Por esta libertad

José Ernesto Nováez Guerrero
4/12/2020

En Cuba vivimos en los últimos días inmersos en un complejo proceso político e ideológico. En este se combinan intereses, preocupaciones y aspiraciones legítimas de determinados sectores de la población con actores espúreos, implicados estos en una operación de desgaste y deslegitimación simbólica de la institucionalidad establecida, en un intento de, por todos los medios, imponer su agenda.

A la heterogénea concentración en la puerta del Ministerio de Cultura la noche del 27 de noviembre, la han seguido una serie de pactos, fracturas, deslindes y posiciones vacilantes, como es normal que ocurra en los momentos en que la polarización ideológica alcanza sus picos. En la movida más reciente, una treintena de individuos de procedencia y formación diversa, agrupados en un grupo autodenominado 27N, han pretendido abrogarse todo el derecho de diálogo con el Ministerio de Cultura y hacerlo, además, en representación de las alrededor de 300 personas, más o menos, que acudieron a la concentración.

“(…)por esta libertad, no otra más vaga o menos precisa, sino esta, donde estamos estrechamente atados a la firme y dulce entraña del pueblo, tenemos que darlo todo”. Foto: Tomada de Trabajadores

En un último comunicado, ya rotos los puentes de diálogo, este grupo explicita que su reclamo ya no son conquistas de naturaleza cultural, sino que aspiran a la libertad política.

¿Qué entender cuando individuos que ya de por sí han fracturado el diálogo (lo fracturaron con el heterogéneo grupo que se reunió frente al ministerio cuando pretendieron, inconsultamente, convertir sus reclamos específicos en los reclamos de todos y lo fracturaron con el Ministerio cuando, desconociendo al ministro como interlocutor, exigieron la presencia del presidente de la República) hablan de libertad política?

La libertad, decía Hegel, es la conciencia de la necesidad. La libertad no existe en abstracto, porque el hombre que la ejerce no existe en abstracto. Al estar inmerso en determinadas relaciones sociales y sujeto a leyes, sociales y naturales, la libertad del hombre siempre tiene límites. Conocer estos límites le permite valerse del margen de libertad real del que dispone a su antojo. Ser verdaderamente libre, para decirlo con otras palabras, implica conocer los límites reales de la libertad

La libertad, en abstracto, es un ariete contra el que no se resiste ningún proyecto social. Fue una de las armas formidables con la que el pueblo francés rindió la Bastilla, para acabar descubriendo con asombro que, cuando los ideólogos burgueses decían “libertad”, se referían al derecho de los dueños a vivir de los trabajadores.

La consigna de “Libertad, igualdad y fraternidad” de la Gran Revolución Francesa, implica la libertad, igualdad y fraternidad de los burgueses en contra de los obreros. Es el reconocimiento de derecho de una realidad que, de hecho, es profundamente desigual y reduce al hombre a nuevas formas de esclavitud. Un movimiento o grupo que pretenda maximizar el contenido de su mensaje sin comprometerse a nada, apelará siempre a estas nociones abstractas.

Cuando se pide libertad política se parte, de forma implícita, de su no existencia. Cuando este grupo autodenominado 27N reclama libertad política la entienden como pluripartidismo, economía de mercado y liberalismo. Sus reclamos no solo exceden el supuesto cariz sociocultural que tenían las demandas iniciales, sino que vulneran la libertad de los millones de cubanos que, por abrumadora mayoría, votaron la nueva Constitución de la República en el año 2019.

El objetivo de un reclamo tan vago y general es conectar con la mayor cantidad de sectores posibles. Su apuesta es que, en medio de las penurias de una crisis económica provocada por la COVID-19 y el bloqueo recrudecido, el agobio popular se canalice por un reclamo de libertad tan general que no promete nada. Es la misma estrategia que llevó a Mauricio Macri al poder en el año 2015, cuando prometió un cambio, en abstracto, que resultó en la práctica vender y endeudar la Argentina.

Lo ocurrido en los últimos días demuestra cuánto se ha desfasado la institucionalidad en relación con una parte de la sociedad cubana contemporánea. Debemos reaprender a dialogar en una forma nueva y cambiar, como pedía Fidel, todo lo que debe ser cambiado. No podemos pretender seguir haciendo lo mismo y obtener resultados diferentes. Pero en los cambios que es preciso, como pueblo y país, emprender no debemos dejarnos embaucar. Contra las nociones burguesas y oportunistas, debemos siempre oponer un proyecto soberano de país; contra los cantos de sirena del oportunismo liberal y sus conceptos abstractos, las conquistas sociales y los reclamos reales de un socialismo que, como dijera Galeano, no ha sido lo que ha querido sino lo que ha podido y que, a pesar de todos los errores, sigue representando un proyecto mejor para el ser humano. Y es que, por esta libertad, no otra más vaga o menos precisa, sino esta, donde estamos estrechamente atados a la firme y dulce entraña del pueblo, tenemos que darlo todo.