Escribí este elogio de Juan Carlos Tabío hará pronto siete años. Le entregaban el Premio Nacional de Cine y me propuso para que dijera las palabras de rigor. La felicidad con que acogí aquella solicitud hoy es dolor. Compartir de nuevo este texto puede ser una manera de aliviarlo.

Foto: Cortesía del autor
 

Hace unos meses me escribió para que lo acompañara en la escritura de un nuevo guion, en el que participa también su entrañable Pichi Perugorría. Lo visitamos varias veces, los tres bebimos los cafés de rigor; vi, de nuevo, su mirada iluminándose cuando sabía que había encontrado una idea valiosa. El penúltimo correo suyo que recibí, el 21 de julio, certifica el trabajo con la palabra que sellaba sus valoraciones: “Cojonudo”. En el último, del 2 de diciembre, insiste “Por mí perfecto”, y de inmediato, atento a las circunstancias a pesar del deterioro de la salud, pregunta al amigo: “Pichilingo, ¿en qué quedó lo de San Isidro?”. Esas líneas salidas de su mano definen su carácter quizás mejor que las páginas que siguen:

He aceptado con enorme alegría el encargo de elogiar a Juan Carlos Tabío en esta entrega del Premio Nacional de Cine 2013; pero una vez que pongo manos a la obra me doy cuenta de que no puedo colocarme en la asepsia doctoral que tal vez exija ocasión como la que nos reúne, no solo por mi incapacidad académica sino, sobre todo, porque me unen lazos entrañables a la persona y a la obra que estamos celebrando.

Hace dos décadas yo no conocía a quien entonces debía llamar solo Tabío, pero escribí un cuento, “Lista de espera”, que daba la impresión de estar concebido para que él lo dirigiera. No vienen al caso las circunstancias que hicieron posible que Juan Carlos recibiera el relato y acogiera con entusiasmo la posibilidad de llevarlo al cine. Dos años después (el cine es rápido pero sus procesos son lentos y angustiosos), cuando comenzamos a trabajar juntos en el guion, fui descubriendo muchas de las cualidades que lo hacen merecedor de este Premio y, también, las que nos convirtieron en amigos.

Juan Carlos era, en 1996, el director de muchísimos documentales y de Se permuta, Plaff o demasiado miedo a la vida, El elefante y la bicicleta, así como de un corto cuyos principios estructurales retomaríamos años después, Dollyback, y había acompañado a su mentor y amigo Tomás Gutiérrez Alea en la imprescindible Fresa y chocolate y en Guantanamera. Yo había escrito algunos guiones, pero todos ellos, aún hoy, permanecen sin realizarse. A pesar de la abismal diferencia entre su currículo y el mío, Juan Carlos supo sentar, desde el inicio de nuestro trabajo, las bases para el trabajo: saber atender y saber hacerse escuchar. Es decir, escribíamos conversando, construíamos la historia delante de muchas tazas de café, en la terraza de su apartamento, y si por momentos este elogio resultara anecdótico es solo para compartir con ustedes algunos de los fundamentos de la obra que estamos celebrando. El primero de esos fundamentos es su sabiduría para dialogar.

Aquellas conversaciones, que suelo extrañar ahora que se han espaciado, comenzaban tratando sobre lo que aparentemente no estaría en las películas: la noticia de la mañana, las compras o frustraciones en el agromercado, una marca de vino encontrada en un establecimiento medio oculto, las declaraciones de alguien en la prensa de aquí o de allá. Había ese tiempo, esas dilaciones en las que nuestras percepciones sobre la realidad inmediata se iban afinando. Esto no vendría al caso si no fuera porque Juan Carlos, cuando concibe una película, está consciente en primerísimo lugar de que más allá de la terraza de su casa hay esa realidad, esas relaciones y conflictos con los que el arte tiene responsabilidades, y ante los que no es posible la indiferencia complaciente y acrítica. “Si no nos metemos con esto, ¿qué sentido tiene lo que estamos haciendo?”, solía decirme, y esa condición está en todas sus películas y quiero creer que, en buena medida, tiene que ver con la popularidad enorme de casi todas sus obras.

También, conversando frente al algarrobo enorme que quiebra e ilumina la acera de la calle 21, entre G y H, nos divertíamos muchísimo. Es difícil alcanzar el placer de la catarsis cuando se trabaja en esa pieza instrumental que es el guion, pero creo que con Juan Carlos lo lográbamos. Para él, si la creación no es divertida tampoco tiene demasiado sentido dedicarle tantos tiempo y esfuerzo. La diversión, muchas veces, estaba en nuestro propio diálogo, en la manera como el disparate dicho por uno provocaba en el otro la imagen, el movimiento, la acción que resolvería un episodio o una escena. Otras veces, en las transgresiones que íbamos encontrando para romper la relación fácil entre la realidad y lo otro. Desde su primera película de ficción, Juan Carlos es de los cineastas cubanos que más se han aventurado a experimentar desde las estructuras dramáticas, desde el mismo relato. Su deuda con un Bertolt Brecht ya asentado desde antes en el cine cubano es más evidente en Plaff, pero condiciona también Dollyback, Aunque estés lejos, El cuerno de la abundancia, tiene destellos en Se permuta y en Lista de espera, y experimenta aún más desde códigos posmodernos en El elefante y la bicicleta.

“Juan Carlos es de los cineastas cubanos que más se han aventurado a experimentar desde las estructuras dramáticas, desde el mismo relato. Su deuda con un Bertolt Brecht ya asentado desde antes en el cine cubano es más evidente en Plaff”. Foto: Tomada de Ecured
 

Ahora se suele asociar a Brecht con la densidad reflexiva y se olvida que el Pequeño organon para el teatro da inicio con la idea de que el arte de la representación ha cumplido siempre con el deber de ser un espectáculo que divierta, y ahí está, quizás, una huella menos percibida del pensamiento brechtiano en el cine de Juan Carlos. Todas estas películas no solo dialogan desde la inconformidad con esa parte de lo real, de lo cotidiano, donde están inscritas, sino que además colocan al espectador en una posición crítica, incómoda, y, al mismo tiempo, logran, en la mayoría de los casos, una comunicación jubilosa y multitudinaria con el público.

He mencionado a Brecht y no debo dar la impresión de que Juan Carlos concibe las historias desde la teorización. A él lo seducen, en el origen, las situaciones dramáticas singulares, las anécdotas reveladoras que ponen al desnudo las contradicciones y absurdos de lo cotidiano.

Nuestras conversaciones sí pasaban, pasan, por la literatura, por la música, por la pelota. Juan Carlos es un lector constante, un melómano que tuvo el privilegio de ser guiado desde muy joven por importantes músicos, y un conocedor apasionado de la pelota (y como habanero, tiene el defecto de simpatizar con los Industriales). Además, es aficionado a la lectura de física teórica, pero para ese tema no era yo un interlocutor apropiado. Lo que quiero decir con todo esto es que la persona Juan Carlos Tabío ha acumulado un saber artístico y literario que muchos envidiarían y, al mismo tiempo, jamás se jacta de ese saber ni, mucho menos, de su condición de artista: va por la vida como un hombre común incluso cuando se cubre con el sombrero de Panamá. No se cree un elegido; se sabe un ser humano. Sus personajes, sus ambientes, sus modos de representación, atienden sobre todo a ese ser común, cotidiano, que es él mismo, que somos todos, y a sus problemas y sus circunstancias. En Juan Carlos, el uso de la cultura popular, del habla cotidiana, es absolutamente orgánico y se fecunda con esa acumulación cultural que lo distingue.

“Sus personajes, sus ambientes, sus modos de representación, atienden sobre todo a ese ser común, cotidiano, que es él mismo, que somos todos, y a sus problemas y sus circunstancias”. Foto: Internet
 

Durante las filmaciones de esas tres películas que concebimos juntos, fui a algunos de los rodajes. Allí me di cuenta de que su capacidad para dialogar se extiende al set, porque Juan Carlos comprende esencialmente que el cine es un arte que se realiza con la participación creativa de todos los miembros de su equipo. Su tarea como director, que sabe llevar con firmeza, se enriquece plano a plano con las sugerencias, los aportes creativos de los actores y de los demás colaboradores que lo rodean. Estar con él durante el trabajo de mesa fue para mí un ejercicio de aprendizaje por la manera como se relacionaba con los actores, los guiaba para que se apropiaran de los personajes y los fueran dotando de sus propias voces, experiencias, gestualidades. Las películas, en el proceso, crecían incesantemente sin dejar de ser fieles a las pautas que él y yo habíamos trazado de antemano. Vi también cómo ese clima de participación creadora hacía divertida y amable la filmación, y el trabajo, sin perder rigor, iba tomando el ritmo y las maneras de un juego, al punto de que algunas bromas se integraban naturalmente a la trama y allí han quedado. A pesar de los contratiempos, carencias o torpezas que pudieran obstaculizar el rodaje, todo el equipo, siempre, se esfuerza por cuidar a Juan Carlos y su obra, y por quererlos a ambos. Ese cuidado es más importante aún porque, de todo el proceso, el acto mismo de filmar es el que menos disfruta Juan Carlos, quien se confiesa un contador de historias, un novelista irrealizado.

Nunca, cuando trabajamos juntos, nos empeñamos en escribir comedias. Tampoco creo que él se lo haya propuesto cuando concibió Se permuta y Dollyback, o cuando se gestaron, junto a Daniel Chavarría y a Titón y Eliseo Alberto, Plaff y Guantanamera. En cambio, siempre supimos que queríamos usar el humor, que a Juan Carlos se le da naturalmente, y como lo domina, sabe que el humor es un instrumento que puede servir a un tiempo para la diversión y el pensamiento. En sus manos, es un recurso eficaz para la comunicación y también para el contraste entre situaciones extremas, y desnudar así el dolor o el desamparo. La comedia en estado puro, como género, puede ser complaciente o hipnotizante, efectos que están lejos de las intenciones estéticas de Juan Carlos. También, por la vía del humor, ha sabido explorar el absurdo que emerge de la cotidianidad. Los personajes, las situaciones de muchas de sus obras, crecen desmesuradamente, en una espiral de contradicciones que, llegado el punto climático, estallan y nos devuelven a la dura realidad. Esa desmesura la van construyendo los protagonistas de Se permuta, Lista de espera, El cuerno de la abundancia. De ella son víctimas los de Plaff y Guantanamera. Pero unos y otros, inevitablemente, terminan o desenmascarados o en el sinsentido de una realidad que no pueden controlar. Tan desamparados como Mirtha y Daniel, los personajes que encarnan Mirtha Ibarra y Jorge Perugorría, cuando quedan solos frente al mar en el corto de Juan Carlos incluido en Siete días en La Habana.

Al recoger el Premio Coral por el guion de El cuerno de la abundancia.
Foto: Cortesía del autor

 

Por eso tal vez la escena que más me gusta de las películas que escribimos es aquella donde despiertan los viajeros de Lista de espera. Cuando se ha llegado al tope de la exageración idílica en el sueño colectivo, una voz llama a Emilio. Él abre los ojos. Jacqueline también. Lo que en el guion está planteado como una línea, “Ni Emilio ni Jacqueline acaban de comprender qué sucede”, en la pantalla ocupa un tiempo dramático decisivo: la cámara, desde la subjetiva de Jacqueline, recorre las horribles paredes de una terminal de ómnibus que en muchos años nadie se ha ocupado de pintar. Tahimí Alvariño y Vladimir Cruz se miran y, sin que medien palabras, se preguntan qué ha sucedido con lo que creían estar viviendo segundos antes. Los sueños supuestamente realizados de cada uno de los personajes, la historia de amor y el embarazo se han esfumado, como también la solidaridad y la concordia alcanzadas en esa comunidad sui generis. El silencio, la fealdad y el desconcierto se imponen y el espectador recibe ese trago de acíbar sin el cual el humor puede ser un recurso vacío, desmovilizador. Ahora están preparados para rehacer en la realidad aquello que soñaron. Los sueños, el arte, no pueden cambiar la realidad, pero sí pueden influir en las cabezas de las personas que pueden transformar el mundo en el cual este país está enclavado.

Se esforzarán por transformar el mundo o su pequeño mundo, el que les queda al alcance de la mano, cuando no pueden con el otro. Bernardito, el protagonista de El cuerno de la abundancia, terminado ese otro sueño colectivo tan idílico como el de Lista…, sigue acarreando ladrillos para el cuartico donde tener la privacidad que necesita. El contraste entre esos dos finales, tan cercanos y tan distantes a la vez, hace evidente la desaparición de una época y el comienzo de otra. De Se permuta a la fecha, esas películas, esos personajes, dan cuenta también, desde lo cotidiano, de las modificaciones que ha experimentado la historia en que hemos estado inmersos los cubanos.

En fin, Juanca, hermano mío: has hecho una obra notable y útil de la que puedes sentirte orgulloso. Recibe sin rubor este Premio Nacional de Cine que es la manera como los artistas cubanos, y también tu público, te agradecemos lo que nos has entregado.