¿Qué haremos los sobrevivientes?


22/7/2019

En febrero del año 2014 conocí a Roberto Fernández Retamar. La Federación Estudiantil Universitaria invitaba a líderes estudiantiles latinoamericanos a un encuentro que tuvo lugar en La Habana a mediados de ese mes. La Casa de las Américas ocupó de inmediato la cabeza de los que organizábamos aquella  reunión. Su presidente desde 1986 era responsable de una parte de las más completas autorreflexiones y propuestas sobre América Latina y en general sobre el Tercer Mundo. Conquistaba la atención de los que conocíamos parte de su obra, y teníamos seguridad de su entusiasmo y afecto por la gente joven. Durante cuatro horas, como imaginamos, ayudó a meditar sobre la toma de conciencia de la acción revolucionaria, el papel del intelectual, las universidades y la cultura toda, ante las desgarraduras que suelen ser las revoluciones históricas y los inmensos peligros que encierra la perspectiva dominante del imperialismo.

 Con su vida, Retamar resuelve el punto crítico del debate más adverso de todos estos años: la ubicación
del intelectual “dentro de la revolución”. Foto: Tomada de Cubasí

 

Conservo fresca en mi memoria, creo que lo haré siempre, aquella tarde. La caballerosidad con la que uno de los hombres más importantes de la cultura cubana respondía a interrogantes y preocupaciones de poco más de 60 jóvenes, algunos de ellos descalzos, mientras que en estado de atención generalizado intentaban capturar en sus memorias un grabado exacto de aquella reunión en la Sala Che Guevara. Algunos confesaron después que los marcó como uno de los momentos más significativos en su formación política y en sus relaciones con la Isla.

Con la imprudencia de la juventud solicité al poeta nos despidiera con aquel poema del 1ro. de enero de 1959 que había titulado “El Otro”. Con grandeza indescriptible y esa mirada única detrás de sus gruesos lentes recitó su poesía más íntima en el colofón de una tarde que ya era magnética; advirtió, sin embargo, que no era despedida, aquel era un canto de reencuentro.

Pensé ayer en ese verso inoxidable, pienso todavía: “¿A quiénes debemos la sobrevida?”.

Amigos y compañeros de empeño nos consternamos con la noticia de que Retamar se nos ha ido. No por esperada se nos hace menos ácida su despedida. Me asusto por la velocidad con la que se nos marcha el siglo XX y el estado de orfandad en que nos deja. En esa realidad entredicha que llamamos pasado, en su capacidad para prevalecer ante las insuficiencias del presente se junta con agresividad el núcleo, de lo que ahora puede ser, creo yo, más importante: ¿Qué haremos los sobrevivientes? ¿Nos dedicaremos a retomar, reorganizar, a intimar con lo ya hecho, o tendremos que lanzarnos sin alternativas al vacío de la inauguración? Ya no somos tantos como antes. La Revolución y el campo cultural que con ella se construye, vuelve a estar desafiada por los embates del tiempo, obligada a solucionar a su favor la paradoja entre el mar y la montaña.

Con su vida, Roberto resuelve el punto crítico del debate más adverso de todos estos años: la ubicación del intelectual “dentro de la revolución”. Para la gente con la que he crecido, abrió nuestras puertas al mundo de la nueva poesía cubana. Su ensayística con lúcida representación martiana reivindicó ante el huracán, las elecciones de Caliban. Formó parte del grupo que se lanzó primero a la experiencia de construcción de un referente político en el terreno cultural. Ayudó a la búsqueda de alternativas para la concertación de espacios y sentidos. En medio de un aprendizaje colectivo y de las tensiones, tácticamente, sin pedir permiso, influyó en la orientación de la práctica política y cultural durante todos estos años. Resistió en no pocos casos la cuota de ingratitud de quien no entiende que el poeta puede anegarse en la realidad sin consignas. Todo eso sin perder jamás la sensibilidad con el momento literario. Lo hizo desde su obra y no a pesar de ella.

Partamos del hecho simple y compacto de que para los hombres como Retamar los adjetivos están rotos, inservibles. Su obra permanece aquí. Corresponde hacer mucho para que no se deshaga en los archivos de una biblioteca. Para que en efecto, la sobrevida llegue cual significado de rompimiento con la falsa conciencia y logremos todos, sin muchas distinciones —solo las imprescindibles— alimentar el espacio y flujo de nuevas creaciones ante los desafíos monumentales que enmarcan la sobrevivencia de Nuestra América.

Pongamos énfasis en los tiempos que se anuncian. Así preferiría Retamar concebir a nuestra generación, aunque sepamos que este último, es también un término demasiado ambiguo e inexacto. Creo que de esta forma nos imaginó cuando el pasado 26 de abril, a propósito del aniversario 60 de La Casa de las Américas, nos invitó a recordar el porvenir. Enfocó esa tarde el tránsito generacional, pero también el contrapunto entre lo movilizativo, lo temático, lo orgánico y lo circunstancial. Otra vez se declaró un sobreviviente. Ahora nos queda disfrutar el estar vivos, querer mucho las cosas y recordarlo, alguna vez, con alegría. 
 

Tomado de la AHS