Retrato de familia y un close up a Li Domínguez Fong

Carina Pino Santos
13/8/2020

La familia de artistas visuales Domínguez y Fong ha sido reunida en Galería Habana desde el 7 de agosto por las curadoras Chrislie Pérez y Teresa Toranzo bajo el título “Conexión 4”, para mostrar obras recientes de este cuarteto en exhibición virtual online, dada la situación de la pandemia de la Covid 19 que no permite la presencia de público en las exposiciones.

Como otras familias muy conocidas por el público, ya sea en la música o la literatura cubana, el conjunto integrado por obras de Nelson Domínguez, Flora Fong, Liang Domínguez Fong y Li Domínguez Fong conforma la ofrenda principal de esta exhibición que es denotativa de las diferencias estilísticas y temáticas, mas no deja pasar por alto el vínculo genético y el crecimiento artístico que suele producirse en un hogar donde la creación es una rutina de la vida cotidiana.

Familia y amigos delante de obras de Li Domínguez. Fotos: Cortesía de la autora
 

Serían varias las lecturas a esta muestra colectiva y familiar donde el espectador pudiese hallar algunos elementos formales o reflexivos comunes a través del nexo consanguíneo, mas sobre todo puede encontrar aquello que les distingue como artistas individuales que han logrado sus propios caminos respectivos, ya sea en la pintura, el grabado, la escultura, la cerámica u otras manifestaciones; de tal modo que cada uno ha crecido en una dimensión única, a través de la que se ha propuesto validar temáticas y sus específicos modos de expresión plástica.

Por otra parte, la exposición permite acercarnos a la obra reciente de Nelson Domínguez, quien hace unos días declaraba no ser complaciente con su pintura y sí implicarse en aquellos referentes de raigal actualidad, tanto la migración en condiciones de peligro y penuria económica, como las marginaciones de todo tipo. En esa dirección se hallan sus obras Éxodo y las esculturas que titula Jauría de la serie Esta vida perra, que llaman la atención desde un expresionismo pictórico que realza la índole trágica de los motivos, ya sea mediante el oscuro cromatismo o por la poética que logra al emplear el símil del hombre con los perros que pinta o esculpe, cual mimesis de ásperas metáforas.

En Éxodo representa el paso de esa manada por un puente que no conduce sino a un oscuro túnel, y de igual forma el espectador puede captar las posiciones enervantes de las esculturas de dimensión mayor de los perros, que trabajó en metal inflado, inquietantes, y que significativamente forman parte de Esta vida perra.

Flora Fong nos entrega pinturas frescas, recién salidas de su estudio, en las que vuelve una vez más sobre su ascendencia asiática y el color del Caribe, sus paisajes nacen sobre composiciones de economía gráfica, a la vez que germinan de la fuerza del trazo de la caligrafía china y sus significados en relación con los motivos que la inspiran.

Resalta una pintura dedicada a Wifredo Lam, como homenaje a La silla (1943) de este enorme artista de la historia del arte del siglo XX.

Ambos, Nelson Domínguez y Flora Fong, se formaron en un periodo tremendamente peculiar en que la plástica cubana se nutrió de talentos que venían de los campos cubanos, y se graduaron en la Escuela Nacional de Arte en la década de los setenta, un periodo en que los artistas se preocuparon por reflejar en el arte la identidad nacional y buscaron su inspiración en la primera vanguardia cubana.

Serie Close up.
 

Liang Domínguez Fong exhibe varias pinturas y una escultura, aunque la conocíamos, en verdad, mucho más por su especialización en el grabado. Se trata de una artista con una consistente formación académica, que ha ido más allá de la influencia del ámbito familiar para articular una obra muy personal por la morfología empleada, así como por la relevancia que otorga a la figura femenina que enriquece con vivencias autobiográficas.

Li Domínguez Fong expone, a modo de mural, Memorias de Close up, un conjunto de pinturas donde el espectador puede ver una comunión de lo figurativo y abstracto, que me lleva a rememorar, con cierta nostalgia, a los pintores de la transvanguardia italiana y del arte posmoderno europeo, dado su interés manifiesto en la manualidad, lo experimental o la trascendencia de la individualidad creadora. Hilton Kramer fue de los primeros en definirlo con claridad cuando escribió: “Se trata, sin duda, de la legitimación de un estilo pictórico que se regodea en las propiedades físicas de este medio artístico y en su capacidad para generar imágenes y provocar emociones”.

Más allá de esa tendencia que se observa en estas obras, Li es un artista versátil cuando se lo propone. Ello me hace recordar cuando le conocí, hace ya quince años, en un amplísimo taller que se estaba utilizando como sede para el laboreo de muchos artistas cubanos. En aquella tarde se hallaba trabajando en un refrigerador de los años 50 que había convertido en elevado paquete-torre, obra que era parte de una exposición que se exhibiría en la IX Bienal de La Habana y luego se llevaría a Europa, titulada Manual de Instrucciones. Fue una muestra colectiva para la que se unió en un taller medio centenar de artistas de distintas generaciones y estéticas, en un afán exclusivo de convertir en obras de arte aquellos refrigeradores de los años 50, de fabricación estadounidense, que funcionaron durante medio siglo en los hogares cubanos, y que se retiraban oficialmente para ser sustituidos por otros con el fin de ahorrar fluido eléctrico. El aparato de Li Domínguez era, sin duda y desde todo punto de vista, uno de los más llamativos. Le había adicionado altura como una torre y del mismo modo se dividía, como caja china, para dar paso a un piso más alto conformado por una cajuela desde donde se podía ver la silueta de un supuesto “centinela”. La instalación en negro se abría en dos paquetes de regalo, que se apreciaban cual pisos de un edificio trabajado con láminas de aluminio repujado. Desde la oscuridad de su exterior pintado de negro, el artista había delineado en blanco un falso enrejado, y en la real puerta del equipo, o sea el “piso de abajo”, dibujó por fuera una imaginaria escalera blanca por la que “ascender” a la alta atalaya donde nos acechaba, desde sus alturas, la sombra de un “guardián”. El artista había titulado su obra El vigilante (2005-2006), con lo que aludía con perspicacia a cualquier poder prepotente de control. Como suele suceder en el campo del arte, pienso que se anticipó, con su imagen, casi un decenio, a temas actuales como la vigilancia global y masiva desde emporios digitales, tan denunciada en nuestros días.

Ilusión, de Li Domínguez Fong.
 

Ahora, por cierto, en Galería Habana no solo exhibe pintura, sino expone Ilusión, un rostro, todo en blanco, a medias dibujado con lápiz en la pared, cuya otra mitad sobresale por la blancura del cabello tejido en alambre que proyecta su sombra y permite completar, así, la visualidad de la pieza de manera intangible.

En la trayectoria de Li Domínguez asoma la identidad, ya sea mediante el empleo de técnicas asiáticas, como en la imagen de la Isla sumergida en paisajes, unos dentro de otros en su pintura.

Además, en los cuadros en “Conexión 4” se aprecia el dominio de Li sobre la

experimentación con las texturas y las composiciones, que enriquece con paletas armónicas de rojos, pardos, azules, amarillos, donde hay rostros protagonistas o escondidos, y también asoman retículas de arquitecturas o se avizoran escenas casi ocultas. En estos lienzos es fácil percibir el logrado equilibrio entre lo figurativo y la abstracción matérica, ya sea como un rostro que se observa tras los empastes y transparencias, como en otros donde asoma bien visible el rostro anónimo con una máscara.

 De Flora para Lam.
 

Al igual que su hermana, mayor que él y también artista, Li comenzó desde la infancia sus estudios de la especialidad en la entonces escuela elemental de artes plásticas en La Habana y, unos años más tarde, se graduó en la principal academia cubana de San Alejandro. Para ambos, la actividad artística debió ser algo natural en la vida hogareña, aunque lógicamente ha requerido del esfuerzo y talento de cada uno. Sus padres, Flora Fong y Nelson Domínguez, son figuras de relevante prestigio que han aportado significativas páginas a la historia del arte cubano.

Finalmente, creo imposible resumir la obra de una familia de artistas en tan breves líneas, algo que por supuesto tampoco se agota al referirnos solo a las obras citadas e incluso a todas las expuestas en Galería Habana online. Desde luego, aunque se relacionen entre sí las obras de los cuatro creadores, dados los nexos genéticos o algunos formales, la intencionalidad de la curaduría y las propias obras realzan las diferencias entre los discursos plásticos individuales. Por lo que más bien este es un retrato inacabado para el lector, que quizá solo pueda concluirse en la praxis continua del ejercicio pictórico de los más jóvenes, ese quehacer que han cultivado durante medio siglo sus propios padres, y camino que han continuado ellos, Liang y Li: los hijos de Nelson y Flora.