Parrandas, habrá gozadera pa’ rato

Mauricio Escuela
28/11/2018
Fotos: Internet
 

Aquella noche nadie lo hubiera pensado, de pronto la risa se trocó en huida, llanto, confusión y una imagen terrible le dio la vuelta al mundo. Las Parrandas de Remedios, ese acontecimiento de masas, ofrecía una apariencia violenta y descontrolada. Medios de prensa y líderes de opinión hablaron de lo que no conocían. El 2017 se paralizó el 24 de diciembre, a las 9 de la noche. La tremenda explosión dejó un saldo de 39 heridos, muchos graves. A casi un año del accidente, se prepara la tradición y el apoyo a la candidatura al título de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Las parrandas surgieron ligadas a la tradición católica de las misas de Navidad, cuando el cura español Francisco Vigil, residente en el barrio de San Salvador de Remedios, organizó a los primeros músicos populares para despertar a los feligreses y que acudieran a la iglesia. La evolución trajo consigo la competencia y la fusión de los ochos barrios remedianos en dos que subsisten hasta hoy, San Salvador (un gallo) y El Carmen (un gavilán). En el 2020 se cumplirá el bicentenario de las fiestas que, en escasísimas ocasiones, se han dejado de dar.

 
 

A pesar de la popularidad de las parrandas dentro y fuera de Cuba, aún se desconocen muchas esencias de dicho fenómeno, las cuales no suelen difundirse en los medios. Son aportes a la cultura de un país, algo más que una fiesta. Teóricos como Fernando Ortiz, Emilio Roig y Ramiro Guerra desentrañaron esas esencias hace ya décadas, pero solo ahora, a raíz de la reciente desgracia, se centra la atención sobre el festejo, incluso algunos desconocedores piden que pare de celebrarse.

Las parrandas expresan la nacionalidad cubana en sus vertientes entremezcladas; el arte popular ha alcanzado el crédito de arte culto en ocasiones, también se trata de una cantera de oficios, músicas, danzas y teatros que convierten el acontecimiento en un evento total. Salidas de la iniciativa del pueblo, incluso financiadas durante la mayor parte de su historia por actores populares, las fiestas constituyen un bastión de resistencia frente a culturas hegemónicas, logrando ejercer su identidad de manera soberana.

Es esa esencia, en diálogo constante con la historia nacional y del mundo, la que convierte a las parrandas en un libro abierto a través del cual se percibe al cubano de diferentes épocas. Trabajos de plaza hubo que narraban la independencia del país, como “¡Viva Cuba libre!” de 1899, del barrio San Salvador, al que le rindieron guardia de honor Máximo Gómez y Carlos Roloff. Otros temas tratados, con originalidad, fueron el centenario del izamiento de la bandera cubana, las guerras mundiales, la Campaña de Alfabetización, los primeros viajes al espacio…

Cuando una manifestación es historia y se nos hace presente a partir del deseo de todo un pueblo, hablamos de las parrandas. Más aún si tenemos en cuenta que, producto de la emigración de los remedianos en la antigua provincia de las Villas, el fenómeno parrandero se extendió en todo el centro-norte de Cuba, lugares donde adoptaron modos diferentes, como las lujosas carrozas del maestro Roberto Prieto en Camajuaní, toda una cinematografía caminante. Por extensión y por intención, las Parrandas de Cuba merecieron en 2013 el título de Patrimonio Cultural de la Nación. Ahora, la UNESCO las incluyó en la lista representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Convencido de que las parrandas son mucho más que esa imagen violenta que ofrecieron los medios internacionales en 2017, Rafael Lara González, metodólogo nacional de Cultura Popular del Ministerio de Cultura, expresó que “según la Convención de Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO (2003), las Declaratorias se realizan para una mayor viabilidad, promulgación y salvaguardia de la expresión, para una mayor sensibilización y respeto a individuos, familias, grupos y comunidades portadoras; sobre todo por parte de los gobiernos locales”.

Sin embargo, el mismo especialista reconoce, en declaraciones a La Jiribilla, que en las parrandas de los años 2013 y 2014 no se logró alcanzar ni la calidad ni el elemento competitivo, quedando Remedios muy insatisfecho precisamente en las fechas en que se estaba declarando a las fiestas como Patrimonio Cultural de la Nación. La clave de los problemas residió en brechas gubernamentales, ya que se contaba con el presupuesto para la celebración con todos los requisitos.

A partir del constante contacto con las comunidades, el equipo de Cultura Popular Tradicional del Ministerio de Cultura notó que en otras ciudades y poblados como Guayos, Chambas, Morón y Camajuaní, la declaratoria ha servido para afirmar el sentido de pertenencia y la responsabilidad de los actores populares y gubernamentales. Aun así, al propio Lara le preocupa la dicotomía entre las políticas económicas y las políticas culturales en no pocos sitios del país.

Con el paso de los años, las parrandas crecieron en dimensión y se encarecieron; de un trabajo de plaza de 50 pies de altura pasaron a los 105 pies; de tres carrocitas se pasó el escenario de lujo, con vestuarios y figuras trabajados con detalle. Por tanto, el viejo mecanismo de apoyo popular (una lata para recoger dinero que se llevaba por las calles a toque de conga) ya no funciona. Las nuevas dimensiones y la crisis económica surgida con el período especial, pondrían la mira sobre los mecanismos para solventar las parrandas, lo cual es el talón de Aquiles hasta hoy.

Foto: Juventud Rebelde
 

Lara asegura que el problema radica en “la no existencia de un marco legal a favor de la salvaguardia de individuos, familias y grupos portadores de la cultura cubana. En la actualidad se muestra una marcada incertidumbre en lo que corresponde a la personalidad jurídica para comercializar y poder llegar a la deseada autogestión de los propios parranderos”. O sea que, aunque la Comisión Nacional de Patrimonio y la Comisión de Patrimonio Inmaterial de la UNESCO reconozcan a las parrandas como elemento primordial de la cultura, aún falta la iniciativa de parte de nuestras leyes para garantizar su existencia.

Eso es una falta grave en un país que defiende sus elementos de identidad y que sabe que la soberanía cultural depende de la prevalencia de esas raíces. Esta carencia de un marco legal convierte a los actores de las fiestas en fantasmas que no tienen respaldo jurídico en casos extremos (por ejemplo, el accidente del año 2017). Por otro lado, donde no hay regulaciones, florecen la improvisación y la segunda economía (contrabando), con el consiguiente enriquecimiento de falsos actores populares. Los gobiernos locales y regionales, a su vez, pudieran desentenderse de sus obligaciones en la salvaguardia del orden y la realización, ante la carencia de una ley concreta.

Como bien se lo propone la Comisión Nacional de Patrimonio, lo ideal es que los agentes populares sufraguen y protagonicen la realización de las parrandas, ingrediente central en el reconocimiento de estas como festejos autónomos. En tal sentido, Lara se pronuncia por un cambio en la naturaleza de las políticas públicas y que se logre ser más endógeno en cuanto a la gobernanza local, permitiendo que se forme una cultura de carácter sostenible que permita la transición hacia esa autonomía.

Lara añade que “no hace mucho, un especialista del Museo de las Parrandas de Remedios manifestaba en su discurso que dicha institución dirigía técnico-metodológicamente estas festividades en la región central de Cuba, como si fuese un instructor de arte con un grupo de danza”. Ante tamaño disparate de parte de una institución, podemos hacernos una idea de cuán lejos están las políticas culturales por alcanzar ese nivel de respeto por lo autónomo y lo popular.

Mientras llega esa autonomía, el Estado cubano tiene el deber constitucional de garantizar la realización de las parrandas no solo en su vertiente cultural, sino, y sobre todo, económica. La transición hacia una fiesta autosustentable debe darse de forma organizada, mediante la implementación de mecanismos legales que eviten fenómenos como la improvisación, los accidentes, los sabotajes, la corrupción, la comisión de otros delitos y, sobre todo, la cancelación de las parrandas.

¿Cómo se logran mejores políticas culturales que conduzcan al modelo deseado? El propio Rafael Lara y su equipo abogan por la creación de espacios sistemáticos hacia el interior del pueblo, donde los protagonistas participen en los procesos de reflexión crítica y aporten sus experiencias. Además, se defiende la idea de la apropiación y puesta en marcha de los discursos de la academia sobre las parrandas, los cuales se quedan siempre en el papel cuando tienen mucho que aportar en materia de promoción y afirmación de identidad.

El papel del turismo como fuente de sustento y divulgación internacional aún es pobre, cuando Remedios se transforma casi en la capital de la cultura cubana a finales de cada año. Sin embargo, no existen sitios oficiales, revistas, plataformas, a través de las cuales los visitantes conozcan las esencias de las fiestas y las respeten, por lo que a veces es inevitable que se tergiversen las mismas. Numerosos reportes de prensa de fines del 2017 colocaban a las parrandas en el plano de un acontecimiento bárbaro, hecho por un pueblo tercermundista; ello alejó a muchos turistas.

No obstante, y como expresión del espíritu de resistencia del parrandero, son numerosos los sitios personales que hablan sobre las fiestas, los blogs, las páginas de Facebook, los chats y grupos de discusión. El fenómeno ha crecido, así, por su propia cuenta, y se llegó a celebrar incluso en comunidades de cubanos que viven en el extranjero.

Foto: El Caimán Barbudo
 

La esencia está conformada, y toca a las actuales generaciones que no sufra descalabros. Ojalá y con la declaración de las parrandas como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, haya mayor conciencia de actores populares y gubernamentales acerca de la trascendencia de las fiestas. Ambas visiones, muchas veces encontradas, deben mirar hacia un rumbo común sin que se impongan lógicas autoritarias ni anárquicas.

Como dijo una vez cierto parrandero agarrado de un gallo o de una globa (símbolo del barrio El Carmen), habrá gozadera pa' rato…, pero ojalá sea con orden y de acuerdo a una norma legal que garantice la calidad y la autonomía.