Pandemia y títeres en Cuba, el reto mayor

Rubén Darío Salazar
19/10/2020

Con los anuncios del nuevo coronavirus el mundo entró en pánico. Sobrevinieron los aislamientos, las muertes, las noticias verdaderas y falsas, las mil y una orientaciones sanitarias y, dentro de todo el pandemónium, el teatro sintió sus cimientos sacudidos. Se cerraron los espacios de representación, se prohibieron los espectáculos de calle, las sesiones de laboratorio, los encuentros teóricos, los festivales. Cada uno a su casa, hasta los muñecos de los titiriteros se fueron a sus cajas. Un silencio abrasador invadió al arte teatral en su principal función, el diálogo vivo de los intérpretes, sean seres humanos o figuras, con los espectadores.

¿Es este un fenómeno nuevo? No. Desde la antigüedad, cuando la Peste de Justiniano hizo estragos en el Imperio Bizantino, como luego sucedió con la Peste negra, la Viruela, la Gripe española, la Gripe Asiática, el VIH o la Influenza de nuestros días, el teatro ha sobrevivido siempre. Por supuesto que nada ha sido igual después de trascender esos umbrales de terror, donde han desaparecido millones de personas. Tampoco lo será ahora.

 Teatro La Proa creó un canal de YouTube llamado La cartelera de Masabito”. Foto: Internet
 

Algo se transformó y se seguirá transformando en nuestra sociedad. Celebro estar vivo, es un privilegio que algunos no tuvieron. De seguro muchos artistas fallecidos dejaron obras inconclusas, montajes teatrales, ballets, películas, pinturas, composiciones musicales. Somos afortunados y eso no debiera constituir una crisis, más bien devenir en una actitud optimista, prometedora de más y más desde nuestra profesión.

 Fotograma de la serie Los títeres del mundo. Foto: Cortesía del autor
 

Tras la declaración de la cuarentena en Cuba, algunos artistas asimilaron el cambio radical de sus prácticas cotidianas y enfilaron sus energías hacia otras acciones lejanas a las tablas o se dedicaron a estudiar, ejercitarse en solitario, pensar en nuevos proyectos. Otros buscaron como paliar el cese de los intercambios artísticos. Entre los segundos me incluyo. Me pregunté: “¿No existen las redes sociales, tan parecidas al futuro planteado por los escritores en las novelas de ciencia ficción, en cuanto a las prácticas de comunicación, todo virtual?”. Al igual que muchos de mis colegas, pensé que esa variante alojada en las computadoras y los teléfonos celulares, bien podría servir de puente esta vez para no perder el contacto con nuestro público y continuar una actividad cultural herida en la raíz, pero no en las ramas.

Desde la pequeña pantalla del teléfono móvil, iniciamos dos series en Teatro de Las Estaciones (Un minuto con Pelusín del Monte y Los minutos de Pelusín del Monte) de breve duración, siempre con títeres, poesías, cuentos y canciones cubanas y latinoamericanas. Lo que nos interesaba era decir “¡estamos aquí, no nos olviden!”. Le sumamos el envío a nuestros seguidores de informaciones textuales y visuales sobre la historia de la compañía, sus espectáculos, personajes, compositores, dramaturgos, diseñadores, viajes… y, de esa manera, se produjo un salto natural hacia la televisión (Corazón feliz y Los títeres del mundo) —que nos convocó al ver nuestro trabajo en las redes sociales—. Nunca dejamos de comunicarnos con nuestro público; aunque ese intercambio, sobre todo en el espacio virtual, que incluye en el instante opiniones, aceptaciones y disensos, no fuera el teatro, con su función esencial de dialogar artistas y público, mediante la energía inigualable de una función.

Payasos a domicilio fue la propuesta del Teatro Tuyo, de Las Tunas”. Foto: Perfil de Twitter de Teatro Tuyo
 

De Guantánamo a Pinar del Río se extendieron los trabajos titiriteros y escénicos virtuales, tanto para niños como para adultos, replicando los hallazgos artesanales y prácticos de otros colegas del planeta o recreando con muñecos y objetos el imaginario literario de autores locales, como lo hizo el Teatro Andante, de Granma. Payasos a domicilio fue la propuesta del Teatro Tuyo, de Las Tunas. Escenas de sus espectáculos y de montajes internacionales que tienen al payaso como inspiración y ejecutante principal. Luego realizaron la serie La casa de Papote, que disfrutamos todos en la televisión nacional. Llamados a la protección sanitaria desde pequeñas cápsulas simpáticas y aleccionadoras realizó la actriz y directora Idania García, de la Compañía Teatral El Mejunje, de Villa Clara. Capítulos didácticos y breves como El chiqui, de la actriz titiritera Carmen Thompson, de La Habana, concebidos a partir de las herramientas digitales existentes de edición y montaje.

 Las redes sociales de la actriz titiritera Carmen Thompson se llenaron con las primera y segunda temporadas de pequeños capítulos de El Chiqui. Foto: Cortesía del autor
 

En la capital, el Teatro La Salamandra armó un teatrino de papel para contar fábulas clásicas, llenas de actualidad, desde una cuidadosa estética. La actriz Niurbis Santomé, de Teatro La Proa, construyó y animó títeres caseros a la vista de todos. El propio Teatro La Proa realizó varias acciones, donde destaca La cartelera de Masabito. En el occidente del país el grupo pinareño Titirivida ofreció el espacio Canciones titiriteras, música y figuras unidas, echando mano a la imaginación y la fantasía con materiales humildes, entre otras atractivas propuestas que ahora no menciono.

Tras la restitución de la vida cotidiana, el reto mayor de los creadores, en mi personalísima opinión, será enfrentar el miedo de todos a socializar con las personas. El estado de alarma que han padecido y padecen la mente y el cuerpo de los seres humanos, inseguros, víctimas de informaciones —orientadoras y desorientadoras— ha potenciado en la gran mayoría el individualismo, y eso va en contra de los sentimientos colectivos que precisa el teatro en su ejercicio. El mundo está más desvalido que antes. Continúan las guerras, las desigualdades sociales, las crisis económicas, la violencia de los poderosos contra los excluidos y los diferentes, la agresión a la naturaleza, a su hermosa flora y su fauna.

“Nunca dejamos de comunicarnos con nuestro público; aunque ese intercambio, sobre todo en el espacio virtual, que incluye en el instante opiniones, aceptaciones y disensos, no fuera el teatro (…)”. Foto: Cortesía del autor
 

Pasados en algunas provincias los momentos álgidos de la llamada Covid-19, y entrando en las diferentes fases de recuperación, los encuentros del público con el teatro han ido en ascenso, respetando las necesarias medidas sanitarias. Vendrán los inventos y nuevas formas de comunicación, las cuales transformarán, de muchas maneras, los conceptos y las estéticas creativas. Cualesquiera que sean las soluciones, la calidad no deberá ser nunca la que se resienta. Un teatro sobreviviente no tiene porque ser una basura, algo desesperado; tiene y debe ser también lo mejor de nosotros.