Poesía de Sergio García Zamora

La Jiribilla
3/11/2020

Sergio García Zamora

(Esperanza, 9 de febrero de 1986)

Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas. Autor de más de una docena de poemarios, entre los que destacan: Resurrección del cisne (Premio Internacional de Poesía Rubén Darío, Fondo Editorial del Instituto Nicaragüense de Cultura, 2016); El frío de vivir (Premio Loewe a la Creación Joven, Visor Libros, 2017; Premio de la Crítica Literaria en Cuba, 2da. edición Editorial Capiro, 2018); Diario del buen recluso (Premio Internacional de Poesía Gabriel Celaya, Editorial Erein, 2018); La canción del crucificado (Premio Internacional de Poesía Blas de Otero de Majadahonda, MACASAR Ediciones, 2018); Los uniformes (Premio Internacional de Poesía Jorge Manrique, Editorial Cálamo, 2019); y Los conspiradores (Premio Internacional de Poesía Juan Alcaide, Editorial Verbum, 2020). Fundador del Grupo Literario La estrella en germen.
 

Sergio García Zamora. Foto: Internet

 

Desde José María Heredia, a principios del siglo XIX, la poesía cubana, con raras excepciones, ha sido el género más feliz de nuestra literatura. Pero cada auténtico poeta ha debido no solo heredar, sino reinventar la poesía. Tuve esto muy presente cuando empecé a familiarizarme con la poesía de Sergio García Zamora. Su precocidad fue pasmosa. En plena adolescencia produjo una obra firme, y siendo aún joven puede y debe decirse que es uno de los mejores poetas vivos de la Isla. Hace años afirmé esto de Raúl Hernández Novás, y el tiempo no me desmintió. Sobre todo los poemas en prosa de Sergio, además, revelan una cultura sólida, una convivencia entrañable con faenas artísticas variadas que asume (¿recrea?) desde lo hondo. Llama la atención que suela obtener en Cuba todos los premios a que aspira. Ello habla bien de nuestra siempre complicada República de las Letras. A Sergio le queda mucho por andar, pero con lo que ya ha logrado puede sentirse satisfecho, como nos sentimos sus agradecidos lectores.

Roberto Fernández Retamar

El despliegue de recursos de Sergio García Zamora para negarse a la servidumbre del espejo es amplio y muchas veces sorpresivo. Es la suya una rebelión de la imagen que tiene una tradición rupturista en otros poetas de su país como Lezama, como Jamís, como Nogueras, Baquero, Piñera o Alcides. Su poética me resulta centrada en aquello que pedía Jean Cocteau para negar la imagen seriada, para huir de algo que se ha vuelto reiterado y cansino en mucha de la poesía actual: “los espejos harían bien en reflexionar antes de devolver las imágenes”. Con esto quiero sobre todo señalar la particular voz de este poeta, la sabiduría con la que mezcla y macera en su marmita los más variados recursos de una poética que crea atmósferas, que cuenta historias y dibuja o pinta con palabras cuadros que distan mucho de ser de costumbres.

Juan Manuel Roca

 

Foto: EFE
 

Poema a mi padre

MEJOR VOY ESCRIBIENDO el poema de tu muerte, que deberá ser rápida como yegua de carreras, porque odias molestar a la familia los domingos. Pero será domingo, un domingo de pueblo a media tarde, cuando da la sombra en el patio de la iglesia, el patio de piedra y musgo, donde el jardinero y yo jugamos nuestro ajedrez sobre un banco. Mi mujer vendrá con la noticia. Qué final de torres y caballos. Pensar que entonces iba ganando. Digo que mejor voy escribiendo el poema de tu muerte, para no decir que mejor voy escribiendo el poema de mi dolor por tu muerte, porque no quiero mi dolor en una página, no quiero embridar ese potro. Todos esperan que el dolor de un poeta sea más hondo, sea más bello, sea distinto. Pero el dolor de un poeta es un potro entre mil potros, y nadie lo ha visto. Un potro entre mil potros que siguen al semental, al corcel atroz que llaman el dolor del mundo. Perdona, padre, mi entusiasmo, tú que no entiendes de caballos, y yo que temo a sus patadas y mordidas. Otras son tus herramientas y tu oficio. Mejor vuelvo al poema de tu muerte, ¿de qué fue por fin que te moriste? ¿De cáncer en la garganta por tragar alcohol? ¿De cáncer en la garganta por tragar polvo? ¿De cáncer en el estómago por tragar alcohol y polvo? ¿De caerte borracho de un andamio? ¿De caerte borracho de un andamio y al abrirte solo encontrar polvo, polvo húmedo de linfa y sangre, polvo hecho víscera, argamasa? Mira en lo que termina esto la única vez que tu muerte me preocupa. Mi hermano pide que no escriba, que un poema puede resultar profético, que solo yo pagaré la culpa si el viejo se nos muere. Pero tú, padre mío, en verdad me entiendes: digo que mejor voy escribiendo el poema de tu muerte porque ya escribí el poema de tu vida. Y antes de bajar de la palabra que es mi cabalgadura, y antes de que por mi palabra mueras, yo poeta por mi palabra te concedo: que no falten el pan ni la risa en tu mesa; que no falten el amor de tus mujeres ni el amor de tus amigos; que no mueran primero tus hijos. Todas esas cosas con que sueña un albañil.

 

Poema a la soledad de mi madre

Viendo la soledad de mi madre vi el rostro venidero de mi propia soledad. Tomaré el próximo tren y viajaré sin aviso. Qué clase de hijo sería, qué clase de hombre sería si después de escribir este poema olvidara ir a visitarla. Quiero grabar su gesto cuando me descubra en el umbral. Quiero grabar su gesto cuando me desconozca; cuando busque en mí al otro, al que era su muchacho. Siento nostalgia por ese encuentro que aún no ha sucedido. Ella preguntará cuánto tiempo ha pasado como si nada supiera, como si en realidad nada supiera. Ante la soledad de mi madre, ¿qué puedo justificar? ¿Volverme un escolar ante el maestro gravísimo? ¿Decir: Estuve enfermo, terriblemente enfermo? Pero la soledad de mi madre nunca pide explicaciones. La soledad de mi madre me acaricia el rostro como se acaricia el rostro de alguien que uno sabe para siempre perdido.

 

Palabras del Hijo del Hombre

Padre mío René Magritte, me he puesto el bombín y la corbata roja como mejor conviene al Hijo del Hombre. Estoy parado frente a la eternidad que son los otros. Estoy parado frente a la eternidad con mi absurda eternidad. Nadie sabe si voy o vengo de la oficina. Nadie sabe el lugar que ocupo entre los miles de empleados con bombín y corbata roja. Pero llevo ante mi rostro una fruta. Esa fruta vale más que la aureola de los santos. Pasarán los soles, pasarán las lunas, y ella permanecerá intacta. Padre mío René Magritte, me he arreglado para ir al Calvario como mejor conviene al Hijo del Hombre. Al Hijo del Hombre lo crucifican un viernes y resucita al tercer día. El Hijo del Hombre resucita los domingos porque el lunes, el lunes hay que trabajar.

 

La usura

Uno empeña las palabras por el miserable dinero editorial creyendo que las recobrará algún día, pero la deuda crece sin remedio. Uno pide a Ezra Pound un préstamo hasta que logre hacer fortuna y poseer un verso propio, un verso respaldado en oro, una línea como el hilo de los billetes que prueba su autenticidad. Ezra Pound, partidario de Mussolini, acusado de alta traición, te dice: “Con usura no tiene el hombre casa de buena piedra”. Pero tú le replicas: sin usura no tiene el hombre casa de mala piedra ni casa alguna. Ezra Pound, viejo zorro, ojalá te pudras en el manicomio, acusado de inhumano con tus poemas llenos de humanidad. Uno empeña las palabras por el miserable dinero editorial y es toda la traición que comete.

 

Tren a occidente

Un tren fantasma (fantasmal) recorre Europa. El tío Marx se pone su gorra de maquinista mientras el tío Engels alimenta la caldera. Un día subí al tren (muchacho de pueblo que yo era) porque quería tocar la campana. Pregunté: ¿el tren es tuyo, tío Marx? ¿O el tren es tuyo, tío Engels? Pero ellos se rieron con sus barbas espléndidas. El tío Marx se quitó la gorra y me la puso, mientras el tío Engels lanzó otra palada de carbón y me palmeó el hombro. Si ustedes no son los dueños, insistí, ¿en cuál vagón viajan los dueños del tren? Pero resultaba obvio tras la mueca que me hicieron: los dueños del tren jamás viajan en el tren por miedo a que el tren se descarrile. Mejor ser los dueños de un tren descarrilado que los muertos de un tren descarrilado. Creí que lo más prudente era tocar la campana y bajarme. Un tren ajeno es un peligro cuando se toma por un tren propio. Cuando ya habíamos recorrido suficientes vidas, pregunté: tío Marx, tío Engels, ¿hacia dónde va el tren? Entonces ellos me miraron serios, es decir, teóricos. En ese momento el tren se adentró en un túnel que todavía dura. Si aún no me bajo es porque quiero que me respondan cara a cara.

 

Los conspiradores

I

Están en un café o en un teatro.

Fuman en la terraza blanca de un hotel. Fuman en los cuartos para estudiantes. Acaban de entrar apurados al metro. Acaban de salir más apurados del metro. Están en las plazas de cualquier ciudad y en las ciudades de cualquier país. Tienen los mismos oficios que el resto de los hombres.

Cuando alguno se entrega al mundo, otro lo sustituye allá en la sombra.

Los periodistas les preguntan con el afán de los torturadores:

¿Qué es la Poesía?

Entonces sonríen como los torturados. Entonces se limpian la sangre de la boca antes de responder lo mismo:

Que nunca han visto el Rostro ni los rostros. Que ignoran los nombres de quienes marchan con ellos. Que no conocen la naturaleza de su causa. Que olvidaron su causa y por qué la siguen. Pero, sobre todo:

Que jamás podrán dejar de seguirla.

 

II

El que escribe y el que lee conspiran.

¿A favor de quiénes conspiran? ¿En contra de quiénes conspiran? Hijos de conspiradores y padres de conspiradores, nunca han dejado de conspirar. Hay hermanos en el mundo que no han visto; hermanos que hablan otras lenguas y en otras lenguas cifran la conjura. El Espíritu habla todos y por todos los idiomas. El que escribe y el que lee han sobrevivido

al encarcelamiento,

a la desaparición forzada,

a los trabajos forzados,

a la tortura,

a la horca,

a la guillotina,

a los campos de concentración,

a las cámaras de gas,

al bombardeo de las ciudades,

a la quema de libros y de autores,

al exilio.

Los conspiradores han sobrevivido porque es inmortal la conspiración. Dueños del secreto sobreviven en el secreto. Se les ve demasiado tristes y demasiado alegres. Los acusan de sectarios. Los acusan de fundar escuelas, movimientos y cenáculos.

Los críticos y los amigos los delatan, pero nadie le cree a un falso delator.

 

III

Cuando los conspiradores sobresalen, cuando llegan a capitán de capitanes, y no simples cabecillas, son apresados y apreciados por las casas editoriales y los claustros profesorales, son entregados a la Academia para ser juzgados por la Academia.

Siempre los hallan culpables de todos los cargos. Lo escrito y lo leído resulta la mejor prueba de sus crímenes. Lo que han escrito y lo que han leído resulta el único crimen.

La Academia condena a unos al ostracismo, los excomulga, los niega.

La Academia condena a otros a ser miembros de la Academia, a ser cardenales y ministros de la Academia, a ser servidumbre de la Academia. Los unos y los otros quedan felices con sus condenas, porque la condena de la Academia es un premio, es el premio, es un título invaluable y una gracia divina.

La Academia está llena de conspiradores que olvidaron hacer la revolución.

 

El agua, la lengua

I

El agua es muda. Tu lengua es muda. La lengua del agua y tu lengua están mojadas. Las palabras nadan, se sumergen: viven en lo profundo. Pon el agua a hervir y saca la lengua al sol. Oirás cómo la primera bulle, borbotea su secreto, dice sus palabras de agua. Oirás cómo en la segunda las palabras boquean, se retuercen, se asfixian igual a peces en el desierto, dicen sus preguntas de tonto. Han pasado la prueba. El agua se enfría, la lengua se guarda. Al mediodía se unen contra la sed del silencio y contra el silencio de la sed.

 

II

Desde el puente apedreas tu sombra en el agua como un necio. La sombra siempre a flote. Las piedras se agotan. El brazo se cansa. Los proyectiles atraviesan el cuerpo de la perniciosa sin hundirla. Vete y acepta tu derrota. O lánzate como piedra de molino, último guijarro. Lánzate para ahogarla. Un necio es necio hasta que ahoga su sombra.

 

III

Allá abajo el torrente: las palabras. Música para el limpio y ruido para el tonto. Asomado niño con miedo de niño, quién te dejó en el borde de ti mismo que da vértigo mirar tu fondo, la oscuridad balbuceante que te reclama, la lengua de demonio vaporosa y fría, rota contra las peñas rotas. Saltar, atreverse, lanzarse a las aguas. Desmadrarse por buscar una madre: la lengua adentro de tu lengua, el río pendiente entre dos pendientes. Todos somos huérfanos contra el vacío; el aire nos reta y se ríe como un huérfano se ríe de otro. Aquí en lo alto hay más desesperanza. Quieren volver a lo profundo los que ya son lo profundo. Pero el camino está más arriba, más arriba. La poesía es andar sobre el abismo.

 

Poemas de Sergio García Zamora en su voz