¿Puede compararse Chernóbil con Hiroshima y Nagasaki?


1/8/2019

I

Una de las características nuevas del imperialismo es su hegemonía, es decir, su capacidad política real de gobernar por las buenas, como si ya no le hiciesen falta los métodos represivos. Pero ¿acaso se acabó la dictadura? ¿En qué consiste la hegemonía? ¿Cómo la logra?

Gramsci introdujo una enmienda en el concepto marxista de Estado: para él, no hay dictadura sin hegemonía.
Fotos: Internet

 

En el concepto marxista clásico, el Estado burgués es una maquinaria de represión de la clase dominante sobre otras clases. Dicha maquinaria comprende el ejército, la policía, la burocracia, los jueces, el gobierno e incluso el clero. Todo mecanismo de represión de la clase que ejerce el poder es el Estado, la dictadura de la clase dominante.

La clase que ejerce la dictadura es la misma que disfruta la democracia, lo que convierte en falacia este último concepto (democracia = “poder del pueblo”), a  no ser que el pueblo coincida realmente con la clase dominante. Por definición, en los regímenes basados en la explotación de esclavos, campesinos u obreros, no puede haber democracia porque el poder está en manos de clases minoritarias (esclavistas, príncipes feudales, capitalistas), que poco o nada tienen que ver con el pueblo, una vez instaladas en el poder.

Pero también es cierto que una clase no se mantiene en el poder sin compromisos con otras. Por eso Gramsci introdujo una enmienda en el concepto marxista de Estado: para él, no hay dictadura sin hegemonía. La clase dominante ejerce la dictadura sobre las clases y sectores sociales que considera enemigos, pero a su vez ejerce la hegemonía sobre  las clases y sectores que identifica como aliados. A aquellos los reprime, a estos los beneficia. Represión y consenso.

El concepto de Estado de Gramsci incluye el de Marx, pero no se reduce a él. El Estado burgués, entendido como contradicción entre la dictadura y la hegemonía, es un concepto dialéctico que nos permite entender la dinámica de los conflictos y las alianzas políticas, así como la vitalidad o la crisis de dicha institución.

II

La teoría de Gramsci fue elaborada en pleno imperialismo, por eso cuando habla de hegemonía se refiere a las clases y sectores beneficiados realmente por el poder burgués.

Sin embargo, en las condiciones del neoimperialismo, es decir, después de la Segunda Guerra Mundial, los centros de poder han descubierto el mecanismo que les permite imponer sus ideas proponiéndolas. Valiéndose del empirismo comunicativo, los  monopolios de la información fabrican la hegemonía del capital. No se trata exactamente de la hegemonía que hablaba Gramsci, que constituye un consenso natural entre la clase dominante y sus aliados; se trata de una hegemonía fabricada, artificial, en la que el consenso procapitalista se extiende a aquellos que son explotados por el capital. El neoimperialismo consigue ampliar el consenso político a su favor, en la medida en que ejerce la hegemonía también sobre las clases y sectores que explota. Esto hace pensar que se ha vuelto más hegemónico que dictatorial, y esta falta de percepción de riesgo puede ser peligrosa.

Para ser hegemónico, el neoimperialismo necesita recontar la historia. Le interesa sobre todo la del siglo XX, a partir de la Segunda Guerra Mundial, que marca aproximadamente su nacimiento. Esta tendencia no es nueva ni mucho menos: cada imperio ha filtrado la historia de la humanidad a través de sus intereses y vomitado una nueva versión, a su imagen y semejanza. Es la ley. Lo nuevo es que antes esta versión se imponía sin tapujos, ahora se propone de manera inteligente.

Desde hace años, se advierte un interés marcado en las series norteamericanas dedicadas a cubrir la última contienda mundial por desacreditar a la URSS y ensalzar a los EE.UU. Tal vez el único que en este sentido le ha hecho justicia a ambas partes ha sido Oliver Stone, con su serie La historia no contada de los Estados Unidos, que es una de las mejor balanceadas que conozco.

La historia no contada de los Estados Unidos.

III

La miniserie Chernóbil (2019), coproducida por la HBO (EE.UU.) y Sky (GB), es un paradigma de cómo se fabrica la hegemonía capitalista. Los monopolios de la información exportan sus ideas a través de la comunicación y penetran nuestros sentidos. Sus mensajes son caballos de Troya en la intimidad de nuestros cerebros, como dice Ramonet. Sutilmente, nos sugieren qué ver y cómo entenderlo. Cada serie histórica es un iceberg, que oculta más de lo que muestra. Y es preciso enfrentarse a ella, no solo con el candor del espectador que se deja embelesar por los recursos artísticos hábilmente manejados, sino con la capacidad crítica de quien sabe discernir entre lo que se dice y lo que en verdad se quiere decir.

La miniserie Chernóbil es un paradigma de cómo se fabrica la hegemonía capitalista.
 

En Chernóbil, la ficción se transforma en documental, la ideología en arte, la historia en cuento, cosa que no está mal, si se trata de crear un producto valioso; pero lo criticable es que todo esto se hace, probablemente, con la intención nada inocente de convertir el accidente en genocidio.

1. La ficción se vuelve documental. Lo primero que se busca en este tipo de serie es la legitimidad. Por eso se trata de que la ficción se parezca al documental. Así resulta más creíble y se simula objetividad. ¿Cómo se logra en este caso?: insertando fragmentos de documentos históricos, como son grabaciones de voz del momento del accidente o noticieros de televisión de 1986. La escenografía y la ambientación cuidadosas —como es el caso— también ayudan a hacer creíble la serie. Es la verdad en función de la mentira. Salpicar la mancha con luz para que parezca Sol.

2. La ideología se convierte en arte. Lo segundo es tratar que la “verdad histórica” cumpla con las reglas de la belleza. Por eso el interés de clase se moldea hasta que parezca un mensaje de valor universal, atractivo para todos. Esto no es nuevo.

La película Casablanca (1942) explicó de manera subliminal a los norteamericanos cuál era la posición de los Estados Unidos en la Guerra Mundial. Rick Blaine (Humphrey Bogart) es un norteamericano que, aunque fue un luchador por la libertad, ahora solo está interesado en el negocio. Antes fue romántico, ahora es un cínico. Dueño de un local nocturno en Casablanca (Marruecos), resuelve ilegalmente salvoconductos para escapar a los Estados Unidos. Un miembro de la resistencia checa y su novia solicitan de él este último servicio, pues andan huyendo de los nazis. Rick se sorprende al ver que la novia del checo, Ilsa (Ingrid Bergman), es su exnovia, la que lo abandonó en París, y por supuesto duda en ayudarlos. Sin embargo, al final, cuando comprende lo sucedido, él, el exluchador devenido negociante, actúa como un idealista y termina ayudándolos a escapar. El cínico es en verdad un romántico. ¿Existe un modo mejor de personificar la imagen de los EE.UU. de 1942?

Casablanca explicó de manera subliminal a los norteamericanos cuál era la posición
de los Estados Unidos en la Guerra Mundial.

 

El cine y las series de televisión pueden contar la historia de un modo más efectivo que los libros. ¿Por qué? Porque el gran público sigue más la imagen que la palabra. La historia del siglo XIX norteamericano, por ejemplo, suele apreciarse mejor a través de las fotografías que de los textos.

En el primer capítulo de la miniserie Chernóbil, hay una escena en la que las autoridades locales se reúnen con los máximos ejecutivos de la Central Electronuclear. Fuera de la mesa, como quien participa sin voto pero con voz, se sienta un anciano de traje negro y bastón. Cuando uno de los presentes cuestiona la información que dan los ejecutivos, se ve la mano del anciano dando golpes en el piso con el bastón y se escucha su voz grave dictando un discurso opresivo. La escena es casi idéntica a una del filme El nombre de la rosa, en la que el anciano y ciego bibliotecario, Jorge de Burgos, máximo responsable de los crímenes que tienen lugar en la abadía benedictina, intenta frenar las pesquisas de Guillermo de Baskerville. ¿Casualidad?

En el quinto capítulo, cuando ya nos hemos identificado con el valor del científico Valeri Legásov, quien al precio de su vida revela en el juicio el defecto ocultado durante años por el Estado soviético sobre los reactores nucleares RBKM, el director del KGB le dice, para disminuir su valía: Tú también eres uno de nosotros porque, para congraciarte con la policía secreta, obstaculizaste el ascenso de científicos judíos. Así, de golpe, el héroe de la  miniserie se suma al listado de villanos. Nadie queda a salvo de la culpa y la mentira. ¿Cómo perciben este mensaje los judíos norteamericanos o cualquier persona honesta?

3. La historia se transforma en cuento. En una época en la que pululan las series de más de cien capítulos, Chernóbil está compuesta por solo cinco. Es compacta. Se sabe que a los jóvenes los temas históricos les aburren. ¿Cómo puede una serie de carácter histórico como Chernóbil competir con una atractiva serie de ficción como Juego de tronos (más de 70 capítulos)? Siendo más breve. La historia se asimila mejor como novela que como libro escolar e impacta más como cuento que como novela. Lo histórico, como ficción breve, es más efectivo. La historia es como la flecha, que viaja más con plumas en la cola y penetra mejor si la punta es fina.

4. El accidente se disfraza de genocidio. La legitimidad de la ficción que parece documental, la belleza de la ideología artísticamente construida y la brevedad de la historia traducida en cuento, están en función, aparentemente, de revelar una mentira y un crimen pero, en verdad, pretenden minimizar y ocultar un crimen y una mentira mayores: en agosto de 2019 se cumplirán 74 años del lanzamiento de las bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Y es saludable no admitir que se compare un hecho como este con lo que sucedió en Ucrania en 1986.

IV

El gobierno de los EE.UU. carga con la responsabilidad histórica de haber sido el único que ha lanzado bombas atómicas contra poblaciones indefensas. Ni siquiera sumando las víctimas mortales de todos los asesinos en serie de la historia se puede igualar el récord monstruoso del presidente Harry Truman, quien asesinó, en un par de días, entre 150 000 y 220 000 personas, en su gran mayoría civiles. Tal genocidio fue injustificado entonces y sigue siendo injustificable hoy. Incluso el alto mando nipón reconoció, en aquel momento, que el puntillazo a Japón no se lo dieron las bombas atómicas sino la ofensiva soviética por Manchuria, que privó al ejército japonés de su base económica. El arma atómica fue lanzada contra un país derrotado, aunque todavía no rendido formalmente, con el objetivo de que resonara en la mente de la dirigencia soviética como una advertencia. La URSS había emergido de la Segunda Guerra Mundial destruida, pero con un prestigio internacional inmenso derivado de su sacrificio incomparable (27 millones de muertos de los 50 que costó la guerra).

 El gobierno de los EE.UU. carga con la responsabilidad histórica de haber sido el único
que ha lanzado bombas atómicas contra poblaciones indefensas.

 

La Segunda Guerra Mundial terminó, en Europa, en mayo de 1945; las bombas atómicas fueron lanzadas, en Japón, en agosto. ¡Tres meses después! Supuestamente fueron lanzadas contra objetivos militares y el resto fueron daños colaterales. Pero la verdad no es esa. La primera bomba cayó en Hiroshima el 6 de agosto de 1945; la segunda, el 9 en Nagasaki. La primera causó entre 90 000 y 140 000 muertes; la segunda, entre 60 000 y 80 000. La  primera mató a 3000 militares (menos del 3,5 %); la segunda, a 250 (menos del 0,5 %). En Hiroshima el “daño colateral”, es decir, la cantidad de civiles asesinados, fue de más del 96,5 %; mientras que en Nagasaki fue de más del 99,5 %. De mayo a diciembre de 1945, en ocho meses, la cifra total de muertos ascendió a 360 000, sin contar la terrible secuela genética. En ningún caso el porciento de militares fallecidos llegó al 4 % y el de civiles no bajó del 96 %, lo que convierte al “daño colateral” en principal. Se trata, evidentemente, de un genocidio intencional que no debe borrarse de la memoria y que no puede equipararse con nada.

De mayo a diciembre de 1945, la cifra total de muertos ascendió a 360 000.
 

El accidente ocurrido en Chernóbil el 26 de abril de 1986 tuvo un saldo, según la Organización Internacional de la Energía Atómica, de 31 muertes directas y 4 000 derivadas. Sin embargo, la miniserie anglo-norteamericana habla de 93 000. ¿De dónde proviene el dato: de la realidad o de la ideología que dicta satanizar todo lo que huela a comunismo?

El accidente de Chernóbil no puede convertirse en genocidio como tampoco el genocidio de Hiroshima y Nagasaki puede convertirse en accidente. La intencionalidad y la mayor cantidad de víctimas están del lado norteamericano, no del soviético. La explosión en la Central ucraniana fue motivada por un error humano y causada por la negligencia estatal; el bombardeo atómico de las ciudades japonesas fue autorizado por el Presidente de los Estados Unidos y ejecutado por los B-29 del ejército norteamericano. ¡En  siete meses, las bombas atómicas provocaron noventa (90) veces más muertes que Chernóbil, en años: 360 000 contra algo más de 4000!

V

Estos son los hechos puestos en su perspectiva histórica. Sin embargo, después de ver la serie, uno se queda con un mensaje subliminal: los norteamericanos han cometido crímenes y mentido a la opinión pública mundial, pero los soviéticos (i.e. los rusos) son iguales o incluso peores.

Así se construye la hegemonía: demostrando que los buenos hacen cosas malas (mienten al pueblo que juran defender) y que los malos hacen cosas buenas (revelan las mentiras de los buenos). El neoimperialismo insiste en ver la paja en el ojo ajeno para disimular la viga que lleva en el propio. De este modo aquellos que no pertenecen al bloque privilegiado se tragan su píldora ideológica, y transitan de la certeza a la duda y de la duda al desencanto. El caballo de Troya insertado en nuestra mente la toma por sorpresa. La dictadura no desaparece, se disfraza de hegemonía. No hay que confundir el grillete con un collar. El neoimperialismo es el opio de los pueblos.

A pesar de todo, sigue habiendo más verdad en Pravda que  en Truman.