| LA JIRIBILLA ARENAS Y LA NOCHE: Notas sobre un libro de memorias Enrique Ubieta Gómez | La Habana En una de las últimas secciones de su libro de memorias Antes que anochezca (primera edición, abril de 1992; Barcelona, Fábula Tusquets Editores, 1996, 343 pp.), el escritor cubano Reinaldo Arenas (1943-1990) describe varios sueños recurrentes de su vida atormentada: "quiero acercarme a la casa donde estaba mi madre -dice de uno de ellos (p.336)- y hay una tela metálica frente a la puerta. Llamo y llamo para que me abran la puerta; ella y mi tía están al otro lado de la tela metálica y yo les hago señales, me llevo la mano al pecho y de mi mano empiezan a salir pájaros, cotorras de todos los colores, insectos y aves cada vez más gigantescas; comienzo a gritar que me abran, y ellas me miran a través de la tela metálica; yo sigo produciendo toda clase de gritos y de animales, pero no puedo cruzar la puerta". Hijo de una mujer abandonada, pobre, tuvo una infancia campesina que vivió en soledad, entre el río y la noche, el monte y sus fantasmas, "rodeado -escribe (p.22)- de árboles, de animales, de apariciones y de personas a las cuales yo les era indiferente". Esa fue quizás la obsesión que marcaría su vida: la soledad, la indiferencia o la hostilidad de los demás. "No sé si por entonces mi madre me quería -repite una y otra vez (p.19)-; recuerdo que, cuando yo empezaba a llorar, ella me cargaba, pero siempre lo hacía con tanta violencia que yo resbalaba por detrás de sus hombros e iba a dar de cabeza al suelo. Otras veces, me mecía en una hamaca de saco, pero eran tan rápidos los movimientos con los que impulsaba aquella hamaca que yo también iba a dar al suelo". Hay cierta desmesura en la descripción, el lector de su libro deberá acostumbrarse a ella –"por eso mi cabeza se llenó de ñáñaras y chichones, pero sobreviví a aquellas caídas"-; es más importante sin embargo entender esos sentimientos siempre desmedidos, que no puede controlar. La secreta intuición de ser el testimonio del fracaso amoroso y vital de su madre, se acentúa al reafirmarse como un ser diferente, ajeno al entorno familiar. De sus andanzas por el monte regresaba a veces empapado por algún repentino aguacero. "Yo tiritaba mientras mis tías y mi madre ponían los platos sin preocuparse demasiado por mí. Siempre he creído que mi familia, incluyendo a mi madre, me consideraba un ser extraño, inútil, atolondrado, chiflado o enloquecido, fuera del contexto de sus vidas. Seguramente, tenían razón"(p.36). De aquellos personajes de su infancia, de aquella extraña noche de recuerdos, emerge su abuela, analfabeta pero sabia, solitaria interlocutora de Dios, que narraba cuentos de aparecidos y cantaba viejas melodías. "Mi abuela podía darse el lujo de ser tierna –dice Arenas (p.46)-, tal vez porque yo no era para ella la imagen de alguna frustración, ni el recuerdo de algún fracaso (...), para mi abuela yo era un niño más al cual había que entretener con una aventura, con un cuento o con una canción". II No son las memorias de un escritor las que el lector tiene en sus manos. Arenas no habla de primeras lecturas, no emite juicios literarios, no revela su método o sus hábitos de trabajo. No me refiero al hecho natural de que también nos hable de su condición gay y nos narre algunas experiencias amorosas. Ni siquiera cuando alude a sus encuentros con otros escritores habla de literatura. Estas son, explícitamente, las memorias de un gay. No estoy fragmentando su personalidad, en todo caso señalo el hilo conductor de la narración. Esa elección, por supuesto, no es casual. La manera como Arenas asume su preferencia sexual expresa su posición ante el mundo, es un acto conciente de rebeldía, su manera de retar la hostil indiferencia de los demás. Y no podía ciertamente encontrar mejor arma que esa, en una sociedad regida por patrones machistas. La rebeldía es el sino trágico de su vida. Primero se alza contra la dictadura de Batista –aunque, según confiesa, no participa en combate alguno-, después, se distancia del proceso revolucionario cubano y en sus años finales asume una postura crítica y distante frente al modo miamense de vida. Pero el hilo conductor no es político ni ideológico, aunque se intercalen juicios o simples declaraciones de fe, aunque la vida, más abarcadora, acabe enlazando acciones y reacciones en el contexto social. A la sentencia excluyente, "los hombres son heterosexuales" él opone su contrario, también excluyente, "los hombres son homosexuales"; allí donde el discurso común (machista) diría: "todos los hombres se erotizan al ver pasar esa mujer", él, sin cambiar una coma, sustituye a la mujer por otro hombre. Ante el todos son, no dice algunos no son, sólo le cambia el signo a la exclusión. Y entonces disfruta el gesto escandalizado de su oyente, que puede ser su tía, una mujer inflexible, de concepciones rígidas (su militancia revolucionaria poco tiene que ver en esto) o esas poetiesas, como las llamaba Lydia Cabrera, señoronas incultas de clase media que se reúnen en Miami para elogiarse mutuamente sus "creaciones" poéticas (su militancia contrarrevolucionaria tampoco tiene que ver en esto). "Lo primero que me dijo mi tío cuando llegué a Miami –escribe Arenas (p.313)- fue lo siguiente: ‘Ahora te compras un saco, una corbata, te pelas bien corto y caminas de una manera correcta, derecha, firme; te haces además, una tarjeta que diga tu nombre y que eres escritor’. Desde luego, lo que quería decirme era que tenía que convertirme en todo un hombrecito machista. La típica tradición machista cubana en Miami ha logrado una especie de erupción verdaderamente alarmante. Yo no quise estar mucho tiempo en aquel lugar, que era como estar en la caricatura de Cuba; de lo peor de Cuba: el dime que te diré, el chanchullo, la envidia". Y podría argüirse: no sólo de Cuba, sino de cierta tradición que es ¿latinoamericana?, ¿hispana?, que es ¿moderna?. Provocativo, desafiante, Arenas se atribuye una voracidad sexual desconcertante. Sus primeras experiencias sexuales incluyen, según explicita, a todos los animales domésticos del ámbito campesino: las yeguas, las chivas, las puercas, las gallinas, las guanajas, los perros; e incluye también a los árboles, las fruta-bombas (papayas), los melones, las calabazas, las guanábanas (p.39). Abandonado por los mayores, llega a comprender que su soledad no es circunstancial sino esencial, él es diferente por su sensibilidad y desbordada fantasía, que se explayan en una precoz sexualidad. A los animales y las plantas le siguen su prima Dulce Ofelia y su primo Orlando, con quien llega a consumar por vez primera el acto a los ocho años. Y al partir de Cuba en 1980, dice, ha tenido más de 5 000 relaciones homosexuales. Por otra parte, la violencia cotidiana del entorno campesino lo abarcaba todo y hería su sensibilidad: la manera especialmente cruel en la que el hombre daba muerte a los animales de crianza o castraba a otros para el trabajo, la lucha por la vida: "De noche se oían los gritos de las ranas que eran tragadas lentamente por el jubo –recuerda (p.42)-; se oía el chillido de un ratón que era despedazado por un sijú; el desesperado cacarear de una gallina que era asfixiada y tragada por un majá; el patalear y los quejidos ahogados de un conejo que era descuartizado en el aire por una lechuza; y los berridos de una oveja que era destrozada por los perros jíbaros". La violencia irrumpía también en sus seres más allegados, especialmente en su abuela, que había soportado durante cincuenta años "los golpes y las groserías de un marido borracho e infiel" (p.46). Rodeado de mujeres abandonadas que renunciaban a la vida y de hombres violentos que las abandonaban (a ellas, y a él), aprendía a odiar: "Mi abuela y todos en la casa trataron de educarme siempre dentro de un gran odio hacia mi padre, porque había engañado –esa era la palabra- a mi madre. Recuerdo –dice (p.18)- que me enseñaron una canción que contaba la historia de un hijo que, en venganza, mataba a su padre para desagraviar a su madre abandonada. Yo cantaba esa canción en presencia de toda mi familia, que escuchaba arrobada". III La indiferencia engendra el desafío reparador; el escándalo como reafirmación, desata el desajuste incontrolable de su vida; la soledad y la incomprensión, cada vez mayores, insalvables, refuerzan el odio. Un odio que desfigura la realidad y que acaba por hacerla inintelegible. Antes que anochezca es un libro escrito desde el odio. El lector no hallará un análisis crítico, una sucesión lógica de argumentos; su prosa, descuidada, rara vez alcanza tonos líricos o verdaderamente dramáticos, al punto de que algunos pasajes parecen apócrifos. Es por demás un libro dictado, que otros transcribieron y editaron. Como en los dibujos animados, encontrará una atolondrada sucesión de hechos y sentimientos sin jerarquizar, que casi siempre pierden la verosimilitud en las líneas finales. Son esas líneas las que desnudan el alma del autor. Amigos y enemigos son estigmatizados sin miramientos, aunque el autor declara que gusta de homenajear a los primeros revelando sus costados ridículos: "homenajes chuscos, irónicos tal vez –reconoce (p.144)-, pero la ironía y la risa forman también parte de la amistad". No es sin embargo una risa inocente. Arenas quiere destruir cualquier vestigio de seriedad, de funcionalidad en los otros, en la sociedad. El mundo que describe es de una falsedad absoluta. La Revolución, por ejemplo –inevitable contexto de la mayor parte de su vida- es incapaz de generar un solo acto de justicia. Si bien lo rescató del campo y le ofreció, a los 16 años, una beca de estudios en una recién creada escuela politécnica, en verdad, dice, fue porque el Gobierno Revolucionario quería adoctrinar a los jóvenes para convertirlos en comunistas (p.71). Su patético distanciamiento del proceso histórico lo hace decir muchos años después: "A los pocos meses se nos dijo que no éramos simples estudiantes, sino la vanguardia de la Revolución y, por lo tanto, jóvenes comunistas y soldados del ejército"(p.72). Supongo que para un extranjero esa pueda ser una frase horrible, acusadora. El ejército en cualquier país latinoamericano es una entidad represora. La Cuba de los sesenta en su fervor revolucionario no era jamás pensada por sus jóvenes como una opción impuesta: ellos se veían ciertamente como la vanguardia de una Revolución que era la vanguardia del proceso político mundial y se sentían orgullosos de ello. En realidad no estudiaban para ser soldados, pero en aquel momento –y en otro sentido muy diferente- todos lo eran. Para rematar, dice Arenas que ya no podían cantar lo que quisieran, sino sólo "La Internacional y otros himnos comunistas"(p.73). Es la frase final que siempre llega para derribarle al lector cubano que vive en Cuba, es decir, al que no ha perdido su noción de lo real y de lo irreal y conoce la historia, el marco de verosimilitud. El propio autor acepta haber sido por entonces un ferviente defensor de la Revolución. Pero mezcla los hechos sin precisar fechas para dejar la impresión de un deliberado adoctrinamiento marxista desde el mismo año 1959. Arenas quiere demostrar que siempre los hombres son exactamente lo contrario de lo que dicen ser, es decir, que todos son homosexuales o disidentes o cobardes o ambiciosos o ladrones o simples oportunistas. Si incluyo en esta lista a los homosexuales no es porque quiera equipararlos a los restantes mencionados; paradójicamente, es el propio Arenas quien los equipara con saña, quizás porque en el juego social de espejos no logra verse nunca a sí mismo como un ser normal. "Algunos profesores", empieza diciendo, pero siente que no es suficiente y agrega, "por no decir la mayoría", "tenían sus relaciones sexuales con los alumnos". Eran desde luego relaciones homosexuales, y entre esos profesores se destacaba Juan, que era –el dato no es despreciable para el énfasis que persigue Arenas- pasivo: "los jóvenes hacían cola para templárselo"(p.74).Pero aquí va lo que quería el autor. ¿Quién es Juan? Un profesor de marxismo. En ese contexto parece extraño que el autor tuviese que esconder como dice (y no dudo), su condición gay. A veces, montado en el discurso desacreditador, llega a enfrentar el más elemental sentido común y a desafiar los conocimientos históricos, cuando no las vivencias, de su lector. El odio no sólo le hace a Arenas exagerar, mentir o inventar historias, no sólo cae como una maldición sobre todas las personas que tuvieron alguna relación con él en su vida, también se hace explícito en amenazas de corte fascistoide: "Algún día, desde luego, el pueblo derrocará a Castro y lo menos que hará será ajusticiar a los que impunemente colaboraron con el tirano"(p.14). Esas amenazas incluyen incluso a los propios emigrados que promueven el diálogo con el Gobierno cubano: "Todos estos figurones que sueñan con aparecer en las pantallas de televisión dándole la mano a Fidel Castro y en convertirse en figuras políticas relevantes, deben tener sueños más objetivos: deben soñar con una cuerda de la cual se balancearán en el Parque Central de La Habana, pues el pueblo de Cuba, en su generosidad, cuando llegue el momento de la verdad los ahorcará"(p.14).IV La tragicidad de la vida de Arenas reside en el hecho de que él, ciertamente, no elige su camino y que ese camino es trazado a contrapelo de la historia. Para un espíritu rebelde como el suyo, vivir una Revolución auténtica, en la que tuvo una temprana participación, sin sentirse parte y sin ser aceptado como tal, tener que construir su rebeldía en oposición a la más audaz de todas la rebeldías históricas, era un sino trágico, deshumanizador. La Revolución soñaba con formar hombres nuevos, pero arrastraba los prejuicios machistas de su época y se concretaba en hombres y mujeres como cualquier otros, con virtudes y defectos. El desencuentro transitaba por una cadena de acciones y reacciones incontrolables. La Historia, al mirar en lontananza –pese a su vocación revolucionaria por el individuo, por la integración superadora de lo individual y de lo colectivo-, pierde de vista en ocasiones a las individualidades que se descentran. Y sin embargo, la tragedia alcanza su punto culminante cuando entendemos, cuando Arenas entiende, que sólo en Cuba, que sólo una Revolución, puede iluminar y rescatar sus diferencias, la humana diversidad. El abrazo final que Senel Paz propone en su cuento "El bosque, el lobo y el hombre nuevo" (llevado a la pantalla grande por Titón en Fresa y chocolate), puede producirse en Cuba, no en ese Miami que sueña con las cuerdas de las que colgarán, dicen, los que dialogan, viven o trabajan en y por la Patria. Por eso Miami primero y luego New York le remachan las cadenas. Y él, rebelde, pero ansioso de hallar paz, lo dice sin tapujos. En 1983 fue desalojado del edificio en que vivía, el dueño quería repararlo para aumentar la tarifa de los alquileres. "Mi nuevo mundo –escribe (p.332)- no estaba dominado por el poder político, pero sí por ese otro poder también siniestro: el poder del dinero. Después de vivir en este país por algunos años he comprendido que es un país sin alma porque todo está condicionado por el dinero". Cuando intenta rescatar del olvido a importantes escritores cubanos emigrados que viven en la pobreza, sus compatriotas ricos de Miami le recuerdan que la edición de esas obras no es un buen negocio. "En Miami el sentido práctico, la avidez por el dinero y el miedo a morirse de hambre, han sustituido a la vida y, sobre todo, al placer, a la aventura, a la irreverencia"(p.313). Cuando en 1987 se convirtió en un enfermo grave de SIDA, el New York Hospital le cerró las puertas porque carecía de seguro médico: "Mientras yo casi agonizaba, los médicos me negaban la admisión puesto que no tenía con qué pagar"(p.10). Por otra parte, su destino trágico lo perseguía implacable. Ahora enfrentaba el hecho de que los jóvenes, los intelectuales, incluso los homosexuales, los rebeldes del mundo, miraban hacia la Revolución cubana con simpatía. De repente, él había dejado de ser un "disidente" para convertirse en un reaccionario, en un conservador. Como no acepta tampoco ese papel, es mal visto en Miami. Pero los estudiantes puertorriqueños lo escuchan con desconfianza, y le piden que no hable de política (p.310), sus viejos editores le reprochan haber abandonado Cuba, y en la Universidad de Estocolmo, "casi todo el público estaba compuesto por chilenos exiliados de la dictadura de Pinochet y no me dejaban hablar, prácticamente, armando un tremendo alboroto y poniéndose de pie para insultarme"(p.325). Sin darse cuenta va confeccionando en las páginas de su libro una ilustre e insólita lista de "testaferros" de Castro: Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Eduardo Galeano, Angel Rama, Julio Cortazar, Enmanuel Carballo, entre otros. Y a pesar de sus dos años de cárcel en Cuba, sus referencias a supuestas torturas y asesinatos en el país son siempre especulativas, en un contexto latinoamericano de dictaduras, de muertos mutilados por la tortura y de desaparecidos. Reinaldo Arenas no pudo o no supo ver la grandeza de su Revolución. La Revolución no supo o no pudo rescatarlo y ofrecerle un lugar –el suyo, irrepetible-, en su dinámica transformadora. Le ofreció, sí, estudios gratuitos al campesinito abandonado, pero no pudo situar en su caso al intelectual gay, al rebelde sin causa, en el perenne movimiento de los astros. Reinaldo Arenas no trascenderá por este libro que nos presenta como testimonio, es decir, como su verdad y que es compendio de recuerdos auténticos, de falsos lugares comunes sobre la Revolución, de exageraciones descabelladas, de medias verdades y de mentiras. Quizás algún lector extranjero se confunda, pero los cubanos saben discernir la retórica del odio. Arenas trascenderá por aquella zona de su literatura que el odio no pudo contaminar. Y es suficiente para asegurarle un lugar honroso en la historia de la literatura cubana. |
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