Por La Habana…

Paquita Armas Fonseca
23/9/2019

En 1977 me mudé a La Habana. Ya conocía la ciudad, había venido en otras oportunidades.
Pero en enero de aquel año me propuse su conquista. Tomaba ómnibus y hacía los recorridos completos.
Así caminé…
el malecón.

Supongo que no haría el calor de este verano del 2019. Sé que empecé mi recorrido cerca del 1830, restaurante que luego visitaría con frecuencia. Está metido en el mar, y en días de oleaje, el ruido adereza la comida, generalmente buena.

Caminé por la acera despacio y se me metió el Caribe por los ojos. Fui parando por tramos. Después supe que la construcción del Malecón comenzó al revés en 1819 —tiene dos siglos ya—, cuando se inició en ensanche extramuros y se llamó aquel pedazo Avenida del Golfo.

Desde su nacimiento, el Malecón fue mucho más que una franja para detener el mar a la orilla de la ciudad.
Foto: Internet

La historia de la vía marítima más famosa de Cuba se fue escribiendo por partes. Desde donde hoy está el Parque Maceo hasta el río Almendares se extendía el Monte Vedado, que con el ferrocarril de 1859 dio lugar a los barrios El Carmelo y Vedado, que exigían un parapeto frente al mar.

Las autoridades españolas encargaron el proyecto a don Francisco de Albear, “el más grande ingeniero cubano de la época”, constructor del acueducto que lleva su nombre y aún funciona. Pero los que debían no quisieron desembolsar los 850 mil pesos necesarios y comenzó una historia de posposiciones, hasta que en la primera mitad del siglo XX se terminara una obra que alguien con vis cómica calificó como “el banco más largo del mundo”.

Construcción del muro del malecón habanero. Foto: Internet

La razón constructiva del muro, que debió ser más alto según algunos especialistas, fue detener al mar a la orilla de la ciudad. Pero desde su nacimiento, el muro, que luego sería borde de una avenida de seis vías, fue mucho más que mera franja de contención.

A lo largo nacieron emblemáticas construcciones: el Castillo de la Real Fuerza de La Habana, el Castillo de San Salvador de la Punta, el Torreón de San Lázaro, la entrada al Túnel de La Habana, el Hotel Nacional de Cuba y el Torreón de la Chorrera. Y también hubo venerables monumentos, que para preservarlos del salitre y las inundaciones fueron trasladados a otros lugares.

Foto: Roberto Ruiz

La larga y sinuosa vía fue testigo de kilométricas marchas del pueblo combatiente y también de las que se realizaron porque devolvieran al niño Elián González, entre otras concentraciones protagonizadas especialmente por la juventud.

Y la historia escrita con cemento y actos patrióticos, llamativa en verdad, se nutre de otra bordada por millones de personas que han tenido en el Malecón recuerdos cincelados que van desde el placer de recordar el primer pez que insertaron en un anzuelo o bailar hasta el cansancio en unos carnavales, luego de ver el paseo de bellas carrozas llenas de música.

Foto: Ismael Francisco. Tomada de Cubadebate

Porque el Malecón es un punto de encuentro de decenas de pescadores todos los días, que compiten entre ellos o comparten sus saberes con los profanos que se acercan. El muro sirve también para la guitarra y el canto de trovadores hasta el amanecer, con melodías de ayer y de hoy.

El Malecón es todo lo anterior y falta, ¡cómo no! el romance maleconero, desde miradas que se cruzan, diálogos, poemas, hasta besos, caricias, que tienen el encanto de disfrutarse lamidos por gotas del mar y arrullados por la ciudad. Estar en La Habana (enamorado o no) y prescindir de ese cruce de vientos y energías, es pasar y no estar en la ciudad que nos cumple 500 años.

Foto: Fernando Medina Fernández / Tomado de Cubahora