Entre nosotros el acto de regalar siempre ha sido motivo de satisfacción, y también de peculiaridades. Nos encanta obsequiar, somos regalones por excelencia, y, en la misma medida, nos gusta recibir detalles. Forma parte de nuestra idiosincrasia el intercambio de objetos con cualquier excusa: despedidas, recibimientos, cumpleaños, citas para comer, merendar o chismear, reuniones de trabajo, discusiones de tesis, inicios y fines de cursos, análisis de proyectos y de balances, celebraciones de eventos de cualquier naturaleza. Absolutamente todo lleva implícito un regalo que suele ser material (tema de hoy) o meramente cultural, en cuyo caso se trata casi siempre de un cantante, un humorista, un declamador. La figura artística (y si está de moda, mejor) acude y despliega su magia, sabiendo que su presencia constituye el regalo en sí.

“Forma parte de nuestra idiosincrasia el intercambio de objetos con cualquier excusa”. Fotos: Tomadas de Pixabay

Dadas nuestras escaseces, son múltiples los objetos que alcanzan categoría de perla marina, de diadema exótica. Todo es útil, y casi siempre fluctúa entre la condición de “objeto que hace tiempo no vemos”, hasta la de “objeto desaparecido para siempre”; de forma que un destupidor de baño, un colador metálico, un gotero, una motera, un deshollinador, un pote de betún, una libreta de teléfonos y un calendario son considerados muy buenos obsequios, y como tal, se reciben con emoción.

Cuando la festividad es intradomicilio, más lejos del entorno laboral o estudiantil, se entra en el terreno de lo íntimo, de aquellas pequeñas cosas que no suelen ventilarse en público. Ropa interior y artículos de aseo, por ejemplo. No es de buen gusto obsequiar un calzoncillo al jefe de redacción de una revista, ni un blúmer a la tramitadora de cuños, pero sí a nuestro primo segundo o a nuestra abuela, respectivamente. Un ajustador para la recepcionista del Policlínico, un desodorante para el compañero de los mosquitos, o un jabón de baño para el parqueador del agro son cosas que podrían causar malas interpretaciones, pero, a su vez, son muy bien recibidas en el seno familiar. Esto ha sido así siempre, toda la vida.

“De repente hemos tenido que asumir hábitos asiáticos para saludar”

Sin embargo, en estos tiempos pandémicos la tradición de regalos toma un nuevo giro, dados los acontecimientos. El cambio brusco en nuestra existencia incluye variaciones no solo en nuestra conducta cotidiana, sino también en el largo cultivado arte de regalar. Amén de que las escaseces se multiplican, debido sobre todo al increíble arrecio del bloqueo que ya pasa de inhumano a supercruel, nuevos y hasta exóticos objetos reclaman ser considerados de primera necesidad. Nunca habíamos utilizado nasobucos, jamás guardamos distancia social —más bien todo lo contrario, proclives como somos al besuqueo y la abrazadera, al molote y al toqueteo sin móvil aparente—, y nunca antes, seamos honestos, nos habíamos preocupado tanto por asear nuestras manos, muchísimo menos con sustancias higienizantes más allá del jabón común. Antes solíamos hacer y recibir visitas sin previo aviso, y nuestras expresivas maneras de amar se ventilaban frente a la humanidad sin recato. De repente hemos tenido que asumir hábitos asiáticos para saludar, lo cual resulta rarísimo, como ver a un japonés inclinado frente a la estatua de El Quijote.

Para no desviarme del tema, me ciño a los regalos que, con suerte, podemos recibir y dar en los días de este agónico año que ya dura diecisiete meses. Un gel de manos, por ejemplo, desplaza al perfume. Un nasobuco sustituye la corbata, un vestido, una flor y hasta una trusa, y según su calidad, se hace notorio su valor. No es igual una mascarilla hecha con bata de casa, que una de esas quirúrgicas azules con elásticos en las puntas, las que a su vez tienen menos swing que las negras, y así, hasta llegar al non plus ultra de los nasobucos, esos que según todos los virólogos son los mejores. Mejores quiere decir que o bien son de marcas deportivas (Adidas, Nike, Puma, como si tuviéramos un tenis plantado en la cara), o bien son las recomendables por organizaciones de Salud, Panamericana o Mundial, que ya van por cien tipos, entre los que destacan la mascarilla KN 95 y otra, fabricada con nanomateriales de carbono. Estas últimas, como es de suponer, son más carillas… porque cuestan más. Por si no bastaran estos neorregalos, aparece en el panorama la careta o protector facial, llamada por algunos “pantalla antiCovid”. Dichas cosas plásticas que cubren el rostro también pueden ser de varios modelos: con cintas adhesivas para la frente, con forma de espejuelitos de feria, con cositas que se adhieren a las patas de las gafas, etcétera.

“Un nasobuco sustituye la corbata, un vestido, una flor y hasta una trusa, y, según su calidad, se hace notorio su valor”.

En dependencia del bolsillo, y sobre todo del cariño y el amor que nos tenga el regalador de turno, recibiremos algún tipo de estos antiepidémicos recursos. Olvídese del tradicional ramo de flores, de los bombones, de las cremas hidratantes y del cake con merengue. Ahora el último grito de la moda es una cosa que parece de las tribus bereberes o de la gripe de 1918, para colocarse encima del puente de la nariz: una sustancia coloidal que huele a cloro y que debe aplicarse en las manos con rutina esquizoide, una pantalla translúcida, típica de un robot presumido, y el deseo expreso de mucha, mucha suerte. No me imagino fiestas de quince, de bodas, bautismos, celebraciones y festividades con estos disfraces de mala película futurista, pero es lo que hay, lo que se vende como pan caliente. Cómo cambian los tiempos, Don Venancio, ahora que con muchísimo orgullo, hay que decirle a la vacuna cubana: “La gloria eres tú”.

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