Redes y desafíos

Laidi Fernández de Juan
15/2/2021

Para comprender el alcance y la importancia que implica interactuar a través de espacios virtuales —o sea, sus riesgos, sus beneficios, y la magnitud con la cual se inserta en nuestra vida la tecnología al servicio de la publicidad— (en todas sus variantes), leamos una breve historia del surgimiento y desarrollo de las redes sociales.

Al parecer, el primero de los sitios web fue el classmates.com de 1995, al que le siguió, dos años más tarde, SixDegrees, activa hasta el 2001. En el año 2003, surgen Friendster, LinkedIn y MySpace, y luego, el tan usado Facebook, creado en 2004 y activo en el presente. El conocido YouTube, surgido un año después, dio paso a Twitter (2006) e Instagram (2010), que permite compartir ya no solo fotos, como las plataformas anteriores, sino también videos. No contentos aún, cibernéticos en función del gran negocio de la comunicación dieron origen a Snapchat, para mensajería, y, sobre todo, a la popularísima WhatsApp, en 2014. Actualmente, se dispone también de TikTok, de origen chino, que permite crear videos para compartir. Hace apenas tres años, TikTok se fusionó con Musical.ly, para permitir mayor flujo de usuarios.

En otras palabras: presenciamos un multimillonario negocio, con el cual nos beneficiamos o sufrimos, agradecemos o maldecimos, para, en cualquier caso, definitivamente, no quedar indiferentes. Luego de las primeras acciones que nos facilitaron dichas redes, tales como el reencuentro con viejos conocidos, los diálogos fijos o dinámicos con familiares, amistades, colegas y admirados de todas partes del planeta, descubrimos que no bastaba. Entonces supimos que era posible intercambiar a otras escalas, actualizarnos del acontecer mundial (más allá de los afectos individuales), estudiar, aprender, transmitir conocimientos, y también, muy importante, disfrutar, entretenernos, acceder a materiales audiovisuales hasta entonces excesivamente distantes de nuestro alcance. Estos pasos graduales nos hicieron caer en la adicción que padecemos todos.

 “Expertos recomiendan retirarse de ese mundo público, virtual, inapresable y movedizo. Sin embargo, una vez dentro, es difícil renunciar a dicha forma de comunicación”. Ilustración: Brady Izquierdo
 

No dispongo de datos esclarecedores, pero es de suponer que con la llegada de la pandemia COVID-19, y su aterradora multiplicación exponencial, las redes sociales desplegaron las alas de un abarque descomunal, al convertirse en casi la única vía de estar presentes en escenarios privados y públicos. Si ya venían instalándose como espacio polémico, ahora, con el confinamiento de la humanidad, las “redes sociales” dejaron de ser meras palabras, para cumplir exactamente lo que dicta el diccionario: redes (en términos de malla, de colchón, de espacio ya no tan imaginado ni de visita ocasional, sino real, y al cual se acude muchas veces al día) y sociales (entendiéndose como sitio para socializar, como una nueva forma de vivir, e incluso eficaz para conferencias, sostener encuentros, cumbres, congresos, eventos en general).

Mirándolas desde el buen sentido, son, también, casi el soporte exclusivo para trabajar actualmente, de forma que sea posible mantenernos en actividad productiva y sigamos obteniendo dinero compensatorio. Como era de esperarse, dichos espacios, desde el inicio de la pandemia, son ocupados por avalanchas de informaciones más o menos científicas, sean fundamentadas o no, generadoras de pánico, o tranquilizantes. De manera incontrolable, la llamada “infomedia”, perjudicial como sabemos, se cuela por los intersticios que deja expuestos la ciencia, hasta llegar al increíble mundo de la dudosa veracidad de cuanto leemos.

Asistimos, pues, a la falta de ética en todos los campos. Y a las falsas noticias, muy bien pensadas para el mal. Lo anterior no solo es altamente preocupante, sino, peor aún, la perfidia humana nos vapulea, nos demuestra la vulnerabilidad a que somos sometidos. Imposible comprobar si tal o más cual información procede de fuentes confiables o, al menos, fuentes existentes. Sucede todo aquello que pertenece al campo de la sordidez humana: robo de identidades, suplantación de perfiles, nombres falsos, tergiversación de datos, manipulación de estadísticas, solicitudes de dinero. En este tejido incierto y peligrosísimo —además, controlado por determinados algoritmos que reciclan o eliminan noticias—, se censura, se exalta, se estimula o se reprime, al punto de provocar revueltas populares. El descrédito se apodera de los mismos mecanismos que fueron creados, al parecer, con el objetivo de lograr interacciones beneficiosas entre internautas.

La jurisprudencia debe tener pocos recursos para estos casos. Aunque se denuncian ciertos ataques, casi todo cae en el terreno de la incertidumbre, al resultar imposible ubicar con exactitud el origen de la calumnia. Es la ciencia de la computación al servicio de la maldad, la tecnología reverenciadora de lo peor, y como tal, altamente sofisticados son sus métodos. Esto explica que muchos entusiastas que se incorporaron jubilosamente a las redes, hayan decidido replegarse. Expertos recomiendan retirarse de ese mundo público, virtual, inapresable y movedizo. Sin embargo, una vez dentro, es difícil renunciar a dicha forma de comunicación, que permite, entre otras acciones, compartir duelos (forma curiosa de fragmentar dolores); mostrar el trabajo que se continúa haciendo a pesar de la adversidad del momento; compartir chistes, memes, burlas, ingeniosidades que contribuyen a paliar el miedo colectivo; solicitar ayuda (de medicinas, de asistencia, de consejos prácticos), de manera que las redes sociales sustituyen las formas tradicionales de la prensa conocida. Incluso la radio, el cine, los soportes para series, materiales audiovisuales, propagandas educativas, sanitarias: todo cabe en las redes, en estas mallas que nos apresan, y de las cuales sacamos provecho, muy a pesar de los inconvenientes.

En términos prácticos, la cultura no queda rezagada. Cantores, narradores, artistas plásticos, cineastas, humoristas, bailarines, dramaturgos: todos se incorporan de forma altruista (o no) en aras de mostrar sus quehaceres artísticos. El propósito de tales exposiciones, más allá del ego personal e inevitable que impulsa a reclamar espacios, es no quedarse en el limbo de la inactividad. Es ser, es estar, es contribuir al deleite espiritual que proporciona el arte en sus seguidores, a la vez que transmitir mensajes optimistas o, en cualquier caso, menos descorazonadores que los de la realidad. Sin embargo, emitir y recibir los códigos de dicha forma de expresión no puede, de ningún modo, asumirse de forma acrítica.

Así como la pseudociencia se adueña del lugar que deja vacío la investigación científica, la desideologización aprovecha la indiferencia para introducir confusión, desánimo y catastrofismo a través de falsas informaciones. El arte, quiérase o no, es siempre transmisor de ideología, revisitando la definición de esta última: “Conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época” y, por tanto, intenta la toma de consciencia, de posturas bien definidas, y con intencionalidad, emerge en estas novedosas plataformas. Un chiste, por ejemplo (según Lope de Vega, avanzadilla de la verdad), encierra en sí mismo no solo el propósito de causar risa, sino que el receptor se posicione, ya sea a favor o en contra, que se movilice de alguna manera. Un chiste racista —pongamos por caso— generará gracia a racistas y, a la vez, indignación entre quienes reconocen su maldad. Lo mismo ocurre con los chistes homófobos, xenófobos, discriminatorios de la mujer, etc. No intento originalidad alguna, me limito a señalar la insoslayable función del arte como herramienta social.

Resulta de una ingenuidad pasmosa creer que de veras se puede ir por la vida asumiendo posturas apolíticas, que no existen. Parecería que no es este el momento idóneo para abordar la eticidad en las redes sociales, mientras estamos abocados a una tragedia de alcance mundial. Sin embargo, es ahora, precisamente ahora, debido a que visitamos como nunca antes esos terrenos fantasmagóricos, cuando debemos llamarnos a abandonar trivialidades, y dejar de suponer que es posible la inocuidad de un mensaje. Absolutamente todo lo que se publica persigue objetivos concretos, incluso un comentario como al pasar. No dejarnos provocar por bajezas y, a la vez, responder inteligentemente, con altura de pensamiento y solidez argumental, parecen ser instrumentos válidos para librar esta batalla contra la amoralidad. Como siempre, de toda la vida.