Parece Blanca o la tragedia se repite

Emanuel Gil Milian
3/9/2018

Rosa: Sí, tiene que haber una explicación para tanta
pena.[1]

Abelardo Estorino

Vueltabajo se honra con tener la primera de las tres compañías líricas del país. Una de las pocas agrupaciones dentro del gremio escénico nacional que se ha mantenido en pie y, pese a las dificultades, ha sostenido durante medio siglo un repertorio de clásicos. Una hazaña totalmente loable en estos tiempos donde tantos proyectos aparecen y se disipan con facilidad.

obra Parece Blanca
Obra de teatro Parece Blanca. Foto: Internet

 

En esta ocasión, la “Ernesto Lecuona” coloca en la escena del Teatro Milanés una versión de Parece Blanca, de Abelardo Estorino, donde la intertextualidad tiene un peso singular, pues el escrito estorineano dialoga con fragmentos de la zarzuela de Gonzalo Roig, en pos de revelarnos una ¿mirada diferente? sobre la existencia de la hermosa mulata Cecilia Valdés.

Sin embargo, este tipo de búsqueda que pudo ser muy interesante, pierde atractivo, en momentos puede ser desconcertante y fundamentalmente agotadora; porque no ha conseguido engranar, activar lo suficiente diferentes elementos formales que deberían calzarla y, sobre todo, porque se ha tratado de sublimar hasta el cansancio lo que para nada pretende ser sublimable. En consecuencia, no se ha conseguido liberar la vida, la calidez perenne en la adaptación que Estorino hiciera de Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde.

Como todo buen creador, fabricante de ficciones, Abelardo Estorino se resistió a que su Parece Blanca fuera un simple calco, una reproducción del argumento ideado por Villaverde. Por eso organiza una fábula teatral con una estructura de teatro dentro del teatro, donde se invierte el orden de los sucesos, donde los personajes tratan de explicar el sentido contradictorio de sus existencias, del desenlace trágico de la obra que comienza justamente con la muerte de Leonardo.

La dirección artística no ha captado el espíritu diferente, transgresor estorineano. Increíblemente, opta por una pasividad que ha transpuesto casi literalmente a escena Parece Blanca; y con ello ha mutilado la eficacia de su ejercicio creador. Dado que se trata de una versión infiel de una novela sobre infidelidades[2], de un material teatral en el que necesariamente el artista debe sumergir sus manos; la asimilación reclamaba una relectura más desleal, que agudizara cuestiones latentes en el texto de 1993, como lo son la lucha por la ascensión social o el racismo. Lamentablemente la dirección, como referimos, solo traspone y no transgrede, ni revaloriza. Su voz autoral ha quedado nula, a la sombra del maestro Estorino.

Y lo peligroso en todo esto —aparte del escaso grado de creatividad que representa montar un texto reproduciendo puntos y comas— es que cuando ya ha trascurrido el cuarto de hora, por falta de dinamismo, de algo diferente que nos provoque, se pierde interés por seguir la puesta en escena de Parece Blanca, del dramaturgo Dunieski Jo.

En el texto teatral que Abelardo Estorino comenzara a redactar a principios de los 90, prevalece lo discursivo en términos lingüísticos (la palabra, lo reflexivo, las referencias, las narraciones, caracterizaciones) por sobre la acción, de manera que si un director no busca un equilibrio o refuerza la acción escénica, es lógico que de vez en cuando la fábula teatral parezca no alcanzar el fin. Esto es lo que pasa con la puesta que dirige Jo; la cual parece extenderse porque carece de movimiento, de acción teatral y no está sustentada por un emprendedor sistema de movimientos, acciones físicas, un trabajo con una visualidad que posibilite que lo que se ve y se escucha, gane en atractivo, sea sustancialmente desarrollador del drama.

Otro detalle que afecta el fluir del espectáculo son las largas y previsibles danzas y partes cantadas provenientes de Cecilia Valdés, la zarzuela de Gonzalo Roig; por mucho que se trate de que ayuden a ilustrar o querer totalizar el espectáculo teatral, para nada se articulan de manera orgánica con lo que sucede en escena. Tienen una mera función estética que no reclama la acción teatral, función que podría cambiar si estos elementos danzarios y musicales fueran puntuales, breves.

Asimismo la bien reconocida Compañía de Teatro Lírico “Ernesto Lecuona” ganaría mucho si repensara algunas escenas del nuevo espectáculo que nos presenta. Por ejemplo, cuando Leonardo muere a manos de José Dolores Pimienta, que todo se torna rojo y los personajes quedan congelados, en un cuadro escénico, puede entenderse que este es el gran cierre de la puesta, pero no es así: el efecto se rompe por la simple aparición de unos actores con túnicas blancas y con velas en las manos que entran por los pasillos laterales del teatro Milanés. ¿Qué sentido tiene la entrada de estos intérpretes después que la acción ya ha conseguido el cierre? ¿Acaso es otro mero elemento estético? ¿Para qué agenciar otra isla forzada a la trama escénica? La compañía “Ernesto Lecuona” tiene la tarea de despojar a su nuevo montaje de todo aquello que resulta meramente ornamento superfluo, y apostar por lo que realmente sea útil e imprescindible para la escritura escénica de su partitura teatral.

De igual manera es una pena que la dirección se haya privado de mostrar a toda luz (y solo con un débil cenital) la inmensa carga emotiva, sensual, gestual y dolorosa que albergan y tienen necesidad de expresar en sendos monólogos Rosa, Cecilia, Nemesia e Isabel, víctimas de Leonardo, del potro, como le llaman. Asimismo resulta lamentable que en el espectáculo queden a medias o truncos tanto los juegos sensuales que determinan en cierto sentido el destino de los personajes como lucha contra el tiempo que perennemente los atraviesa.

En cuanto al cuerpo actoral e incluso danzario, se les ve todo el tiempo tensos, buscando la mejor pose, la manera de verse elegantes y no se les ve disfrutar cada instante del espectáculo. Con respecto a la Verbena de la paloma, A mucha honra o El Secreto de Susana, no se les ha visto un cambio sustancial en cuanto a una interpretación más orgánica, acciones y reacciones, transiciones con limpieza y cuidado de los matices de cada frase en relación con su significado. Un fenómeno que se da de manera global en el cuerpo actoral porque no ha sido suficiente el entrenamiento, el perfeccionamiento de la técnica, tanto colectivo como individual. No se trata de intentar actuar, ni sentirse actuando, sino de que todo el cuerpo experimente que actuar es el camino a una necesaria autoexpresión, al disfrute.

Parece Blanca ha demostrado que a la Compañía de Teatro Lírico “Ernesto Lecuona” todavía le queda un amplio camino por recorrer en pos de que sus espectáculos sobrepasen el umbral del estreno por el estreno, del recurso por el recurso. No obstante, sabemos que este prestigioso núcleo pinareño cuenta con suficiente profesionalidad y talento como para sentirse y llegar a ser eminentemente creativo.


Este trabajo es solo un resumen de otro, de igual nombre, más extenso en el que se particularizan algunos detalles de la puesta en escena Parece Blanca, de Dunieski Jo.

Notas:
[1] Estorino, Abelardo (2003) Teatro Escogido. Editorial: Letras Cubanas, La Habana , Cuba
[2] Paratexto que coloca justo debajo del polémico título que da a su obra: Parece Blanca.