VIVIR SIN PAPELES  

"Vivir sin papeles es la última carta de la baraja. Y me dan ganas de hacer lo de siempre, regañarlo por no haber botado el dichoso pasaporte, para que él me responda con esas reflexiones sobre bajarte en un sitio extraño sin tener siquiera un nombre, como un bebé acabado de nacer de unos padres indecisos." Cuento
publicado en una edición especial, de febrero del 2001, del suplemento literario de la revista Revolución y Cultura

Mylene Fernández Pintado  | La Habana

Llegaron como a las cinco de la mañana. A esa hora, el glamour  se convierte en miseria, el rojo elegantemente demoníaco en obsceno y cansado carmesí. Los espejos que nunca se han vuelto niebla que atravesar para llegar a otro sitio, aburridos de tragar caras de gentes en éxtasis para ellos efímeras y para nosotros interminables y ajenas, nos devuelven la jugada aumentando de tamaño, de intensidad y ferocidad el mobiliario anodino, el interior lleno de fotos condenadas contra la pared como reos sometidos a la pena capital, las alfombras raídas y delatadas, las juntas del techo, las esquinas donde el polvo y la suciedad se parapetan a salvo de las lluvias de sprays limpiadores y las cucarachas calculan que, una vez que se han ido los invitados, nosotros somos de confianza.

Pero los espejos nos hacen una peor, reflejan nuestras caras donde los ojos son agujas de reloj invertidas, locas, descontando el tiempo como un cronómetro porfiado y lento, conteo regresivo de las horas que quedan desde las seis de la tarde hasta las siete de la mañana, y ya no sabemos cómo pasan más rápido, si cuando la cosa está movida y la noche es un ajetreo de bandejas sostenidas en ejercitado equilibrio siempre sobre los mismos pasos, en medio de los gritos, la música, el pedido que no llega, los que se quieren ir sin pagar, las muelas que hay que aguantar por una propina, las veces que te dan una miseria, o cuando estamos todos detrás de la barra, inactivos pero sin descansar porque eso no se puede hacer aquí, haciendo cuentos para asesinar ese tiempo de bar y de vida, y al final sólo queda un comemierda en la barra que parece que la mujer lo dejó y no se va y Merlín nos tiene prohibido insinuar el horario de cierre porque hay que ser profesional y yo pienso siempre que profesionales éramos en La Habana, donde eso y mierda era lo mismo y ahora somos camareros, tenemos beepers, carro y casi todo el tiempo, sueño.

Lo peor son esas noches en las que crees que todo se acabó más temprano. Erika y Barbie suben los pies en las banquetas para que no les salgan várices, el ahijado serpentea buscando objetos de valor que siempre resultan ser un creyón de labios usado, una pulsera estéticamente insolente o cajetillas con dos cigarrillos, Espartaco bebe lo que le escamoteamos a los clientes cuando están borrachos y Batman se inclina sobre la caja contadora y las facturas que siempre termina haciendo a mano porque desconfía de ese aparatico que quiere hacer tantas cosas a la vez, para que cuadre la dichosa caja con la resignación inconforme del Tío Vania, alumbrado por esa lamparita kitsch que es lo único que me parece auténtico aquí y Marcos, que ha estado todo el tiempo mirando el piano de reojo, como un hombre tímido mira a la mujer bella y elegante que baila con otro mientras paladea por anticipado el momento en que estará sola y podrá acercarse, se mueve casi furtivamente, seguro cree que así no lo vemos, y se sienta a tocar, bajito y con timidez, como si ese hombre que finalmente se ha acercado a la mujer deseada se avergonzara ante los demás de su propia osadía y gastadas las energías en el momento de decidirse a abordarla, la conversación convincente y los gestos seguros de conquistador quedaran en la fase de torpes movimientos y balbuceos confusos de aprendiz.

Marcos toca muy bien. Su madre lo enseñó, como también lo enseñó a coser, bordar, tejer, cocinar, y vestir muñecas. Esto no lo sabe nadie, pero tiene una guardada. Es una muñeca pelirroja, con pecas, a la que cambia de ropa, compra conjuntos caros y perfuma con Chanel.

El día en que me la enseñó regresábamos de ver al abogado de inmigración. Marcos es arquitecto y en un viaje a España se quedó en Madrid. Después, hizo lo usual en estos casos: se agenció un pasaporte falso y llegó a Miami pero una vez aquí, en vez de botar ese pasaporte que le había costado un ojo de la cara y agarrarse al primer policía y decir yo soy cubano y que ellos se encargaran del asunto —es verdad que los cubanos tenemos ventajas, nos hacen despreciar a los portorros, espaldas mojadas, salvadoreños, nicaragüenses, dominicanos y hasta a los mismos americanos que son tontos y no se merecen el país que con nuestra iniciativa e inteligencia les hemos construido—. Bueno, pues nada, se quedó con el pasaporte falso y ahora está en una lista de deportación y no duerme pensando en cómo va a salir de ésta.

El abogado le pidió una cifra de ésas de El padrino  y Marcos se montó en el carro, donde yo lo esperaba convencida de que las noticias iban a ser de las peores, mientras miraba por el retrovisor unos viejos gordos que jugaban dominó.

El dominó tiene su banda sonora, su volumen alto, su tono insolente, su pequeño diccionario cofrade. Es el juego de la fanfarronería, el alarde, el que va inevitablemente unido a la exaltación propia y a la humillación del contrario. La jugada se anuncia, se pregona victoriosa para desarmar al otro con la voz antes que con el gesto. Las fichas resuenan duras, más que puestas, impuestas y cada una lleva una frase que suena al unísono con el golpe de madera sobre madera como una percusión lúdica. Sí, el dominó es el juego de los cubanos, de las barrigas que caen sobre los cintos, del ron y la cerveza y es una especie de old classic en Miami. Es la prueba de que esta ciudad, hoy también habitada por muchachas y muchachos bronceados, que casi no hablan español, montan patines en Ocean Drive y se maravillan extrañados ante las nalgas de Celeste Mendoza en tiempo de guaguancó, fue hecha por hombres recios, trabajadores, machos, que fundaron dinastías que de tanto asimilar blandenguerías americanas hoy se han amariconado y hasta les da lo mismo el Partido que la Fundación.

Marcos me miró y aunque sabía, hice la pregunta. El sonido del carro al arrancar silenció la respuesta que no necesitaba.

Conduje por toda la US-1 hasta Swensen porque a Marcos y a mí nos encanta este lugar rabiosamente gringo montado en Dumbo que vuela hacia Nunca-Jamás con la manzana de Blanca Nieves en la trompa. Mientras Marcos ensayaba el pedido en inglés y yo paladeaba la palabra strawberry como quien le canta al siempre campo de los Beatles llegó el camarero, tomó el pedido en andaluz de la Pequeña Habana y luego de marcharse con nuestra orden nos dejó pensando que ni aunque modeles calzoncillos Calvin Klein te libras de un part time de camarero.

Y Swensen se convirtió en nuestro punto de reunión secreto. El novio de Erika nos atendía, coqueteaba con nosotros y nos hicimos amigos sin hablar otro lenguaje que el del menú, el bill. Erika nunca supo de nuestros encuentros furtivos casi cómplices ni de nuestros disfrutes voyeur, tratando de adivinar, detrás de unos pantalones negros de camarero, la naturaleza de las cosas del caro Tito Lucrecio, «a la hora de las cosas».

Su novio siguió siendo sólo el modelo Calvin Klein y cuando él iba a recogerla, más que a buscarla, si nos hemos visto antes no sabemos dónde, parecía ser el santo y seña. En cuanto a Barbie, lo despreció al instante por no ser Calvin Klein, sino un esclavo semidesnudo en fotos y pasarelas, incapaz de sacarla de aquel tugurio y proporcionarle la vida que ella merece y para la cual ensaya cotidiana y aplicadamente.

—Que te cueste caro, significa que al menos hay una solución  --le digo desde la altura de un Everest de nata, sirope de chocolate, bizcochos y guindas.

—Si todo lo que se solucionara con dinero fuera solucionable no habría indocumentados ni gente con problemas. ¿De dónde voy a sacar esa cantidad?

No tengo ni idea. Y vivir sin papeles es la última carta de la baraja. Y me dan ganas de hacer lo de siempre, regañarlo por no haber botado el dichoso pasaporte, para que él me responda con esas reflexiones sobre bajarte en un sitio extraño sin tener siquiera un nombre, como un bebé acabado de nacer de unos padres indecisos. Porque cuando habla de eso, siempre termina hablando de su madre y ese es su tema preferido. Su madre bella, honrada y pobre, con las tristes virtudes hacendosas de las buenas muchachas,  abandonada por su marido y volcada en este hijo al que hizo a su imagen y semejanza, quizás por exorcizar la carga genética de su progenitor.

—Si para algo quiero resolver los papeles es para ir a verla. No tiene a nadie más y se está muriendo de pena. Vine para acá pensando en traerla conmigo después o en que viviera allá como una reina. Y no he podido hacer ninguna de las dos cosas. Se va a morir y no la voy a ver. Pero hoy no es día para eso. ¿Me puedes acompañar a la casa? Te quiero enseñar algo.

La verdad es que tengo mil cosas que hacer. Esta ciudad es muy diligente en eso de mantenerlo a uno todo el día ocupado recorriéndola de una punta a la otra, para resolver cosas tan complicadas que se vuelven estúpidas, como un juego de esos de ir de una casilla a otra, tragando cuadritos con afán neurótico. Pero hoy tampoco es día de negarte nada.

—Vamos, de todas formas lo de la chapa del carro me queda más cerca desde allá.

La muñeca está en un rincón del armario. No arrinconada, sino resguardada de los curiosos y el exterior hostil. Como un Elegguá, exigente y poderoso. Tiene el pelo de ese rojo que uno insiste en colocar en la cabeza de la lavandera irlandesa. Es una pequeña diosa pícara, coquetamente vestida, reinando en su altar.

—Siempre fue mi preferida. Cuando no sabía que era gay, pensaba que me gustaría tener una novia así, o una hija. Me gustaba cambiarle la ropa y peinarla, a veces hablaba con ella. Yo era un niño sin pandilla de juegos. Lo que más disfrutaba de jugar en la calle, era imaginar el momento en que me regresaría y mi madre me estaría esperando para abrazarme a pesar de mi sudor y suciedad, escuchar mis cuentos siempre sonriente y preparar mis platos favoritos sin protestar porque yo no los probara después. Para otros niños la calle era el reino de la libertad, la tolerancia, y la casa un sitio donde les esperaban un padre bruto y borracho, una madre gorda y desaliñada y mil cosas indeseables. Mi casa era un hogar, suave y claro. Una vez tuve unos amigos y los llevé a mi cuarto. Eran buenos y me habían defendido muchas veces de los abusos de los más grandes. Quise enseñarles mi mayor tesoro. Me golpearon y me dijeron maricón. Ahí supe que lo era y supe también que esa golpiza era como las que reciben los caballeros andantes por la doncella de sus sueños. Desde entonces, la he llevado conmigo a todas partes. Es mi pequeña reina bruja. Y mi caja de tesoros. Aquí guardo lo que no quiero que nadie encuentre.

Muñecas, novias, madres, hermanas, amigas, geishas, putas, monas, maestras, vecinas. Evas, Julietas, Doncellas de Orleans y Ladies Macbeth. Estrógeno casi oxígeno. Voluptuosas de Rubens, gordas de Botero, cubistas de Picasso, aldeanas de Goya, Margaritas de Goethe, Bulgakov, Dumas... Alicias, Wendys y Cenicientas.

La semana pasada Marcos llegó eufórico. Me arrastró al baño y me dijo:

—Creo que resolví el dinero. Tendré papeles y en cuanto me den la residencia ¡a La Habana a ver a mi viejita! —Se bajó los pantalones como quien se libera de sus angustias, esperas y fracasos y me señaló unos calzoncillos que aún debían tener la etiqueta con el precio colgado. —¡Good Save CK!

Nos reímos y bailamos de alegría teniendo por banda sonora un bolero lastimero de esos de los que el sufrimiento no cabe en la partitura.

Llegaron como a las cinco de la mañana, en una de esas noches en las que piensas que ya se acabó. Barbie y Erika conjuran sus várices, el ahijado husmea, Espartaco bebe, Marcos toca a Cervantes y Batman saca cuentas. Uniformados por la costumbre y el fastidio, deshicimos la apacible escena y cada uno a lo suyo. A ponerles salsa cubana como ejercicio costumbrista sádico, como si el único estado de ánimo permanente y permitido aquí fuera el saborear recuerdos desenfocados por tanta edulcoración a distancia.

Lombroso los hubiera acuñado criminales genéticos. La verdad es que eran «de lo peor», con ese uniforme que les venden en las tiendas a los que tienen dinero y mal gusto en iguales proporciones y esa forma de caminar arrogante, que es el resultado de sumar la inseguridad y la falta de mundo con rollos de billetes de cien dólares en los bolsillos y un portafolio caja de Pandora y Samsonite. Se sentaron y Marcos los atendió.

Empezaron a beber con esa calma que era pura crueldad para con los que ya a esa hora lo que hacíamos era subsistir de manera inapelable en aquel sitio. Entonces hicimos lo de cuando queremos botar a alguien sin decírselo, variante clandestina sólo empleable en ausencia de Merlín. Barbie y Erika empezaron a recoger las sillas, Marcos fue con los utensilios de limpieza para el baño y yo empecé a fregar copas y vasos. Merlín sólo confía en mí porque dice que los demás lo dejan con marcas de pintalabios y olor a tabaco y esto no es una cafetería del INIT.

Se levantaron a dúo y fueron al baño. Siempre lo hacen todos antes de irse y nos alegramos pensando que sólo unos minutos nos separaban de la comida de La Carreta y nuestras camas siempre destendidas, para que parezca que las abandonamos por poco rato. Proust hubiera perdido el tiempo queriendo escribir con un trabajo así. Espartaco iba a apagar la música pero Batman dijo que no, que ya le parecía demasiado y suena Mozart impecablemente ejecutado por Willy Chirino.

No dejaron propina. Bueno, no fuimos muy amables que digamos, ya nos podemos ir. Desmontamos el set de camareros diligentes que limpian su bar al terminar su turno. Merlín dice que eso se hace de seis a nueve de la noche, que estamos más descansados y con menos desidia habanera.

Marcos está tirado en el piso. El lavamanos se desborda y el agua, al llegar a las baldosas decolora la sangre que sale de su cabeza, abierta de manera irreversible.

Todo lo que era Marcos, sus ganas de ver a su madre, sus amigos crueles, sus miedos y su amor respetuoso por el piano está esparcido en el granito frío del baño, en forma de una masa que se mezcla con agua y aromatizantes, alcohol, coca, marihuana, perfumes, tabaco, vómito y orines.

A su lado, con el pelo rojo revuelto, la ropa de marca rasgada, los ojos sin vida, perfumada, violada y despedazada, con las entrañas obscenamente revueltas está ella y tiene, despojada ahora de la más mínima atmósfera vital, una muerte auténtica que hace pensar, casi con alivio sobrecogedor, que estuvo realmente viva.

Nadie toca nada. Estamos en el país de las películas del sábado por la noche. El único sonido es el del agua que corre y se lleva los pensamientos de Marcos y los pasea hechos río por todo el bar.

Nos sentamos. Alguien toma agua, ron, cerveza, whisky, aspirinas, cocaína, un cigarro. Hay que llamar a la policía. Marcos está muerto y todos somos sospechosos.


2001. La Jiribilla. Cuba.
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