“Quiero que me recuerden como una buena persona”

Mayra García Cardentey
23/12/2016

Era el convulso 1948, año en que fueron asesinados Jesús Menéndez, líder de los trabajadores azucareros, y Aracelio Iglesias, la voz de los portuarios.

Era un corrupto 1948, cuando sucedían los últimos días del mandato del entonces presidente Ramón Grau San Martín y llegaban los primeros de Prío Socarrás.

Era también un ciclo de intensa actividad cultural, el mismo tiempo en que surgía el Ballet Nacional de Cuba y el dúo de Celina González y Reutilio González cantaba por primera vez.

Era el mismo 1948 cuando una jovenzuela de 17 años emprendió su primer viaje a Vieja Linda, aquel poblado con nombre garciamarquiano donde daría sus primeras clases como maestra interina, profesora suplente.

Era 1948. Era Adelaida de Juan.


Adelaida de Juan recibe el Premio Internacional AICA 2016. Fotos; Internet

Y se hizo maestra

Cuando apenas rebasaba la edad de la pubertad, Adelaida de Juan ya enseñaba en una escuela ubicada por las periferias de Arroyo Naranjo. Tenía que recorrer una sesión entera para llegar: dos guaguas, par de horas y un camino vecinal de dos kilómetros que la llevaban al pueblo de sonoro nombre.

Había necesidad económica. Y ni siquiera podía ser profesora de plantilla.

“Fue una época muy corrupta. Los políticos controlaban los puestos de maestros en las escuelas públicas”, recuerda.

A ella, que no conocía a nadie influyente ni tenía dinero para pagar, solo le quedaba ser sustituta.

“Con 15 años tenía mi título de piano, solfeo y teoría. Me inscribí como profesora suplente. No tenía puesto fijo, era interina. Así empecé a suplantar a maestras que no iban nunca, botelleras”.

Su primer trabajo fue precisamente en el antiguo centro docente Flor Martiana, hoy Escuela Nacional de Arte. Creativa coincidencia. “Para que veas cómo es la historia”.

Luego Aureliano Sánchez fue Ministro. Suprimió las botellas. Y las maestras que no eran maestras tuvieron que aparentar serlo. Adelaida se quedó sin trabajo por el momento.

“Paralelamente, determinaron que las aulas vacías se ganaban por concurso de oposición. Me presenté y gané”.

Su primera aula fue aquella en la escuelita real maravillosa de Vieja Linda. Dio clases a unos 90 niños en aulas mixtas. Muy pocos duraban lo suficiente para memorizar nombres, asociar fisonomías, rostros. La mayoría debía dejar los estudios, trabajar con el padre, llevar comida a la casa.

“Aprendí mucho. Viví mucho. No quisiera ni contar. Fueron cosas humanamente importantes”.

Fue el inicio de todo. Este, peculiarmente humano. El comienzo de más de 65 años de magisterio: toda una vida.

“Al principio era muy mala, malísima. Lloraba. Los muchachos hacían de todo conmigo. Sufrí mucho. Pero aprendí a ser maestra y cuando lo hice, descubrí que me gustaba”.

De Vieja Linda pasó a una escuelita en la Calzada del Cerro. De ahí, a una de Primaria Superior en la Habana Vieja. “Era el mismo sueldo, pero trabajaba solo tres veces a la semana. Me resultó más cómodo porque daba clases y estudiaba a la vez en la universidad”.

Con el triunfo del 1ro. de enero, llegó la creación de la Licenciatura en Historia del Arte. Y Adelaida de Juan inició sus casi 60 años de profesorado en la enseñanza superior.

“Cuando empecé a impartir clases en la universidad, entendí aún más cuál era mi vocación”.

Para Adelaida constituye un proceso de crecimiento inacabable. “Te incita a indagar, a saber más para poder transmitir. Por otra parte, estableces un diálogo con el estudiante. Aprendo mucho de mis alumnos. He tenido muchachos brillantes que con una pregunta me han abierto caminos, que estaban esperando por mí. Agradezco ser profesora”.

La crítica y el silencio

Todavía Adelaida de Juan recuerda la primera crítica de arte que escribió. “Fue una nota que hice para la revista Lyceum sobre una exposición de René Portocarrero. No olvido una frase de René, que para ese entonces ya era amigo: `Pintar un ángel es confesarse un poco´”.

Aunque este texto iniciático no resultó realmente un comienzo. Los primeros escritos que valora como tal datan de la década del 60. “Fue significativo un primer artículo que publiqué en la revista Cuba, sobre la primera exposición personal de Antonia Eiriz. Ese momento devino en el nacimiento de mi relación con ella, quien fue y es una artista que sigo admirando extraordinariamente”.

Evoca entonces su libro Del silencio al grito, en el cual estableció un contrapunteo estético-conceptual entre Eiriz y Amelia Peláez. Constituyó una propuesta novedosa para la época, cuando muchos creadores y especialistas pensaban que nada unía a estas dos emblemáticas artistas.

Pero la propia Eiriz le dio la razón. En su última exposición realizó un homenaje a Peláez. “Ella misma sentía esa fuerza extraña, unitiva, entre las dos”.

Ser crítica de arte no es fácil. Adelaida lo sabe. Siempre, cuando intenta definir su profesión, acude a Martí, a quien le ha dedicado años de lectura, escritura y reseñas. Resumía el Apóstol la esencia de la polémica función: “ejercicio del criterio”.

“Piense entonces —distingue Adelaida—, ¿qué es ejercicio? Algo que se hace constantemente, que implica un ejercitarse previo. No se puede realizar una crítica con las manos vacías. Es necesario emitir un criterio con toda objetividad. Hay que formar un juicio sobre la base del estudio, del conocimiento, de la sensibilidad, de ponerse a tono con eso. Debe ser un criterio honrado, honesto, de acuerdo con tu pensamiento y respetando las ideas que quiso expresar el artista. Hay que establecer una especie de diálogo, de respeto entre el creador y su crítico”.

Nada le da el derecho a un especialista a intentar destruir la obra de un intelectual. Así lo cree ella: “Mi crítica negativa es el silencio. Soy la primera en reconocer que puedo estar equivocada, por tanto, elijo guardar para mí un criterio negativo”.

Pero el crítico y la crítica de arte necesitan medios de expresión. Los antecedentes de grandes intelectuales cubanos dedicados a la materia avalan la profesión: Martí, Lezama, Carpentier, Cisneros. Hoy ya no hay muchos espacios donde publicar.

“El crítico depende de un espacio de expresión, y hay pocos”. Solo se deparan algunas secciones para revistas especializadas. “Aunque los grandes medios las necesitan también”.

En ese panorama, Adelaida reconoce que los tiempos han cambiado para las artes visuales en Cuba. No se aventura a emitir criterios personales, si bien identifica derroteros acuciantes como el mercado del arte.

Por lo pronto, rememora con regocijo el Premio Internacional AICA a la Contribución Distinguida a la Crítica de Arte, recibido recientemente.

“Todo lauro halaga el ego de una. Me sentí agradecida. La labor de un crítico no siempre es grata. Te trae algunos disgustos. Y me place que una institución internacional me otorgue ese reconocimiento.

“Es también una distinción a un hacer intelectual en nuestro país. Es una valoración positiva a la crítica de arte hecha en Cuba. Por suerte, el galardón recayó en mi persona. Quizá porque soy la más vieja y llevo más años en el negocio (risas). Pero lo tomo como un premio simbólico al ejercicio del criterio del arte cubano”.

En la actualidad tres libros le ocupan el tiempo: una reimpresión de Pintura cubana. Temas y variaciones; una reactualización de su texto En la Galería Latinoamericana, que ahora se llamará Visto en la Casa de las Américas, y un libro sobre sus memorias.

“Hace algunos años, en un verano que no tenía clases, me sentí extraña, deprimida. Y mi hija (Laidi Fernández de Juan) y Roberto (Fernández Retamar) me instaron a escribir. Y lo hice. Saldrá un pequeño volumen —especie de autobiografía— con el Centro Pablo”.

“El título me lo dio mi nieto diseñador Rubén. Cuando estaba en ese dilema, él llegó de la calle. `Tú sabes, un turista me acaba de preguntar: Where are you from? Le dije: yo soy de aquí´. Esa es la esencia de lo que represento, de lo que es Adelaida de Juan: Yo soy de aquí”.

Adelaida de Juan no cree en tiempos muertos, en horas sin servicio. A sus 85 años todavía imparte su reconocido Taller de crítica de arte en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana.

No deja tampoco de escribir, pensar, recordar, hacer un constante ejercicio del criterio. Así vive esta segunda década del siglo XXI.

Es un intenso 2016: relaciones Cuba-Estados Unidos, primera visita de un presidente norteamericano a la Cuba revolucionaria, otra llegada de un Papa a la Isla.

Es un cultural 2016: el concierto de los Rolling Stones, el Primer Festival Contratenores del Mundo, el Congreso de la AICA en la nación caribeña.

Es 2016. Es Adelaida de Juan.

¿Cómo será de aquí a unos años? Nadie sabe. Ella tampoco. “Solo quisiera que me recordaran como una buena persona”.