena? En el caso de Cuba, ¿qué estéticas se están produciendo actualmente?

Existe una enorme diversidad, porque Latinoamérica produce mucho teatro y con muy diferentes resultados. Pero creo que hay ejes que no se abandonan. Hoy se trata frecuentemente y de manera diversa eso que llamamos teatro político de los años 60, que no deja de ser político. A veces esto crea confusión, sobre todo para los que piensan que existe una única manera de hacer teatro político. Hay muchas exploraciones, por supuesto, con el cuerpo, con las zonas de lo que se denomina presentación y no representación; muchas zonas de autoficción y de trabajos testimoniales sobre problemáticas individuales y colectivas. También se dan muchos tipos de invención dentro de la ficción. Pero el teatro latinoamericano, y el cubano, siguen apuntando a tocar puntos humanos individuales y colectivos.

Las zonas de las diferencias son muy cultivadas por las artes en los últimos años, así como la búsqueda de nuevos recursos de intercambio con el público. La realidad teatral cubana se está nutriendo de ese diálogo, a veces con peleas estéticas, pero ello es también parte de la naturaleza del arte.

Todas las ciudades de Cuba tienen vida cultural, incluso los pequeños pueblos, ¿por qué ocurre eso?

Esto se debe a que en primer lugar existe una permanencia de entidades culturales, léase grupos artísticos e instituciones culturales en todo el país, desde los municipios hasta la gran ciudad que es La Habana. Se organizan cientos de eventos y encuentros de la más diversa naturaleza. De tal manera que la vida cotidiana de la cultura y la participación de la gente en ella ocurre de forma natural. Obviamente, la gran urbe disfruta de cosas que no puede disfrutar el pueblito más alejado. Pero en diversas escalas no solo hay una preocupación, sino una vida cultural y teatral en muchos, muchísimos territorios del país.

A todo esto se suma el movimiento de lo que en Cuba llamamos aficionados, amateurs, que ha ido recuperándose en los últimos años y que a su vez constituye un público que participa de otro modo en la cultura.


“No se puede tener una crítica cultural, o dedicada a las manifestaciones artísticas,
si no está basada en un contexto crítico general y particular”

 

La crítica de arte (cinematográfica, musical, plástica, teatral)  también es parte de una importante tradición. Además, contra los que siguen hablando de la supuesta censura de ideas, esta posee un debate público de una potencia extraordinaria. ¿Cómo es la tradición crítica en Cuba?

La propia existencia de esa tradición y de su circunstancia presente habla de la pertinencia de la crítica en Cuba. No se puede tener una crítica cultural, o dedicada a las manifestaciones artísticas, si no está basada en un contexto crítico general y particular (cómo las producciones culturales y artísticas refractan las realidades sociales del país).

Son incisivas, como señalas. Incisivas con respecto a las evaluaciones y a las ficciones que la propia crítica genera a partir de los textos culturales, a partir de las relaciones entre distintos textos culturales, ya de un modo más ensayístico, digamos. Esta relación no existe solo con lo artístico en sí mismo, sino también con la realidad y con la sociedad, lo cual genera debates en el candelero social.

Hay cosas que están pasando hoy en Cuba, que van a señalar caminos de desarrollo de esos debates. Los propios intercambios en torno a la nueva constitución son como nuevas bases de la pirámide social y política de la crítica, incluida la crítica artística y literaria.

¿Hay un cambio cultural entre aquellos jóvenes de la década del 60 y los de la segunda mitad de los 80? ¿Cuál es la actual relación de los jóvenes de la nación con la cultura?

Pues fíjate que ahí hay una paradoja. Estoy de acuerdo con los momentos de detenimiento de esos auges de debate, y creo que es muy importante que, aunque se equivoquen, los jóvenes tengan intención y discutan. Porque lo peor de todo es el silencio. Siempre que los jóvenes se preocupan por los destinos de su país —de su papel allí, del mundo a su alrededor; léase cineastas, en el caso del cine, o cualquier artista—, ello tiene un valor dentro de la sociedad. Lo digo con un señalamiento de paradoja, porque en estos debates a veces da la sensación de que para algunos fuera negativo que los jóvenes salgan al ruedo a discutir. Podemos estar más o menos de acuerdo, pero lo más importante es que ese momento de debate se produzca. Allí se reformulan y se iluminan muchas cosas, y en ese momento los jóvenes se sienten partícipes de un momento y de un proyecto.

Valiño es, además de un teórico de las artes escénicas, un cinéfilo empedernido. Habló del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana como solo lo haría alguien que ama las películas.

El Festival de Cine va a cumplir la redonda cifra de 40 años. Parece mentira. Desde adolescente estuve al tanto de lo que ocurría en el festival, y cuando me fui a estudiar a La Habana en la Universidad, el Festival estaba todavía en ese período lógico de cualquier evento, donde todavía se están haciendo sus definiciones fundamentales. Lo que más asombra, siempre lo digo, es que el Festival fundó una tradición en muy poco tiempo, esas tradiciones que a veces tardan siglos en afianzarse. El Festival es la prueba de que una tradición puede fundarse en un breve espacio de tiempo, porque La Habana no sería igual sin el Festival de Cine cada diciembre. Yo digo que son los días más bellos de la ciudad. En lo personal, que he sido solo espectador, considero que asistir al cine durante esta fecha es como una universidad, parte de mi formación. Me alegra mucho poderte decir todo esto y que alguien de allá lea mi entrañable relación con el Festival de Cine Latinoamericano de La Habana.

 

Fuente: Nodal Cultura