“¿Qué hacer?”, Lenin, un legado sin absolutos

Isabel Monal
23/4/2020
Cartel de Daysi García, 1988, Editora Política.
 

A Mella le debemos el habernos indicado la primera pista esencial para iniciar el camino. Nuestro primer gran marxista ―a quien considero integrante de ese restringido grupo del marxismo fundacional latinoamericano― supo descubrir y anticipar desde la década del veinte que para nosotros en el continente se trataba de hacer lo que Lenin hiciera en su momento, en realidad solo unos pocos años antes de su propia acción revolucionaria teórica y práctica en Cuba. Pero incitar a obrar como lo hiciera el guía de la Revolución de Octubre significaba exactamente lo contrario de la copia o la repetición escolástica. Hacer lo que Lenin había hecho consistía precisamente en comprender las condiciones propias y específicas de esta otra parte del mundo, la presencia dominadora del imperialismo norteamericano, lo lejos que estábamos de parecernos al imperio de la Rusia zarista. Se trataba de interpretar correctamente lo que era diverso de Rusia y de la Europa de Marx y Engels, a la vez que se sabía incorporar, sin reformismos ni estériles dogmas, la ciencia y la concepción elaborada por sus fundadores.

El marxismo, no queda más remedio que repetirlo, es una concepción permanentemente inacabada; esta tesis es esencial para comprender, siempre que nos preguntemos “¿Qué hacer?”, que resulta imprescindible responder con amplitud de miras, y partir del hecho irrevocable de que las condiciones socio-económicas, políticas, espirituales y de costumbres y tradiciones se modifican según las latitudes y el devenir histórico, y ser marxista y leninista en estos tiempos implica diseñar de manera científica y creadora la lucha revolucionaria por la emancipación integral. Así el marxismo y el leninismo deben ser adecuados, adaptados y enriquecidos, e imaginar, asimismo, cómo aplicarlo a otras circunstancias y otras latitudes. Y eso fue exactamente lo que hizo a lo largo de su vida ese otro gran líder revolucionario del siglo XX ―y también del XXI― que supo qué hacer para llegar al triunfo del 59. Y de los muchos legados que Fidel dejara, está esa inmensa idea sobre la diversidad de los procesos revolucionarios la cual, incomprensiblemente, no ha sido debidamente resaltada; precisamente un planteamiento de importancia esencial que despeja en gran medida el descubrimiento y la comprensión del camino. Nuestro Comandante llamaba la atención en sus últimos años sobre como no solo el objetivo o la meta eran alternativos, sino que el proceso para llegar a él era también alternativo; es decir, que los procesos revolucionarios eran también alternativos, que ninguno sería igual al otro; él mismo había creado y pavimentado un nuevo camino. Y al llevar tamaña empresa a cabo hizo lo que había hecho Lenin. Claro, la creatividad no excluye en lo más mínimo extraer ideas y enseñanzas de las otras experiencias, sino todo lo contrario.

Para los estudiosos del marxismo es sabido cuánta tinta corrió desde mediados del siglo XIX, acerca de la cuestión clave de la teoría de la revolución fundada por Marx y Engels, la cuestión de la elaboración de las tácticas y estrategias para llevar a cabo el cambio radical revolucionario. El nutrido racimo de problemáticas ligadas a este tema es enorme e inabarcable, y es entonces que Fidel extrae de la extensa y compleja experiencia acumulada esta enorme contribución que derriba fantasmas y elimina malezas, pero que, contrariamente a lo que alguno podría imaginarse, complica extraordinariamente la situación, comenzando, de entrada, por la interpretación misma del conjunto de esos problemas relacionados con el diagnóstico y la interpretación; de suyo se entiende que los errores de interpretación conducirán, verosímilmente, a errores en la táctica y la estrategia.

Hacer lo que Lenin hizo es ciertamente para los revolucionarios del continente lo que se está tratando de hacer desde hace veinte años en América Latina. Lo que quizás en muchas ocasiones no se advierte es que se está tratando de llevar a cabo cambios (inclusive los progresistas) en condiciones casi inéditas, por eso también los procesos, desde el propio acometimiento de Allende y la Unidad Popular, significan ―en perspectiva histórica― intentos inéditos. La experiencia anterior es útil y resulta imprescindible tenerla en cuenta, pero llevar a cabo cambios radicales o revolucionarios por vías que ya no son las de la lucha armada cristalizan en esfuerzos con pocas o escasas referencias.

Cartel de Mario Sandoval, 1975, DOR.
 

La contraofensiva imperialista, en alianza con las clases internas explotadoras, ya acumula variadas y significativas experiencias, y casi todas ellas han dado como resultado, por el momento, retrocesos y derrotas tanto de los movimientos sociales como de las organizaciones políticas. Mucho se podría señalar en este sentido, porque superarlos está sin duda en la senda de “qué hacer” y en el camino que nos reveló Mella. Pero para esta breve nota parece oportuno al menos resaltar que quizás uno de los errores más incomprensibles ha sido el casi abandono del trabajo en la formación y consolidación de la conciencia, lo que incluye de manera natural la necesaria movilización permanente de las masas populares. No se puede subestimar ni ignorar que la Revolución cubana se hizo con la movilización popular constante, estimulando todo el tiempo al pueblo combatiente y teniendo muy presente la alianza entre el imperialismo y las clases explotadoras internas, un descubrimiento que se heredaba de los marxistas fundacionales latinoamericanos. Los procesos de cambios y las revoluciones cometen errores, ello está en la lógica de las cosas. Pero la subestimación del enemigo y los yerros estratégicos en general, con frecuencia conducen a las derrotas.

Uno de esos legados sin absolutos de Lenin ―que influyó en nuestros marxistas de la década del veinte y que Fidel manejó y enriqueció extraordinariamente― fue la necesaria unión, en los países coloniales o neocoloniales, de la lucha por lo nacional, anticolonial y antimperialista con lo social, es decir, con las luchas de clases. Si se pretende “hacer” sin tener en cuenta suficientemente esta enseñanza y nuestras circunstancias específicas, entonces el verdadero “hacer” que tiene el continente por delante se enrumbará con frecuencia por el camino de las malezas estratégicas. Pero se harán, como anticipó el guía de octubre, las revoluciones que vienen serán las de los pueblos oprimidos y avasallados. Y por ello, un grito se agrega a otro: “Pueblos oprimidos del mundo, uníos”.