Quienes desprecian al Quijote, quizás levantarían un saludo nazi

Mauricio Escuela
5/11/2019

El sueño de la razón produce monstruos.
Francisco Goya

 

Hay quien cree que no debe leer, que de nada valen las horas invertidas junto a un anaquel o en la universidad o simplemente en el ocio de las tardes que encuentra su mejor conjuro junto a alguna trama o ensayo. En esta era en que aún media humanidad no accede de veras a la cultura, ni siquiera a una educación mediana, los que tienen a su alcance los sitios de libros, las ferias de autores, miran con desdén a los que prefieren la reflexión antes que el hundimiento, la página antes que la nada, la luz mortecina de la vela a los brillos de los reality shows donde siempre ganan los más ruidosos, los más lujuriosos, los que no se sacian y siguen comiendo ranas vivas, o los que se exponen a las situaciones la mar de ridículas en esos 15 minutos de fama de la posmodernidad.

“Esos que no leen no solo no saben lo que se pierden, sino que se pierden ellos mismos”.
Foto: Tomada de Internet

 

Los que no leen, los que no saben que hubo un Quijote más allá de las caricaturas y los dibujos animados —uno que tiene alma de filósofo y que encierra más sentido que medio mundo—, los que miran el apellido Borges y no sienten compasión alguna en tirar los volúmenes completos de cuentos; esos que no leen no solo no saben lo que se pierden, sino que se pierden ellos mismos. Uno casi no imagina el mundo sin libros, sin imágenes que acompañen el suceder suicida de los días, el vacío a que se aboca nuestra civilización y que mata en primer lugar a la cultura misma. Cunde demasiado la leyenda de que quien lee, enloquece; pero no se divulga la tremenda fatalidad de los pueblos llevados de la mano de terribles tiranías e ideas absurdas, ya que no habría en la masa la suficiente luz propia ni mínimo entendimiento. Uno de esos episodios, el Genocidio Tutsi, perpetrado en Ruanda en unos días muy cercanos, me lleva a la reflexión de que una parte de los hombres solo ve en la otra a alguien diferente si desconoce esencias humanas, si no tuvo jamás contacto con un universo referencial al que todos debemos.

En uno de sus más memorables cuentos, Borges nos narra la inverosímil aventura de Funes el Memorioso, un hombre condenado a la infamia de no olvidar, casi la antítesis de quienes hoy viven olvidando. En la hipérbole concebida por el porteño, el personaje se repleta de ideas que de nada le valen, sin que goce de la posibilidad de hacer esa extracción sencilla y útil que nos trae sabiduría. Porque leer es siempre un ejercicio de edición, donde lo que se va conociendo pasa a un saber integrado, de manera que los que hemos tenido cerca a las mejores obras, luego debemos revisitarlas, como se entra en un palacio nuevo, ya que cada vecindad con el clásico es un abordaje diferente del barco de la cultura, al que no llegamos a pertenecer jamás de forma definitiva. Somos la antítesis de Funes, y este quizás fue el sueño de Borges, que él mismo quiso vestir de pesadilla para contentarse en una condición de mortal y escribiente.

Siempre que se piensa en el libro, vienen Borges y las bibliotecas, los laberintos del saber, y las utopías donde el hombre anhela y consigue habitar en el conocimiento. No es un sueño que desee hoy la mayoría de la humanidad, de hecho, existe una claque de snobs entre los mismos autores que se encarga de difundir las lecturas más banales y las ideas menos luminosas entre el público, de manera que el compromiso con la utopía de Borges no prevalezca. Son esos universos distópicos de cierta literatura más reciente, que calca a los best seller sin tener jamás la magia de un Le Carré o un Houellebeq. Para esa claque la literatura debe ser solo un mercado, y no el rincón del intelectual que piensa y cree que puede cambiar el mundo.

Llama la atención que los diarios españoles de mayor tirada, El País, ABC y El Mundo, dediquen sucesivos espacios en sus páginas culturales a reseñar la vida privada de Vargas Llosa y la Preysler, y no a ensayos valiosos, que nos traigan un mejor entendimiento de fenómenos como la propia lectura o su ausencia en estos tiempos. Las columnas, bien escritas, parecieran píldoras somníferas dedicadas a justificar esta o aquella acción de los conservadores en la sociedad, a la vez que se condena cualquier salida crítica o la cercanía entre literatura, política y revolución social. En aquellas naciones, llevadas de la mano de un mercado que te elimina si no le sigues el ritmo, se justifica un poco que la gente deje de leer, al menos que abandone ese momento reflexivo en que queremos cambiar el mundo a lo Quijote. Hay demasiado dinero que buscar, para el pago de la hipoteca, los impuestos, o se debe conservar el empleo o buscarse uno en medio de un mercado laboral que privilegia a quienes nada tienen que ver con la educación, para pagarles menos, en una peligrosa maniobra anticultura del capital. Digo que se justifica algo, no del todo, pues en todo lugar donde se deje la lectura, habrá un genocidio.

En tierras que nos son más conocidas y allegadas, nuestro municipio, en medio de esta aldea global, sabemos que la gente deja de leer por otras cosas, ya sea por vagancia o porque invade el país cierta distopía que muchos ven como utopía donde la gente sí logra sus metas a partir de la nada, sin que medie no solo la universidad sino cualquier tipo de cercanía con el conocimiento. Vivir “del negocio” nos ha llevado a prostituir el concepto de vida, al punto de una existencia sin ser consciente de sí misma. Una muestra de que la alienación no solo anida en los libros de Hegel o los cuentos de Kafka sino en la más chata realidad, donde florecen los hombres que mañana mismo podrían actuar en medio de otro Genocidio Tutsi, ya que no saben nada de lo que pasó en Ruanda.

La distopía requiere que nadie se sienta Quijote, sino mercader de alguna bagatela salvadora, burgués de un torreón de abundancia al que se accede mediante el abolengo de la habilidad práctica, pillo de la vida que sin conocer al Lazarillo de Tormes deviene en un típico buscón español de esos que poblaron el Siglo de Oro. Las pocas lecturas nos condenan a un eterno retorno lejano de lo que predijo Nietzsche. En esa escasa conciencia de las referencias y los espejos, vemos en cualquier destello una figura real, nos confundimos con la sombra de los caballos e intuimos falsas cabalgatas que nos traerían la abundancia. La ausencia de deseos de otro mundo nos hunde en la chata farsa de que este es el mejor de los posibles, donde no existe dicha mayor que carecer de dichas y deseos y donde se nos deja vivir en un simulacro. El conformismo viene disfrazado de barullo y la alegría asume un ropaje de carnaval tedioso.

Hay quienes creen que leer es puramente ocioso, los veremos en algún genocidio tarde o temprano, indiferentes junto a la pira de fuego que quema a personas y libros; no nos extrañe si ese hombre vuelve a levantar la mano en saludo nazi y si desconoce que hace décadas otro hombre hizo el mismo gesto con fatal desenlace.

Los que no leen son las víctimas de la reiteración y los beneficiados del vacío, otros iremos entonces del rincón y la lumbre a lanza, el caballo flaco y los molinos.